Category: Injusticias


Justicia Argentina, ¿para todos o para pocos?

Fernando Pisani

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Fernando Pisani
fjp2001@gmail.com

La pregunta que nos debemos hacer es si las diversas posiciones sobre la democratización de la justicia apuntan a una justicia para todos o a una justicia para pocos; o mejor dicho aún, a una justicia de todos o a una justicia de pocos.

Y para evitar discusiones que obscurecen, o tomas de posición a favor o en contra del gobierno que impiden una reflexión algo más objetiva del problema y de sus soluciones, no hay nada mejor que alejarse del problema actual y verlo más lejos del lugar y del tiempo.

Como sabemos, la Constitución Argentina y por ende su concepción sobre la organización de sus poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, se basa en la Constitución Norteamericana y es bueno rastrear en ella elementos que nos permitan entender las bases de lo que pasa hoy en Argentina.

Cuando se elaboró la Constitución norteamericana, los llamados “Padres Fundadores” de la misma, eran terriblemente desconfiados y opuestos a la participación directa de la población en los asuntos del gobierno y si bien todos hablaban de democracia, se oponen a la misma como método de gobierno y la oponen a la república, que ellos defienden, es decir, prohibir y el gobierno del pueblo y por el pueblo y admitirlo sólo por medio de sus representantes.

 Así organizan el poder de la siguiente forma. Admiten sólo la elección directa de los representantes del pueblo, la Cámara de Representantes, pero como desconfían de qué puede salir de ella, ponen como contrapeso una Cámara de Senadores, sin cuya participación nada puede hacer la primera. Pero esos senadores no son elegidos en función del número de habitantes de cada estado, sino que estados chicos o grandes tienen la misma cantidad. Y para la elección de los mismos, ponen condiciones de manera que sean siempre elementos de la clase pudiente.

Para el Ejecutivo definen que tampoco el presidente se elegirá de forma directa por la población sino que se plantean un conjunto de mecanismos por los cuales se elegirán indirectamente pudiendo incluso no ser presidente el que resulte indirectamente el mas votado. Y por supuesto cuenta con el derecho al veto a lo resuelto por el parlamento.

 Naturalmente a todo esto se le agrega que se le impide votar a las mujeres, a los negros e incluso el número de habitantes de cada lugar no se cuenta por las personas que viven en él, sino que si en ese territorio viven pueblos originarios y no pagan impuestos, no se cuentan. Y los esclavos y negros, cuentan sólo tres de cada cinco.

Pero nada de esto les da tranquilidad. El famoso país modelo de la democracia instituye un Poder Judicial que no será elegido por el pueblo ni siquiera por esos mecanismos indirectos, sino puestos a dedo, con una característica: no podrán ser removidos y durarán hasta que se mueran o renuncien, y las posibilidades de destitución son remotas, al punto que nunca en EEUU se removió ningún juez de la corte suprema.

 Y allí no termina el asunto. Este poder no elegido por el pueblo, y que pronto se transforma en una especie de casta, termina teniendo un poder incluso superior a las cámaras legislativas y al propio presidente.

Pongamos un ejemplo: En EEUU ya se había prohibido la esclavitud en muchos Estados (allí las provincias se las llama estados). Pero por supuesto aún había traficantes de esclavos. Y tal era la impunidad y racismo existente, que un tratante de esclavos, reclamando al otro por el pago de esclavos que había vendido, recurre a la Corte Suprema. Esclavos, dicho sea de paso, que fueron entregados en el Estado de Mississipi donde estaba prohibida la importación de esclavos desde 1833 (esto ocurre en 1841). El problema que enfrentaba la Corte Suprema era: si los esclavos eran personas protegidas por la Constitución Estatal, ¿no debían aplicar la ley y liberarlos?. Pero el reclamaba el pago decía: no son personas, son objetos de mi propiedad y como tal deben regir las leyes del comercio y por ende sujetos a la legislación federal. ¿Y qué hizo la corte?. Como bien señala Clemente Valdés en una obra muy interesante,

Para evadir el problema la Corte resolvió de una manera incoherente que, aunque el contrato de compra venta era inconstitucional, no era ilegal y, por lo tanto, el comprador debía pagar el precio de los esclavos.”

Clemente Valdés (1) nos cuenta que esos casos culminan con la resolución dictada en 1857 por la Suprema Corte de los Estados Unidos en el asunto de Dred Scott, esclavo negro que con su familia había sido llevado por su dueño a un territorio del norte en donde se prohibía la esclavitud. Frente a esto la Corte declaró que una ley del Congreso expedida 37 años antes, en 1820, conocida como el Compromiso de Missouri, la cual prohibía la esclavitud al norte de la latitud 36° 30’, era inconstitucional. Demás está decir que frente a esta soberbia de la Corte no había muchas alternativas, más cuando azuzó a los estados gobernados por partidarios de la esclavitud. Y terminó todo en la guerra civil…

Al respecto, Abraham Lincoln, en su discurso al tomar posesión como presidente de los Estados Unidos el 4 de marzo de 1861, decía:

si la política del Gobierno sobre las cuestiones vitales que afectan a todo el pueblo va a ser fijada irrevocablemente por decisiones de la Suprema Corte, en el instante en que así se hace en litigios ordinarios entre partes en acciones personales, el pueblo habrá dejado de ser su propio amo, al renunciar prácticamente a su Gobierno para dejarlo en manos de ese eminente tribunal”

Cuando hoy se analizan por ejemplo los fallos de jueces a favor de Clarín y en contra de una ley votada por los representantes del pueblo, debe admitirse que no es algo inventado por la “justicia” argentina. Por ejemplo el caso de una ley del Estado de Nueva York que prohibía que los trabajadores de los hornos de las panaderías trabajaran más de 10 horas diarias. ¿Qué hizo la Corte Suprema: declaró inconstitucional dicha ley. Y así siguió la Corte defendiendo abusos contra los trabajadores, entre otras amparándose en el principio de la “libertad de contrato”.

