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9 DE OCTUBRE – ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE DOS GRANDES!!!!

 


 

 

 

Un aporte de Daniel Massara

Hoy 9 de octubre se cumplen 45 años del asesinato del Che Guevara. El 12, se conmemora el bicentenario de la muerte de Juan José Castelli. Coincidencias, divergencias y estilos de vida política de dos argentinos paradigmáticos.
Juan José Castelli murió de cáncer de lengua mientras esperaba ser enjuiciado por parte del Triunvirato luego de su derrota militar en la batalla de Guaqui. Fue el 12 de oct

ubre de 1812. Ernesto Guevara fue asesinado en La Higuera, luego de haber sido detenido por las fuerzas militares conjuntas estadounidenses y bolivianas. Fue el 9 de octubre de 1967. Uno y otro fueron dos enormes luchadores argentinos, con una fuerte impronta latinoamericana en su forma de hacer política. A ambos les cabe la pregunta final de La revolución es un sueño eterno, la novela del escritor Andrés Rivera: “Entre tantas preguntas sin responder, una será respondida: ¿qué revolución compensará las penas de los hombres?”.
Pacho O’Donnell (escritor, historiador, psicoanalista, presidente del Instituto Dorrego) analiza las realidades de 1812 y 1967 y el clima social que los tuvo como protagonistas indiscutidos de los cambios por los que lucharon.
–¿Qué dos Argentinas, que dos Latinoaméricas había en uno y otro momento de aquellas historias de Castelli y de Guevara?
–Siempre me han resultado difíciles las traslaciones. Por ejemplo, el Che es solamente explicable por la Guerra Fría. Castelli también tiene su condicionante de la época. Por ejemplo, el hecho de que él haya conducido un ejército es simplemente porque Saavedra era un vendedor de vajillas. Castelli no tenía nada de militar, no había ningún militar del lado patriota. Tanto Castelli como Guevara están enancados sobre el dilema inevitable de toda la historia argentina y también de la historia planetaria, que es el conflicto de los intereses de las mayorías populares y los intereses de las minorías dominantes.
–Así como el Che estaba condicionado por la Guerra Fría, ¿Castelli podría ser un reflejo de la Revolución Francesa?
–Yo creo que se abusa demasiado de la explicación, de la influencia de la Revolución Francesa en Mayo, y se dejan de lado otras influencias. Por empezar con la influencia intelectual, fueron muy importantes los tomistas hispánicos, los jesuitas que realmente influyeron mucho, digamos, que fueron los generadores de aquello que defiende justamente Castelli: la idea de que la soberanía es del pueblo y que el pueblo se la da al rey. Y cuando el rey no está por incapaz, por preso o por muerto, la soberanía retrocede, retrograda al pueblo. Siempre que explicamos Mayo dejamos de lado la participación de los sectores populares. Mayo no se puede explicar si uno no tiene en cuenta ese grupo de choque que fueron los Infernales de French y Beruti, o la participación de los Patricios, que eran la chusma en armas después de la primera invasión inglesa. Además, en los antecedentes de Mayo de la historia extranjerizante, elitista, que invita a participar solamente a los “grandes hombres”, se deja de lado la extraordinaria influencia que seguramente han tenido las rebeliones indígenas. Tenemos una historia de rebeliones muy fuertes antes de Mayo y contra la colonización que son desde Túpac Amaru hasta Túpac Catari, pasando por las rebeliones calchaquíes, cientos de miles de indios movilizados. Inclusive la insurrección del 25 de mayo de 1809. Potosí, Chuquisaca: fue una rebelión, digamos, acaudillada por criollos pero básicamente de bases indígenas, de pueblos originarios. Entonces, diría que Castelli, que era un tipo que tuvo formación universitaria, estaba muy imbuido de aquello que le da la tierra, porque él está en el Alto Perú, apoyado por los altoperuanos. Lo que sí puede enunciarse como influencia francesa fueron sus errores.
–¿Por ejemplo?
–Uno, evidente: él diagnostica, y lo hace correctamente, que la Iglesia Católica ha sido una socia absolutamente indispensable de la colonización hispánica, la encargada de dar su ideología, su razón de ser, su caparazón. Entonces, él, como anticlerical extraordinario de nuestra historia lleva adelante, al mismo tiempo que una acción militar, una acción descatolizadora en la sociedad. Pero eso, llevó a obrar con ciertos impulsos poco políticos, diríamos, a tomar actitudes francamente heréticas. Y Goyeneche, que era un tipo inteligente, transforma la guerra de nuestra independencia en una guerra religiosa. Recordemos que Goyeneche era americano, por eso nunca digo “los españoles”. No había españoles, los defensores del rey eran todos americanos. Goyeneche era peruano, combatió con Pío Tristán, con Belgrano. Prácticamente, la guerra de la Independencia fue una guerra civil. Y religiosa, claro. Tal es así, que cuando Goyeneche logra que Castelli se retire de Potosí, antes de ir a ocupar la Casa de Gobierno la hace exorcizar.
–¿Por eso las acusaciones a Castelli en el juicio durante el cual muere son básicamente contra su impronta antieclesiástica?
