Category: Memoria y Justicia


La última desventura de la democracia

 

 

 

 

 

Por Demetrio Iramain

¿Por qué Hebe habría de estar en el Congreso el jueves, y no junto a sus compañeras en Plaza de Mayo como ocurre desde hace 35 años? Un diputado radical llegó a pedir que Hebe renunciara a su cargo.

La democracia argentina se tenía reservada una última vileza: la insultante citación cursada por la mujer de Barrionuevo a Hebe de Bonafini para que concurra al Congreso Nacional a dar su testimonio sobre la causa en la que es víctima. Peor que eso: para alquilarla en negro y sin contrato al circo donde actúan “ratas y víboras”, como ejemplificó Hebe el jueves pasado, a la misma hora que Schoklender y Patricia Bullrich sobreactuaban análogas conversaciones a las escuchadas en radio y televisión durante los días previos. ¿Por qué Hebe habría de estar en el Congreso el jueves, y no junto a sus compañeras en Plaza de Mayo, como ocurre desde hace 35 años? Hay más: un diputado radical llegó al extremo de reclamar que Hebe renunciara a su cargo en la asociación que preside para facilitar el camino de la justicia. ¿Acaso creerá el diputado que portar el pañuelo blanco en la cabeza otorga alguna inmunidad? ¿Que la ama de casa que aceptó ponerse al frente de la organización luego del secuestro y desaparición de las tres mejores compañeras; que la mujer que condujo a su movimiento por todos los años que duró la dictadura y la impunidad en la Argentina; que la militante que peleó como leona para que los 30 mil desaparecidos fueran reivindicados como revolucionarios y no como “terroristas” o “perejiles”, renuncie a su mandato histórico, a su razón de vivir la vida, para que la justicia pueda investigarla? ¿Sabrá lo que dice el diputado? ¿A qué misterio apunta cuando habla? ¿No se quema?
No, señor Tunessi. El pañuelo blanco no da privilegios con la justicia, sino responsabilidades con los hijos que esas telas blancas brillantísimas, ex pañales, simbolizan. Las Madres nunca evitaron a los jueces. Por el contrario, reclamaron de ellos el más implacable criterio penal, pero partidos como el de Tunessi legislaron borrón y cuenta nueva para los más grandes asesinos y estafadores que sufrió la patria. Todo ello sin contar que fueron las propias Madres las que acudieron a la justicia y pusieron a disposición del juez Oyarbide toda la documentación que fuera necesaria para aclarar lo ocurrido en su Fundación. Tanto, que cuando fue allanada imprevistamente su sede, las Madres condujeron a los oficiales hasta el más íntimo rincón de sus lugares de reunión para ofrecerles el contenido de sus cajones y escritorios. Y más aun: con el correr de la instrucción, los pañuelos blancos fueron aceptados como querellantes en la causa, y fue el mismo magistrado a cargo de la pesquisa el que aclaró ante los medios que Hebe no es investigada. Bueno hubiese sido que el Congreso de la Nación convocara a las Madres para consultarlas sobre las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, hace tantos años. Pero no: obviaron deliberadamente su lucha y las votaron a espaldas del pueblo, con una fórmula propia del consenso que tantos años después propuso el otro gran radical con sueldo del Estado todavía, Julio Cobos: los radicales levantaron la mano y los peronistas, cuya mejor herencia recoge la duhaldista Graciela Camaño, dieron el quórum necesario para realizar la votación. Esa es la democracia que proponen radicales y peronistas federales, más algunos otros de filiación política incierta, integrantes por ahora de la Coalición Cívica, pero que podrían encuadrar en cualquiera de las otras dos fuerzas, cuando el partido de Elisa Carrió se deshilache del todo. O tres, si sumamos al PRO, que también protagoniza un sketch en este circo. Por cierto, la derecha llega 28 años tarde en su intención de abrirles las puertas del Congreso a las Madres. Quienes ahora reclaman su presencia en el anexo de la Cámara Baja, olvidan lo que sucedió en febrero de 1998, cuando la naciente Alianza propuso anular las leyes de Punto Final y Obediencia Debida y las Madres fueron a las puertas del Congreso, para ingresar al recinto y presenciar la votación. Pero no pudieron hacerlo. No las dejaron entrar. No fue por vergüenza; fue por cobardía.
En la calle, si bien llovía, las Madres no se movían de la puerta sobre la Avenida Rivadavia, portando un cartelón preparado para ese día, con la consigna: “Hasta la victoria siempre, queridos hijos”. Adentro, los legisladores no lograban juntar el quórum necesario para sesionar y la reunión especial se levantaba. El número, sin embargo, sí fue conseguido días más tarde no ya para “anular” las leyes de perdón, como habían ilusionado a las Madres, sino para “derogarlas”, sin efecto retroactivo, con lo cual se imposibilitaba el juicio a los asesinos y su castigo. Apenas una declaración de buenas intenciones sin ningún resultado concreto en la Argentina de la impunidad, que lo siguió siendo hasta entrado el año 2004, con Néstor Kirchner ya presidente. Por eso, no es nueva la desavenencia entre las Madres y el Congreso. En 1983, apenas reestablecida la legalidad republicana (que recién fue “democracia” a partir de mayo de 2003), las Madres de Plaza de Mayo demandaron la formación de una comisión bicameral que investigara, reuniera suficiente prueba para el posterior castigo judicial, y condenara políticamente a los responsables del genocidio argentino, y que comprometiera a la totalidad de las fuerzas políticas con representación parlamentaria. Sólo así el Estado Nacional podría quitarse de encima el mote de terrorista que heredaba de los asesinos militares que le pusieron la banda en el pecho a Alfonsín. Pero no. El Congreso les dio la espalda otra vez. El radicalismo en el poder creó una Comisión de Notables, la CONADEP, integrada por marcados cómplices de la dictadura, como Sábato, que la presidió. Creíamos ya haberlo visto todo, pero nos equivocamos otra vez. Las Madres de Plaza de Mayo citadas por los diputados de la derecha a dar examen oral de civilidad y ética republicana. La democracia, que está queriendo parecerse a la bella palabra que la nombra, no se merecía estos nuevos tristes episodios.

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Una victoria para Marta

 Por Alejandra Dandan

Los restos de la mujer, identificados por el EAAF, fueron enterrados en Moreno, donde ella había sido secuestrada. Antes se colocaron baldosas en homenaje a ella y a otros dos desaparecidos. Un cajón multicolor, música y el recuerdo de sus familiares y amigos.

 LA CEREMONIA DE DESPEDIDA DE MARTA TABOADA, MILITANTE Y ABOGADA DESAPARECIDA EN 1976. -“Este momento en que estamos juntos se parece mucho a La Victoria, dijo Marta Dillon, hija de Marta Taboada.-Imagen: Gonzalo Martínez
 

Marta Taboada revolea la melena y encara a una patrulla del Ejército. Su cartera cerrada con panfletos. La imagen vuelta al presente en el habla de uno de sus antiguos compañeros del Frente Revolucionario 17 de Octubre, hoy secretario de Estado. La puerta de la casa vieja donde vivió con sus hijos. La calle de un barrio de Moreno. Un pibe que se da cuenta de que uno de los que está entre los muchos que están ahí, frente a esa casa, que son muchos, puede terminar de contarle de un operativo en el que participó su padre desaparecido. Una carretilla vestida con la bandera argentina. El cajón. La urna con los restos de huesos de Marta Taboada. Unos barquitos de papel de su bisnieto que nadan sobre la pequeña urna de colores entre una estampita de una María Auxiliadora del ’77. La hoz a pocos centímetros de la estrella guevarista. El pelo de la Evita guerrillera. Otra vez el cajón. Y su hija, Marta Dillon –compañera de Página/12–, que con sus hermanos Andrés, Juan y Santiago esperan ante esa casa colocar tres baldosas para ella y otros dos compañeros. “No voy decir mucho”, dijo Marta Dillon cuando empezó. “Hay momentos que se parecen mucho a esa victoria que nombramos siempre, creo que este momento en que estamos juntos se parece mucho a La Victoria. Que todavía falta un montón, falta saber quién disparó, quién cargó los cuerpos en esa esquina de Ciudadela, quién firmó las partidas de defunción como NN con datos falsos. Un montón, pero estamos trabajando para eso.”

Frente a la puerta de la casa de la calle Joly, a unas cuadras del centro de Moreno, se reunieron los hijos de Marta Taboada, de Juan Carlos Arroyo, “El Negro” y de Gladys Porcel de Puggioni para marcar las veredas. Los tres militantes del FR17 de Octubre desaparecieron el 28 de octubre de 1976. Los huesos de Marta Taboada, recuperados por el trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense, siguieron silenciosamente esa primera parte de una ceremonia religiosamente política antes de volver a un auto para encabezar, como en todos los funerales, la caravana al cementerio. Estaban quienes tenían que estar. Eduardo Luis Duhalde negándose la condición de funcionario para quedarse ahí con su mujer, a estarse al lado de esa que fue su compañera de militancia, la apoderada de sus peores momentos de clandestinidad. La mujer que en medio de la dictadura se calzó un auto para sacar del país a “Martita” pero también al hijo más chico del secretario de Derechos Humanos. La mujer que alguna vez, ante una patrulla del Ejército, sacudió la melena y le preguntó a uno de los militares si quería revisar su cartera. El hombre dijo que no, que no hacía falta, aunque ella tenía la cartera llena de panfletos. “No tenía límites en esa entrega”, dijo Duhalde, micrófono en mano, poco después, cuando recordó que la vio por última vez un mes antes de su propio exilio y le pidió “encarecidamente que se cuidara”, porque tenía “más solidaridad que buen tino”, con “un corazón tan inmenso que superaba a muchos militantes de la época”.

Los funerales adquirieron la lógica de las manifestaciones políticas. Comenzaron en pleno centro de Moreno, ante la municipalidad. Un espacio ocupado con los resultados de una reconstrucción reciente de las vidas de los desaparecidos políticos locales. Con fotos que estuvieron enterradas durante la dictadura. Imágenes de las asambleas obreras de Grafa. Paneles de los desaparecidos de Moreno zona norte. Paneles que nombran ahora a quienes hasta hace poco permanecían sin identidad, en un lugar donde el trabajo de la Secretaría de Derechos Humanos local y de los sobrevivientes logró entender que no fueron 38 personas como se creía sino más de 100. Matrimonios. Embarazadas. Desaparecidos de Paso del Rey. De Moreno sur y La Reja. De Trujui y Cuartel V. Imágenes del Mundial 1978. Los centros clandestinos. Los Trabajadores de Educación y Cultura entre los que estaba el escritor Domingo Osvaldo Balbi o Marta Taboada, docente y abogada.

Protegida por la bandera negra de HIJOS en la primera línea, la carretilla con el cuerpo de Marta avanzó por las calles del centro. Ella, que en la urna era “mamá, abuela, bisabuela, amante”, iba adelante seguida por banderas de La Cámpora Moreno; la agrupación John W. Cooke. Lila Pastoriza, Eduardo Jozami, Graciela Daleo, Judith Said. Lohana Berkins y Marlene Wayar, militantes de esa diversidad sexual a las que Marta Dillon les agradeció especialmente la presencia. Carlitos y Camilo de HIJOS a quien la hija de Marta Taboada nombró como “hermanos y hermanas que me cambiaron la vida”. Nora Cortiñas. Lita Boitano. Gastón Concalves. Juana Muniz Barreto. Los hijos de Paco Urondo. Otros. Muchos. Abertina Carri, la compañera de Marta.

El “todo guardado en la memoria” de León Gieco se escuchó más fuerte. Frente a la vieja casa transformada en Jardín de Infantes, Raquel Robles de HIJOS sostuvo el micrófono en las manos como sosteniendo casi sin lágrimas lo que sucedía alrededor. Leyó adhesiones y volvió a leer más porque dijo que habían esperado más de treinta años para ese momento. “Marta creyó hasta el final que valía la pena dar la vida”, se oyó de alguna de ellas. “Tenemos que tener bien claro que la Justicia llega un poco lerda pero llega”, decía en un mensaje la madre del Negrito Floreal Avellaneda. Los HIJOS de Bahía Blanca mandaron “un cálido abrazo hermanador”. Y el Colectivo Militante de Moreno habló de utopías que siguen latiendo.

En la puerta, el hijo de Gladys de Puggioni tomó la palabra. Tupac Vladimir Puggioni vivió en esa casa a los 4 o 5 años. Ahora dirigente de los Descamisados de Salta, hermano de alguien llamado Fidel Cristo y nieto de una abuela que con cada golpe de Estado corría a la plaza del pueblo para retirar y esconder un busto de Eva. “Eran unos jóvenes y estamos poniendo placas a esos jóvenes”, dijo. Nombró a Néstor Kirchner. Todo el mundo aplaudió. Tupac dijo que hay miles de cosas que faltan, que lo sabemos y dijo también que “esta juventud que hay acá entierra a estos jóvenes”. También dijo “hasta la victoria siempre”. Y luego el nombre de sus asesinados. Detrás de los cuales esos muchos decían –decíamos– ahora y siempre.

Habló “El Indio” Domiciano Rivero. Campesino, obrero, hombre que pasó a la semiclandestinidad en mayo de 1978 y quien pasó los siguientes seis años en el exilio de Brasil porque quedarse en América latina le permitía, dijo, vivir de algún modo el mismo proceso. “Hace años no pensábamos que ni la mitad de lo que hay hoy iba a ser posible”, explicó. “Y es bueno ver que creo que se hubiese divertido mucho La Negra con lo de hoy”. Alentado de algún modo por esa voz de los HIJOS que les pedían a los viejos compañeros de militancia hablar de la vida de sus desaparecidos, El Indio se puso a contar algunas anécdotas. Que Marta tenía muchos ovarios. Que alguna vez lo cargó en un Citröen destartalado para llevarlo al teatro mientras estaban clandestinos. Que era la primera obra de teatro que él veía en su vida. Que le dijo que le gustó, pero no entendió ni medio a los actores. “Me cuesta mucho todo esto –dijo en un momento– porque el dolor nos sigue cruzando, sin flaquezas, pero nos sigue cruzando.” Y recordó que Marta Dillon hace tiempo se preguntaba si era cierto aquello que se dice de su madre, que era audaz, que era sensual. “Y sí que lo era”, dijo él. Porque alguna vez, esa mujer, en el ’76, “cuando ya nos asesinaban, mientras charlábamos cómo hacer, si salir o no, y mientras nos iba sacando a patadas el Ejército”, le dijo: “Negro: no sotros somos la contención”. “Es decir –replicó él–: estaba dispuesta a dejarse la vida.”

Marta habló en ese momento. También Camilo, de HIJOS. Dijo que ese cuerpo también era una parte de “nuestros queridos viejos”. Tomó la palabra Duhalde y dijo que era un día de “dolorosa alegría con aires de victoria porque rescatamos a Marta de las tinieblas y de aquello que Videla decía de que los desaparecidos son eso, desaparecidos, no están”. Miguel Fernández, secretario de Derechos Humanos de Moreno, se nombró como sobreviviente. Habló de la necesidad de empezar a contar las historias. Como datos, como herencia. Un alumno de Marta Taboada estaba entre los que se habían acercado. Ella estaba ahí, ahora en la urna.

El vía crucis siguió camino al cementerio de Moreno por la Ruta 7, su ruta, santuarios del Gauchito Gil, los recreos sindicales. Adentro, esperaba el padre Luis entre las banderas brillantes sobre el fondo del cielo de cenizas. El padre Luis, un cura, pero un cura raro. Ahí estaba hablando de darse la mano y de cantar la misma canción que Mugica y Angelelli cantaban en sus misas. El cajoncito ahora estaba en medio del pasto. Se oían palabras de Jesús subversivo y de liberación. En la ronda, hablaron Nora Cortiñas y Lita Boitano. Hablaron de las cosas pendientes, de la edad, de las Madres. De lo que después de ellas quedará por hacer con aquellos que todavía no se encontraron. La hermana de Marta Taboada habló luego de que lo hicieran Andrés, Santiago y Juan como pudieron, con las tripas en el alma. El agua bendita pasó de mano en mano y cada quien pudo echar algunas lágrimas benditas sobre el cajón de esa madre.

Se oyó otra vez Marta Taboada, presente. Ahora y siempre. Todo el mundo caminó entonces hacia el lugar final, la bóveda de los Taboada donde los restos de Marta, sus huesos, quedaron bien acomodados al lado de los de su padre. Marta Dillon colocó algo más, tal vez un vaso. Los barquitos de papel dejaron de verse, cerrados por una tapa, finalmente. Una cuchillada de amor, quién dijo que todo está perdido, tanta sangre que se llevó el río, pecho, siempre, sacar el alma, iba sonando una canción.

MARTA TABOADA, MILITANTE Y ABOGADA DESAPARECIDA EN 1976

El bombardeo y la caída

Por Marcelo Larraquy

Aquella noche de setiembre de 1955, mientras los doctores, los hacendados y los escritores festejábamos
ruidosamente en la sala la caída del tirano, en un rincón de la antecocina ví cómo las dos indias que allí
trabajaban tenían los ojos empapados de lágrimas.
(Ernesto Sábato, 1956,  en la carta abierta a Mario Amadeo.)

Muchos de los aviadores navales que bombardearon Buenos Aires habían acompañado la celebración de Corpus Christi el sábado 11 de junio de 1955. Hasta entonces, no sabían cuándo ni cómo matarían a Perón.

Solo tres de sus jefes conocían el plan. Era el siguiente: la aviación naval bombardearía la Casa Rosadaen momentos en que Perón reuniera a su “estado mayor”, los hombres con los que compartía las decisiones gobierno. Se encontraba con ellos, semana de por medio, los días miércoles a las diez de la mañana. A esa hora se iniciaría el bombardeo. Duraría solo tres minutos.

 

El plan necesitaba apoyo terrestre

Después del último vuelo, de la última detonación, se activarían las células de los comandos civiles. Las componían alrededor de cuatrocientos o quinientos hombres. Durante la mañana debían permanecer disimulados en las calles y los bares de Buenos Aires. No era conveniente que estuvieran alejados a más de quinientos metros del epicentro de los sucesos, pero tampoco que se acercaran a menos de doscientos.