Y hay innumerables casos absolutamente escandalosos de este país modelo de la democracia. Por poner un ejemplo la Corte convalida

fraudes tan escandalosos como los de las tierras del Yazoo que comprendían la mayor parte de los territorios que forman lo que son actualmente los Estados de Alabama y Mississippi, las cuales fueron vendidas a un precio ridículo por la legislatura del Estado de Georgia después que todos los legisladores de ese Estado, excepto uno, fueron sobornados para aprobar el fraudulento contrato. La legalidad de ese fraude fue convalidada por la opinión del Jefe de Justicia John Marshall, quien invocando el principio que prohibe “impair of obligations of contracts”, es decir, anular o disminuir las obligaciones de los contratos, a pesar de las confesiones de los legisladores cuyos votos habían sido comprados, sostuvo que sería “indecente” entrar a juzgar las razones del voto de los legisladores. Esta curiosa opinión de Marshall fue apoyada por todos sus colegas en esa Suprema Corte en el caso Fletcher v. Peck. Es también la época en que se legalizan algunos de los mayores despojos en contra de los indios para quitarles sus tierras, especialmente en los casos de los cherokees resueltos en 1823, y además se dictan algunas de las más inmorales resoluciones a favor de los grandes especuladores” (1)

                                    El dibujo es de Freddy, del diario La Capital

Cualquier similitud con las conductas de la justicia argentina no es mera casualidad y no cansaremos con una larga lista de iniquidades. Sólo señalemos al pasar que la Suprema Corte argentina convalidó todos los golpes de estado de argentina y los legitimó.

La pregunta que nos debemos hacer es: ¿Es necesario para nuestra sociedad cambiar cómo se estructura y funciona la Justicia? ¿Está bien cómo se eligen los jueces? ¿Está bien que sean prácticamente eternos? ¿Deben tener el poder de que cualquier juez dicta una cautelar contra una decisión de los otros dos poderes, que justamente son los únicos elegidos por el pueblo, y su resolución sea indefinida en el tiempo? Y no hablemos de Clarín, sin ir muy lejos hay una cautelar a favor del diario La Nación que lleva más de diez años. Curiosamente los socialistas de Binner que se oponen a la limitación del tiempo de las cautelares, gobiernan una provincia donde una cautelar no puede tener más de 90 días…

¿Debe ser una especie de casta el Poder Judicial? ¿Hay que democratizarlo? ¿Pueden existir causas que duran diez o veinte años en resolverse, justamente porque es la manera de proteger intereses de poderosos o sus propios intereses o de sus conocidos?

Por otro lado, la Justicia argentina, con honrosas excepciones, es una Justicia no sólo ineficaz, exageradamente lenta, injusta muchas veces y en cierta manera buena parte de ella racista y prejuiciosa , sino que también es onerosa, es cara, por lo que la mayoría de la población no puede recurrir a ella para derimir sus diferencias o defenderse.

Quienes hoy se oponen a modificar aspectos de la Justicia en realidad están defendiendo una corporación, la judicial, con sus privilegios y fundamentalmente su toma de posición a favor del status quo y los poderosos y su impunidad garantizada por su permanencia en el cargo si tienen “buena conducta” (y ya sabemos lo que entienden por buena conducta, para ellos fue bueno apoyar a los golpes de estado, expropiar de tierras a sus legítimos dueños, etc, etc).

 Por supuesto que ninguno de los tres proyectos de ley resuelven los problemas fundamentales de la Justicia argentina. Son pequeños pasos en cambios pequeños. Y sí a pesar de ser pequeños los cambios se levanta tan polvadera en defender una justicia de pocos, imaginémosnos qué pasaría si se hubieran planteado cambios más profundos.

 Pero por más que sean pequeños los cambios son muy importantes, en primer lugar porque ponen en centro del debate una institución que siempre ha permanecida impune y con una falsa imagen de equidistancia, con importantes grados de corrupción, partícipe necesaria de los momentos más atroces de la historia argentina y también partícipe necesaria de la impunidad por ejemplo con que se mueven las mafias del narcotráfico.

 Es importante remarcar que no todos los jueces o partícipes del Poder Judicial avalan la conducta antidemocrática y defensora de privilegios e injusticias que ha tenido el Poder Judicial en los últimos ciento cincuenta años, por poner una fecha. Muy demorados y con contradicciones, pero realizados al fin, los Juicios a genocidas son ejemplos para todo el mundo. Y no hubieran sido posible no sólo sin un gobierno nacional que los hubiera estimulado para llevarlos hasta las últimas instancias, sino sin fiscales y jueces que se apartaran de la conducta genuflexa. Ni estos cambios existirían si no existiera en la propia justicia sectores de la misma que quieren hacerlos.