–Claro. Es tan herética la acción, cobra una dimensión tan herética, que hasta explica el hipercatolicismo posterior de Belgrano. Belgrano tiene que convencer a los altoperuanos que no es un hereje endemoniado. Se la pasaba en misa, rezando, porque tenía que ir limpiando la imagen que había dejado Castelli. Una vez le preguntaron a Belgrano si era porteño, y él respondió “no, yo soy cristiano”.
–Más allá de no adscribir a la interpolación entre personajes distanciados en el tiempo, usted mencionaba el apoyo popular bajo la Revolución de Mayo. En contrapartida, hubo un escaso apoyo popular hacia el Che en Bolivia.
–La campaña del Che en Bolivia es un error que está condicionado por muchas razones. Él tiene que irse de Cuba. No quiere quedarse. Vuelve a Cuba desde Praga.
–Después del enfrentamiento con el Partido Comunista de la Unión Soviética.
–Exacto. Y no quiere volver. Y lo convencen que vuelva para preparar lo que él ha pensado como una expedición hacia la Argentina. Acepta ir totalmente clandestino, disfrazado. Tal es así que se encuentra con sus hijos y ellos no lo reconocen. Quiere irse, no quiere quedarse en Cuba. Siente que Fidel lo ha traicionado. Será peor cuando Fidel lee aquella carta famosa que él había dejado para leerla solamente en caso de morir. Fidel transgrede la instrucción del Che porque sabe que el Che está vivo, pero lo hace para desmentir un cable de la agencia alemana que señalaba la muerte de Guevara como similar a la de Camilo Cienfuegos. Él sale a leer esa carta para demostrar que el Che está vivo, pero el Che lo vive como una gran traición. Había perdido la interna política. Cuba, de alguna manera inevitablemente, había optado por la dependencia a Moscú. Él tenía que irse a algún lado. Y la expedición a Bolivia aparece además como alternativa de último momento. Una elección equivocada del lugar. Inclusive contra los principios de su manual del guerrillero, porque llega a un lugar inhóspito, sin gente, sin animales, con una selva demasiado tupida. Es casi una contradicción a sus propios principios.
–Con sindicatos fuertes y movilizados como los mineros que no estaban ahí por donde ellos entran a Bolivia.
–Claro. Inclusive los mineros intentan entrar en contacto con él pero es imposible. No tienen forma de comunicarse. El aparato de radio a válvula que llevaban se rompió a los pocos días. Y, lo peor de todo: el mecanismo de atracción de los campesinos durante la experiencia en Cuba había sido diciéndoles que ellos iban a ser dueños de las tierras. El lugar que elige el Che es un lugar donde los campesinos son dueños de sus tierras, otorgadas por la revolución de Paz Estenssoro. Tal es así que la campaña de la CIA y del gobierno boliviano está basada en que los guerrilleros quieren sacarles la tierra. Más allá de que informan que hay paraguayos en esa invasión, haciendo foco en el recuerdo triste de la guerra boliviano paraguaya. Todo había sido muy desafortunado, con muy pocas chances de éxito.
–¿Son inevitables ambas muertes? Más allá del cáncer de Castelli, parecen muy pocas sus probabilidades de seguir vivo en las condiciones de enjuiciamiento en que estaba en 1812.
–Tendríamos que decir: Artigas desterrado, Dorrego asesinado –no fusilado sino asesinado–, San Martín exiliado, Pancho Ramírez asesinado. ¡Qué podemos decir! Es el destino de los que se identifican con los intereses populares. Lamentablemente es así, los intereses de las grandes mayorías, en ciertos momentos, logran algún intérprete como para conseguir la fuerza necesaria para hacer valer aquello que desean, que merecen. Pero generalmente en nuestra historia se han impuesto los sectores más oligárquicos, más reaccionarios, más conservadores, asociados con los poderes extranjeros, ya sean imperios o grandes holdings financieros, económicos, periodísticos. Los dos estaban marcados por una altísima probabilidad de infortunio. En el caso del Che, es notable. Yo he entrevistado a muchísima gente, entre ellos, Benigno, extraordinario personaje exiliado en París por su pelea con Fidel. Él dice que el Che tenía clara idea de que ésa era su última batalla, que ya no había más. Inclusive en lo personal, las actitudes eran muy distintas con las que ha tenido en Cuba y en el Congo. Hay una cosa extraordinaria en la última entrada de su diario, 7 de octubre de 1967, cuando él sabía que estaba todo terminado. Días antes, uno de sus colaboradores, dice que estaban tan cercados que no podían abrir una lata de sardinas porque los iban a escuchar. Ya no eran los soldaditos bolivianos de los que habla al principio de su diario. Allí estaban los Rangers. El 7 de octubre, el Che escribe: “Se cumplieron los once meses de nuestra inauguración guerrillera sin complicaciones, bucólicamente”, mientras otros combatientes escribieron en sus libretas cosas como “los soldados pasan frente a nosotros y escuchamos su conversación en este mismo momento. Estamos rodeados por todas partes”. Ellos están escuchando la conversación. Y Guevara escribe “sin complicaciones, bucólicamente”.
–¿Por qué, teniendo los dos cierto apoyo popular, no hubo una manifestación de inmediato, ni con Castelli para sacarlo de las garras del Triunvirato ni con el Che?