Los comandos civiles también debían bloquear los accesos a la Plaza de Mayo. Disponían de dieciséis automóviles. En la hipótesis de que la misión fuese exitosa, y que Perón y su gobierno quedaran reducidos a escombros, los comandos se servirían del terror y la humareda para tomar la Casa Rosada. Ingresarían por el acceso principal. Quizá deberían enfrentar al cuerpo de Granaderos, ya diezmado por las bombas. En la confusión, ese combate se libraría sin contratiempos. Los granaderos no eran muchos, cuarenta hombres sin más infraestructura que un destacamento interno en la Casa de Gobierno. Era difícil que, atacados por sorpresa, pudieran bloquear a los comandos civiles. Pero, aun si lo hiciesen, no podrían contener el avance simultáneo de los infantes de Marina por la retaguardia.
Esa era la otra parte del plan. La de mayor importancia de la ofensiva terrestre.

Los infantes eran alrededor de trescientos hombres distribuidos en dos compañías. Se trataba de una diferencia decisiva frente a los granaderos. Atacados por los comandos civiles por el acceso principal de la Casa Rosada, no podrían resistir la avanzada de los infantes por el acceso que da hacia el Río de la Plata.
Para los infantes, la perspectiva del combate sería más que favorable. La relación de fuerzas no se definiría sólo por la cantidad de hombres. También por el armamento. Como parte de los trabajos previos al bombardeo de la Casa Rosada y aprovechando un viaje a Europa de un buque escuela de los cadetes navales, los conspiradores habían adquirido fusiles semiautomáticos FN, de procedencia belga, fuera del programa de la compra oficial. La Armada los hizo ingresar de contrabando. Para que la información no se filtrara, los infantes los tendrían en sus manos sólo un día antes del bombardeo.
Los granaderos, en cambio, debían defender la Casa Rosada con fusiles Mauser de modelo a cerrojo, que cargaban cinco proyectiles. Era un arma de principios del siglo XX.

La comunicación era otro factor clave para la definición del combate. Los conspiradores navales habían entrado en conversaciones con el ex capitán Walter Viader, sublevado de 1951 con el general Menéndez, enviado a prisión y luego amnistiado. Viader estaba en libertad y quería seguir complotando. Junto a los comandos civiles, se ocuparía de organizar la toma de las radios que difundirían la proclama golpista. Se esperaba que la noticia de la caída de Perón hiciera saltar a las calles a los opositores.

Después del bombardeo, una junta cívico-militar controlaría el poder. Intervendríanla CGT y las provincias, liberarían a los presos por razones políticas y fusilarían a quienes resistieran su autoridad. No habían trascendido los nombres de los uniformados. Serían convocados después del triunfo. Los civiles eran tres activos dirigentes de “la contra” peronista: Adolfo Vicchi, mendocino, conservador; Américo Ghioldi, del Partido Socialista, exiliado en el Uruguay, y Miguel Ángel Zavala Ortiz, el más importante de todos, de la facción “unionista” del radicalismo, que acababa de perder el control del partido a manos de Arturo Frondizi. Zavala se pondría el casco de combate. Se comprometió a tomar las bases aeronavales junto a los aviadores. 

La conspiración busca su destino

El factor sorpresa era una perspectiva alentadora para la táctica conspirativa. Pero el plan tenía puntos débiles. Lo que preocupaba era la imposibilidad de acumular fuerzas, después del primer impacto, para defender la toma de la Casa Rosada.

Los conspiradores sabían que las detonaciones no tendrían un efecto quirúrgico. Cumplido el objetivo de extirpar el núcleo duro del poder, quedarían en evidencia los “daños colaterales”: los hombres y mujeres víctimas de las bombas en las inmediaciones de la Plaza de Mayo.
Se esperaba una reacción popular en defensa de Perón. Esta eventualidad hacía impredecible el curso de la operación. Más incertidumbre generaba la reacción del Ejército, una vez consumados los hechos.

No era mucho lo que se había colectado en ese ámbito. Apenas una promesa, la del general León Bengoa, que llegaría a Buenos Aires con una división de Infantería procedente de Paraná. Vendrían en tren, desde Zárate. Bengoa reclamó a los conspiradores una fuerte agitación previa. Quería “ambiente golpista” para movilizar las tropas. Adelantó que iniciaría la expedición luego del estallido. No iban a estar en el frente de batalla desde el primer momento.

El problema de los conspiradores era justamente ese: cómo fortalecerse para responder a una probable reacción militar y popular del peronismo.

El centro de operaciones era la base aeronaval de Punta Indio. De allí despegarían los aviones. En media hora o cuarenta minutos ya estarían sobrevolando Buenos Aires. La toma de la base no presentaría obstáculos. Era difícil encontrar a algún marino que no fuese antiperonista. El jefe de la conspiración era el capitán de fragata Néstor Noriega.
Ezeiza era otra base para el despliegue aéreo. Acababa de ser inaugurado como aeropuerto internacional. Funcionaría como central de reabastecimiento para los aviones después del primer ataque. Desde hacía más de un año se estaba construyendo allí, en forma clandestina, un depósito para almacenar las bombas y el combustible.

Un simulacro aéreo oficial, previsto en la ciudad de Bariloche, fue aprovechado para realizar el traslado administrativo de los explosivos desde la base aérea Comandante Espora, de Bahía Blanca, hacia Punta Indio y Ezeiza.

La Séptima Brigada Aérea de Morón era un objetivo militar de la conspiración. En este caso, la toma era más delicada. Había oficiales aeronáuticos interesados en que el gobierno cayera, pero no tenían el nivel de intolerancia de la Marina. Muchos aviadores eran leales por disciplina.

El control de la brigada permitiría tomar los aviones caza de propulsión a reacción Gloster Meteor. Con sus cañones de veinte milímetros —cada munición contenía la energía de una granada—, el aparato le agregaba versatilidad y eficiencia al poder aéreo de los rebeldes. Además, la toma de Morón bloqueaba la posibilidad de una respuesta inmediata. Era la base aeronáutica más próxima al escenario de los hechos.

La escuadra aeronaval de la conspiración se componía de veintiocho aviones. Cinco de ellos eran los Beechcraft AT11. Descargaban bombas en vuelo horizontal. Los pilotos se habían entrenado con descensos de hasta 360 pies, es decir, apenas arriba de los cien metros. Otro avión para el bombardeo era el North American AT6. Podía descargar bombas de cincuenta kilos volando en picada hacia el objetivo. Eran veinte naves. La escuadra se completaba con tres hidroaviones Catalinas, también de bombardeo horizontal, con bombas de doscientos cincuenta kilos. Un Douglas DC3 y otro DC4 trasladarían las bombas a Ezeiza. En caso de que el golpe fracasara, serían utilizados para llevar a los conspiradores al Uruguay.

La idea del bombardeo tenía varios años. Al menos más de dos. Había sido lanzada en forma ligera, casi al azar, en una comida de a bordo. Imitar el bombardeo japonés contra los norteamericanos en Pearl Harbour, durante la Segunda Guerra Mundial, y destruir la Casa Rosada. Esa era la síntesis. Parecía fantástico. Pero no era serio. La idea de sepultar a Perón bajo los escombros para poner punto final a su gobierno, sin embargo, entusiasmó a los hombres de mar, y empezó a fluir de abajo arriba.

El que motorizó el bombardeo fue el capitán de fragata Jorge Bassi. Era el dueño de la idea. Sería el responsable de sublevar la base de Ezeiza. Bassi fue el que construyó el depósito clandestino, el que durante meses buscó un jefe que se pusiera al frente de la conspiración, el que le advirtió al contraalmirante Samuel Toranzo Calderón que la inteligencia aeronáutica había detectado sus movimientos. Toranzo Calderón era el oficial de mayor jerarquía que Bassi había logrado captar. El almirante Aníbal Olivieri, jefe de la Armada, había sido sondeado para conducir el complot, pero no quiso asumir la jefatura. Tampoco la bloqueó ni la denunció. Olivieri dejó que la sublevación hiciera su propio camino.

Además de conducir el ataque de los infantes de Marina, Toranzo Calderón tenía la misión de atraer aliados en las tres armas. Su cosecha fuera de la Armada fue escasa. Sólo obtuvo el compromiso de algunos oficiales de la Aeronáutica. Pero el contraalmirante contaba con el laissez faire de Olivieri para ocupar el Ministerio de Marina. Ese puesto de combate era clave: estaba ubicado a menos de trescientos metros del objetivo enemigo.

Los capitanes Noriega y Bassi, en cambio, se ocuparían de la logística para que todo funcionara bien: los aviones, el alzamiento de las bases, la carga de bombas y de combustible, la comunicación interna entre los complotados.

La fecha del ataque a la Casa Rosada se decidió de apuro. El martes 14 de junio de 1955, a la medianoche, Toranzo Calderón supo que el Servicio de Inteligencia de la Aeronáutica (SIA) tenía filmaciones del frente del edificio de su departamento, sobre la calle Cuba, en Belgrano. Las imágenes mostraban el ingreso de los conspiradores. Como el contraalmirante esperaba ser detenido de un momento a otro, adelantó el bombardeo. Ya no había tiempo para ejecutarlo al día siguiente, cuando Perón reuniera a su gabinete, pero tampoco podía demorar la operación durante dos semanas.

Se decidió para el jueves 16 de junio de 1955

Ese día, los Gloster despegarían de Morón y volarían sobre la Catedral de Buenos Aires en homenaje al general José de San Martín y en desagravio a la bandera argentina que había sido quemada durante la celebración del Corpus Christi. La programación de este acto era un regalo del cielo para los conspiradores. Si llegaban a tomar la Séptima Brigada, los pilotos aeronáuticos ametrallarían la Casa Rosada y otros blancos estratégicos del poder peronista. Pero había un pronóstico negativo. Para el 16 de junio, el servicio meteorológico anunciaba nubes y poco alcance de la visibilidad.

Sin embargo, la decisión ya estaba tomada. Noriega, jefe de la conspiración en la base de Punta Indio, ya tenía la escuadrilla de aviones con las bombas cargadas. Bassi, en Ezeiza, tenía todo pronto para el reabastecimiento y esperaba el arribo de tropas dela Infantería de Marina desde Mar del Plata, Azul y Puerto Belgrano, en Bahía Blanca.

Un resplandor rojo: la primera bomba

El 16 de junio de 1955, el capitán Noriega se levantó a las 4 de la madrugada. Ordenó una reunión en la biblioteca del casino de oficiales de la base. En ese momento se hizo público el secreto que ya conocían: el plan de ataque y el objetivo del bombardeo.

El pronóstico meteorológico no había errado: el cielo estaba encapotado, las nubes bajas, hacía mucho frío. Era una madrugada de invierno. Noriega pensó que la luz del día iría componiendo el tiempo.

A las 6, casi un centenar de oficiales ya había tomado Punta Indio. El único que debió ser reducido fue Horacio Gutiérrez, un oficial con lazos parentales con el peronismo. Su suegro era el ministro de Educación, Armando Méndez San Martín. Tres días antes del complot, Gutiérrez le había enviado una carta de alerta al ministro, pero fue interceptada por los conspiradores y no llegó a destino.

Noriega estaba comunicado por radio con Toranzo Calderón en el Ministerio de Marina. Lo acompañaba el vicealmirante Benjamín Gargiulo, que respondía a sus órdenes en el levantamiento, pese a que tenía mayor graduación. Los dos se habían apostado en el comando de la Aviación Naval, en el cuarto piso del ministerio. Los infantes de Marina se habían escondido en el sótano, a la espera de la primera bomba. Apenas supo de la sublevación de Punta Indio, Toranzo Calderón envió radiotelegramas a unidades y bases de la Armaday llamó a la rebelión contra Perón.

La sede naval ya estaba liberada. En la tarde del 15 de junio, Olivieri se había internado en el Hospital Naval.

A las 10 de la mañana, Noriega decidió despegar el Beechcraft AT11 de Punta Indio. Fue el primer vuelo. Llevaba dos bombas de demolición de cien kilos cada una. Llegando a Buenos Aires, advirtió que el clima tornaba imposible la maniobra. Decidió mantenerse en el aire, en los alrededores de Colonia, Uruguay. Confiaba en que el tiempo mejoraría. La autonomía de vuelo del Beechcraft era de cuatro horas.

A esas alturas de la mañana, el capitán Bassi ya había tomado Ezeiza, y recibiría el refuerzo de los infantes de Marina, que ya habían partido desde Punta Indio en cinco aviones de transporte Douglas C-47.
La Brigada de Morón se mantenía sin novedades.

Abajo, en tierra, la visibilidad era casi nula. Desde el Ministerio de Marina la niebla no permitía verla Casa Rosada, ubicada a trescientos

El presidente Perón había llegado a su despacho a las seis y cuarto. Cuarenta y cinco minutos después recibió al embajador norteamericano Albert Nuffert. Una hora más tarde, a las 8, el jefe del Ejército, el general Franklin Lucero, le informó sobre las acciones de los sublevados y la posibilidad de un bombardeo. Lucero había intentado certificar esta hipótesis desde la noche anterior —su secretario lo despertó a las 23 con la novedad—, pero no le dio mayor crédito. Había decidido no molestar a Perón ni alarmar a las fuerzas del Consejo de Seguridad.

Pero ahora lo creía. Ya tenía confirmado que las bases de Punta Indio y de Ezeiza habían sido tomadas. Le dijo al presidente que se fuera de la Casa de Gobierno y se refugiara en el Ministerio de Ejército.
No hay precisión exacta sobre la hora en que lo hizo. Perón diría que fue a las nueve y media. Las fuentes son contradictorias. La falta de uniformidad, sin embargo, no resuelve el enigma: ¿Por qué, si Perón se refugió en el Ministerio de Ejército entre las 9 y las 10 de la mañana en conocimiento del bombardeo, no ordenó el desalojo de la Casa Rosada? A esa hora, alrededor de cuatrocientas personas, entre funcionarios, empleados y público, permanecía en la Casa de Gobierno. El mismo riesgo alcanzaba para quienes estaban en la Plaza de Mayo y las calles adyacentes. ¿Por qué el gobierno no la alertó, o prohibió la circulación, o clausuró los accesos? Es un enigma sin respuesta.

Hacia el mediodía, la demora del bombardeo decepcionaba a los potenciales sublevados en tierra. Los comandos civiles, hijos de familias patricias que habían abrevado en el nacionalismo, la derecha católica y el radicalismo, pero sobre todo en el odio al peronismo, como era el caso de Juan Carlos Goyeneche, Cosme Beccar Varela, Santiago de Estrada, Ricardo Curuchet, Santiago Díaz Vieyra o Mario Amadeo, nadaban en la incertidumbre. El bombardeo había sido anunciado a las 10. Pocos minutos después, Beccar Varela entró en contacto con el Ministerio de Marina. Le advirtieron que las naves ya estaban en vuelo. Se había producido una demora, pero la operación marchaba normalmente.

Los comandos estaban divididos en tres grupos, enlazados con un comando central. Se mantuvieron alertas, disimulados en las inmediaciones, tomando café en los bares, mirando vidrieras. A las 12 seguían sin novedades. A partir de entonces, se tomó la decisión de licenciar a la tropa. Supusieron que el bombardeo se habría abortado, y además tenían la orden de no volver a llamar al ministerio.

Para reducir la pesadumbre, algunos comandos se acercaron a Villa Devoto para visitar a los civiles que habían sido detenidos el domingo 12, mientras defendíanla Catedral metropolitana. La cárcel les había impedido formar parte de la avanzada terrestre.

A las 12.40 el capitán Noriega se decidió a atacar. Lanzó la primera bomba sobre la Casa Rosada.Explotó sobre una cocina de servicio del primer piso. La bomba, que pesaba 110 kilos, mató a dos ordenanzas. La explosión hizo caer parte del techo de la sala de prensa. Los periodistas se escondieron en un túnel interno.

Tras el primer impacto, una fila de aviones que esperaba su turno en el aire fue aproximándose hacia el objetivo. Cada piloto disponía de dos bombas. Sobrevolaron la Casa Rosada y efectuaron la descarga.

El bombardeo criminal de los sublevados lanzaría catorce toneladas de explosivos para matar a Perón. También, en oleadas sucesivas, bombardearían a la población civil de los alrededores de la Plaza de Mayo y apuntarían sobre otros blancos estratégicos: la Policía Federal, la sede de la CGT y la residencia presidencial, el Palacio Unzué, sobre la calle Agüero.

Una de las primeras bombas impactó sobre un trolebús. Provocó un resplandor rojo sobre la calle Paseo Colón. La explosión no desintegró en forma total la estructura del transporte público, pero la onda expansiva hizo que los trozos humanos quedaran incrustados en las paredes internas. Allí no hubo heridos. Hubo sesenta y cinco muertos.
Tras la primera bomba, los infantes de Marina salieron del ministerio en camiones de la fuerza. Se dividieron en dos. Una compañía se apostó, calle de por medio, a cuarenta metros de la explanada norte de la Casa Rosada. La otra se refugió en la playa de estacionamiento del Automóvil Club, entre el Parque Colón y el Correo Central, a cien metros de la retaguardia de la Casa de Gobierno. Los marinos comenzaron a disparar.

La avanzada sorprendió a un cuerpo de granaderos que acababa de bajar de un ómnibus casi en forma simultánea, sea porque era el cambio de guardia o porque fueron convocados de urgencia.
La base de la Brigada de Morón no fue sublevada de inmediato. Siguió bajo el mando oficial. Tras la primera bomba, se ordenó el despegue de los Gloster para combatir a los sublevados.
La batalla estaba en el cielo. Un Gloster persiguió y derribó un avión North American AT6 en la zona de Aeroparque. El piloto, guardamarina Arnaldo Román, logró lanzarse con el paracaídas y cayó sobre el Río de la Plata. Luego fue capturado.

Parte de la escuadrilla oficial giró hacia la base de Ezeiza para abrir fuego contra los sublevados. En el ataque destruyeron un bombardero Catalina y averiaron una nave de bandera danesa que estaba en la pista del sector aerocomercial.
Había fuego cruzado.

Los aviones de la Armada comenzaron a bombardear una columna de soldados del Regimiento 3 de La Tablada que avanzaba en camiones por la avenida Crovara para defender la Casa Rosada. Desde distintas azoteas de edificios públicos en las inmediaciones de la Plaza de Mayo —el Banco Nación, el Ministerio de Economía—, civiles armados comenzaron a disparar contra los aviones rebeldes.

