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              PURO HUMO

 

 

 

 

 

 

 

Por Luis Bruschtein

El cacerolazo se hizo famoso cuando las señoras de la clase media alta se movilizaron en el Chile de los años ‘70 contra el gobierno socialista de Salvador Allende. Aquí también se usa como protesta y este jueves y viernes se produjeron cacerolazos emparentados con aquellos chilenos. Pese a que lo usan los ricos cuando se toma como protesta la imagen de una olla vacía, lo primero que se piensa es en la falta de alimentos. Para ser redundantes: una cacerola vacía tendría que ser una protesta contra el hambre. Uno quiere pensar que la olla vacía la muestra el que no tiene con qué llenarla. Por eso resulta patético que suenen en Recoleta o Barrio Norte, que es donde no tienen ningún problema para atiborrarla. Que una señora recoleta cacerolee es lo más parecido a una broma si uno pudiera reírse sin indignarse. Hubo muy poco cacerolazo. Fue más lo que intentaron mostrar TN y algún otro medio empeñado en exagerar la protesta opositora, que lo que realmente hubo. Pero ni siquiera cuando esos medios enumeraban los barrios donde se habían producido cacerolazos, ni siquiera cuando ellos hacían la lista, se les ocurrió incluir algún barrio humilde. Las pocas señoras que mostraban las ollas, son las que más tienen para llenarlas y es poco probable que lo hayan hecho en solidaridad con las ollas no tan opulentas de los barrios más humildes.

En realidad, el gran cacerolazo convocado por la supuesta mayoría silenciosa fue más silencioso que mayoría. Fue un intento de las usinas de inteligencia más duras de la oposición para tratar de hacer un puente otra vez entre una protesta ciudadana con los nuevos enojos de la Mesa de Enlace bonaerense, esta vez molestos por el revalúo de sus tierras, cuyo valor fiscal permanecía inmóvil desde hace décadas.

Fueron sintomáticos dos hechos: el primero fue que fracasó el intento de los ruralistas de convocar a una protesta a nivel nacional. Y el segundo fue la escasa convocatoria que tuvo el promocionado cacerolazo. Si se quiso reescenificar la protesta masiva de la época de la 125, el fracaso fue de proporciones importantes.

Otra vez la oposición sintió los rebencazos de la oposición mediática cuando dio quórum en la Legislatura bonaerense para discutir el revalúo de los campos. La operación esta vez fue mostrar una fotografía no muy clara del celular de José Ottavis, dirigente de La Cámpora, e inventarle un texto. Sobre la base de una foto real, pero borrosa, se especuló con un contexto en que el oficialismo supuestamente había comprado la presencia de los legisladores opositores, para el caso, los radicales y los peronistas disidentes. El oficialismo aparecía pagando las coimas o siendo complacientes con ellas, pero el golpe era contra los legisladores de la oposición que supuestamente las recibían.

Ottavis explicó que otra legisladora de su bancada le contaba en un mensaje telefónico lo que se estaba diciendo en su pueblo. Era una versión que se había hecho correr para castigar a los legisladores opositores. Esa versión de pago chico fue la tapa de Clarín y se reprodujo hasta el cansancio por los noticieros del multimedio. Esa operación ya se había intentado cuando se dijo que el oficialismo había comprado el voto de los diputados radicales que votaron a favor de la expropiación de la mayoría accionaria de YPF. Cuando la oposición transgrede la norma que le imponen los grandes medios, es castigada con el mismo tipo de denuncias furiosas, pero nunca probadas sobre corrupción. Ya se sabe que la mejor forma de obstruir y oponerse sin discutir política es hablar de corrupción, con lo que se les hace un gran favor a los corruptos.

Toda la discusión alrededor del famoso mensaje del celular de Ottavis fue puro humo, algo que se ha convertido en moneda de cambio desde que la principal fuerza de oposición al oficialismo son los grandes medios de comunicación, que funcionan como corporación opositora.

Y hablando de moneda de cambio, también fue puro humo toda la discusión alrededor del dólar. Todo lo que se dice del dólar resulta controvertido. Los mismos que hablan de pesificación también hablan de devaluación, todo al mismo tiempo y sin explicar los motivos en una economía que tiene los índices macro bastante estabilizados. Pero cualquier cosa que se hable del dólar sensibiliza la piel de un sector de la clase media.