Es cierto que tal vez en este artículo  se mezclan las conductas de los jueces con la Institución, y se está criticando no sólo a los jueces sino también a la institución. Pero ocurre que no puede ser de otra forma en la medida que la propia institución “Justicia” no ha puesto nunca distancia con las conductas más aberrantes de jueces comunes y jueces “Supremos”, ni ha repudiado o separado de sus cargos a quienes avalaron gobiernos golpistas y genocidas. Por el contrario, abogados, fiscales y jueces coinciden “entre bueyes no hay cornadas”, “hoy por ti, mañana por mi”

 Y es de notar que sabiendo lo que es la justicia argentina, que se arroga privilegios -el no pago del impuesto a las ganancias es uno de ellos-, su ineficacia, su onerosidad,  y los robos “legales” y crímenes que ha avalado o legalizado o coparticipado, jamás antes el Poder Legislativo ni el Poder Ejecutivo se plantearon hacer una reforma del Poder Judicial. Es más, contribuyeron a su impunidad.

Justamente lo importante que está haciendo este gobierno de Cristina Fernández, más allá de las propuestas concretas de cambio, es abrir el camino hacia una reforma y democratización del Poder Judicial. Y hablar de aquello que jamás se habla. En cambio los que hoy critican estos pequeños cambios siempre, desde que estuvieron en el poder o en la oposición, no hicieron nada por cambiar las aberraciones del Poder Judicial ni se plantearon reformarlo. incluso falta el estudio para ver cuánto de la violencia cotidiana que hay hoy, inclusive el feminicidio, no tiene que ver con la propia justicia y su absoluta ineficacia, cuando no parcialidad a favor del más fuerte.

 No es un tema fácil propiciar un cambio para bien de la Justicia. Llevar a que los jueces surjan de una votación como un diputado puede ser peor el remedio que la enfermedad (cosa que el gobierno no está proponiendo, dicho sea de paso), pero así las cosas no pueden seguir. O la justicia  se autoreforma y se autopurga, para evitar seguir siendo el último bastión de la reacción, del status quo y de los grandes privilegios, y pase a ser realmente Justicia, o la sociedad deberá pensar en medidas más incisivas para que los jueces dejen de ser una especie de casta privilegiada e impune y entiendan que necesitamos una justicia de todos y para todos y todas.

Rosario, 22 de abril de 2013

  1. “Marbury vs. Madison. Un ensayo sobre el origen del poder de los jueces en los Estados Unidos”. Clemente Valdés
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Homo Papa

Desde Barcelona

 

UNO En el principio era el Verbo y el Verbo era Renunciar. Y esto ya es demasiado, piensa Rodríguez. Porque Rodríguez aguantó con paciencia y elegancia eso de que los príncipes herederos de las monarquías “modernas” se casasen con la plebeya que más les calentara (en lugar de tenerlas de amantes mientras ellos posan para la foto junto a la “serena belleza” hemofílica de alguna Rigoberta IV de Syldavia) así como lo de la última de Batman con el hombre murciélago retirándose a vivir a Florencia junto a su gatita.

Pero lo de Benedicto XVI –aunque vuelva Bowie I– es la gota que colma el cáliz. Así cualquiera. Al Sumo Pontífice lo elige una suerte de cónclave Big Papa a puertas cerradas inspirado por el rayo de luz de la voluntad divina pero, parece, ahora es el propio hombre quien puede avisar que no va más. Que está cansado de cuerpo y alma. Que no tiene fuerza y que se le vaciaron los tanques de la vocación y del servicio espiritual. Que lo único que quiere ahora es retirarse a pensar en sus cosas –estar “escondido del mundo” y “desaparecido”, definiciones un tanto inquietantes– y que las monjitas de un monasterio cercano le avisen cuando está la comida servida. Sí, el Papa –“un pastor rodeado de lobos”, se apiadó alguien– está cansado de todo y de todos después de casi ocho años al frente del negocio que muchos definen hoy como “una barca que hace aguas”. Rodríguez también. Con la diferencia de que el náufrago Rodríguez no tiene negocio propio y sí tiene casi treinta y seis años menos que Josef Aloysius Ratzinger.