Cuando los Gloster leales aterrizaron luego de su primera incursión, la Brigada de Morón había sido tomada por los conspiradores. El comandante de la Aeronáutica Agustín de la Vega había encañonado a sus jefes mientras estaban observando el despegue de los jets. Los superiores y subordinados que no habían adherido al levantamiento fueron reducidos en un hangar. Los Gloster cambiaron de pilotos y volvieron a despegar, ahora con un nuevo objetivo: la Casa de Gobierno. La primera oleada del bombardeo también afectó al edificio del Ministerio de Ejército. Allí, en el sexto piso, estaba el general Lucero junto a Perón, dando instrucciones a las unidades militares para que ocuparan las posiciones enemigas. Le ordenó a la base aérea de San Luis que despegara una escuadrilla de aviones a reacción y que atacara Punta Indio y Ezeiza. De pronto, la onda expansiva de una bomba alcanzó la oficina. El impacto le hizo perder estabilidad a Perón. Sus auxiliares lo empujaron contra un armario para protegerlo. Enseguida, el presidente fue trasladado al sótano del edificio.

El ocaso de golpe naval

A media hora de la primera bomba, el balance era el siguiente: la conspiración golpista dominaba las bases de Punta Indio, Ezeiza y Morón. Hasta entonces, el poder de fuego aéreo estaba garantizado. Pero ya se advertían las carencias: la falta de incorporación de tropas del Ejército. El general Bengoa, que había viajado a Buenos Aires a una reunión en Campo de Mayo para disimular su futura participación en la sublevación, fue detenido en Aeroparque, cuando abordaba un avión hacia Paraná. El Ejército se mantenía leal a Perón: no había movilizado ninguna unidad.

La Infantería de Marina todavía mantenía firme su propósito de tomar la Casa Rosada. Pero la realidad era mucho más ardua que los planes originales. En parte, porque las explosiones no fueron devastadoras. Si bien estallaron veintinueve bombas y hubo doce muertos en la Casa Rosada, muchas otras no llegaron a detonar. La baja altura a la que volaban los aviones no permitía que se activaran las espoletas. Además, el tiempo jugaba a favor del gobierno, que podía acumular fuerzas en la defensa; los conspiradores, no. Los comandos civiles se habían dispersado y no retornaron a la Plaza de Mayo. En tierra solo estaban los infantes, que encontraron un inesperado escollo en la Casa Rosada: los granaderos. La resistencia de los soldados permitió ganar tiempo. Cerca de la 1, a veinte minutos de la primera bomba, desde el Regimiento de Palermo se incorporaron a la zona del combate la artillería liviana y cuatro tanques Sherman.

También las bases peronistas comenzaron a movilizarse. A las 13.12, mientras se incrementaba el fuego entre infantes y granaderos, el secretario dela CGT, Hugo Di Pietro, utilizó la cadena radial. Dijo: “¡Todos los trabajadores de Capital Federal y de Gran Buenos Aires deben concentrarse inmediatamente en los alrededores dela CGT! ¡Todos los medios de movilidad deben tomarse a las buenas o a las malas! ¡La CGT los llama a para defender a nuestro líder! ¡Concentrarse inmediatamente pero sin violencias!”.

Los camiones de la Fundación EvaPerón y de los sindicatos cargaron hombres y mujeres por los barrios del conurbano y de la Capitalpara llevarlos al teatro de operaciones. Los convocaba la defensa a Perón. Algunos iban con las manos vacías, otros llevaban palos, herramientas de trabajo, cuchillos. También revólveres cortos. En Constitución y en el centro porteño fueron asaltados dos locales de venta de armas.

Pero la euforia del peronismo que se movilizaba en camiones se atenuaba apenas llegaban a la Plaza de Mayo. En los acoplados se cargaban decenas de cadáveres levantados de la calle. Los heridos eran trasladados a la Asistencia Pública de la calle Esmeralda y a otros hospitales.

Tres minutos después del llamado a la resistencia de la CGT, el ex capitán Viader difundió el bando golpista. Con sus comandos civiles había tomado por la fuerza las instalaciones de Radio Mitre. Interrumpió la transmisión y obligó al locutor a leer la proclama: “Argentinos, argentinos, escuchad este anuncio del Cielo volcado por fin sobre la Tierra. El tirano ha muerto. Nuestra patria desde hoy es libre. Dios sea loado. Compatriotas: las fuerzas de la liberación económica, democrática y republicana han terminado con el tirano. La aviación de la patria al servicio de la libertad ha destruido su refugio y el tirano ha muerto.

Los gloriosos cadetes de la Escuela Naval y los valientes soldados de la Escuela de Mecánica de la Armada avanzan desde sus respectivas guarniciones acompañados por compactos grupos populares que vitorean al movimiento revolucionario. Ciudadanos, obreros y estudiantes; la era de la recuperación de la libertad y de los derechos humanos ha llegado”.

La proclama fue cortada por el personal de la planta transmisora de Radio Mitre, en Hurlingham. Pocos minutos después, las radios oficiales empezaron a leer un comunicado que tenía la firma de Perón. “Algunos disturbios se han producido como consecuencia de la sublevación de una parte de la Aviación y la Marina. La aviación militar ha derribado un avión y tres han sido obligados a aterrizar. La situación tiende a normalizarse. El resto del país, tranquilo. Fuerzas del Ejército, de la Aviación, firmes en el cumplimiento del deber”.

De inmediato, en el oeste de la ciudad apareció una segunda escuadrilla de aviones. Había despegado de Morón. Ampliaron el radio de ataque. En vuelo rasante, un Gloster ametralló el edificio de la CGT. Un dirigente obrero, Héctor Passano, intentó responder con su arma corta desde la terraza. Su cuerpo fue partido en dos por una ráfaga. También dispararon sobre el Departamento de Policía y el Ministerio de Obras Públicas en la Avenida 9 de Julio. Un oficial fue alcanzado por los disparos. Murió en su oficina.

Por detrás de la cúpula del Congreso asomó otro Gloster. Volaba apenas por encima de la Avenida de Mayo. Se dirigió hacia la Casa de Gobierno para ametrallarla.

A poco menos de una hora del primer estallido, Olivieri decidió trasladarse hacia el Ministerio de Marina. Quería hacerse cargo de la sublevación y evitar su detención en la cama del Hospital Naval. Le costó acercarse al edificio. Los accesos céntricos estaban bloqueados. Aprovechó un sector del puerto por el que todavía no había avanzado el Ejército. Todos los vidrios de los ventanales del ministerio habían estallado. Los infantes se movían cuerpo a tierra para responder los disparos de la artillería del Ejército. El teniente de navío Emilio Eduardo Massera, uno de los jefes del golpe de Estado de 1976, secundó al ministro Olivieri para ingresar por la parte de atrás del edificio.

A esas alturas, el cuadro era el siguiente: la zona del Bajo, el perímetro de las avenidas Leandro N. Alem, Eduardo Madero y Paseo Colón, la avenida Corrientes y las calles de las inmediaciones estaba en situación de guerra. Circulaban jeeps del Ejército, camiones de obreros y simpatizantes peronistas, se gritaba por Perón, se alzaban banderas. Las balas se cruzaban entre los edificios y la calle.

La posición dominante de los infantes en el campo de batalla empezó a revertirse antes de las 3 de la tarde. La artillería había instalado su cuartel en un edificio ubicado en la esquina de Leandro N. Alem y Viamonte. Era la base para el ataque contra los infantes que se mantenían frente a la explanada norte dela Casa Rosada. Olivieri tomó contacto conla Escuela de Mecánica dela Armada, pero ya era tarde para que se volcara al alzamiento: estaba rodeada por el Regimiento 1 de Palermo.

La hijoputez de los golpistas: Los asesinos que bombardearon Plaza de Mayo el 16 de junio del 1955 fueron “un puñado de valientes” y el culpable de las 350 muertes… ¡fue el propio Perón!
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A los sublevados no sólo les quemaba el fuego oficial. También civiles armados del peronismo y de la ALNles disparaban desde los muros, los árboles o las terrazas. A las 3 de la tarde, esa compañía de Infantes tuvo que ser replegada hacia el Ministerio de Marina. La otra, que se mantuvo apostada en el Automóvil Club, se guareció en el edificio poco después.

En las bases aeronavales, la conspiración también estaba cercada. Punta Indio fue tomada por una división del Regimiento Motorizado de La Plata. Una toma pacífica, en realidad, porque la base quedó desguarnecida luego del primer vuelo. Toda la infraestructura logística había sido trasladada a Ezeiza. Sólo Gutiérrez permanecía en el calabozo.

Ezeiza, en tanto, estaba siendo atacada por los soldados del Regimiento 3 deLa Tablada. Morón también estaba en riesgo. Los leales al gobierno apresados en el hangar mataron a un teniente de Aeronáutica que los custodiaba y empezaron a dispersarse por la base.

Con las fuerzas de tierra atrincheradas en el Ministerio de Marina, los conspiradores combatían en tiempo de descuento. Lucero había ordenado un ataque múltiple con ametralladoras pesadas desde la Casade Gobierno y el Ministerio de Ejército. Disparaban con morteros de ochenta milímetros. Rodeada de tanques, la batería antiaérea de la artillería y la infantería motorizada, desde una ventana del séptimo piso de la base rebelde, agitó un lienzo blanco. Eran las 15.17.
Seguidos por grupos de civiles que acompañaban el paso de los tanques, y luego de que mediaran dos comunicaciones telefónicas entre Olivieri y Lucero, los generales Carlos Wirth y Juan José Valle se acercaron al ministerio en un jeep con la intención de parlamentar sobre la rendición. Pero fueron sorprendidos. A las 15.20, los aviones de la Marina Beechcraft AT, North American AT6 y el Catalina volvieron a sobrevolar la Plaza de Mayo y descargaron treinta y tres bombas. Sólo ocho no explotaron. El ataque destruyó dos pisos del ala sur del edificio y mató a un soldado conscripto. También fue muerto un general. Muchas de las naves fueron alcanzadas por las baterías antiaéreas de la Casa Rosada, pero ninguna fue derribada.

Los marinos en tierra aprovecharon la confusión y reanudaron el fuego. Muchos civiles fueron muertos y heridos en el contraataque. La acción provocó la furia de los leales a Perón.

Esta nueva oleada, la tercera de la conspiración, bombardeó el epicentro del poder: la Casa Rosada, el Ministerio de Ejército, el Ministerio de Hacienda y el Banco Hipotecario. La residencia presidencial también fue atacada. Cada avión que la sobrevoló lanzó una bomba. Una cayó en el parque del Palacio Unzué y no detonó. Otra mató a un barrendero en la calle. La tercera, que erró el blanco por doscientos metros, cayó sobre la calle Pueyrredón: mató a un automovilista y a un chico de 15 años. El ataque fuera del palacio tenía una razón de ser: suponían que en un edificio de la calle Gelly y Obes se había refugiado Perón.
El fuego de los conspiradores se sostuvo poco tiempo más. Un tanque Sherman disparó sobre el segundo piso del Ministerio de Marina, provocó un boquete y un incendio en la sala de almirantes.

A las cuatro y media de la tarde, Olivieri reclamó una negociación directa con Lucero. Estaba dispuesto a entregar el ministerio y rendir a las fuerzas rebeldes, pero, mientras los civiles continuasen alrededor de las tropas del Ejército, continuaría el combate.

Los sublevados temían que las fuerzas leales no pudieran controlar al pueblo peronista. La rebelión podía concluir con un linchamiento y no querían correr ese riesgo.
Mientras la Marina negociaba los términos de la rendición, Noriega tomó la decisión de enviar un Douglas DC-3 de Ezeiza hasta la Brigada de Morón para evacuar a los complotados que seguían en combate contra las fuerzas oficiales. El DC-3 podía cargar a treinta pasajeros. El resto, más de setenta, debía quedar en tierra. La imposibilidad de cargar a todos generó una discusión entre los pilotos, pero ya no había mucho tiempo. El DC-3 pudo levantar vuelo pese a la sobrecarga: terminó llevando a cincuenta pasajeros. En el carreteo, logró alzar vuelo antes de embestir un tanque de combustible que le habían cruzado sobre la pista; de rozarlo, lo hubiera envuelto en una bola de fuego.

Los marinos también lograron despegar los Gloster. En vuelo hacia el Uruguay, ametrallaron la Casa Rosada. Fue el último acto de servicio de la rebelión frustrada.
Entonces, a las 17.25, en la Plaza de Mayo ya había miles de personas convocadas por el gobierno.

En forma simultánea al vuelo de los Gloster, desde el Ministerio de Ejército Perón encomiaba por cadena nacional “la acción maravillosa que ha desarrollado el Ejército cuyos componentes han demostrado ser verdaderos soldados […]. Desgraciadamente, no puedo decir lo mismo de la Marina de Guerra, que es la culpable de la cantidad de muertos y heridos que hoy debemos lamentar los argentinos”.

Para entonces, desde las bases de Morón y Ezeiza, treinta y seis aviones con ciento veintidós sublevados habían huido hacia el Uruguay. Uno de ellos era el radical Zavala Ortiz.

El mayor del Ejército Pablo Vicente, a cargo de la custodia de los prisioneros del Ministerio de Marina, visitó en la madrugada del día17 a los tres líderes de la rebelión, Olivieri, Toranzo Calderón y Gargiulo. Estaban en calabozos separados. Les adelantó que serían juzgados por una corte marcial y que no podrían escapar al fusilamiento. Antes de retirarse, dejó a cada uno de ellos una pistola para que decidiera por sí mismo su destino. De los tres hombres de armas, Gargiulo fue el único que la usó.

De la pacificación al “cinco por uno”: la caída de Perón

Tras el vuelo final de los sublevados, la población comenzó a rodear la Catedral. Aquel discurso de Perón de 1953, luego del atentado en Plaza de Mayo, volvía a resonar en las calles: “Cuando haya que quemar, voy a salir yo a la cabeza de ustedes; pero entonces, si fuera necesario, la historia recordará la más grande hoguera que haya encendido la humanidad”.

Esa noche se quemaron las iglesias. La Curia metropolitana fue destruida en forma parcial, también fueron saqueadas sacristías y estatuas. Algunos sacerdotes y feligreses fueron hostilizados. Perón, para salvar la responsabilidad del peronismo, acusó a los comunistas.
El 16 de junio de 1955, en la ciudad de Rosario, comunistas y peronistas se habían manifestado contra el bombardeo. Habían impreso un panfleto: “Unidad popular contra el golpe oligárquico imperialista”.

La Sección Orden Social y Político —un correlato de la Sección Especial de la Policía Federal— aprovechó la ocasión para encarcelar a los manifestantes. Detuvo a varios centenares de personas por “desorden público”. Al día siguiente, la División Investigaciones fue a la casa del médico comunista Juan Ingalinella. Tenía una imprenta clandestina y había sido detenido más de veinte veces, la mayoría de ellas por “desacato y resistencia a la autoridad”. Ingalinella pensó que sería una detención más. Se entregó. No fue así.

Para empezar, el abogado Guillermo Kehoe, que reclamó por su libertad, fue detenido y torturado por uno de los jefes de Orden Social, Félix Lozón. Tenían algo en común: eran amigos de la infancia. Habían cursado juntos la escuela primaria. Lozón lo torturó toda la noche. A la mañana siguiente, convocó a Kehoe a su despacho. Le dijo:

—¿Sabés para qué te llamé?
—Para torturarme de nuevo —respondió el abogado.
—No. Es para felicitarte. Sos un tipo de aguante.
Kehoe le preguntó por qué no le pegaba un tiro y terminaba de sufrir. Lozón le pidió que no se confundiese.
—No… eso no. Yo no soy un asesino. Soy un torturador.

A los pocos días, los detenidos fueron recuperando su libertad. Ingalinella no. Pero la policía decía que ya lo habían soltado. La jefatura de policía presentó un recibo que certificaba el retiro de sus pertenencias. Tenía su firma.

El médico comenzó a ser buscado. Nunca lo encontraron. Al cabo de los años se supo que había muerto de un paro cardíaco durante la sesión de torturas. Su firma había sido falsificada. En 1961, la Justicia condenó a prisión perpetua a la jerarquía policial rosarina —los oficiales Félix Monzón, Santos Barrera y Francisco Lozón, entre otros— que había prestado servicios durante el peronismo. En la apelación, las penas fueron atenuadas. Se cree que el cuerpo de Ingalinella fue tirado al río Paraná o fue cremado. Fue el primer caso de desaparición forzada por razones políticas.

No era la primera vez que se bombardeaba Buenos Aires por un conflicto político interno. Los cívicos de Leandro N. Alem, durante la Revolución del Parque de 1890, también habían ordenado el bombardeo desde naves en el Río de la Plata. Pero pocas veces la historia argentina había registrado un atentado criminal de la magnitud del 16 de junio de 1955, en el que murieron 308 personas.

Perón trató de limitar las consecuencias. “Prefiero que sepamos cumplir como pueblo civilizado y dejar que la ley castigue. No lamentemos más víctimas. Nuestros enemigos cobardes y traidores merecen nuestro respeto, pero también merecen nuestro perdón. Por eso, pido serenidad una vez más”, dijo.

No promovió un entierro colectivo ni colocó a los muertos como bandera de combate y le ordenó a la prensa oficialista que moderara su estupor ante la masacre. En su discurso, invitó a tomar el bombardeo como una “lección al pueblo argentino”, para abandonar los caminos de la violencia y retomar los del orden, la ley y la tranquilidad pública.

La sublevación no pudo tomar el poder. En términos militares, fracasó. Pero el poder político de Perón fue alcanzado por las bombas. El 16 de junio había sido un ensayo. La conspiración no se detuvo.

Dos días después de que centenares de personas fueran muertas por la marina rebelde, el diario La Nación tituló: “Gran tranquilidad pública”. Valoró la mesura del discurso de Perón después de las bombas e interpretó el fuego aéreo contra la población civil como una consecuencia “algo natural” en las confrontaciones políticas.
El Congreso realizó una sesión de repudio al ataque, pero el radicalismo no participó. En un comunicado, la UCR informó que el bombardeo era el corolario de las políticas de Perón. Exaltó su culpabilidad pero excluyó la del poder naval sublevado.