Todo está relacionado con todo, y entre los puntos que convocaban al cacerolazo también estaban las nuevas medidas de control de cambios. Si el cacerolazo representó ese malestar, podría pensarse que es bastante reducido. Pero lo real es que la problemática del dólar sensibilizó a una gran parte de la clase media. Sin embargo, la discusión fue también puro humo, como todas las veces que se indujo temor en ese sector en los últimos nueve años. En ese lapso hubo más de una pequeña corrida hacia el dólar, inducida por los medios y por los especuladores. Y sin embargo, cada vez que la hubo, cuando parecía que era inminente la devaluación o el corralito que se habían anunciado, el humo se desvanecía, no se producía ningún movimiento, no se anunciaba ninguna medida y los que habían corrido a comprar dólares se los tenían que guardar en algún lugar.

Una y otra vez se repitió la misma historia y por eso sorprende que todavía tenga efecto. Como dice el dicho: el ser humano (o la dólar) es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Estas versiones surgen con mensajes de Internet que nunca se sabe bien de dónde vienen y que piden ser reenviados y que te avisan con urgencia que compres dólares o los retires de los bancos porque tienen información de primerísima mano porque conocen a la esposa de un hermano del ministro. A veces es el mismo empleado del banco el que transmite esas falsas advertencias. Cuando ese movimiento lo realizan los grandes capitales, ya no se trata de miedo sino de especulación y muchas veces son ellos los que inducen el miedo para hacer negocio con la especulación.

En definitiva, entre una cosa y la otra pareciera que el deporte favorito de los argentinos fuera hacer humo, hablar del humo, hacerse mala sangre por el humo y cuando el humo se disipa, preguntarse íntimamente qué clase de estúpidos somos por haberle dedicado tanta energía al cuete. Es la sensación que ha dejado cada una de esas pequeñas corridas al final, cuando ya pasó la angustia, cuando viene la vergüenza por el desborde de rabia o por la histeria descontrolada. Todo pasó y solamente queda la sensación de haber sido tomado otra vez por tonto.

Lo único que le da visos de consistencia al humo y al vendedor de humo es la construcción virtual que hacen los medios, frente a la cual muchas veces los ciudadanos quedan inermes, sobre todo cuando se apela a una supuesta inseguridad personal y familiar o al temor a perder los ahorros. Son humos de pesadillas que producen resentimiento, individuos que sospechan de todo, ciudadanos en estado de violencia explosiva, gente nerviosa.

El público de los cacerolazos fue muy parecido, si no el mismo, al que participó la semana pasada en el abrazo a los tribunales organizado por el macrismo. Y ayer, en uno de esos cacerolazos en Barrio Norte, fue agredido otra vez el cámara del programa 6, 7, 8. Son todas personas de buen pasar económico, pero cargadas con toda esa furia que en realidad no tiene ninguna explicación sólida: están en buena posición económica, viven en barrios privilegiados, pueden expresar libremente lo que piensan, no han sido agredidos ni reprimidos, ni ellos ni sus familias. Toda esa furia –una furia que nunca expresaron las Madres de Plaza de Mayo, que en todo caso sí tienen motivos más reales– está sustentada en puro humo, es carga ideológica, es una representación cultural primitiva.

La derecha, los medios y los periodistas de la oposición producen puro humo en la radio, en la televisión y en los diarios. Es hora de que en vez de humo se atrevan a exponer lo que piensan: que están contra de la renacionalización de YPF, la Asignación Universal, el matrimonio igualitario o la cárcel de los represores. Todas esas medidas representan un planeta que está propuesto desde el oficialismo. La derecha tiene que salir del humo y mostrar claramente el mundo que propone. El humo ya resulta molesto y en la política hay un hueco grande donde deberían estar las propuestas de la derecha.

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Por Mempo Giardinelli

Al empezar diciembre de 2001 –hace exactamente diez años– muchos analistas políticos sugerían que el único futuro era el abismo. El gobierno del presidente De la Rúa –que había llegado a tener una imagen positiva de hasta el 70 por ciento– había dilapidado en sólo dos años un enorme capital político. La incapacidad y las ambigüedades de este hombre irremediablemente gris definieron una rápida y peligrosa falta de liderazgo, contrastante con la decisión y osadía de su antecesor, a quien se le podían reprochar todas las decisiones que tomaba y sus innumerables defectos, menos, precisamente, el de la indecisión.

La catástrofe no era imprevisible. Era un desastre anunciado porque había múltiples evidencias de lo que se venía. Pero el cinismo negador de la casi totalidad de la dirigencia argentina de la época se sumaba a la creciente penuria económica de la sociedad, y así, de manera inesperada y original, algo se cocinaba con velocidad en las sombras.