–En Castelli, por la complejidad porteña de ese momento. Castelli venía muy metido en la interna del morenismo contra el saavedrismo, cuando llegan el 6 y 7 de abril y se frena el golpe morenista. Saavedra es el gran protagonista de aquel 17 de octubre en 1811. Saavedra era el verdadero líder popular y Castelli se había identificado con el golpe. Los sectores populares estaban con Saavedra. En el caso del Che es muy interesante. Yo he hablado con mucha gente… Y alguno de ellos ha dicho: “¿Por qué no comunicamos que el Che estaba en Bolivia?”. Esa fue nuestra gran equivocación. Hubiera habido una movilización, hubieran venido los bolivianos de los partidos de izquierda. Porque el Che no tenía ninguna forma de comunicarse.
–Si lo hubieran comunicado, ¿no lo hubieran matado?
–Es posible que no, hubiese sido interesante. Muchos pensaban que si decían que el Cheestaba en Bolivia, los Estados Unidos hubieran intervenido. Pero no comprenden que los Estados Unidos ya habían intervenido porque el Ejército ya lo sabía. Y dicen: “Nosotros fuimos tan idiotas que no nos dimos cuenta que el ejército ya lo sabía. Porque ya se los había dicho Régis Debray”. Lo fueron cazando como a una fiera: cercándolo poco a poco, como un proceso de demolición. Y en ese sentido es interesante qué paso con Debray. Qué le pasó al Che con Debray. Yo una de las cosas que replanteé en este libro –algo que ya estaba en el anterior libro– es la argentinidad del Che. Estoy harto de que la gente del mundo se crea que es cubano. Porque lo hemos regalado. Ya es hora de que lo reivindiquemos como propio. El Che era argentino. Y es muy argentina su relación con Régis Debray: una admiración desmedida por la intelectualidad francesa. Y eso le hace cometer sus dos mayores errores. Por empezar, el de incorporarlo a su columna: cuando Debray venía de París, ahí en la selva boliviana el tipo no soportaba los mosquitos, no soportaba el calor, el miedo, al tercer día ya jodía de que quería irse, que quería salir para comunicar al mundo. Y el Che comete un segundo gran error: lo hace salir. Y allí Debray cae preso. Otro error: le dice a la retaguardia que lo esperen, que le da la salida a Debray y vuelve. En el momento que fue, entró una columna del ejército y la retaguardia tuvo que volverse. A partir de ahí no se encontraron nunca más. Como no tenían ningún walkie talkie, la columna del Che, que ya era realmente débil, queda partida en dos. Es muy interesante cómo el Che se deja llevar por esa cosa argentina del intelectual francés.
–Algo que también le pasa a Castelli con el jacobinismo francés. Siguiendo su línea de pensamiento podríamos decir que lo que los une el error ante lo intelectual francés.
–Es un detalle interesante, por cierto.
–¿Quién puede haber sido el Régis Debray de Castelli?
–Castelli cae por su derrota militar de Guaqui… Pero sería muy interesante averiguar quién denuncia sus supuestas prácticas heréticas. Pero no, esa información no está. Había una interna, sí. Una cosa fascinante es que la batalla de Guaqui se decide por la interna política en Buenos Aires. Hay jefes que no se mueven, que permanecen al frente de sus tropas estáticos porque son saavedristas. Castelli había dicho que, luego de derrotar a los españoles, bajaba hasta Buenos Aires para meterle una patada en el culo a Saavedra y a todos aquellos que lo acusaban de estar en combinación con la portuguesa Infanta Carlota. Entonces, todo eso generaba un enfrentamiento que se decide en la batalla. Así que, sí, Castelli tenía enemigos políticos. Muchos.
–¿Pueden estar en pie de igualdad Castelli y el Che en la historia de la región?
–No estoy muy de acuerdo en la similitud entre Castelli y el Che. Los dos eligieron, a pesar de sus orígenes bastante burgueses y demás, la identificación clara con las penurias de los humildes. Un personaje que tiene que ver mucho con el Che es Monteagudo. Monteagudo era un teórico de la Revolución, él tenía muy claro todo, tenía el fuego revolucionario, si tenía que estar con Alvear o con Bolívar o con San Martín, lo hacía, tenía una capacidad de seducción magistral. Además, poseía una visión americanista extraordinaria, el congreso en Panamá… Creo que el Che tiene algo de Castelli y algo bastante de Monteagudo. El Che era un teórico, un doctrinario. Una persona muy próxima al Che, casi como un hermano suyo, me lo confesó: “El Che es muy resaltado en Cuba como guerrillero, porque no quieren recordarlo como teórico”.
–Sin embargo, su andamiaje teórico puede verse en sus libros…
–Exacto. Allí hay críticas al pseudomarxismo del sistema bolchevique, y preanuncia, con una claridad diáfana, la caída del mundo comunista si Moscú seguía en la dirección que llevaban. O sea, que él ha sido un crítico; el Che muere perseguido tanto por la CIA como por la KGB. Están molestos con él tanto Estados Unidos como la Unión Soviética. Los yanquis, porque Guevara rompía el acuerdo de la Guerra Fría, de la paz concertada entre las dos potencias. Los rusos, porque el Che rompía el proyecto de exclusividad marxista en Latinoamérica.HLVS COMANDANTE!!!
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ENTREVISTA A JUAN MARTÍN GUEVARA : Mano a mano con el hermano del Che