DOS Y, además, la ida de Benedicto XVI –¿cómo es posible que no la haya anunciado primero en su flamante Twitter?– le plantea a Rodríguez un problema táctico familiar. Su pequeño ya es más big o, por lo menos, medium; pero este Papa –cruza de Emperador Palpatine/Darth Sidious, Nosferatu y Mr. Burns– es lo único que le sigue funcionando a la hora de atemorizar a su hijo con un “Si te portas mal, esta noche vendrá Bene y…” Sumarle a esto lo sorpresivo de la noticia que ha puesto alertas y erectos a todo tertuliano televisivo y experto vaticano –Rodríguez vio a dos comentaristas casi llegando a los golpes porque uno se burló de “la palomita esa” del Espíritu Santo– trazando coordenadas que intersectan con cuestiones locales. Porque si dimite Benedicto XVI, ¿por qué no dimite Rajoy? O por lo menos el rey. ¿Ha perdido la fe Rafa Nadal? ¿Bárcenas está en todas partes como sagrado fantasma? Mientras tanto, el vicepresidente de la patronal española –al que agarraron pagando en negro, parece– dice que no renuncia, pero sí, muy papal, que se “retira a reflexionar sobre la vida misma”. Así, lo místico ha caído sobre lo cotidiano como el latigazo de ese más bien jupiterino relámpago que hizo temblar a la cúpula de San Pedro la noche del día del anuncio de “Se traspasa” y “Cambio de dueño”. Y entre tanta agonía y éxtasis, por supuesto, el recuento y recuerdo de otros papas que renunciaron hace siglos porque, comenta alguien en el estudio, “ésos eran tiempos en que renunciabas o te renunciaban”. Y –recordar al efímero Juan Pablo I– a Rodríguez no le queda del todo claro que esos tiempos no sigan siendo estos tiempos. Y que al gran inquisidor Benedicto XVI le hayan superado los escándalos de la (des)orden de los pederastas. O que le hayan desmoralizado las traiciones de su cuervo y las águilas y buitres aleteando por los pasillos de una Santa Sede. O que los aleteos de las acaudaladas alas ultraconservadoras ya no lo dejasen dormir en paz. O tal vez ya no pudo aguantar la noticia de la inminente salida de un nuevo best-seller de Dan Brown titulado Inferno y esta vez metiéndose con La Divina Comedia de Dante. Algunas “fuentes cercanas” confían en que Benedicto XVI no quería ofrecer el “espectáculo” que dio Juan Pablo II en sus últimos años –ese zombie en el balcón– que produjo terror pánico no al hijo de Rodríguez sino a Rodríguez. Una cosa –leyendo editoriales firmados por especialistas en historia religiosa– sí parece evidente: Benedicto no hizo muy bien su trabajo. Y –de tratarse lo suyo de un puesto ejecutivo en una multinacional– ya lo habrían puesto de patitas en la Piazza bajo pretexto de algún recorte de plantilla y todo eso. Para bien o para mal, por las buenas o por las malas, Benedicto XVI pronto estará no durmiendo con los peces pero sí –poca reforma y puesta al día para alguien que venía con patente de teólogo brillante y a quienes los más creyentes anunciaban como una suerte de secuela de Juan XXIII–- pastando junto al buey y al asno que él mismo desterró de los pesebres del mundo porque podía hacerlo, porque se le dio la divina y reverendísima gana.

TRES Y, por supuesto, a imprimir estampitas y a hacer apuestas acerca del próximo ocupante del trono de Pedro. A Rodríguez le gusta mucho el robusto y sonrosado Timothy Dolan, arzobispo de Nueva York con aire de gangster irlandés listo para aplastar a la competencia. Pero Dios dirá y mucho cuidado con ese secretario privado: el apuesto padre Georg “George Clooney” Gänswein, reciente portada de la Vanity Fair italiana y, para muchos, “la persona más influyente en el Vaticano después del Santo Padre”. Mientras tanto y hasta entonces, superado el desconcierto de prelados españoles –que dijeron sentirse “como huérfanos” y que tiemblan por el laicismo local en ascenso, que es “como un jabalí destrozando la viña”–, en las filas del Partido Popular vuelven a sacar mantillas y peinetas. Y a reservar pasaje para Roma. Y, seguro, ya sueñan con traer rapidito al nuevo a algún fiestorro ecuménico con papamóvil. Celebraciones que siempre resultan una excelente oportunidad para hacer negocios turbios y meter la mano en la lata de las limosnas facturando de más. Y danos hoy nuestro pan de cada día, que de perdonarnos e indultarnos nos encargamos nosotros.

CUATRO ¿Está contento Rodríguez por todo esto? Ni sí ni no. Por un lado, más ruido y humo blanco. Por otro, hay cierta justicia poética –recordar los inolvidables pronunciamientos del Papa saliente sobre el aborto, el matrimonio homosexual, los métodos anticonceptivos y el peligro de las “sectas”, olvidando que el cristianismo no es más que, históricamente, una secta a la que le fue muy bien– en el hecho de que un retrógrado retroceda. Y que su legado no pase por el haber llegado a limpiar y cambiar las cosas sino por el haberse ido apenas pasando el plumero y barriendo debajo de la alfombra.

Pocos padres han tomado más veces en vano el nombre del hijo. Y Rodríguez lee que, días atrás, el actor Michel Piccoli se indignó por la cantidad de llamadas de periodistas preguntándole por la retirada del Papa con la sola excusa de “haber hecho” de Santo Padre en la película Habemus Papam, de Na-nni Moretti. “No soy el papa, soy un actor que hizo de papa”, gruño el francés. De acuerdo. Pero Piccoli olvida que Josef Aloysius Ratzinger también fue un actor que representó un papel en una obra que no baja de cartel, pero cambia de intérprete protagonista y de nombre y de número. Aunque el numerito siga siendo el mismo.

El show debe seguir.

Por los siglos de los siglos.

Amén.

Rayo en el Vaticano

La crisis de la cruz

 POR ALFREDO GRIECO Y BAVIO

No sólo fue el cansancio ni los problemas de salud, Benedicto XVI deja su cargo acorralado por las dificultades que sufre la Iglesia Católica. De las internas vaticanas a la falta de dinero. Qué características tendrá el nuevo Papa.