El llamado oficial a la quietud y la reflexión fue el comienzo de un plan de conciliación que el presidente intentó entablar con la oposición. Lo intentó, primero que nadie, con la Iglesia. Perón ordenó que se restauraran los templos incendiados y purgó de su gabinete a las figuras más expuestas en la política anticlerical, los ministros de Educación, Méndez San Martín, y del Interior, Ángel Borlenghi, que había sido el primer sindicalista socialista —empleados de comercio— que obtuvo un cargo de gobierno.

Perón también intentó reconciliarse con el empresariado. El 30 de julio de 1955 anunció que, tras doce años de lucha, se habían logrado la independencia económica y la reforma de la Constitución y, si bien quedaba mucho por hacer, daba por concluido el “período revolucionario” del gobierno. “No vamos a seguir peleando con las sombras ni con nadie”, expresó en la sede de la central obrera.

Perón también buscó distender la relación con los partidos políticos. Echó a Raúl Apold, el secretario de Medios, y, por primera vez en diez años, se escuchó la voz de la oposición en las radios del Estado.

El líder radical Arturo Frondizi rechazó la conciliación. Para él, esa estrategia intentaba encubrir “la entrega espiritual y material del país”. La UCRse oponía a la privatización del petróleo: la compañía California Argentina, subsidiaria de la estadounidense Standard Oil, explotaría 50.000 km2 en Santa Cruz por cuarenta años. El líder radical no absolvía al peronismo. Lo consideraba responsable de los “sucesos trágicos” del 16 de junio. En forma cada vez menos implícita, la UCRavalaba su derrocamiento. Otros partidos, el conservador y la democracia progresista, en cambio, reclamaron la renuncia de Perón y una “amnistía política” para los marinos detenidos tras los bombardeos.

La iniciativa pacificadora de Perón había sido recibida con escepticismo. Para la oposición, ya era tarde para desandar los hechos. Por un lado, había grupos de civiles y militares, las fuerzas conservadoras con las que había confrontado Evita, que deseaban terminar con su gobierno, extirpar a las masas de la movilización política y revertir la nueva distribución de ingresos, que había perjudicado sus intereses a lo largo de diez años.

Por otra parte, los partidos que ponían énfasis en las libertades civiles antes que en los intereses económicos corporativos no confiaban en la nueva versión de Perón.

En el resumen de lo actuado en sus dos gobiernos, habían denunciado la utilización de la policía como una fuerza de choque paralela, sus torturas, el encarcelamiento a los opositores, la clausura de diarios, el veto a la expresión disidente, la destrucción del gremialismo no peronista, el despojo de los bienes de los partidos políticos. Y la lista seguía: la corrupción de sus colaboradores, los negociados, el favoritismo para los empresarios del poder, la falta de empleo estatal para los que no estaban afiliados al partido, la expulsión de los docentes no peronistas de las universidades.
La política de “pacificación” se agotó apenas inició su camino. Entonces, Perón modificó el escenario y retomó la ofensiva. A un mes y medio del bombardeo, hizo pública su renuncia al gobierno. Ni siquiera su renuncia, su “retiro”.

La táctica obtuvo los resultados imaginables: los dirigentes peronistas la rechazaron y al día siguiente la CGT convocó a un paro con movilización a la Plaza de Mayo.
Toda la calma que Perón había promovido en los días posteriores a la masacre para reducir la tensión política, la promesa de la revolución terminada y las propuestas de negociación fueron dejadas de lado. En venganza a ese pedido de “tregua” estatal no escuchado, auguró el devenir de la violencia. El 31 de agosto de 1955, desde el balcón de la Casa Rosada, dijo: “Desde ya, establecemos como una conducta permanente para nuestro movimiento: aquel que en cualquier lugar intente alterar el orden en contra de las autoridades constituidas, o en contra de la ley o la Constitución, puede ser muerto por cualquier argentino. […] La consigna de todo peronista, esté aislado o dentro de una organización, es contestar a una acción violenta con otra más violenta. ¡Y cuando uno de los nuestros caiga caerán cinco de ellos!”.

El “cinco por uno” se convirtió en el símbolo de su ira, pero, más que de su ira, de su impotencia. Prisionero de su debilidad y del agotamiento del proyecto de su gobierno, Perón intentó atemorizar con palabras a una oposición que no detenía los planes de conspiración ni se asustaba.

El final de la política de conciliación no se tradujo en violencia de hecho. Las masas obreras volvieron a sus casas como cualquier otra jornada de fiesta peronista. No hubo ataques ni incendios, pero todos los puentes con los estamentos opositores se habían roto.

La CGT ofreció al jefe del Ejército, general Lucero, el servicio armado de sus afiliados para la defensa del gobierno. Eran seis millones. Otros grupos peronistas pidieron ametralladoras para enfrentar una nueva rebelión.

Perón desalentó la formación de “milicias populares”. No deseaba que la resolución del conflicto se librara con el pueblo en armas enfrentando en la calle a grupos civiles y militares rebeldes. Ese era un límite que no quería traspasar. Jamás había promovido al pueblo a la lucha. Hasta entonces, el peronismo no tenía experiencia en ese sentido. Además, existía un riesgo. Si armaba a la clase trabajadora, ¿después quién le quitaba las armas?

Los sectores golpistas de las Fuerzas Armadas creían que la formación de las milicias era inminente. Y si no lo creían, lo decían. Era un argumento para sumar fuerzas a la rebelión. La quema de iglesias y la violencia discursiva de Perón también fueron disparadores para la organización de un nuevo alzamiento.

El 2 de septiembre, el general Dalmiro Videla Balaguer, que había recibido la medalla a la “lealtad peronista” por su actuación en el bombardeo de junio, intentó sublevar la guarnición militar de Río Cuarto, en Córdoba, junto con otros cinco oficiales. El movimiento fracasó, se fugaron y no pudieron ser capturados. Fue el primer indicio. Perón no cortó su proyección. No depuró de las filas castrenses a los sectores golpistas, tampoco realizó una reestructuración que favoreciera a los suboficiales que se mantenían leales a su mando.

Uno de los focos de la conspiración lo lideraba el general retirado Eduardo Lonardi. Ya se había levantado contra Perón en 1951. Permaneció casi un año en prisión. Pero entre ellos había un antecedente más personal: en 1937, mientras servía en la agregaduría militar de la embajada en Santiago de Chile, el mayor Perón había tendido una red de espionaje que le proveía información sobre movimientos de tropas y compras de armas del ejército local. La red fue descubierta cuando él ya se había marchado de la embajada y el caso estalló en las manos de su reemplazante, el mayor Lonardi, quien fue deportado de Chile por orden del presidente Arturo Alessandri Palma.

Lonardi representaba a sectores nacionalistas y católicos del Ejército. Fue el coronel Arturo Arana Ossorio, de artillería, católico y también rebelde en el ’51, quien lo entusiasmó para liderar la sublevación.

El 16 de septiembre de 1955, Lonardi tomó las escuelas militares de Córdoba. Los comandos civiles armados acompañaron su misión. El último bastión fue la policía local, que no se rindió y enfrentó a los insubordinados.

Para la Marina, el alzamiento tampoco resultó sencillo. Tomaron la base de Puerto Belgrano, en Bahía Blanca, pero el avance sobre la de Río Santiago, en La Plata, fue rechazado por el fuego de la artillería y la aeronáutica leales.

El general Pedro Eugenio Aramburu, que dudó en un primer momento de colocarse al frente del movimiento militar, viajó a Curuzú Cuatiá, en Corrientes, para tomar un regimiento. Al llegar tarde, su objetivo fracasó. Entonces huyó y dejó a la deriva a las tropas sublevadas.

Dos días después del alzamiento, los rebeldes estaban acorralados. En Córdoba, diez mil hombres de las tropas leales habían recuperado el aeropuerto. La base de Río Santiago había sido recuperada. Las guarniciones de Capital Federal no se habían levantado. Lonardi estaba a punto de rendirse. Sólo la Marina de Guerra alzada, que había bombardeado la destilería de petróleo de Mar del Plata y amenazaba con continuar el ataque sobre los depósitos de La Plata, Dock Sud y Capital Federal, le daba un poco de aliento al plan rebelde.

Pese al cuadro favorable, el día 19 de septiembre, Perón renunció con un mensaje ambiguo, que el general Lucero transmitió por la cadena oficial, para asegurar una “solución pacífica”. Algunos oficiales le pidieron continuar la lucha, pero el jefe de Estado no varió su posición. Delegó el poder en una junta de generales, que se vio obligada a pedir una tregua a los insurrectos cuando estaban a punto de dar por finalizada su sublevación. Al día siguiente, la junta parlamentó con el almirante Isaac Rojas en un buque de guerra y acordaron la cesión del poder.

Si Perón esperaba que su decisión generara un nuevo 17 de octubre y la indignación popular lo repusiera en el poder, el cálculo político falló.

Algunos grupos sindicales habían reclamado armas para defender al gobierno —que le fueron negadas—, pero la nueva conspiración militar no desencadenó un estado de movilización en el peronismo. La CGT se mantuvo a la expectativa. Lo mismo sucedió en el Ejército. La mayoría de los oficiales estaban decepcionados con Perón —en especial por la quema de las iglesias—, pero no promovieron su derrocamiento porque se sentían ajenos a las luchas políticas. Sumidos en la incertidumbre, los leales, o mejor dicho los “legalistas”, demoraron la tarea: habían reprimido sin convicción.

El 21 de septiembre de 1955 Lonardi asumió como “presidente provisional” de los argentinos y dos días después ingresó en la Casa Rosada. La Plaza de Mayo fue desbordada por el festejo. Perón se había embarcado en un buque de guerra paraguayo y emprendió viaje hacia ese país. No quería sentirse responsable de una guerra civil. Abandonó el poder y no hizo nada, ni dejó que nadie lo hiciese, por Evita. El padre Hernán Benítez le pidió unas líneas de autorización para que la madre retirara el cadáver embalsamado de su hija del salón de la CGT. No se las concedió.

Perón volvería al país diecisiete años después.

[Capítulo 4 de “Marcados a fuego (2). De Perón a Montoneros”, Aguilar, 2010]

MATEN A PERÓN!!!

16 DE JUNIO DE 1955 – Bombardeo a Plaza de Mayo…El director Fernando Musante elaboró en torno de este suceso un interesante documental en el que testigos presenciales de esa masacre narran las horas de horror que vivieron aquellas víctimas que transitaban porla Plazade Mayo y por sus alrededores. Dos actores -María Fiorentino y Claudio Rissi- relatan minuciosamente esa jornada lluviosa que comenzó al mediodía y se prolongó hasta bien entrada la noche. El film deja de lado el aspecto meramente político de este suceso para indagar en los relatos de algunos de sus sobrevivientes y se apoya en algunas situaciones ficcionales que aportan calidez a este film basado, además, en fragmentos de noticieros y en fotografías de la época

El 16 de junio de 1955 un grupo de aviones, en su mayoría pertenecientes a la fuerza aeronaval, bombardeó una amplia zona de Buenos Aires. Su misión era matar a Perón, y este episodio, que dejó centenares de muertos y heridos, se convirtió en uno de los más sangrientos de la reciente historia argentina.

“Maten a Perón” se inscribe en la memoria de aquel 16 de junio, cuando facciones militares se entrecruzaban entre diversos elementos conflictivos que, con este episodio, se tornaron salvajemente crueles para esos inocentes que vieron llover las bombas desde los aviones dispuestos a sembrar la muerte y el espanto.

Un impecable montaje aporta sobriedad a este documental que transita por el recuerdo de ese episodio de ingrata memoria para un momento político que se sumó a varias de las páginas más negras de la historia de nuestro país.

“Maten a Perón”
Argentina, 2005

Dirección
Fernando Musante

Guión:
Leonardo Nápoli y Fernando Musante

Fotografía:
Fernando Silva

Protagonistas:
María Fiorentino y Claudio Rissi

Documental MATEN A PERON de Fernando Musante

 

http://vimeo.com/25196237
 

Gracias a:

 TRUKINY2  en Vimeo

 

Unos años despues… 

La versión Gorila

 

Gracias a: vengadorRecargado

Ernesto Guevara, más conocido como El Che Guevara, o simplemente El Che (Rosario, provincia de Santa Fe, Argentina, 14 de junio de 1928  – La Higuera, Bolivia, 9 de octubre de 1967), fue un médico, político y guerrillero argentino-cubano,  cuya figura despierta grandes pasiones tanto a favor como en contra.

che guevara fidel castro [Megapost] Ernesto Che Guevara

Fue uno de los líderes de la Revolución Cubana. En la década de los años sesenta se estableció con un pequeño grupo guerrillero en Bolivia, donde fue capturado y ejecutado de manera clandestina por el Ejército Boliviano con la colaboración de la CIA. Tras su muerte se ha convertido en un símbolo de alcance mundial; para sus partidarios simboliza la lucha contra las injusticias sociales o de rebeldía y espíritu incorruptible, mientras que es visto por sus detractores como un asesino en masa y criminal, acusándolo además de una mala gestión como Ministro de Industria. El contorno de su rostro, obtenido a partir de una foto de Alberto Korda, es una de las imágenes más reproducidas del mundo. 

foto del che 9 [Megapost] Ernesto Che Guevara
Nacimiento, infancia y juventud

Nacimiento

En casi todas las biografías de Ernesto Guevara se sostiene que nació por azar en la ciudad de Rosario (Santa Fe, Argentina) el 14 de junio de 1928, pero según otras fuentes, habría nacido el 14 de mayo de 1928, exactamente un mes antes. Tenía ascendencia vasca e irlandesa, entre otras .

Sus padres vivían en Buenos Aires pero debido a que poseían una plantación de yerba mate en Caraguatay,Misiones, alternaban su estadía entre ambos lugares separados por más de 1.800 km de vía fluvial. Poco antes de nacer Ernesto, los padres decidieron volver a Buenos Aires con el fin de que el parto fuera adecuadamente asistido, utilizando para ello las líneas navieras que surcaban el río Paraná. Sin embargo el parto se adelantó y debieron descender en el puerto de Rosario donde nació Ernesto en el Hospital Centenario.[5] El niño fue inscrito al día siguiente con el nombre de Ernesto Guevara. Después de que la madre recibiera el alta, se instalaron por unos días en un apartamento ubicado en la calle Entre Ríos 480 (esquina con Urquiza) hasta que la madre y el niño estuvieron en condiciones de viajar a Buenos Aires.

Contrariando la versión general, el biógrafo Jon Lee Anderson sostiene que el acta de nacimiento es falsa y que Ernesto Guevara nació el 14 de mayo de 1928, exactamente un mes antes. La razón habría sido la intención de los padres de ocultar que la madre ya se encontraba embarazada al momento de casarse, hecho del que hay certeza porque ha sido reconocido por el padre. Por ese motivo los Guevara se alejaron de Buenos Aires durante el embarazo y luego intencionalmente se dirigieron a Rosario, donde un médico amigo aceptó fraguar el certificado de nacimiento.

che guevara 2 [Megapost] Ernesto Che Guevara

La versión de Anderson es sumamente creíble y le fue relatada por la también biógrafa de Guevara, Julia Constanla, a quien Celia de la Serna le contó personalmente la verdadera fecha de nacimiento de su hijo y las circunstancias de su embarazo prematrimonial.  Explica además el poco razonable traslado de la madre a Misiones estando embarazada y el extraño descenso en Rosario. De ese modo, Ernesto Guevara fue siempre presentado como “sietemesino”, término que históricamente era asimilado a “fruto de una relación prematrimonial”.

Residencias de la familia Guevara Lynch-De la Serna entre 1928 y 1953

1. Entre Ríos 480 (Rosario)

2. Santa Fe y Guise (Palermo, Buenos Aires) 

3. Caraguatay (Misiones) (Museo)

4. Calle Alem, a pocas cuadras del CASI, (San Isidro, provincia de Buenos Aires) 

5. Bustamante y Peña (Recoleta, Buenos Aires) 
6. Plaza Hotel, frente a la plaza San Martín (Córdoba Capital) 

7. Hotel “La Gruta” (Alta Gracia, Córdoba) 
8. Villa Chichita (Alta Gracia, Córdoba) 

9. Villa Nydia (Alta Gracia, Córdoba) (Museo del “CHE” Guevara)
10. Chile 288 (Córdoba Capital)   

11. Arenales y Uriburu (Recoleta, Buenos Aires) 
12. Araoz 2180 (Palermo, Buenos Aires)

El desastre de la llegada a Cuba

El 25 de noviembre de 1956 un grupo de 82 guerrilleros del Movimiento 26 de Julio que se habían entrenado en México se embarcaron rumbo a Cuba en el yate Granma (equivalente a “Abu” en inglés, apócope de “grandmother”, abuela). Dirigidos por Fidel Castro, en el grupo se encontraban también Raúl Castro y el Che Guevara entre otros.

La travesía duró siete días, dos más de lo planeado, debido a lo cual el grupo que iba a apoyar su llegada a Cuba ya se había retirado. Antes del amanecer del 2 de diciembre el yate encalló en la costa sudoccidental, cerca de la playa de Las Coloradas, en el Golfo de Guacanayabo, por lo que los rebeldes debieron dejar la mayor parte de las municiones, alimentos y medicinas en el barco.

Che Guevara   ca. 1945 [Megapost] Ernesto Che Guevara

La travesía duró siete días, dos más de lo planeado, debido a lo cual el grupo que iba a apoyar su llegada a Cuba ya se había retirado. Antes del amanecer del 2 de diciembre el yate encalló en la costa sudoccidental, cerca de la playa de Las Coloradas, en el Golfo de Guacanayabo, por lo que los rebeldes debieron dejar la mayor parte de las municiones, alimentos y medicinas en el barco.

Tres días después, cuando aún trataban de organizarse, el grupo fue emboscado por el ejército en Alegría de Pío. La mayor parte del grupo murió en el combate, fueron ejecutados o detenidos. El resto se dispersó y recién volvió a rejuntarse en Sierra Maestra el 21 de diciembre. Guevara fue herido superficialmente en el cuello y cayó en una especie de sopor del que fue sacado por Juan Almeida Bosque, para reorganizar un grupo de ocho hombres en situación desesperada por el hambre, la sed y la persecución del ejército.