Por Laura Durán

Después de varios años, decidió hablar de su historia familiar en una charla exclusiva con Tiempo Argentino. Hermano del símbolo que aparece hasta en el pecho de Mike Tyson, se niega a subirlo al pedestal de guerrillero heroico y a homenajearlo el 8 de octubre, porque recordarlo en la fecha de su muerte es difundir “un mensaje de derrota”. Anécdotas sobre el líder de la Revolución Cubana cuando era sólo una persona de carne y hueso.

Juan Martín, el menor de los Guevara, tiene lentes redondos, bigotes canosos y no se parece físicamente a su hermano Ernesto. Sin embargo, los lazos de sangre están presentes, tanto en cada una de sus palabras como en las paredes de su oficina. Detrás de su escritorio hay símbolos que inevitablemente remiten a él: libros, cuadros de habanos y una cantidad de fotos familiares en su computadora que son la envidia de cualquier coleccionista.
Para aquellas personas que conocen su historia, el “Tin” (como lo mencionaba el jefe guerrillero en las cartas a su madre) es lo más cerca que se puede estar del mito, de la persona, del revolucionario, del “Loco”, de “Chancho”, de “Ernestito” o de “Fúser” (una conjunción de “furia” y Serna, el apellido materno). 
Juan Martín se refiere al Che, su hermano, como “Ernesto”, sus padres serán “el viejo” y “la vieja” y la mítica foto de Alberto Díaz (Korda) –presente hasta en el mate que él mismo ceba– será un símbolo criticado por representar la figura sacrificial del guerrero mártir. Además, reiterará que al líder hay que correrlo de la lucha armada y bajarlo a tierra para que sus ideas germinen hoy la semilla del “hombre nuevo”. Recuerdos de alguien que vivió la historia en carne viva. 