Más acá de su edad avanzada y de sus problemas de salud, la renuncia de Benedicto XVI al pontificado romano es una respuesta a la aguda crisis que vive la Iglesia Católica en el siglo XXI. El alemán Joseph Ratzinger, el antiguo combatiente de la Juventud Hitleriana, el catedrático universitario enemistado con los movimientos estudiantiles de la década de 1960, el prolífico teólogo que por veinte años fue Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex Santo Oficio, ex Inquisición), el baluarte conservador de su antecesor el papa polaco Juan Pablo II, tuvo que admitir que ya no podía enfrentar la crisis apelando a los elementos más inertes de la tradición vaticana. En cambio, apeló a una decisión inesperada, que de por sí aporta un caudal de renovación a la Iglesia actual. Con su renuncia, anunciada el lunes, en vez de esperar a la muerte para sustituirlo, un cuerpo colegiado, formado por representantes de todo el mundo, tendrá la oportunidad de reunirse, de debatir el futuro de la Iglesia, y de elegir quién será el sucesor, obligadamente más joven, de Benedicto XVI, nacido en 1927. Con un optimismo que no a todos contagia, en el Vaticano consideran que los cardenales, reunidos en cónclave, podrán elegir al nuevo Papa ya en marzo.
Iglesia y Europa en crisis. Institución universal pero con sede romana, la Iglesia Católica ve agravada todavía más su propia crisis por la del continente y las instituciones europeas. Muchos de los países de Europa occidental más gravemente afectados son tradicionalmente católicos: España, Portugal, Irlanda, Italia, Francia. Cuando inició su pontificado en abril de 2005, el cardenal alemán Joseph Ratzinger, que eligió el nombre de Benedicto XVI, anunció como una de sus prioridades mayores la evangelización de Europa. Es difícil decir que la Iglesia Católica haya triunfado, o siquiera avanzado, en esta tarea que el nuevo Papa le proponía.
Menos fieles, menos fondos. La crisis de la Iglesia en el continente que, una vez convertido, por más siglos permaneció en el cristianismo, conoce varias vertientes. La actual crisis económica europea, con el empobrecimiento derivado de los cortes y recortes del gasto social, encontró en Benedicto XVI a un testigo que la deploraba, pero que permanecía silente, antes que a un luchador evangélico decidido en una activa “opción por los pobres”. En las décadas anteriores a esta crisis, el avance de la secularización y del laicismo había hecho que muchos fieles abandonaran la Iglesia por sus reclamos desoídos. A su entender, la jerarquía católica desatendía el mensaje evangélico de la tradición y creaba barreras y obstáculos socialmente conservadores a nuevas realidades sociales y vitales. En esos años, la Iglesia mostró una oposición más firme que razonada al matrimonio de los sacerdotes, a la contracepción, a la planificación familiar, a la interrupción voluntaria del embarazo, al avance de las mujeres en el culto y la liturgia, a la consagración de la unión de amor de parejas del mismo sexo. Si no todos aquellos católicos cayeron en el agnosticismo o aun el ateísmo, grandes y crecientes números entre ellos, sin embargo, dejaron por completo de practicar la religión en cuyos principios seguían creyendo, y por lo tanto dejaron de aportar al sostén del culto católico. En las nuevas potencias económicas emergentes, como Brasil –la nación más poblada de mayoría católica–, no existe todavía el precedente de que los fieles mantengan la vida a la Iglesia con sus donaciones: antes bien, habitualmente los pobres eran los que pedían y eventualmente recibían el asistencialismo eclesiástico.
Pederastia, secreto y cuchicheo. A Benedicto XVI le tocó enfrentar un tema heredado del pontificado anterior. El polaco Karol Wojtyla, el papa Juan Pablo II elegido en 1978, lideró una campaña para provocar el fin del comunismo y la caída del Muro de Berlín en 1989. Fue muy exitoso en esto, pero menos en atender una creciente ola de denuncias sobre violaciones y abusos sexuales de menores sobre todo en diócesis de países occidentales –en Europa, en Estados Unidos, en Canadá– pero también en México y América latina, y aun en Australia, donde las víctimas de la pederastia sacerdotal festejaron en las calles la renuncia de Benedicto XVI. El papa Ratzinger, sin embargo, estuvo comprometido en la lucha contra la pedofilia, más acá de los resultados. A veces, con medidas severas, que por su conservadurismo chocaron con otras fuerzas dentro de la Iglesia, como la de prohibir o trabar el ingreso de homosexuales a los seminarios, aun con la promesa de que serían célibes una vez consagrados sacerdotes. Las luchas por combatir la pedofilia y por investigar los abusos pasados no se vieron coronadas por grandes éxitos. Le crearon al Papa empecinado en “limpiar la mugre” muchos enemigos poderosos –y muchos vaticanistas en la prensa europea mencionan a estos enemigos entre las causas de la renuncia de Benedicto XVI–. Pero también le generaron a la Iglesia pérdidas millonarias en resarcimientos a las víctimas. En Estados Unidos, uno de los países donde se encuentran las diócesis más prósperas del catolicismo y las que más dinero aportaban al funcionamiento de la Iglesia, se gastaron más de dos mil millones de dólares en juicios e indemnizaciones. En Alemania, el otro país de opulentas diócesis católicas, y de millonarios gastos en investigación, la colaboración de la Iglesia con una comisión criminológica independiente terminó en una impasse si no un fracaso rotundo. Con lo que a la crisis económica en Europa y en Estados Unidos, que redundaron en “bajas recaudaciones” para la Iglesia, se sumó el hecho de que lo recaudado debía destinarse a pagar a víctimas, quienes se quejaban de décadas de abuso y cultura del secreto en el seno de una institución que sólo a medias reconocía esas culpas, y que ofrecía remedios que sólo podían parecer a la vez tardíos y fragmentarios a aquellos hechos que había ocultado con una disciplina que ahora faltaba para dar una nueva y convincente imagen global que reflejara un cambio íntimo.
Filtraciones e internas salvajes. Si la Iglesia Católica ha enfrentado una crisis en sus relaciones con el mundo del siglo XXI, también se ha visto atravesada por otra revolución, no menos violenta, pero de la que en el exterior se conoce menos. Las filtraciones de las internas vaticanas, de las luchas tanto entre descarnados intereses y grupos de poder como entre genuinas corrientes religiosas e ideológicas, se hicieron conocer en los últimos dos años a través del escándalo llamado VatiLeaks, que terminó con la tímida condena de un mayordomo del Pontífice, en la que ningún vaticanista coincidió en que revelara nada significativo sobre cuanto había ocurrido. Hasta algunos de los más privados documentos del Papa y de su secretario, el deportivo Georg Gaenswein, fueron dados a conocer a la prensa y a periodistas que publicaron libros con ellos. Según muchos de los personajes eclesiásticos que hicieron así publicar estos documentos privados, que hablaban desde vínculos de la Iglesia con el poder político, con diversas mafias, con diversos bancos –sin excluir las desdichas y sospechas de la propia banca vaticana–, obraron movidos por el deseo de salvar a Benedicto XVI, un intelectual, un teólogo en un mundo despiadado, antes que por el de hundirlo. En todo caso, parece poco difícil de negar, como dicen los medios europeos y de Estados Unidos, que esas publicaciones estuvieron entre los motivos que tuvo en cuenta el Papa para presentar su renuncia: si no cayó en manos de sus enemigos, como algunos sostienen que murió Juan Pablo I en su breve pontificado en 1978, envenenado o asfixiado por la mafia, sin embargo tampoco se impuso a ellos.
El enigma de la sucesión. Por fuera de las reacciones de sorpresa o especulación ante los motivos de la renuncia papal, comenzó otro tipo de elucubración. “¿Quién será el sucesor de Benedicto XVI?” o al menos “¿Cuál será el perfil, conservador o progresista, del nuevo Papa?”, se repetían diarios y medios especializados, en preguntas a vaticanistas que la televisión europea, sobre todo, repetía. La noción, o la esperanza, de que sea un progresista quien lo suceda, parecían imponerse. Sobre el origen geográfico del cardenal más “papable” había menos pistas. Porque una paradoja rige esta cuestión. Si bien sería “progresista” que el candidato proviniera de América latina o África o aun Asia, la Iglesia en estos continentes es más conservadora que en Europa o Estados Unidos o Australia.
La hora latinoamericana. En la historia del catolicismo en el siglo XX, América latina está ligada a la “Teología de la Liberación”. En la década de 1970, sus impulsores y defensores celebraban las bodas de principios de la izquierda política con la fe católica, y chocaban frontalmente con las corrientes de la Iglesia unidas a las oligarquías industriales y terratenientes del continente. También el papa Benedicto VXI tuvo sus diferencias profundas con los teólogos de la Liberación. Cuando era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe combatió enérgicamente a los representantes de esa corriente. Pero América latina no deja de ser uno de los bastiones de la Iglesia. El Vaticano lo sabe. Cerca de un 40 por ciento de los 1.200 millones de católicos proceden de la región. Con una población católica de casi el 65 por ciento, Brasil es en términos absolutos la nación con la mayor cantidad de católicos. Con su tren de vida, no siempre los brasileños siguen al pie de la letra las normas formales del catolicismo, lo que puede hacer desesperar a algunos creyentes conservadores.