La cantidad exacta de sobrevivientes se desconoce. Aunque la historia oficial habla de “doce”, se sabe que en Sierra Maestra se reunieron al menos 20 guerrilleros de los 82 que llegaron en el Granma. La imágen de los doce hombres, parece haber sido tomada de un episodio de la independencia cubana en 1868, en Yara, Oriente de Cuba, cuando la tropa comandada por Carlos Manuel de Céspedes se enfrentó con un destacamento colonialista y fueron derrotados. Cuenta la tradición oral que al quedarse solo Céspedes con un puñado de patriotas, un desalentado le insinuó la rendición, replicando aquel: “aún quedamos doce hombres; bastan para hacer la Independencia de Cuba”.

 

En esa oportunidad el Che Guevara fue severamente reprendido por Fidel Castro debido a la pérdida de las armas, que habían sido escondidas por orden de aquél en la casa de un campesino luego allanada por el ejército. Como símbolo de degradación Castro le quitó la pistola al Che. Años después recordaría que “la «amarga recriminación» de Fidel siguió «grabada en mi mente por el resto de la campaña y hasta el día de hoy»”. 

La debacle del desembarco fue noticia de primera plana y en la lista de muertos dada por el gobierno aparecían los dos hermanos Castro y Ernesto Guevara, afectando hondamente a su familia. Sin embargo el último día del año recibieron una nota manuscrita suya, con sello del correo cubano, que decía:

Queridos viejos: Estoy perfectamente, gasté solo 2 y me quedan cinco. Sigo trabajando en lo mismo, las noticias son esporádicas y lo seguirán siendo, pero confíen en que Dios sea argentino. Un gran abrazo a todos, Teté.

Confrontación con Estados Unidos

El 3 de enero de 1961, en una de las últimas medidas de su gobierno antes de entregar el poder a John F. Kennedy, el presidente Eisenhower cortó las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba. El enfrentamiento abierto era inminente.

che5 [Megapost] Ernesto Che Guevara

El 17 de abril de 1961 se produjo la Invasión de Bahía de Cochinos desde Nicaragua, donde fueron despedidos y arengados por el dictador Luis Somoza Debayle, por parte de un ejército de 1.500 hombres mayoritariamente cubanos, entrenados en Guatemala, utilizando buques de la United Fruit Company,  con apoyo abierto de la CIA. Al día siguiente era evidente que el ejército cubano había controlado la situación. La CIA le pidió entonces al presidente Kennedy, quien había asumido menos de tres meses antes, la intervención abierta de Estados Unidos con la Fuerza Aérea, pero este se negó. Por esta razón la comunidad cubana anticastrista en Estados Unidos sostuvo públicamente que el presidente Kennedy era un traidor. 

Cuatro meses después Kennedy propuso una Alianza para el Progreso en la reunión de la OEA en Punta del Este, un inédito plan de ayuda masiva para el desarrollo de los países latinoamericanos. Es obvio que fue la Revolución Cubana y el apoyo que le demostraba la población lo que impulsó a Estados Unidos a promover un plan cuyo objetivo declarado era reducir la pobreza y las desigualdades en el subcontinente. Cuba, representada en la ocasión por el Che Guevara, no se opuso en principio al plan norteamericano, pero sostuvo que era necesario primero que Estados Unidos permitiera el libre comercio de los productos latinoamericanos, eliminara los subsidios proteccionistas a sus productos, y que se promoviera la industrialización de América Latina.

Ernesto Che Guevara [Megapost] Ernesto Che Guevara

En oportunidad de ese viaje, Guevara se reunió con los presidentes democráticos de la Argentina, Arturo Frondizi, y de Brasil, Janio Quadros. Los dos presidentes fueron derrocados poco después en sendos golpes militares apoyados por Estados Unidos y en ambos casos, la reunión con el Che fue uno de los argumentos utilizados por los militares golpistas.

El fracaso de la Invasión de Bahía de Cochinos causó el despido del director de la CIA, Allen Dulles, y su reemplazo por John McCone. En noviembre de 1961 la CIA estableció un gigantesco programa llamado “Operación Mangosta”, dirigido por Edward Lansdale, con el fin de organizar actos de sabotaje, terrorismo, asesinatos de los líderes cubanos, ataques militares e infiltraciones que desestabilizaran al gobierno cubano y lo llevaran al colapso para octubre de 1962.   La ofensiva de aislamiento contra Cuba avanzó en enero de 1962 cuando los países americanos tomaron la decisión de excluirla de la OEA.

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Como respuesta, a fines de junio de 1962, la Unión Soviética y Cuba tomaron la decisión de instalar misiles atómicos en Cuba, lo que entendían era el único modo de disuadir a Estados Unidos de invadir Cuba,  además de sucolocar para las relaciones soviético-estadounidenses un paso más en la Guerra Fría (en agosto de 1961 se había construido el muro de Berlín, en febrero de 1962 se había producido el novelesco intercambio de prisioneros consecuencia del caso del avión espía U-2, y proseguía la implicación norteamericana en el conflicto de Vietnam). El Che Guevara tuvo una participación activa en la elaboración del tratado entre Cuba y la Unión Soviética, viajando allí a fines de agosto para cerrarlo. El hecho llevaría a la llamada crisis de los misiles de Cuba que puso al mundo al borde de la guerra nuclear y finalizaría con un dificultoso acuerdo entre Kennedy y Jruschov, presionados ambos por los sectores belicistas de sus respectivos países, por el cual Estados Unidos se comprometió a no invadir Cuba y retirar los misiles que tenía instalados en Turquía apuntando a la Unión Soviética, y ésta a retirar los misiles cubanos. 

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El 4 de diciembre de 1962 el diario socialista británico Daily Worker publicó una entrevista al Che Guevara realizada por Sam Rusell. Allí expresó crudamente su molestia por el acuerdo entre Kennedy y Jruschov declarando:

Si los cohetes hubieran permanecido, los hubiéramos usado todos y dirigido hacia el corazón mismo de los Estados Unidos, incluyendo Nueva York, en nuestra defensa contra la agresión. Pero no los tenemos, así que pelearemos con lo que tenemos.[115

Internacionalización de la revolución

El Che Guevara siempre tuvo un pensamiento fuertemente internacionalista. No solo era partidario de que se abrieran nuevas experiencias guerrilleras en otras partes del mundo, sino que pensaba que solo generalizando la lucha armada en América Latina, Asia y África sería posible derrotar al imperialismo. Guevara discrepaba abiertamente con la estrategia de coexistencia pacífica que proponía la Unión Soviética y él mismo se veía combatiendo en otras revoluciones.

Desde el mismo momento en que la Revolución Cubana tomó el poder, el Che comenzó a organizar y promover experiencias guerrilleras en América Latina, destacándose las que se abrieron en Guatemala, Nicaragua, Perú, Colombia, Venezuela y Argentina. Todas ellas fracasaron, pero en algunos casos sentaron las bases de futuros movimientos guerrilleros, como el Frente Sandinista de Liberación Nacional en Nicaragua y los Tupamaros en Uruguay.

img ciclo cine 116 [Megapost] Ernesto Che Guevara

Esta posición llevó a un fuerte enfrentamiento del Che Guevara con los partidos comunistas de América Latina, que en general no aprobaban la estrategia de lucha armada generalizada que aquel proponía.

En realidad el Che Guevara deseaba fervientemente iniciar la lucha armada en su país natal. En 1963, luego de un extenso entrenamiento en Cuba, envió a un grupo guerrillero a la Argentina. Estaba dirigido por Jorge Masetti, el periodista peronista que había dirigido la agencia Prensa Latina y que debió renunciar a la misma debido a su enfrentamiento con el partido comunista cubano (PSP). El grupo se instaló en la provincia de Salta, bajo el nombre de Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP), con apoyos en Bolivia, Córdoba y Buenos Aires. Masetti llevaba el grado de Comandante Segundo, reservando el grado de Comandante Primero para Guevara. Luego de enviarle una carta al presidente democrático Arturo Illia anunciando su decisión de iniciar la lucha armada, el grupo fue sufriendo diferentes complicaciones que lo llevaron a un colapso completo en 1964. Algunos de sus miembros murieron en combate, como el cubano Hermes Peña,  uno de los hombres del círculo íntimo de Guevara; otros fueron detenidos y Masetti desapareció en la selva sin dejar rastros.

En ese contexto, en algún momento entre el 17 de marzo y el 17 de abril de 1964 el Che Guevara se reunió con Juan Domingo Perón en la casa que este último habitaba en su exilio en Madrid. El encuentro ha sido mantenido en el mayor de los secretos y solo ha podido conocerse recientemente.   El Che le entregó a Perón fondos para apoyar su retorno a la Argentina, intento que fue impedido por el gobierno brasileño ese mismo año.  Perón se habría comprometido a apoyar las iniciativas guerrilleras contra las dictaduras latinoamericanas, cosa que efectivamente hizo hasta 1973.

El fracaso guerrillero en la Argentina lo llevó a evaluar la posibilidad de participar en otros lugares distintos de su país e incluso otros continentes. En ese sentido, África comenzó a aparecer como una posibilidad adecuada.

che 1 [Megapost] Ernesto Che Guevara

El Che Guevara solía decirles a los futuros guerrilleros que se entrenaban en Cuba para abrir nuevos focos revolucionarios una frase que no solo impactaba fuertemente en quienes la recibían, sino que define acabadamente la actitud que había asumido frente a la vida:

Hagan de cuenta que están muertos y que lo que viven de ahora en más es prestado.

Su muerte

En el combate de Quebrada del Yuro, Guevara fue herido de bala en su pierna izquierda, hecho prisionero junto con Simeón Cuba (Willy) y trasladado a La Higuera donde fueron recluidos en la escuela, en aulas separadas. Allí colocarían también los cadáveres de los guerrilleros muertos y también sería recluido al día siguiente, Juan Pablo Chang. Entre las pertenencias secuestradas por los militares estaba el Diario que el Che llevaba en Bolivia.

El 9 de octubre por la mañana el gobierno de Bolivia anunció que Ernesto Guevara había muerto en combate el día anterior. Simultáneamente llegaron el coronel Joaquín Zenteno Anaya y el agente de la CIA Félix Rodríguez. Poco después del mediodía el presidente Barrientos dio la orden de ejecutar al Che Guevara. Existen dudas y versiones contradictorias sobre el grado de apoyo que la decisión tuvo por parte de Estados Unidos,[131] pero lo cierto es que, tal como está registrado en el propio informe secreto de Félix Rodríguez, la CIA estaba presente en el lugar. Fue el agente Rodríguez quien recibió la orden de fusilar a Guevara y quien la transmitió a los oficiales bolivianos, así como fue él también quien le comunicó al Che Guevara que sería fusilado.[132] Antes del fusilamiento Félix Rodríguez le interrogó y le sacó del aula para tomarle varias fotografías, las últimas en las que aparece con vida. El propio Rodríguez relata ese momento de este modo:

Salí de la habitación, aquello estaba lleno de soldados afuera. Me dirigí al Sargento Terán que sabía que estaba siendo de ejecutor de todo eso. Le dije, sargento hay instrucciones de su gobierno de eliminar al prisionero. Me puse la mano al nivel de la barbilla. No le tire de aquí para arriba, tírele de aquí para abajo pues se supone que este hombre haya muerto de heridas en combate. Sí mi capitán, sí mi capitán dijo. Eran aproximadamente la una de la tarde de Bolivia. De ahí entonces me retire al lugar avanzado donde yo había fotografiado el diario y a la una y diez aproximadamente escuche una ráfaga pequeña.

Búsqueda y hallazgo del cuerpo
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Desde el mismo año de su muerte el gobierno cubano comenzó la investigación tendiente al hallazgo de los restos del Che Guevara y sus compañeros sin mayores resultados. En 1995 viajó a Bolivia el doctor Jorge González Pérez, entonces director del Instituto de Medicina Legal de Cuba, dando inicio al proceso que los encontraría en 1997. 

Entre diciembre de 1995 y marzo de 1996, se habían hallado los restos de cuatro compañeros de Guevara que habían muerto en el combate del 14 de octubre de 1967 en Cajones. Estos fueron, Jaime Arana Campero, Octavio de la Concepción y de la Pedraja, Edelberto Lucio Galván Hidalgo y Francisco Huanca Flores. La investigación tenía como objetivo la recuperación de todos los guerrilleros caídos, de los 36 cadáveres 23 estaban enterados en Valle Grande y 13 en otras zonas. 

El 28 de junio de 1997, gracias a las declaraciones el General retirado Mario Vargas Salinas y las presiones internacionales que llevaron al gobierno boliviano de Gonzalo Sánchez a autorizar el inicio de investigaciones, un equipo de científicos cubanos encontró en Valle Grande siete cuerpos enterrados clandestinamente en una sola fosa común, e identificaron entre ellos, con apoyo del prestigioso Equipo Argentino de Antropología Forense, que fue el primer grupo que llegó el 29 de noviembre de 1995, al de Ernesto Guevara y los de seis de sus hombres, Alberto Fernández Montes de Oca (Pacho), René Martínez Tamayo (Arturo), Orlando Pantoja Tamayo (Olo), Aniceto Reinaga (Aniceto), Simeón Cuba (Willy) y Juan Pablo Chang (El Chino). 

El cadáver, de acuerdo con el informe del equipo, carecía de manos, registraba un alto contenido de formaldehído, y llevaba ropa y elementos compatibles con los que se supone que tenía al momento de ser enterrado (se encontró cubierto con una chaqueta que en uno de los bolsillo tenía una bolsa con picadura de tabaco de pipa). El antropólogo Héctor Soto realizó el examen físico que mediante la definición de los rasgos frontales identificó a Guevara.  Sin embargo, algunos analistas afirman que el cuerpo no es el del Che, ya que existen contradicciones insalvables entre el informe y la autopsia que se practicó al cadáver en 1967. 

El 12 de julio de 1997 los restos fueron llevados a Cuba, donde fueron recibidos por una multitud para ser sepultados en Santa Clara en el Memorial de Ernesto Guevara donde se encuentran actualmente los restos de la mayoría de los guerrilleros que le acompañaron en su expedición.

Pensamiento

El Che Guevara desarrolló una serie de ideas y conceptos que se han conocido como “guevarismo”. Su pensamiento tomaba el antiimperialismo, el marxismo y el comunismo como elementos de base, pero con reflexiones sobre la forma de realizar una revolución y crear una sociedad socialista que le dieron identidad propia.

Guevara otorgaba un papel fundamental a la lucha armada. A partir de su propia experiencia desarrolló toda una teoría sobre la guerrilla que ha sido definida como foquismo. Para él, cuando en un país existían “condiciones objetivas” para una revolución, un pequeño “foco” guerrillero podía crear las “condiciones subjetivas” y desencadenar un alzamiento general de la población.

Che Guevara   Mar del Plata   1943ca [Megapost] Ernesto Che Guevara

Para el Che existía un vínculo estrecho entre la guerrilla, los campesinos y la reforma agraria. Esta posición diferenció su pensamiento del socialismo europeo o soviético, más relacionado con la importancia de la clase obrera industrial, y lo acercó a las ideas maoistas. Su libro “La Guerra de Guerrillas” es un manual donde se exponen las tácticas y estrategias usadas en la guerrilla cubana.

Che G   Alta Gracia   1933   Sobre el burro [Megapost] Ernesto Che Guevara

Otorgaba un rol fundamental a la ética individual, tanto del guerrillero durante la revolución, como del ciudadano en la sociedad socialista. Este aspecto lo desarrolló bajo el concepto del “hombre nuevo socialista”, al que veía como un individuo fuertemente movido por una ética personal que lo impulsa a la solidaridad y el bien común sin necesidad de incentivos materiales para ello. En este sentido Guevara otorgaba un valor central al trabajo voluntario al que veía como la actividad fundamental para formar al “hombre nuevo”.

Los nombres de Ernesto Guevara

Su nombre legal era Ernesto Guevara. Así figura en el Acta de Nacimiento documento legal que establece el nombre de las personas. Como dato adicional, también figura con el nombre de Ernesto Guevara en la documentación universitaria , en su título de médico   y en su certificado de estudios secundarios.La razón es que las normas argentinas del nombre establecían entonces que los niños llevaban solamente el apellido del padre, a menos que ambos padres pidieran expresamente incluir ambos apellidos. En la clase alta argentina, es habitual el doble apellido, pero no fue el caso de Ernesto.

che guevara prisionero [Megapost] Ernesto Che Guevara

El nombre Ernesto Guevara de la Serna, usado en algunas biografías, no es su nombre legal. El equívoco suele provenir del hecho de que en la mayoría de los países latinoamericanos (pero no en Argentina) el nombre legal se forma con el apellido del padre y de la madre.

En algunas oportunidades, Ernesto Guevara usó voluntariamente el apellido de su madre. En esos casos se identificaba como Ernesto Guevara Serna, como fue el caso de la propaganda para Micron y su empleo como fotógrafo de Prensa Latina .

Finalmente, su prontuario de la Policía Federal de la Argentina está registrado bajo el nombre de Ernesto Guevara Lynch de la Serna, alias Che.

Sobrenombres, seudónimos y nombres alternativos

* Ernestito, para diferenciarlo de su padre. Lo llamaron así su familia y amigos durante toda su infancia y juventud.

* Teté, sobrenombre que le puso la niñera de la familia, Carmen Arias, cuando aún era un bebé. Lo llamó así su familia.

* Pelao, debido a que Ernesto había decidido cortarse el pelo al ras. Sus compañeros de escuela secundaria le pusieron ese sobrenombre. 

* El Chancho, por su desaliño y falta de aseo personal, desde su adolescencia en Córdoba.

* El Loco, por sus actos extravagantes, llamativos y arriesgados, desde su adolescencia en Córdoba.

* Fuser, sobrenombre con el que era conocido en el rugby. Se trata de la abreviatura de Furibundo Serna, un sobrenombre que él mismo se había puesto y que utilizaba gritando cuando atacaba con la pelota: “¡Furibundo Serna al ataque!”. Es el sobrenombre que utiliza constantemente su amigo Alberto Granado en la película Diarios de motocicleta. Granado fue el entrenador de su equipo de rugby en Córdoba.