–¿Por qué esperó tanto tiempo para hablar sobre el Che?
-Con mi hermana Ana María, que murió hace varios años, prácticamente una sola vez tocamos este tema y decidimos no hablar. Después hubo largos años en donde abrir la boca no era posible. Además, tuve una experiencia…
–¿Cuál?
–En 1966 yo tenía una librería y un periodista de la revista Gente, que es un asco de persona, se acercó y me quiso hacer una entrevista. Le respondí que no pero él insistía y me preguntaba dónde estaba Ernesto. Le repetí que no daba notas, que no sabía, y que si hubiese sabido, no se lo iba a informar a él. Al otro día, en la revista salió una foto de mi local, con mi  imagen y la de él, sacada con teleobjetivo, de frente los dos y se leía: “Dice que desconoce donde está, pero por el modo de reaccionar es evidente que algo sabe.” Lo fui a buscar a la casa y lo agarré. “Vos me estas tirando a la SIDE, el FBI, la CIA y a todos, ¿estás loco?”, y lo provocaba para agarrarme a piñas. Desde ese día ni siquiera “a” les dije a los periodistas.
–Habrá sido difícil ser el hermano del Che durante la dictadura…
–Entre los ’70 y los ’80 era difícil. Entre 1975 y 1983 estuve preso (fue militante del Frente Antimperialista por el Socialismo). Por un lado, me despersonalizaban, era un número. Pero por otro ser el hermano del Che nunca fue neutral. En Sierra Chica era el 448, no podía decir que me llamaba Guevara. Pero hubo militares que vinieron a entrevistarme y sabían quién era mi hermano. 
–¿Y eso cómo influía en la cárcel?
–A veces me pegaban de más, tenía un “plus” (risas), pero otras me convenía. Nunca fue indiferente. Una noche que nos sacaron de La Plata zafé de aparecer tirado porque eligieron a algunos para que no nos liquidaran. 
–¿Por qué creés que no te mataron?
–Habrán dicho: “Si lo liquidamos a este se pudre más que si lo dejamos vivo” o “vale más con vida que muerto”, qué se yo, lo que se le ocurría al tipo que tomaba la decisión. 
–Con la llegada de la democracia mantuvo el perfil bajo. ¿Por qué decidió hablar ahora?
–Últimamente decidí hablar por la emoción, es decir, “que el hermano hable”, aportar desde lo familiar. En Cuba es un tipo perfecto, no se robó ni un pan, y yo soy alguien que puede contar que no es tan así. Tenía de todo. Yo doy otra mirada, predispone distinto, no soy un intelectual, ni investigador, no soy importante, soy el hermano y eso impacta emocionalmente. 
–¿Y cuál es el “para qué”?
–Para que la gente entienda que él era una persona normal, que luego se fue trasformando en lo menos normal del mundo y que cualquier otro puede ser así. Los grandes hombres aparecen cada tanto, pero no son imposibles… y él era nuestro, ¡argentino! 
–¿Por qué destaca que era argentino?
–Mi familia fue nómade. Él nació en Rosario de casualidad, vivió sus dos primeros años en Caraguatay (Misiones), su niñez y juventud en Alta Gracia y después en la ciudad de Córdoba. Su madurez y juventud en Buenos Aires. Hizo viajes en bici, barco, moto. ¿Es rosarino? ¿Es misionero? ¿Cordobés? ¿Porteño? Para los cubanos, él es cubano. Hay que empezar porque es argentino y lo es en su manera de ser, su cultura, su humor. No hay manera de conocer a un personaje si no vas a su esencia. Ernesto y Celia, mis sobrinos nacidos en Cuba, tienen pasaporte argentino porque sienten la argentinidad de su padre, si no me imagino que tendrían el de la Unión Europea, porque es más lindo (risas). 
–¿Cuál es la reacción de la gente cuando se enteran de su parentesco?
–Primero, la sorpresa sobre que haya un hermano, que exista, que sea normal, que cuente cosas, sus vivencias… Una vez, en un taller, mi socio me señala y le dice al mecánico “este es el hermano del Che” (risas), y yo respondí “¡Es un chiste! No sé porque miente.” Después, el tipo preguntaba si era o no… Se generaba todo un misterio. 
–¿Y en Cuba hablaba?
–En Cuba no tenía posibilidad de decir que no. Por ejemplo, el 8 de octubre (fecha de la muerte de Ernesto) de 1972 mi hijo estaba internado en el Hospital Calixto García y la médica que lo atendió me invitó a un homenaje. Le comenté que lo mío no era eso y esta mujer me dio una “zaranda” de cosas diciéndome que eso era egoísta. Así que después de todo eso respondí, “ok, ¿a que hora es?” Era un patio muy grande, colmado de gente, yo ahí sentado y de repente se escucha…“acá con nosotros, el hermano del Che”, y me dejaron solo con un micrófono. Aún estaba fresca su presencia, había cubanos llorando. Yo hablaba y se me hacía un nudo, ni sé lo que dije… una emoción intensa que te trasladaba la gente. Las personas me contaban sus vivencias y cada vez más cargado emocionalmente. Fue una experiencia importante, y todo por esa mujer.
–¿Y cómo era ser hermano de Ernesto en la vida cotidiana?
–Hay dos etapas mías con él: una muy corta, que es las dos veces que nos vimos después del triunfo de la Revolución (una fue en Cuba y la otra en Punta del Este), y lo demás es la vida de familia.