La decisión sobre el sucesor de Benedicto XVI se conocerá cuando salga la fumata blanca de la Capilla Sixtina, pero las especulaciones sobre candidatos y cardenales procedentes de América latina ya están en marcha. En Brasil, el cardenal Odilo Pedro Scherer es uno de los aspirantes con más posibilidades. El arzobispo conservador de San Pablo, de 63 años, dirige una de las diócesis católicas más grandes del país. En la Argentina se menciona el nombre del cardenal de la curia romana Leonardo Sandri, de 69 años, que fue nombrado en 2007 prefecto de la Congregación para las Iglesias Orientales. El diario brasileño O Globo citó al cardenal suizo Kurt Koch señalando: “Sería bueno que en el próximo cónclave haya candidatos de África y América latina”.
 
Un Vaticano, dos Papas. Sea quien fuere elegido Papa en el próximo cónclave, el 28 de febrero comienza en Roma, en la Ciudad del Vaticano, un período de sede vacante en el trono de San Pedro. La última vez que ocurrió fue hace seis siglos, con Celestino V. En la Edad Media, los tiempos no estaban preparados para esta forma de sucesión apostólica: como muchos de sus contemporáneos, el poeta florentino Dante Alighieri condenó esta opción y colocó a Celestino en el “Infierno” de su Divina Comedia. Y a partir de elección del sucesor de Benedicto XVI, en el exiguo territorio del Vaticano, el más pequeño del mundo, convivirán por primera vez dos Papas, el actual y el anterior.

Documento: Carta de Hans Küng a obispos del

mundo, ante crisis de credibilidad de la Iglesia

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En abril de 2010, con motivo del quinto aniversario de la elección del Papa Benedicto XVI, el teólogo suizo Hans Küng, escribó una carta abierta en la que manifestó su preocupación por que la “crisis de credibilidad” de la Iglesia en nuestros días.