* Chang-cho, seudónimo que utilizaba al firmar los artículos que publicaba en la revista Tackle, primera revista de rugby en la Argentina, fundada y dirigida por él.

* Che, debido a su condición de argentino, y al uso reiterado de esa palabra por parte del propio Guevara. El famoso sobrenombre se lo puso en Guatemala, en 1954, Ñico López.

* El francotirador, seudónimo utilizado para firmar los artículos que escribía en el periódico El Cubano Libre, editado cuando la guerrilla actuaba en Sierra Maestra. Retoma un anterior apodo que le habían atribuido militantes comunistas en Buenos Aires en la década del 40.

* Martín Fierro, nombre de guerra utilizado en ocasión de la instalación del Ejército Guerrillero del Pueblo en la Argentina en 1963-1964.
* Ramón Benítez Fernández, falsa identidad uruguaya utilizada en 1964 y 1965.

* Tatu, cuyo significado es “Tres” en swahili, nombre de guerra utilizado en la guerrilla en el Congo.

* Adolfo Mena González, falsa identidad uruguaya utilizada en 1966 y 1967.

* Ramón, nombre de guerra utilizado en la guerrilla en Bolivia.

* Fernando Sacamuelas (a) Chaco, seudónimo utilizado en Bolivia. 
* AMQUACK, código de la CIA para denominar al Che Guevara. 

Curiosidades

El asma de Félix Rodríguez

Félix Rodríguez, el agente de la CIA que tuvo una intervención decisiva en la captura y asesinato del Che Guevara realizó en 1992 el siguiente relato sobre el efecto emocional que sobre él tuvo el hecho:

Al caminar en el aire fresco de la montaña, me di cuenta que jadeaba y se me hacía difícil respirar. El Che estaba muerto pero su asma, un mal que nunca había padecido en mi vida, se me había transmitido. Aún hoy mi crónica falta de aliento es un recuerdo constante del Che y de sus últimas horas de vida en la aldea de La Higuera. 

familiaguevara BRB [Megapost] Ernesto Che Guevara

Perón y su opinión sobre el Che

“Era uno de los nuestros, quizás el mejor: un ejemplo de conducta, desprendimiento, espíritu de sacrificio, renunciamiento. La profunda convicción en la justicia de la causa que abrazo, le dio la fuerza, el valor, el coraje que hoy lo eleva a la categoría de héroe y mártir”. Juan Domingo Perón

Ernesto Guevara y el fútbol

El periodista y escritor argentino Hugo Gambini, detalló en su libro “El Che Guevara” (de 1968) los inicios de la relación de Ernesto Guevara con el fútbol: “Leía las crónicas deportivas para informarse sobre los campeonatos profesionales de fútbol y como la mayoría de sus amigos eran adictos a los mismos clubes (Boca Juniors o River Plate), Ernesto quiso elegir uno distinto. Cuando descubrió la existencia de Rosario Central, un club de la ciudad donde él había nacido, se adhirió fervorosamente a su divisa. A partir de ese instante le encantó que le preguntaran “¿De qué cuadro sos?”, porque le daba la oportunidad de responder con cierta altivez: “De Rosario, de Rosario Central. Yo soy rosarino””. 

Osvaldo Bayer escritor santafecino y fanático de Rosario Central decide hacerle una nota a la prestigiosa hermana del Che, Celia: Ésta accede con la condición que no le pregunte sobre su hermano. La entrevista transcurre amena pero al siempre tranquilo Bayer parece sacudirle la intención de preguntarle a Celia sobre el Che: Al culminar la charla, el escritor y periodista le pide una sola pregunta sobre el Che: La hermana, sonriente, accede: Quedate tranquilo Osvaldo, que Ernesto era de Central

El Sr. Alberto Granado, amigo personal del Che y compañero de ruta en sus viajes lo confirmó en varias oportunidades: “Ernesto siempre fue hincha de Central”. Fuser (como le decían sus amigos cariñosamente a Guevara) era centralista por dos razones, según Granado: una porque nació en Rosario el 14 de junio de 1928, y dos, “porque Ernesto era hincha del Chueco García (Ernesto, El Poeta de la Zurda), un wing izquierdo muy bueno que después pasó a Racing, mi equipo”. 

che guevara [Megapost] Ernesto Che Guevara

Fuente:http://es.wikipedia.org/wiki/Che_Guevara

Por Pablo Marchetti

Si hay algo que hay que reconocerle al Gobierno que comenzó el 25 de mayo de 2003 es haber sacado al 24 de marzo de las tinieblas. No hace falta que aclare que el 24 de marzo es una fecha que invoca a las tinieblas. Pero la oscuridad que distinguía a esa efeméride no sólo tenía que ver con la evocación de la fecha más siniestra de la historia argentina reciente. Tenía que ver, además, con la paradoja de que un hecho tan masivo hubiera sido relegado a un lugar tan marginal. Hasta la llegada del kirchnerismo, el 24 de marzo era una fecha de invocación subterránea. Sí, es cierto, éramos miles, decenas, a veces cientos de miles los que participábamos en las marchas. Pero el asunto seguía siendo marginal.

Probablemente el dato más elocuente sobre el carácter subterráneo de esta celebración fuera la ausencia del Estado en las marchas donde se recordaba una fecha tan nefasta. Había un abismo entre la necesidad de un montón de gente (y de organismos de derechos humanos, y de sindicatos, y de partidos políticos, y de agrupaciones sociales, estudiantiles y de todo tipo) de recordar lo ocurrido y la absoluta indiferencia del Estado en posibilitar este ejercicio de la memoria. Y aclaro que usé la palabra “memoria” (un término que nunca me gustó demasiado) de manera absolutamente intencional.

Me parece bien que el Gobierno haya decidido hacerse cargo del 24 de marzo. O, mejor dicho, me parece muy bien que el actual Gobierno haya decidido que era hora de que el Estado se hiciera cargo del 24 de marzo. Y hago esta salvedad porque el Gobierno es quien administra el Estado ocasionalmente, pero el Estado somos todos. Entonces, de algún modo, esto es poner las cosas en su lugar. Algo así como curar la bipolaridad que definía a la relación entre manifestantes y Estado cada 24 de marzo.

También me parece bien que el Gobierno haya decidido que el 24 de marzo sea el Día de la Memoria. Mi hija de 9 años sabe que el 24 de marzo es feriado, que no tiene clases porque se conmemora el Día de la Memoria. Y puede contarme con lujo de detalles por qué es el Día de la Memoria: qué hicieron los militares, qué es la democracia, qué significa la palabra “desaparecido”… todo eso se lo enseñaron en la escuela. Y es allí donde lo de la Memoria funciona perfectamente, más allá de que, insisto, no me gusta mucho el término.

Aclaro: me parece muy bien la memoria cuando se trata de enseñarle historia a los chicos en la escuela. Y me parece también muy bien lo del Día de la Memoria, como para que quede claro qué es lo que se está invocando. Sin embargo, siempre creí que la Memoria no era más que un consuelo. El consuelo de quienes celebrábamos el 24 de marzo de las tinieblas en las tinieblas, fuera de toda injerencia estatal. La memoria era lo único que nos quedaba ante la falta de justicia. Porque en realidad, lo que todo crimen reclama no es memoria, sino justicia.

Si un crimen (por más atroz que sea, por más que se trate de delitos de lesa humanidad, por más que haya un plan sistemático de exterminio impulsado desde el Estado) tiene su condena y se hace justicia, la necesidad de memoria es relativa. Por supuesto, está
muy bien para el ámbito escolar, para el recuerdo mediático, pero no mucho más que eso. La memoria puede ser, en todo caso, algo íntimo para las víctimas. Pero cuando no sólo no se hace justicia, sino que además se alardea con la impunidad, la memoria es el único consuelo posible.

La memoria, pues, fue una bandera de quienes recordamos cada 24 de marzo que ese día había comenzado no sólo un gobierno siniestro, sino también la impunidad para los crímenes cometidos durante ese gobierno. Hablar de Día de la Memoria es recordar también que durante muchos años esos crímenes no tuvieron justicia porque se pensaba que no podía haber justicia, que la justicia tenía límites precisos y no abarcaba ni a las torturas, ni a los secuestros, ni a las violaciones, ni a las desapariciones, ni a los crímenes cometidos por la dictadura cívico-militar que gobernó el país entre 1976 y 1983.

Por eso es una gran noticia que exista el Día de la Memoria y que el 24 de marzo se haya transformado en algo totalmente distinto de lo que era antes de 2003. Claro que todo cambio, en política, tiene un componente traumático. Y el paso de la clandestinidad a la
oficialidad es algo que, obviamente, implica un salto enorme que no puede terminar de satisfacer a todos. La marginalidad tiene algo de heroico que la celebración oficial desconoce. Y eso genera cortocircuitos.

Antes, ir a la plaza el 24 de marzo era ir a un lugar homogéneo. Obviamente, las internas existían y las peleas fraternas también, pero quedaban diluidas frente a la descomunal indiferencia oficial. Hoy, en cambio, ir a la plaza suele ser un motivo de
enfrentamiento para sectores que, hasta hace no mucho, estaban parados en la misma vereda. No es grato reconocer esto, pero sería muy necio negarlo.

Sería faltar a la verdad ocultar que con este Gobierno el Estado argentino se hizo cargo del 24 de marzo. Podemos discutir después si está bien que sólo se mencione la expresión “derechos humanos” para hablar de los crímenes de la última dictadura militar, pero
no para hacer referencia a los casos de gatillo fácil, a la alarmante situación en las cárceles o a la desaparición de Luciano Arruga. Pero está claro que ampliar el concepto de Justicia es un paso adelante, aún para discutir los temas pendientes en materia de “derechos humanos”.

Rescatar de las tinieblas el 24 de marzo es un paso adelante, sin dudas. Por eso, vaya donde uno vaya, se encolumne donde se encolumne cada uno, el 24 de marzo, hay que salir a la calle. Como siempre. Porque se puede ser oficialista u opositor, se puede estar más o menos de acuerdo con el Gobierno Nacional, pero está claro que las personas que salen a la calle el 24
de marzo nunca fueron ni serán mis enemigos. Puedo estar más o menos de acuerdo con algunos y coincidir más con otros. Pero mis enemigos son los que creen que hay que olvidarse del 24 de marzo, no los que salen a la calle a poner un poco de luz en ese día de tinieblas.

 

Por Eduardo Anguita
eanguita@miradasalsur.com

La fotografía que encabeza la portada de la edición de el 5 de diciembre de Miradas al Sur es un documento inédito. Esta imagen nítida fue tomada a fines de 1975, en pleno desarrollo de la eliminación física de la militancia popular tucumana a manos del general Acdel Vilas, el jefe del Operativo Independencia y defensor confeso de la tortura y el exterminio físico de quienes consideraba sus enemigos. Vilas puso especial énfasis en la persecución de maestros, profesores, psicólogos y cualquiera que pudiera ser un ideólogo.

Por entonces, Joaquín Morales Solá trabajaba en La Gaceta de Tucumán y era corresponsal de Clarín en esa provincia. Se publicaron varias informaciones que daban cuenta de la estrecha relación del actual columnista estrella de La Nación con el represor Vilas y con quien lo sucedió en sus genocidas tareas, Antonio Domingo Bussi. Sin embargo, nunca pudo verse, como ahora y por primera vez, a Morales Solá de paisano, con una comitiva de militares con uniforme y casco de combate en pleno operativo.

Esta foto, que fue guardada celosamente durante años por quien la registró, habría sido tomada en el lugar más escabroso del exterminio en Tucumán. En efecto, según dos fuentes calificadas, el edificio al cual va a ingresar la comitiva es la tenebrosa Escuelita de Famaillá, el principal centro de exterminio por entonces. Una tercera fuente calificada también consultada por Miradas al Sur, considera, en cambio, que se trata de otro lugar de torturas y eliminación de detenidos, ubicado en las instalaciones del Ingenio Santa Lucía. Quedará en manos de la Justicia Federal tucumana definir el lugar y tratar de averiguar las circunstancias que llevaron a Morales Solá a acompañar al carnicero Vilas a un operativo. El trabajo de los periodistas es buscar aquellos documentos que contribuyan a echar luz sobre lo actuado por personas e instituciones. También el de consultar fuentes confiables para orientar el esclarecimiento de la verdad. Lo que no puede ni debe hacer el periodismo es intentar reemplazar las actuaciones periciales que sí puede la Justicia.

Dicho esto, es preciso encuadrar lo que se vivía 35 años atrás en el llamado Jardín de la República. En su informe final, la Conadep puntualiza: “A la provincia de Tucumán le cupo el siniestro privilegio de haber inaugurado la ‘institución’ Centro Clandestino de Detención, como una de las herramientas fundamentales del sistema de represión montado en la Argentina. La ‘Escuelita’ de Famaillá fue el primero de estos lugares de tormento y exterminio…”. Una escuela en construcción fue el lugar elegido por el primer jefe de la Operación Independencia, Acdel Edgardo Vilas, para instalar el campo de concentración por el que pasaron –entre febrero y diciembre de 1975- más de 1.500 personas. La mayoría fueron asesinados, todos bárbaramente torturados.

La escuela está a unas cuatro cuadras de la plaza principal de Famaillá, en el camino que une a esa población con el ingenio Fronterita. Ahora se llama Diego de Rojas y a ella concurren cientos de alumnos de primaria. En 1975 la escuela era apenas una obra en construcción. Solo existían una galería, un patio y cinco aulas. Todo estaba cercado por una alambrada y la galería y las aulas no eran visibles desde el exterior porque estaban tapadas por lonas y plásticos, a la manera de cortinas. En dos aulas los militares mantenían en las peores condiciones a grupos que oscilaban entre 20 y 40 prisioneros. Otra aula era utilizada para descanso de las guardias, la cuarta estaba destinada a tareas administrativas y para fotografiar a los secuestrados. La quinta aula era el lugar de los tormentos.

En noviembre de 1975 La Escuelita y otros centros clandestinos de detención ya habían sido visitados por funcionarios civiles y militares de la Nación y de la Provincia, por legisladores. Algunos sobrevivientes señalaron que fueron varios obispos y sacerdotes. Sería muy útil saber si Joaquín Morales Solá estuvo en ese lugar de exterminio y, si es así, en carácter de qué fue. Cualquiera que recorra una hemeroteca y se detenga en las ediciones de La Gaceta y de Clarín encontrará gran cantidad de artículos firmados por el periodista mencionado. En ningún caso dando cuenta de la verdad que, de modo incontrastable, fue relatada en el Nunca Más y que luego encontró muchos más testimonios en los juicios que actualmente se sustancian en Tucumán.

Los militares, en 1975, ejercían un férreo control sobre lo que se publicaba en relación al Operativo Independencia. Por ejemplo, hicieron echar al corresponsal de Télam en la provincia y pusieron en su reemplazo a dos hombres de Inteligencia del Ejército, comandados por uno de los fundadores de Fasta, la organización del cura dominico filo nazi Aníbal Fósbery. En ese momento, los artículos de Morales Solá, tal como puede constatarse ahora, eran una caja de resonancia de la acción psicológica de los militares. Un artículo publicado en Clarín el 12 de noviembre –que lleva la firma del corresponsal Morales Solá- es elocuente. Se valió de la vieja metáfora de la parición, del alumbramiento, de la vida para explicar lo que era, en realidad, la matanza que llevaban a cabo las hordas de Vilas: “Han pasado ya 36 semanas, el tiempo de una gestación”. Se trataba de “el primer síntoma de que las Fuerzas Armadas adoptaban una posición ofensiva frente a la intolerancia ideológica”. También expresó su apoyo incondicional: “Ha cambiado, sin duda, la imagen revoltosa, rebelde y disconforme que Tucumán supo formarse a través de largos años”. Más adelante agrega: “La presencia militar ha aquietado las aguas siempre turbulentas y, como barridas por un fuerte viento, han desaparecido huelgas, manifestaciones y disturbios”. El informe de la Comisión Bicameral que investigó las violaciones de los derechos humanos en Tucumán dedicó un párrafo muy elocuente a esa desaparición de huelgas, manifestaciones y disturbios a los que se refiere Morales Solá, al señalar que se montó “un vasto aparato represivo, que orienta su verdadero accionar a arrasar con las dirigencias sindicales, políticas y estudiantiles”. La Comisión Bicameral concluyó, en su informe, que “nueve de cada 10 personas, fueron secuestradas en sus domicilios, lugares de trabajo o en la vía pública” y que “en la mayoría de los casos, estas acciones se desarrollaron en horas de la noche”.

Como muestra la foto que da soporte a este artículo, Morales Solá fue tomado in fraganti
En aquel Tucumán desangrado día a día, con centenares de destacados dirigentes políticos, gremiales y estudiantiles secuestrados y desaparecidos, donde noche a noche las bandas de Vilas y el comisario Roberto -el Tuerto- Albornoz -recientemente condenado a prisión perpetua- colocaban explosivos y hacían volar por los aires locales partidarios, casas de familias y sedes de la Universidad, Morales Solá no tenía miedo.

Hasta ahora, Morales Solá eludió hablar de su vida en esos años. Las pocas veces que hizo referencias, quedó en evidencia que no está dispuesto a decir la verdad. En una polémica con el periodista Hernán López Echagüe dijo que en 1976 ya no estaba en Tucumán, por lo cual mal se lo podía acusar de cercanía con Antonio Domingo Bussi. El sitio Diarios sobre Diarios probó, con fotografías, que no era verdad lo que decía. Es más, él mismo escribió, en una nota en el diario El País de Madrid, que había asistido a la asunción de Bussi la noche del 24 de marzo de 1976. También dijo, en esa nota en el diario español, que había huido de Tucumán por haber sido amenazado por la Triple A. Los dirigentes de la Asociación de Prensa tucumana de aquellos tiempos, que sufrieron persecución y atentados terroristas, lo desmintieron. Ellos llevaban un registro diario de las amenazas y agresiones y aseguraron que Morales Solá nunca fue molestado. En realidad, su viaje a Buenos Aires fue una combinación que conjugó las necesidades de flamantes autoridades periodísticas de Claríny la recomendación de un importante general, mano derecha de Videla. Se trataba de José Rogelio Villarreal, quien estuvo al frente de la Quinta Brigada del Ejército en la última fase del Operativo Independencia y que luego saltó a jefe de Operaciones del Estado Mayor General por pedido expreso de Jorge Videla, que lo necesitaba a su lado en el momento de consumar el golpe de marzo de 1976. Villarreal jugó un papel muy importante en la política de integración de los grupos empresariales de medios y los jerarcas militares, tal como lo prueban los documentos que hoy están en sede judicial y que surgen de la comisión Papel Prensa – La verdad. con los militares en por lo menos un operativo. Alguien consideró que ya era hora de que tanto cinismo sea confrontado con documentos gráficos incontrastables.