Juan Martín Guevara de la Serna nació en Córdoba, en 1943, 15 años después que su hermano mayor, Ernesto, quien había nacido en 1928. Sus padres eran Ernesto Rafael Guevara Lynch y Celia de la Serna Llosa. El resto de sus hermanos fueron Celia, Roberto y Ana María. De espíritu aventurero, el grupo familiar nunca permaneció quieto por mucho tiempo.

–Comencemos por la vida de familia.
–Ernesto era loco, movedizo pero no muy distinto a mis hermanos, era uno más. Yo me llevaba bien por él, más que por mí, porque él era el mayor. Era Ernesto y yo su hermano, hasta que fue el “Che” y empecé a ser el hermano del “Che”.
–¿Era un buen hermano?
–Era excelente. Siempre estaba de viaje. Recuerdo cuando volvía que quería aprovechar porque sabía que en cualquier momento se iba de nuevo. Llegaba y ahí yo era el que le cebaba mate. Como había pava, el agua se enfriaba. Él me ordenaba “calentalo”, y yo “no”, y se lo tomaba así como se lo cebaba. Siempre estaba de humor, jodiendo, estudiaba de noche, cada dos por tres se las picaba, era difícil agarrarlo. 
–¿Cómo era como hermano mayor?
–No sé como me vería él, pero yo era “el hermanito” que miraba con cierta cosa, no te digo de consejo, pero sí de decirte “sería bueno esto”. Te trataba de influir, pero no era de imposición de padre. Mis otros hermanos sí lo eran. Salir con Ernesto era una liberación. 
–¿En qué lo trataba de influir?
–En el estudio lo intentó por todos los medios, pero no lo logró. No seguí ninguna carrera porque desde que me acuerdo viví en la calle, jugando a la pelota. 
–Sin embargo, su familia era estudiosa y lectora.
–Yo leía mucho, pero nada de estudiar. Eso me lo combatió mucho, me decía que estudiara pero él no tenía autoridad moral para decirme eso porque empezó Ingeniería, luego siguió Medicina pero no hacía nada de médico, entonces yo le preguntaba: “¿Cuál es? ¿Estudiar una carrera para hacer lo que vos hacés? ¿Si casi ni ejerciste?” “Pero estudiar es otra cosa”, me respondía, y hablábamos de la disciplina. Lo mío era más una defensa que un argumento, no quería estudiar y ya.
–¿Cómo era ser hermano del Che en 1959?
–Recuerdo una anécdota, en La Habana, el 8 de enero de 1959. Él tenía un pañuelo en el brazo por un golpe y siempre jugábamos de manos. Cuando estaban todos, yo mantenía las formas, pero a solas empezábamos a decirnos de todo y a ser hermanos. “Sacate la gorra y el grado de comandante que conmigo no lo sos.” Me tiró un cachetazo, le contesté, le pegué en el brazo y él hizo un movimiento de mucho dolor pero enseguida me dio un piñón que me voló, me sentó y me dijo: “Nunca te descuides o descreas del enemigo.” Tenía eso de aprovechar el momento. Esa mezcla, por un lado, de rectitud, y por otro de saber cuándo es cuándo. Era intuitivo de un modo muy fino.
–¿Cómo se expresaba esa rectitud?
–Él era muy rígido, entonces se sentía con derecho a serlo con los demás y mucha gente no tenía ganas de eso. Si bien él era razonable, no era flexible, por eso algunas personas no querían trabajar con él (risas). Los tiempos para él eran descansar un poquito cuando se podía, pero quería hacer las cosas ya. Era una máquina, no paraba, siempre estaba pensando en hacer algo. Eso lo caracterizó en algunas cosas acá y las desarrolló en Cuba como dirigente. 
–¿Por ejemplo?
–Por ejemplo, cuando en el Congo recibió la noticia de que la vieja estaba enferma y que era irreversible, se preguntó, como dirigente, si era lícito ponerse a llorar y no lo hizo, se la aguantó. Seguro lloró después, no es que no tuviera sentimientos, sino que no los quería mostrar. 
–¿Y cómo era él con su familia por esos años?
–Si a Ernesto le decían que su familia lo visitaría en La Habana, iba a decir que no, entonces Camilo Cienfuegos, que era su compinche, le ocultó la noticia y se la dijo cuando ya estábamos en el aeropuerto. Cienfuegos era la única persona que podía hacer esas cosas y chistes con él. 
–¿Cómo recuerda esa época?
–Tengo una foto en el Hotel Habana Libre, Hilton en ese momento, en la cafetería. Eso era un “fierrerío”, estaban todos los barbudos con los fierros sobre la mesa. Al lado del cafecito los mozos no lo podían creer. Y allí estaba Camilo, que era su cómplice, el único con el que se permitía hacer jodas, con el resto no.
–¿Esa rectitud la heredó de su familia?