“Carta abierta a los obispos católicos de todo el mundo”

Por Hans Küng

Periódico Reforma,  16 Abril 2010

Estimados obispos,

Joseph Ratzinger, hoy Papa Benedicto XVI, y yo fuimos los teólogos más jóvenes en el Segundo Concilio Vaticano desde 1962 hasta 1965. Hoy en día somos los de más edad y los únicos aún completamente en activo. Siempre he entendido mi labor de teólogo como un servicio a la Iglesia Católica Romana. Por esta razón, en la ocasión del quinto aniversario de la elección del Papa Benedicto XVI, les hago este ruego en una carta abierta. Al hacerlo, estoy motivado por mi profunda preocupación por nuestra Iglesia, que hoy se encuentra en la peor crisis de credibilidad desde la Reforma. Por favor, disculpen la forma de una carta abierta; desafortunadamente, no tengo otro modo de ponerme en contacto con ustedes.

Mis esperanzas, y las de tantos católicos, de que el Papa pueda encontrar su manera de promover la renovación continua de la Iglesia y la reconciliación ecuménica en el espíritu del Segundo Concilio Vaticano desgraciadamente no han sido cumplidas. Su pontificado ha dejado pasar cada vez más oportunidades de las que ha aprovechado: se perdieron las oportunidades para el acercamiento con las iglesias protestantes, para la reconciliación a largo plazo con los judíos, para un diálogo con los musulmanes en una atmósfera de confianza mutua, para la reconciliación con los pueblos indígenas colonizados de Latinoamérica y para el suministro de asistencia al pueblo de África en su lucha contra el sida. También se perdió la oportunidad de hacer del espíritu del Segundo Concilio Vaticano la brújula para toda la Iglesia Católica.

Este último punto, mis respetados obispos, es el más serio de todos. Una y otra vez, este Papa ha añadido condiciones a los textos conciliares y los ha interpretado contra el espíritu de los padres del concilio:

Ha vuelto a recibir a los obispos de la tradicionalista Sociedad de Pío X en la Iglesia, sin ninguna condición previa;

· Promueve la misa tridentina medieval por todos los medios posibles;

· Se rehúsa a poner en vigor el acercamiento con la Iglesia Anglicana, que fue trazado en documentos ecuménicos oficiales por la Comisión Internacional Católica Romana-Anglicana;

· Ha reforzado activamente a las fuerzas anticonciliares en la Iglesia al nombrar a funcionarios ultraconservadores para puestos clave en la curia y nombrar a obispos reaccionarios alrededor del mundo.

Y hoy, además de estas muchas crisis, surge una serie de escándalos que claman al cielo: la revelación de que varios clérigos abusaron de miles de niños y adolescentes en todo el mundo. Para empeorar las cosas, el manejo de estos casos ha dado origen a una crisis de liderazgo sin precedentes y a un colapso de la confianza en el liderazgo de la Iglesia. Las consecuencias para la reputación de la Iglesia Católica son desastrosas. Importantes líderes de la Iglesia ya han admitido esto. Numerosos pastores y educadores inocentes y entregados a su labor están sufriendo bajo el estigma de sospecha que ahora cubre a la Iglesia.

Ustedes, reverendos obispos, deben hacer frente a la interrogante: ¿qué pasará con nuestra Iglesia y con sus diócesis en el futuro? No es mi intención bosquejar un programa de reforma para la Iglesia. Sólo quiero presentarles seis propuestas que, estoy convencido, son apoyadas por millones de católicos que no tienen voz en la actual situación.

1. No guardar silencio: al guardar silencio frente a tantos graves agravios se manchan a sí mismos con la culpa. Cuando crean que ciertas leyes, directrices y medidas son contraproductivas, deben decirlo en público. ¡Envíen a Roma no manifestaciones de su devoción, sino más bien llamados a la reforma!

2. Emprender la reforma: demasiadas personas en la Iglesia y en el episcopado se quejan de Roma, pero no hacen nada ellos mismos. Ya sea un obispo, un sacerdote, un lego o una lega, todo el mundo puede hacer algo para la renovación de la Iglesia dentro de su propia esfera de influencia. Muchos de los grandes logros que han ocurrido en las parroquias individuales y en la iglesia en general deben su origen a la iniciativa de un individuo o de un pequeño grupo. Como obispos, deben promover y apoyar dichas iniciativas y, particularmente en vista de la presente situación, deben responder a las justas quejas de los fieles.

3. Actuar en una manera colegial: contra la persistente oposición de la curia, el Segundo Concilio Vaticano decretó la colegialidad del Papa y de los obispos. En la era post-conciliar, sin embargo, el Papa y la curia han ignorado este decreto. Sólo dos años después del concilio, el Papa Pablo VI dio a conocer su encíclica defendiendo la controvertida ley del celibato sin consultar a los obispos en lo más mínimo. Desde entonces, la política papal y el magisterio papal han continuado actuando en la vieja y poco colegial manera. Ésta es la razón por la que no deben actuar solos, sino más bien en la comunidad de los otros obispos y de los hombres y mujeres que constituyen la Iglesia.

4. Sólo Dios merece obediencia incondicional: pese a que en su consagración episcopal tuvieron que prestar un juramento de obediencia incondicional al Papa, ustedes saben que nunca se le puede tener obediencia incondicional a ninguna autoridad humana; sólo Dios es merecedor de ella. Por este motivo, no deben sentir que su juramento les impide hablar la verdad sobre la crisis actual que enfrenta la Iglesia, su diócesis y su país. Presionar a las autoridades romanas en el espíritu de la fraternidad cristiana puede ser permisible e incluso necesario cuando no cumplen con las expectativas del espíritu del Evangelio y su misión.