Nunca se sabrá cuánto hubo de organización en los saqueos posteriores, en los días previos a la Navidad, pero cuando se produjeron los primeros cacerolazos en el Gran Buenos Aires y en algunas ciudades del interior, y Fernando de la Rúa no tuvo mejor idea que decretar el estado de sitio, el aluvión popular se lo llevó por delante.

En una contratapa que escribí en este diario por esos días, titulada “Padres saqueadores y algunas preguntas”, decía: “La situación no da para más y asistimos a un nuevo desastre político: Fernando de la Rúa firma el estado de sitio y se resiste a renunciar, apenas apuntalado por hijos y amigos y uno que otro funcionario. El radicalismo, el peronismo y el frepasismo han conducido al país a este abismo que reinaugura violencias. Entre todos saquearon al país. Se menemizaron y a coro lo fundieron. Y ahora no saben qué hacer cuando los que fueron saqueados empiezan a saquear las sobras”.

Domingo Felipe Cavallo era uno de los principales responsables del desastre, porque con su política económica terrorista había preparado el terreno. Y De la Rúa, su jefe y a la vez su rehén, era el otro. Las dirigencias en general, y no sólo “los políticos”, eran también responsables del caos porque pudiendo frenar no frenaron y porque antepusieron siempre sus intereses sectoriales por sobre los de la nación. Los dirigentes sindicales eran caricaturas vergonzosas de la historia del movimiento obrero y conspicuos menemistas, que durante diez años habían depredado y corrompido, era público que recorrían cuarteles azuzando una posible intervención militar de emergencia.

Parecía que a los golpistas, que estaban vivos y actuantes, sólo les faltaba apoderarse del Banco Nación, sepultar la educación pública y completar la revancha reivindicando a los militares asesinos. Para ello contaban también con una Corte Suprema y un Senado Automáticos, que parecían preparar el terreno modificando de hecho el orden de la sucesión presidencial.

El llamado Déficit Cero no cerraba ni a palos –literalmente– y el caos social y económico prefiguraba una salida como la de Alfonsín en 1989.

La situación era gravísima y las opciones políticas y económicas, que sí las había, no parecían en capacidad de imponerse. El Frenapo, la CTA, el Plan Fénix y muchas organizaciones sociales y políticas de la Argentina proponían alternativas superadoras. Pero la ceguera del gobierno y de la oposición partidaria parecían absolutas.

La noche del 19 de diciembre Héctor Timerman me invitó a su programa de cable, en el que hablamos de lo que estaba pasando, y cuando salimos a Callao y Corrientes, después de las diez de la noche, nos encontramos con una marea humana que marchaba hacia la Plaza de Mayo. Era una masa amorfa, desorganizada, o al menos sin conducción, pero que sabía lo que quería: rechazar activamente el estado de sitio que De la Rúa había decretado. Era un desafío popular abierto. Un viento, como diría Mario Benedetti, capaz de despeinar a la Historia.

El impresionante cacerolazo de ese miércoles anterior a la Navidad, iniciado en la medianoche y desafiando el estado de sitio instaurado horas antes, se integró con personas que se representaban a sí mismas, que ejercían la democracia directa más directa que alguien se pudiera imaginar. Largamente humilladas, hartas de la traición contumaz de sus representantes, ganaron las calles de las ciudades argentinas como antes lo hicieron otras generaciones. Así como el 17 de octubre de 1945 nació el peronismo de una manifestación del pobrerío marginal y la clase obrera, y en la Semana Santa de 1987 otra manifestación masiva y pluriclasista frenó el golpe de los militares “carapintadas”, así el 19 de diciembre de 2001 quedará en la historia, me parece, como el 17 de octubre de las clases medias urbanas que se resistían a morir.

Aunque algunos la esperábamos, nadie sabía cómo ni cuándo iba a ser esa pueblada. Y eso fue lo mejor: que surgió espontáneamente y por la única gran razón del hartazgo. Por fin la sociedad abandonó la queja y el lamento y se puso en marcha.

Lo importante era que a De la Rúa no lo echaban los acreedores externos ni los ataques desestabilizadores de sus adversarios. Lo expulsaba una mayoría hasta entonces silenciosa que dejaba de hacer silencio y batía las cacerolas no sólo para sacarlos a él y a Cavallo sino para protestar también contra Carlos Menem y la caterva de resucitados que buscaban encaramarse en el poder.