–Ernesto nació en una familia normal, con ciertas cosas distintas, de clase media. Por parte de mi vieja, había mucha guita pero cuando se juntó con mi viejo esto ya no era así. Ella fue al Sagrado Corazón de Jesús, un colegio bilingüe, religioso, de monjas francesas donde estudiaban con mucha rigurosidad, así que eso lo sacó de allí.
–¿Cómo era la familia de su madre, Celia de la Serna?
–Ella quedó huérfana de padre a los dos años y de la mamá a los 15. Era la menor. La mayor estaba casada con un escritor del Partido Comunista argentino que estuvo en España en la época de la Guerra Civil por parte de los republicanos, es decir, que tenía una influencia cercana de este pensamiento. Otro hermano, Jorge de la Serna, era atípico, un poeta que vivía cerca de la naturaleza y que tenía mucha relación con Ernesto. También había opuestos. La otra hermana, Sara, estaba casada con el hijo del presidente de la República, el general Agustín P. Justo. 
–¿Cómo era su madre?
–La vieja era una persona muy poco demostrativa, conseguir un cariño de ella era un premio. Era más fácil que te dijera “tac tac” (hace un gesto de reto) que “muy bien” o que te hiciera una caricia. Con mis tías era distinto, eran más afectuosas. La vieja era muy disciplinada, muy culta y te obligaba a ser culto, a saber y no hablar al divino botón. Años después, yo le decía que desde chiquita la hicieron arrodillar en granitos de maíz y rezar 10 mil padres nuestros. Ella se reía pero seguía siendo así, una persona con estoicismo, muy judeo-cristiana, sacrificial. 
–¿Y su padre?
–Mi viejo era un tipo con una inteligencia fuera de lo normal. Pensaba y soñaba. Eso en mi hermano fue muy claro. Era un tiro al aire, siempre caía en cuatro patas, con un don de ubicuidad incorporado. Era un gran conversador, dibujante, pintor y actor. Como todos los actores, era un mentiroso encubierto que te pintaba la realidad de una manera que no era exactamente así. Tenía ideas raras y era de mandarse a hacer cosas. De esa conjunción nació Ernesto.
–Era mandado a hacer cosas… ¿Como cuales?
–Así, por ejemplo, mis padres fueron a parar a Misiones. ¿Qué hacían dos porteños en el medio del monte en una época en donde la única manera de comunicarse era con un barco que bajaba por los puertos del Paraná? No había caminos, no había nada. Era gente con otras cosas en la cabeza, diferente a lo que normalmente se solía hacer. 
–¿Qué heredó el Che de ellos?
–El viejo le dio la decisión y el arrojo, la vieja la organización y la disciplina, o sea, lo que se empieza se termina. Él veía el final, ella el camino. 
–¿Usted qué aprendió de sus padres?
–Mi viejo decía que siempre hay que ganar, como sea. Mi vieja que hay que ganar, investigar y ser el mejor pero con transparencia. Ella nos metió la ética, él nos metió ganar al rugby, al fútbol, en la vida, y sobre todo no dejarse pasar por encima. No existía que mi madre o que mi padre tuviera razón. No: todo se discutía. La educación que teníamos era no aceptar lo que nos querían imponer y así se daban discusiones.
–¿De qué tipo?
–Había discusiones de todo tipo en mi casa, no existía una unicidad. Mi casa era de un espíritu crítico muy fuerte. Todo pasaba por la discusión política. Los fines de semana era un hervidero de distintas procedencias. Ninguno de los cinco hermanos aceptábamos lo impuesto y Ernesto fue el de mayor profundización en sus criticas.
–¿Cómo era su casa en el día a día? 
–Mi casa estaba llena de libros, mis hermanos eran todos estudiosos. Celia y Ernesto eran máquinas de leer, él escribía todavía más que ella. Sus libros estaban todos escritos. Si quería uno de él, tenía que bancarme las notas y opiniones que ponía por los costados, cosa que no me gustaba porque al final terminaba discutiendo con él y con el autor, o con los dos a la vez. La casa era dejada, no estábamos atentos a si no funcionaba una manija en una puerta, pero si faltaba un libro era un tema.
–¿Y tenían muchos amigos?
–La casa estaba siempre llena de gente, tanto en la época que yo me acuerdo como en fotos de Alta Gracia donde aparecen chicos peinaditos y luego todos desastrosos. Había de todo, no había filtro. En casa trabajaba Sabina Portugal, una boliviana típica, coya, que con su tonada hablaba poco, pero con Ernesto tenía conversaciones larguísimas, no sé de qué hablaban. Era la época del agio y la especulación y ella era peronista de base. No sabía esas palabritas pero sí que le cobraban de más, y yo creo que eso lo discutían. Muchas cosas se le metieron en la cabeza con las conversaciones terrenales. Luego él pasó por Bolivia en la época de Víctor Paz Estenssoro y  ahí debe haber habido influencia. 