 El jueves pasado se cumplieron 35 años de la voladura de la casa de la familia Lea Place por una patota integrada por militares y policías. Después del atentado, los encapuchados asesinaron a balazos en medio de los escombros a Arturo Lea Place, padre de Clarisa, uno de los mártires de Trelew, y de Luis, preso en Rawson. 

Miradas al Sur

 
 

Nuevos Formatos para el Viejo Lobby Clerical

 

Por Olga Viglieca*

Los objetores de conciencia y sus defensores han florecido en los últimos meses como las azaleas, que se anticipan a la primavera. Objetores del matrimonio igualitario, objetores de las guías –ya que no resoluciones– sobre los abortos no punibles, objetores del aborto no punible, objetores de la píldora del día después, de todo anticonceptivo no natural, de obedecer la voluntad escrita de un paciente acerca de los límites de cuidados médicos que acepta en caso de una enfermedad terminal. En el editorial de La Nación que nos ocupa, defienden el derecho a no cumplir con las funciones de funcionario público tres constitucionalistas. Jorge Vanossi, ministro de Justicia del gobierno de Duhalde y uno de inspiradores de la “teoría del complot piquetero” que pretendía justificar la represión en el Puente Pueyrredón y terminó con el asesinato de Kosteki y Santillán; Félix Lonigro, que no se ha cansado de deplorar la derogación de las leyes de punto final y obediencia debida, y Félix Loñ, uno de los colaboradores civiles de la Secretaría General de la Presidencia cuando la ocupaba su amigo Jorge Rafael Videla.

Los teóricos religiosos de la buena conciencia prefieren atribuirle un linaje tan antiguo como heroico al derecho a objetar leyes sancionadas con arreglo a las instituciones: el de la valiente Ifigenia que, alzándose contra la autoridad de Creonte, desafía la prohibición y entierra a su hermano. En ese caso, la objeción de conciencia es el derecho que ejerce una mujer a desacatar la ley de un poder despótico y bien podría considerarse un derecho pariente, en el plano individual, del sagrado derecho colectivo a la rebelión –que, curiosamente, no goza de tanta estima entre los objetores que nos ocupan–. Miles de mujeres han recorrido el camino de Ifigenia. Y no hace falta mucha perspicacia para observar que la hermana de Orestes es más próxima a las “locas” que daban vuelta a la Pirámide de Mayo cuando a la Casa Rosada la ocupaba Videla (desobedeciendo la orden de dar por muertos a sus hijos), que de la objetorísima senadora Chiche Duhalde, que impulsa la desobediencia civil a una ley a la que se opuso y perdió.

La noción de que un individuo tiene derecho a desobedecer la ley para honrar sus convicciones, va de suyo, es una idea moderna, y una buena idea moderna, que surge del concepto de que el poder y sus normativas no tienen carácter ni divino ni natural sino que proceden de los simples mortales y por lo tanto pueden ser tan discutibles como injustos. ¿Alguien imagina a Catalina la Grande preocupada por la conciencia de sus vasallos? ¿A los tribunales de la Inquisición respetuosos de los pruritos de quienes mandarían a la hoguera? Pero los caminos del señor son inextricables. Quienes predican que sin objeción de conciencia no hay democracia ni derechos humanos repiten a renglón seguido que “la dictadura del relativismo moral” hijo de la Revolución Francesa es lo que los obliga a desobedecer las leyes (desde Ratzinger en la encíclica Spe Salvi hasta el obispo Jorge Lozano en La Nación, 8/7) y reclaman el perdón a los genocidas. Su inspiración no tiene nada de individual: siguen expresas directivas del papa Ratzinger, que convoca a los laicos a abocarse a la militancia política en defensa del derecho natural, de la “leyes” de inspiración divina que traduce el propio jefe del Estado Vaticano en su carácter de vicario de dios en la Tierra.

La objeción de conciencia tiene un origen progresivo que vale la pena recordar. Nació en Gran Bretaña, durante esa carnicería de masas llamada Primera Guerra Mundial. En 1916, por la enormidad de las bajas, el gobierno inglés cambió el carácter del servicio militar y lo convirtió de voluntario a obligatorio. Era tan irritante la transformación que se vio obligado a dejar exentos –de “manera extraordinaria”– a quienes rehusaran ir a la guerra tanto por motivos religiosos (los cuáqueros) como políticos: 16.500 jóvenes acudieron a los tribunales y las crónicas dicen que a partir de ese momento la vida no les fue fácil. Recién en 1989, la Resolución 46 de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU reconoció “el derecho de toda persona a tener objeciones de conciencia al servicio militar como ejercicio legítimo del derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión”. Se ruega releer: al servicio militar.

Objetores de delantal blanco

En las últimas tres décadas, la objeción de conciencia se fue mudando de los cuarteles y los tribunales militares a los hospitales y los tribunales civiles. Más exactamente, la transpolación surgió en Estados Unidos en 1973, como una estrategia de la derecha religiosa provida contra el fallo de la Corte Suprema en el caso Roe vs. Wade, que legalizó el aborto. Desde entonces, creció hasta constituirse en un caballo de Troya dentro del aparato del Estado, con preferencias en los sectores de la educación, la salud y la Justicia. En algunos países con mayorías católicas, ha logrado desvirtuar más o menos eficazmente todas las leyes imputadas como “contrarias al derecho natural”, por ejemplo las de educación sexual, derechos reproductivos, las que amparan la muerte digna, la investigación con células madre y las que reconocen derechos a las minorías sexuales. En otros, como Francia e Italia, el Estado les impuso un límite drástico.

El de España es el caso más notable. Aunque legalizó el aborto en 1985, el 97% de los 100.000 abortos anuales se realizan, muchos derivados por el Estado, en clínicas privadas. Las instituciones médicas públicas y los profesionales de la salud se declararon homogéneamente objetores al punto que ningún hospital habilitó servicios de aborto (El País, 18/9/2009). ¿Acaso todos los médicos españoles son antiabortistas? No. Pero la redacción ambigua de la ley permitió que la Iglesia promoviera juicios contra el personal sanitario y las pacientes. Mientras el gobierno de Navarra informaba que todos los médicos eran objetores de conciencia, con la excepción de tres (sic), estos fueron demandados por poderosos estudios de abogados vinculados al clero, enviados a juicio por tribunales inficionados por los mismos lobbies y sometidos a un intenso y constante acoso de las organizaciones paraeclesiásticas que incluyó amenazas, actos frente a sus casas y afiches de denuncia hasta que desistieron (El País, 17/9/08). En julio de este año, España votó una nueva ley que amplía el derecho al aborto, regula la objeción de conciencia como una decisión individual que “debe manifestarse anticipadamente y por escrito”, prohíbe la participación de objetores en los comités asesores e instaura un registro nacional para evitar que los objetores del sistema público hagan abortos en la clínica privada. La Iglesia, asociada al Partido Popular, impulsa el desacato a la nueva ley y al registro de objetores.

Como se ve, la objeción de conciencia en el ámbito de la salud ya no es el acto de un individuo solitario que busca una excepción frente a una obligación jurídica. Es una acción colectiva, dirigida por las poderosas corporaciones de la derecha clerical, que busca bloquear leyes y políticas públicas establecidas democráticamente por los Estados.

¿Y por casa?

En la Argentina, el camino que lleva a que directores de registro civil se atrevan a negarse a casar parejas homosexuales en nombre ¡del derecho canónico! comenzó en 2001, cuando el Consorcio de Médicos Católicos y la Asociación de Abogados Católicos plantearon ante la Corte la exigencia de que la ley de derechos reproductivos incluyera explícitamente el derecho a la objeción de conciencia. O sea, que eximiera a los médicos de la obligación de informar sobre anticonceptivos “no naturales” o de recetarlos.

El fallo fue adverso y la derecha clerical se esmeró, beneficiada por la pasividad o la complacencia del Estado, en ocupar puestos clave en la Justicia de Menores y de Familia así como en el sistema de salud pública. Los comités de bioética fueron un elemento clave del dispositivo de obstrucción. No siempre es público quiénes los integran pero en cada caso en que se bloqueó judicialmente un aborto no punible, el Comité de Bioética sostuvo las posiciones más restrictivas. Y la exposición mediática evidenció que entre sus miembros es infaltable la presencia de religiosos o de profesionales laicos –médicos, abogados, filósofos– adscriptos al Instituto de Bioética de la Universidad Católica Argentina.

Los resultados están a la vista. El informe 2008 del CELS sobre derechos humanos en la Argentina reseña ocultamiento de anticonceptivos, obstrucción de la anticoncepción quirúrgica, restricciones o falseamiento de la información sobre anticonceptivos disponibles, omisión en la colocación del DIU.
Pero la injerencia clerical no sólo frenó la aplicación de nuevas leyes, logró hacer retroceder el reloj de la historia en relación a los abortos no punibles. Desde 1921, el artículo 86 del Código Penal autoriza la interrupción del embarazo en caso de riesgo para la vida o la salud de la gestante, de violación o de atentado al pudor de la mujer idiota o demente. Y deja librada la práctica al acuerdo entre el médico y la paciente, o el tutor de la paciente. Durante ocho décadas, ningún médico dio intervención a la Justicia y es lo que sigue ocurriendo en la práctica privada. Sin embargo, un artículo del Pacto de San José de Costa Rica que afirma que “en general” la vida empieza desde la concepción dio pie a la Iglesia para cuestionar por inconstitucional el art. 86 y bloquear los abortos no punibles en los hospitales. O sea, las de las mujeres y niñas pobres, que no pueden abortar en el sistema privado y que engruesan las estadísticas de muerte materna.

A este retroceso ayuda la precarización laboral de los trabajadores de la salud que los vuelve tan vulnerables a las represalias legales (backlash) de los abogados vinculados a la Curia como a las represalias de sus jefes provida. Sólo eso explica que, ante un pedido de aborto a una joven violada con una edad mental de 5 años, TODOS los médicos de los hospitales entrerrianos se hayan declarado objetores de conciencia en 2007. Todos. Lo mismo sucedió en la provincia de Buenos Aires con el caso LMR, en abierto desafío al fallo de la Corte provincial que autorizó el aborto.

Por eso es un gran acierto que en la ley de matrimonio igualitario no se haya incluido el derecho a la objeción de conciencia de los funcionarios que deben hacerla efectiva. Y un gran desacierto que en la guía para el aborto no punible y en la resolución que no fue se lo acepte. El proyecto de Guía que está discutiendo la Mendoza de Celso Jaque extiende la objeción a todas “las prácticas ligadas a la salud reproductiva”, como se pretendía en 2001. Y el gobierno de Santa Fe, que aplica su propia guía, acaba de desayunarse con que casi todo el plantel médico del Hospital Provincial de Rosario se ha declarado objetor, del mismo modo que el director del Servicio de Ginecología del Hospital de Emergencias Clemente Alvarez mientras que la directora de la Maternidad Martin, Silvia Carbognani, defiende la interpretación más restrictiva.

La objeción de conciencia no es inocua: avasalla los derechos de las mujeres más humildes, que no pueden elegir qué médico las va a atender. El Estado no debería avalar que en la gestión pública se violenten las leyes y los derechos humanos de los ciudadanos. Porque aunque después las Cortes provinciales digan que el aborto no punible no debe ser judicializado, a veces el embarazo está muy avanzado, o la presión quebró a parte de la familia. O la paciente ha muerto, como la joven santafesina Ana María Acevedo, a la que en el Hospital Iturraspe le negaron la quimioterapia para el cáncer porque iba a afectar el embarazo y le negaron el aborto porque era un crimen.

La objeción de conciencia es un privilegio de clase. ¿Cómo podría hacer un peón rural para declararse objetor de conciencia ante el uso del glifosato en los campos sojeros? ¿Un chofer de colectivo que sabe que el cascajo que conduce es un riesgo para él y para todos los demás?
Pero, sobre todo, es un palo en la rueda de las políticas públicas que deberían lograr que la Argentina bajara sus índices de la mortalidad materna, cuya causa principal es la muerte en abortos clandestinos. El Estado argentino ya ha sido denunciado ante el Comité de Derechos Humanos de la ONU por el caso LMR y el organismo le advirtió “su preocupación por la legislación restrictiva del aborto contenida en el artículo 86 del Código Penal así como por las inconsistentes interpretaciones por parte de los tribunales de las causales de no punibilidad contenidas en dichos artículos”. En la misma línea, el Comité que monitorea la aplicación de la Convención de Derechos del Niño expresó “su preocupación por el alto porcentaje de muertes maternas, especialmente de adolescentes, relacionadas con abortos (28,31% en 2005) y en los largos procedimientos de interrupción legal del embarazo resultante de violación, en particular, debido al artículo 86 del Código Penal”. Fue para evitar otra advertencia que la secretaria de la Mujer, Lidia Mondelo, dijo hace unos días en Nueva York, ante la comisión de seguimiento del Protocolo del CEDAW, que el ministro Manzur había firmado la resolución que ahora parece que no firmó.

Acá cabe el sabio apotegma que dice que la culpa, entonces, no es del chancho sino del que le da de comer. Jorge Manzur anda repitiendo urbi et orbi que él es un hombre de la Iglesia y por eso está contra el aborto. Tiene todo el derecho del mundo, claro, a ser hombre de quien prefiera. Lo que no queda claro es que esas primarias lealtades sean compatibles con el cargo que desempeña.

 

* Periodista. Trabajó en El Porteño, El Periodista, Página 12, Clarín, La Triple Jornada, de México, y La Clave, de Madrid, entre otros medios. Recibió, con sus compañeros del suplemento Zona (Clarín), el Premio Rey de España por una investigación sobre la dictadura. Sus trabajos fueron traducidos y forman parte del referato de publicaciones académicas. Investiga la historia de las mujeres de la clase obrera argentina (1880-1940) e impartió seminarios en la UBA, la Universidad Nacional del Sur, la Universidad del Comahue, y organizaciones sociales.

ANTE LA LEY DE MATRIMONIO IGUALITARIO

 

De Objetos y Objetores

 Por Mempo Giardinelli

                              En materia de derechos civiles, acabamos de vivir una victoria legislativa enorme. La sociedad argentina, digo con el plural, o sea la democracia y la posibilidad de una convivencia más equitativa. La nueva ley de matrimonio igualitario es eso: una formidable conquista legislativa.

Personalmente, hoy no le aconsejaría a nadie que se case, quede claro, pues es una institución en mi opinión obsoleta y retrógrada, pero si hay matrimonio en las leyes argentinas, entonces que lo haya para todos y todas, es decir igualitario y a otra cosa. Y quien tenga ganas, que vaya y se case.

Pienso que la mayoría de los ciudadanos y ciudadanas de nuestro país ha pensado algo así: que está bien que los derechos civiles alcancen a todos y todas por igual, sin discriminaciones.

Aunque es cierto que todavía falta abatir montones de otras formas de discriminación, porque si hay algo que sobra en este país son las rémoras del pasado. Pero en ese camino estamos, y se puede ser optimistas. Y aunque llevará tiempo, hacia allá vamos.

Sin embargo, era obvio, sabido e inevitable que de todos modos iba a haber resistencias, antes, durante y después de la sanción legislativa. Así pasó a lo largo de nuestra historia con cada ley de este tipo, la última vez en 1987, con la ley de divorcio.

Ahora se sabía que iba a haber sectores troglodíticos que no iban a admitir los cambios sin resistencias, del mismo modo que era previsible que muchas buenas personas honestamente tuvieran dudas. Y eso también está bien: en democracia hay que distinguir a unos de otros y comprenderlos a todos, haciendo docencia pacientemente. La democracia es –nunca sobra repetirlo– una construcción muy lenta y requiere muchísima paciencia.

Por ejemplo ahora, cuando aparecen algunos supuestos “objetores de conciencia”, verbigracia unos pocos jueces ultramontanos que todos sabíamos que debía haber –y por suerte empiezan a dar la cara– y que en varias provincias se manifiestan en contra de la nueva ley y dicen, soberbios y desafiantes, que no la van a aplicar.

La pregunta parecería ser, entonces, qué hacer con ellos/ellas. Y la respuesta en democracia no puede ser otra que dejarlos que objeten. Ni reprimirlos ni polemizar. Hay que desdramatizar este asunto.

En todo caso, si estos jueces sienten que sus convicciones religiosas están en colisión con lo que manda la ley –y más allá de que hasta ahora no se conoce que objetaran torturas, genocidios ni demás barbaridades de la dictadura e incluso de estos tiempos, por aquello de las rémoras–, pues ahora tendrán que resolver sus contradicciones como puedan pero sin despegarse del mandato legal. Esto es, que si no aceptan casar a personas de un mismo sexo se les deberán aplicar las sanciones previstas por las leyes para los jueces que no cumplen con su deber. Tan sencillo como eso. Y punto.

Y en cuanto a aquellos ciudadanos y ciudadanas que se presenten en los registros civiles con voluntad de casarse y se encuentren con estos “objetores” tan selectivos, pues podrán cambiar de jueces o de juzgados, luego de hacer la denuncia por discriminación e incumplimiento de los deberes de esos funcionarios públicos.

No es tan grave, y además es un hecho que nadie quiere ser casado por un juez necio, estúpido o discriminador, que viene a ser más o menos lo mismo.

Por lo tanto, ¿para qué convertir esto ahora en una batalla innecesaria, si la ley ya fue sancionada y está en vigencia? No hace falta librar ninguna batalla ideológica fundamental, y menos con fanáticos soberbios. La inteligencia debe estar siempre de nuestro lado. El fundamentalismo ya sabemos dónde está.