–Este Ernesto era una persona de carne y hueso, pero ¿cómo es ser hermano del símbolo?
–(Pausa) De una familia puede salir un personaje histórico que excede lo normal, único. No hay muchos que estén en una camiseta y lo identifiques en Arabia o África y sepas quién es. Tal vez, más o menos, por ahí alguien no sabe exactamente su historia… Diego Maradona, Mike Tyson lo tienen tatuado. ¿Qué tiene que ver Tyson? Algo tendrá que ver, si no ¿para qué se lo va a tatuar? Nadie se tatúa algo que no le interesa.
–¿Qué opina de la “marketinización” de la figura del Che?
–Que hagan negocio ni me va ni me viene. Lo que miro es el fondo de la cuestión: si alguien quiso que no existiera, que no trascendiera, no ha podido. Ahora, hay otras cosas que tienen que ver con la petrificación del personajes, y en eso puede haber un interés de vaciarle sus ideas o banalizarlo como si fuera un rockero, pero el hecho de que esta imagen sea tan difundida es porque es imposible ignorarlo.
–¿Cómo le gusta que la juventud lo recuerde?
–Si lo ponemos tipo Cristo que luchó por nosotros, ¿quién va a creer que puede ser como él? Si existió es porque puede ser posible. Hay que darle herramientas a la juventud. La mediocridad se milita, entonces hay que usar la cabeza y esta es la idea de los museos y de los libros.
–¿Por qué no quiere destacar la fecha de su muerte (8 de octubre)?
–Porque es un mensaje capcioso, de derrota y muerte sin regreso, pero sí hay un retorno de su pensamiento. Si lo matamos ya está, éticamente un tipo increíble, pero no sigas por ese camino porque terminás igual… Hay una posibilidad de ir por ese camino sin terminar muerto y derrotado, si no, no sería posible que el mundo fuese mejor, al menos no en esa idea de no explotación del hombre por el hombre. Por eso es que digo que el 8 de octubre no es el mejor día para evocarlo y no es un tema de dolor. Vamos a recordarlo en su trayectoria, elijamos el día en que inauguró una fábrica, una escuela o cuando nació, pero el hombre, no el guerrillero y menos el guerrero muerto, el héroe que para serlo tiene que ser mártir y muerto. Es por eso que decidí hablar, no porque tenga mucho para a decir sobre cosas de fondo, sino para desacralizarlo, desmilitarizarlo, ponerlo en la tierra, trasladar sus ideas y que la gente se acerque a ellas, que las recepte. 
–¿Qué opina del Che guerrillero?
–Yo lo retiro del guerrillero heroico porque esos son tres años de su vida. Me parece que hay que sacarlo de ese contexto guerrero. Lo principal de sus ideas está en el hombre nuevo porque así como estamos viviendo las cosas no funcionan, hay que buscar el equilibrio real. Son sus ideas y no su actividad guerrillera lo que hay que acercarle a la gente. La típica imagen de Korda no me parece que sea la que haya que trasladar. 
–¿Hay que correr la metodología de la lucha armada entonces?
–Hacer hincapié en que la guerra es el modo para liberarse va a generar una serie de encontronazos que quizás en este momento no sirve, entonces ¿para qué meterse por ese lado si no es el principal? Quizás en Cuba fue un medio, pero la lucha armada funcionó allí y no en otros lados. 
–Pero él fue comandante.
–Sí, fue el primer comandante que nombró Fidel Castro, pero él no era militar. Fue presidente del Banco Nacional, ministro de Industria, secretario del Partido Único … Él se fue haciendo a fuerza de ver las necesidades del objetivo, que no era militarizar el país sino transformar y hacer el hombre nuevo, ese es el punto clave.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ernesto de bebé y sus padres

 

 

Ernesto con su niñera Carmen Arias, la madre gallega del Che

 


Ernesto jugando a los indios Alta Gracia-9 años


Ernesto en edad escolar

Ernesto y flia. en Miramar de vacaciones

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ernesto Universitario

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ernesto en la Facultad de Medicina de Córdoba

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ernesto padre

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ernesto y su Familia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Alberto Díaz (korda) y su mítico retrato del Che