 

 
 
MAGISTRADOS INVOLUCRADOS EN ADOPCIONES ILEGALES
 
Por Franco Mizrahi y Jorge Repiso
 
             La Justicia, poco a poco, y en ocasiones a su pesar, empieza a juzgarse a sí misma por su desempeño en la última dictadura militar. Y lo hace bajo la atenta mirada de los organismos de derechos humanos. Ya lo había adelantado la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, en el discurso que dio el último 24 de marzo: “Es hora de juzgar a los civiles que fueron cómplices de la dictadura”. Un nuevo proceso parece abrirse en el país, que se bifurca del oscuro sendero que llevaba al silencio. Y que empezó a iluminarse con una nueva presentación judicial que desnuda la presunta complicidad de jueces que, entre 1976 y 1983, habrían facilitado el crimen más atroz: la apropiación de bebés.
NUESTRO DESEO

La denuncia que los organismos le presentaron al Procurador General de la Nación, Esteban Righi, el 29 de marzo –y que lleva la firma de María Isabel Chorobik de Mariani, Elsa Pavón y Clara Petrakos, entre otras– sirve de botón de muestra. En la demanda, Wagner Gustavo Mitchell, juez de la Cámara de Casación Penal, y Jorge Martínez Sobrino, juez de Cámara del Tribunal Oral en lo Criminal Federal Nº 6, son acusados de encubrimiento en el secuestro de Simón Riquelo.

 
El régimen de apropiación ilegal de bebés que se sistematizó en la dictadura –y dejó el trágico saldo de 500 niños robados– constó de dos mecánicas. Gracias a los organismos de derechos humanos se reconstruyeron algunas historias. De los 101 nietos recuperados, cerca de 30 casos fueron por adopciones irregulares otorgadas por magistrados de la época. Los restantes, en su mayoría, fueron anotados como hijos propios por medio de la falsificación de partidas de nacimiento. Pero sólo se trata del 20 por ciento de los niños apropiados en los años del terrorismo de Estado.

Los casos de Mitchell y Martínez Sobrino son paradigmáticos. El primero encabeza la Sala II de la Cámara que deberá dictaminar sobre el expediente de los hijos de Ernestina Herrera de Noble. El segundo integra el tribunal que juzga al ex dictador Jorge Rafael Videla. La historia, se sabe, es circular.

En julio de 1976, Mitchell estaba a cargo del Juzgado de Instrucción Nº 16, de Capital Federal, que oficiaba como juzgado de menores. Su secretario era Martínez Sobrino. Ambos están sospechados de otorgarle al subcomisario Osvaldo Parodi –en forma ilegal– el bebé Simón Riquelo. Esa misma acusación recayó también sobre José Domingo Allevato, que habría participado en el caso porque era secretario tutelar (ver aparte).

La historia se remonta a la medianoche del 13 de julio del ’76, cuando militares de civil ingresaron a la casa que ocupaba Sara Méndez, madre de Riquelo. El grupo de tareas que la torturó y la trasladó al centro clandestino de detención Automotores Orletti le quitó su bebé de apenas 20 días. Cuatro horas después del secuestro, un subinspector de la Policía Federal encontró a la criatura en las puertas del Sanatorio Norte, en Belgrano. Desde aquel día y hasta la adopción definitiva por parte del subcomisario de la seccional 33 y su esposa, Haydeé Campo, sólo transcurrió un mes. Las firmas de Mitchell y Martínez Sobrino quedaron estampadas en el acta de tenencia, avalados por Allevato, y fueron los últimos garabatos de la pluma judicial para que Simón cambiara de familia.

Los argumentos de la denuncia contra los jueces fueron contundentes: “(…) lejos de practicar una investigación, verificar los habeas corpus, reclamar partidas, verificar nacimientos o atender familiares que buscaban niños, hicieron todo lo contrario, callaron, falsearon y hasta amenazaron”. La cita refiere a una amenaza que denunció Carlotto, en 1978. Mientras buscaba a una niña robada, la titular de Abuelas recibió la siguiente advertencia del mismo juez que hoy maneja la causa Noble: “Decile a esa abuela que se olvide de todo este asunto si no quiere aparecer en una zanja”, le habría dicho el magistrado a un abogado cercano a Carlotto.

Según consta en la denuncia, “para consolidar el secuestro y ocultamiento de los niños (…) realizaron medidas concretas tendientes a ocultar todo rastro que permita identificar el verdadero origen de los niños como, por ejemplo, la falta de la más mínima investigación judicial que permitiera encontrar a las familias del ‘supuesto menor abandonado’”.

Pasaron 26 años hasta que Simón recuperó su identidad. En marzo de 2002, un estudio de ADN realizado en el Banco Nacional de Datos Genéticos confirmó el parentesco entre Méndez y el chico (hoy Aníbal Armando Parodi).

Curiosamente, ahora los dos magistrados acusados tienen que resolver causas sobre los mismos delitos por los cuales fueron denunciados. Mitchell, que es miembro de la Sala II de la Cámara Nacional de Casación Penal, deberá resolver la causa sobre la identidad de los hijos de la dueña del multimedios Clarín, Ernestina Herrera de Noble. Y Martínez Sobrino, juez de Cámara del Tribunal Oral en lo Criminal Federal Nº 6, está a cargo de la megacausa que juzga a los genocidas Videla, Cristino Nicolaides, Santiago Omar Riveros y Jorge “Tigre” Acosta, entre otros militares, por los delitos de sustracción, retención y ocultamiento de menores.

El procurador Righi, que recibió la denuncia contra los magistrados, ya la envió a sorteo. La causa recayó en el juzgado federal de Ariel Lijo y en la fiscalía de Eduardo Taiano. Ambos deberán definir si darán curso a la denuncia o la derivarán a cualquier otra causa vinculada con el caso.
Sin embargo, el accionar de estos dos funcionarios judiciales no fue excepcional. Entre los jueces que estuvieron y están en la mira de los organismos y de la Unidad de Coordinación y Seguimiento de las Causas por Violaciones a los Derechos Humanos durante el Terrorismo de Estado por su accionar en las adopciones ilegales, figuran otros casos.

La jueza Delia Pons, que fue titular de uno de los juzgados de menores de Lomas de Zamora durante la dictadura, manifestó en palabras el sentimiento de época en el mundo judicial. De acuerdo con el libro Botín de guerra, de Julio Nosiglia, les habría dicho a las Abuelas durante una reunión: “Yo, personalmente, estoy convencida de que sus hijos eran terroristas. Para mí, terrorista es sinónimo de asesino. Y a los asesinos, yo no pienso devolverles los hijos. Porque no sería justo hacerlo. Porque no sabrían criarlos y porque no tienen derecho, tampoco, a criarlos. En esto, seré inamovible. Sin ir más lejos, fíjense ustedes: tengo en este momento, entre manos, el caso de los chicos de Julio Ramírez. Ramírez es un criminal, un terrorista confeso. El Poder Ejecutivo le ha permitido trasladarse a Suecia y desde allí ha solicitado la tenencia de esos pobres niños. Yo jamás se la concederé (…) Señoras –y para terminar– sólo sobre mi cadáver van a obtener la tenencia de esos niños”. La jueza Pons también tuvo en sus manos los casos de Sebastián Ariel Juárez y Jorgelina Paula Molina Plana. Aunque fallecida, el fantasma de Pons aún transita por tribunales.

El juez Guillermo Gordo, yerno de Pons, trabajó durante la dictadura, en el ’76, en el juzgado de Lomas de Zamora a cargo de su pariente. Gordo fue hasta hace poco miembro del Tribunal Oral Federal Nº 5, donde instruyó al menos siete juicios por delitos de lesa humanidad. Absolvió a genocidas y dictó penas bajas en casos de apropiación de bebés. Hace poco tiempo pidió el cambio de jurisdicción y mediante un enroque con el juez Oscar Hergott partió al TOF Nº 3.
Otro estandarte para la Justicia jurásica fue la jueza Ofelia Hejt (fallecida), quien estuvo a cargo del juzgado de menores Nº 1 de San Isidro. Y dio en guarda a Andrés La Blunda y a Marcela y Felipe Noble Herrera.

En el caso de Marcela, según consta en el expediente de adopción, el 13 de mayo de 1976, la viuda de Roberto Noble se presentó ante la jueza con una beba que, dijo, la había encontrado días antes en una caja abandonada en la puerta de su casa, en Lomas de San Isidro. Los testigos ofrecidos resultaron ser falsos.

En el expediente de adopción de Felipe se sostiene que Carmen Luisa Delta, su supuesta madre, lo puso a disposición de la jueza el 7 de julio de 1976. El mismo día, sin cumplir los requerimientos legales correspondientes, la magistrada concedió la segunda guarda a Herrera de Noble. Tiempo después, el entonces juez Roberto Marquevich –que en diciembre de 2002 ordenó la detención de la directora del Grupo Clarín– determinó que Delta nunca existió.

Cuando Hejt entregó en guarda a Andrés La Blunda, un bebé de tres meses, los organismos de derechos humanos denunciaron que nunca dispuso medidas para ubicar a su familia y que ignoró las evidencias que demostraban que sus padres habían sido secuestrados por el Ejército. La Blunda recuperó su identidad en 1984.

El ex juez Luis María Vera Candioti está imputado por falsear el expediente en el que tramitó la guarda de María Carolina Guallane a una familia de Venado Tuerto, en abril de 1977. Por entonces María Carolina era una beba que había sobrevivido al asesinato de sus padres, el 11 de febrero de 1977, cuando un grupo de tareas del Ejército atacó la casa donde vivían. En el documento de adopción constaba que la niña había sido puesta a disposición del juez de menores, el 4 de febrero, siete días antes de la masacre.

Vera Candioti pidió su sobreseimiento por “prescripción de la acción penal”, pero el juez Reinaldo Rodríguez rechazó el planteo y ratificó que “la supresión de identidad” de niños es un delito imprescriptible. La defensa del magistrado acusado apeló el fallo ante la Cámara Federal de Rosario. La hija de desaparecidos recuperó su identidad en 1998: los análisis genéticos confirmaron que su verdadero nombre es Paula Cortassa.

A cargo del tribunal de menores de San Nicolás, Juan Carlos Marchetti intervino en la guarda de Manuel Gonçalves, quien sobrevivió a la Masacre de Juan B. Justo en la que asesinaron a su madre, Ana María del Carmen Granada. Manuel tenía sólo cinco meses cuando un grupo de tareas ingresó en su casa. Antes de desatarse una balacera, Ana María envolvió a Manuel en un colchón y lo escondió en un ropero. Allí lo encontró un policía al día siguiente, cuando fue internado en el Hospital San Felipe, de donde desapareció de un día para el otro. El juez Marchetti se lo había otorgado en guarda a unos conocidos: la madre adoptiva era prima de la esposa de un pariente del magistrado.

Según la abogada querellante, Ana Oberlin, Marchetti incumplió con todas las reglas de la ley de guarda. No hizo nada, sostiene, para buscar a la familia biológica de Manuel. Y hasta se lo otorgó a una familia que recién tuvo sus nupcias meses más tarde de la adopción. Cuando el caso llegó a tribunales, el juez Villafuerte Russo sobreseyó a Marchetti. Los querellantes apelaron y ahora deberá expedirse la Cámara de Casación de Rosario.

El entonces juez Jorge Mario Muller atendió a las Abuelas en 1978. Según consta en el libro Identidad, despojo y restitución, de Matilde Herrera y Ernesto Tenembaum, Alicia de la Cuadra, antes de salir de su despacho, le pidió al juez que, cuando besara a sus hijos, recordara que muchas abuelas no tenían nietos para mimar porque estaban secuestrados. “¡Cómo no me voy a acordar si me dejan ardiendo, señora!”, respondió el magistrado. Por su juzgado pasaron, por lo menos, tres niños desaparecidos que fueron dados en adopción. Entre ellos, Emiliano Castro Tortino, a quien secuestraron el 22 de marzo del ‘77. Tres días después de su secuestro, Muller, titular del Juzgado en lo Criminal y Correccional Letra “O”, entregó al menor en guarda provisional al abogado Domingo Gabriel Maggiotti, quien sería amigo suyo. Había inscripto al bebé como nacido el 7 de septiembre de 1976 para entregarlo en adopción a fines de abril del ’77.

Carlotto presentaría el caso ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en el ’96 por incumplimiento de disposiciones establecidas en la Convención de DD.HH.

El doctor Mario Eduardo Basso atendía el Tribunal de Menores Nº 2 de San Martín y tuvo en su poder la adopción de las hermanastras Laura Malena Jotar Britos y Tatiana Ruarte Britos, hijas de Mirta Graciela Britos, secuestrada en Villa Ballester en octubre de 1977. La labor de Basso está puesta en cuestión porque mientras se llevaba adelante la adopción de la segunda niña, su abuela paterna se presentaba asiduamente en el juzgado preguntando por su nieta. Siempre se iba con la misma mentira a cuestas: sin noticias.

Entonces, la abuela paterna recurrió a Abuelas de Plaza de Mayo y no cesó en su búsqueda. Finalmente, en 1980, Basso citó a la abuela y le reveló la verdad. Fue el único juez que volvió sobre sus pasos para facilitar el reencuentro. El primero de todos. El que inició la serie que hoy llega a 101 nietos recuperados. La culpa lo hizo volver sobre sus pasos. Esa que, hasta el momento, no sintieron muchos de los que otorgaron, a sabiendas, a los 400 bebés robados que aún no conocen a su familia biológica. Su verdadera identidad. Por esa misma razón, la búsqueda de las Abuelas no claudica. Y se esperanzan: saben que, tarde o temprano, será justicia.

 

La Justicia Que tenemos!!!

                           La Justicia que Queremos!!!!!!!

                                                                                                   

 

 

La Verdad Está en los Hechos
 
¿Por qué hablás si no sabés? ¿De dónde sacaste esa noticia
que echás a rodar desaprensivamente, sin pensar en
lo irresponsable que sos y en el daño que podés hacer?
Estamos viviendo el tecnicolor de los días gloriosos y vos
me lo querés cambiar por el rollo en negativo del pesimismo,
el chisme, la suspicacia y la depresión. No, si yo
a vos te conozco, ¡uf, si te conozco! Vos sos, mirá, vos
sos el que no podés disponer de hechos y entonces usás
los rumores, y te acercás a mí para tirarme la manea de
unas palabras en el momento más inesperado. ¿Sabés qué
palabras, por ejemplo?: «¡La que se va a armar!»
¡Explicáte! Que tu actividad capciosa no se detenga
en el umbral de las palabras, sino que atraviese el zaguán
del prólogo y me tienda la mesa en el comedor de los
hechos… hechos y no palabras, hechos y no rumores.
Dale, servíme la cena. Poné sobre mi mesa eso que estás
anunciando, pinchálo con el tenedor de una evidencia,
cortáme el entrecote con el cuchillo de otra evidencia, ¡y
hacé que yo trague el bocado evidentemente! Porque,
hasta ahora, los rumores se fabrican aquí por quienes se
alimentan de sus propias milanesas. Porque yo a vos no
te entiendo. Vos me agarrás del brazo en la vereda, me
anunciás que se va a venir una… se va venir una… y en
vez de venir una, te vas vos, y yo me quedo en la vereda
tratando de no impresionarme, porque si yo fuera impresionable
entraría en mi casa agachado como vos,
hablando al bies como vos, y cuando los míos vinieran
a saludarme alegremente, también yo levantaría la medianera
de esas palabras sibilinas que me dijiste: «Menos alegría
y vayan preparándose… porque ¡se va a venir una!»
Pero yo vengo de vuelta, ¿sabés? Yo vengo de otras épocas
llenas de palabras, superfluamente llenas de palabras;
no había nada más que eso: barrios de palabras,
tribunas de palabras, países de palabras, y por eso no
creo en los rumores chiquitos y muchas veces miserables
con que vos querés hacerle sombra a una realidad que
está iluminándonos. ¿Por qué hablas si no sabés? ¡Entristece
pensarlo! Claro, a vos vino uno y te dijo que ayer
mataron a treinta. ¿Dónde están los que mataron? ¿Fuiste
al entierro? ¿Tomaste café en el velorio? No, vos no viste
nada, vos no sabés nada, pero como alguien te lo dijo,
vos lo repetís, y ¿quién se lo dijo a ese alguien? ¿Quién?
Ahora me explico: será el mismo que anunció, por ejemplo,
que Fulano y Mengano estaban presos. Y entonces,
vos venís y me decís, siempre agachado, siempre haciéndote
el misterioso: «¡Shhh… la cosa está brava! ¡Los
metieron presos a Fulano y Zutano!»
Y si te digo que anoche
lo vi a Fulano con una rubia y que hoy almorcé casualmente
con Mengano, vos me mirás con una lástima tremenda
y me decís que es un truco. ¿Cómo un truco? ¿A
mi me la vas a contar? ¡Yo estuve con Mengano! ¿Cómo
que no? ¿Entonces, quién era? ¿Boris Karloff caracterizado?
Pero, oíme, ¿no ves en qué época estás viviendo?,
con kilos de realidades, toneladas de realidades, y entonces,
¿cómo podés mostrarte tan pequeño, tan chiquito, y
ser un cómplice más en esta carrera de posta en la que
los rumores más absurdos, cuando no cínicos, salen de
la obscuridad y quieren meterse en el pensamiento de
los crédulos? Ya sé, decís que vienen desde el exterior
contando con la colaboración de sus personeros, de los
que, desgraciadamente, muchos son argentinos. Pero ¡no
hablés tonterías! ¡Averiguá primero! Despreciá al malintencionado
que te pasa un rumor como quien te entrega
un billete falso… y no ves que si es falso, ¿cómo vas a
comprar la verdad? ¿O vos no sabías que la verdad está
en los hechos maravillosos que hoy nos rodean, y que la
mentira está en esos rumores o calumnias que vos recogiste
y amplificaste? ¿A mí me vas a contar que no sabés
que son calumnias? ¿Que creés en los rumores? ¿Que pensás
firmemente que… «se va a venir una»? ¡Fenómeno
la que se va a venir! ¡Vamos, criatura, que somos pocos
y nos conocemos mucho! ¡A mí no me la vas a contar.

                                                           de soy 678 ahora ,un lector de La Voz del Dictador…perdón, La Voz del Interior