5. Trabajar en pos de soluciones regionales: con frecuencia, el Vaticano ha prestado oídos sordos a las demandas bien fundadas del episcopado, los sacerdotes y el laicado. Esto es aún mayor motivo para buscar soluciones regionales sabias. Como ustedes bien saben, la regla del celibato, un legado de la Edad Media, representa un problema particularmente delicado. En el contexto de los actuales escándalos de abusos clericales, la práctica es cada vez más cuestionada. En contra de la voluntad expresa de Roma, un cambio difícilmente parecería posible; aun así, esto no es motivo para una resignación pasiva. Sería mejor, no obstante, buscar una solución para toda la Iglesia; por lo tanto:

6. Convocar a un concilio: así como la obtención de la reforma litúrgica, la libertad religiosa, el ecumenismo y el diálogo interreligioso requirieron un concilio ecuménico, ahora también es necesario un concilio para solucionar los problemas dramáticamente intensos que ameritan una reforma. En el siglo previo a la Reforma, el Concilio de Constanza decretó que se debían realizar concilios cada cinco años. Sin embargo, la Curia Romana se las ingenió para sacarle la vuelta a este fallo. Por lo tanto, depende de ustedes promover el llamado a un concilio o, por lo menos, a una asamblea representativa de obispos.

Con la Iglesia en una crisis profunda, ésta es la súplica que les hago, venerables obispos: pongan en acción la autoridad episcopal reafirmada por el Segundo Concilio Vaticano. En esta situación apremiante, las miradas de todo el mundo se vuelven a ustedes. Un sinfín de personas ha perdido su confianza en la Iglesia Católica. Su confianza sólo se podrá recuperar si lidian abierta y honestamente con estos problemas y ejecutan con determinación las reformas necesarias. Con el debido respeto, les ruego que hagan su parte con “intrepidez” apostólica (Hechos 4:29, 31). Den a sus fieles esperanza y aliento y brinden a nuestra Iglesia una brújula para su dirección futura.

Con cálidos saludos en la comunidad de la fe cristiana,

Quedo de ustedes,

Hans Küng*

*El autor es ciudadano suizo, profesor emérito de teología ecuménica en la Universidad de Tubingen, en Alemania. Es presidente de la Global Ethic Foundation y autor de más de 50 libros.

Traducción: Ma. de Jesús Pérez y Enrique Huerta.

 

Santa Fe: para el FAP – Socialismo los Docentes somos tropa sin Derecho a Opinar

 

Por Fernando Pisani

Desde que asumió la gobernación santafesina, el Frente Amplio Progresista (resumido aquí como socialismo santafesino o de Binner), trató por todos los medios de mantener la política educativa neoliberal que dio origen a la Ley Federal de Educación (LFE), que entre otras cosas atacó a las Escuelas Técnica y eliminó sus títulos técnicos, bajó la presencia real de materias como Historia, Naturales y eliminó en las escuelas medias las carreras de Perito Mercantil, Comercial y una gran variada oferta de bachilleratos especializados.

A pesar de que logramos eliminar la LFE en el 2006, que desde el 2005 tenemos la Ley nacional de Educación Técnico Profesional que repone las escuelas técnicas y los títulos técnicos, y da recursos ($$) para equipamiento, capacitación y todo lo que se necesite, NADA se hizo bajo Binnerque mantuvo los planes de estudio de la LFE con todo lo destructivo que significó para la educación de aquí y de todo el país la política educativa de los noventa. Recordemos que la LFEfue aprobada por unanimidad por el menemismo, los radicales y los socialistas. Y mientras que el peronismo bajo Kirchner y algunos sectores socialistas disidentes se rectifican y votan a favor de la ley que reclamábamos las Escuelas Técnicas, los radicales y socialistas votan en contra.

Perdieron esa votación, pero como son tan republicanos, democráticos y progresistas, se negaron de hecho a realizar los profundos cambios necesarios. En vez de aplicar las nuevas leyes educativas, siguen manteniendo lo mismo.

Luego el socialismo gana de nuevo la provincia y en vez de Binner está Bonfatti, que se ve obligado por acuerdos con las demás provincias y Nación a implementar las leyes, pero lo hace manteniendo la misma política que tanto daño ha hecho al sistema educativo y en particular a las Escuelas Técnicas

Es así que el 12 de noviembre sale en el diario La Capital un articulo mío, donde frente a la problemática de la validez nacional de los títulos, afirmo que aquellos títulos que eliminó la LFE y que eran importantísimos no sólo para las escuelas que los tenían, sino básicamente para nuestros alumnos y para un modelo de provincia y país más justo, que se sustente por sí mismo integrando y no marginando, no sólo no tienen validez nacional sino que ni siquiera tienen validez provincial.

Es decir, Santa Fe, por decisión primero de Adriana Cantero bajo Obeid (primera gestión luego de la ley de ETP, 2 años), de Binner / Elida Racino (4 años) y ahora de Bonfatti / Letizia Mengarelli (para 2 años) SIGUE CENSURANDO, IMPIDIENDO, PROHIBIENDO que en Santa Fe estén los títulos Técnico Mecánico, Técnico Electricista, Técnico Electromecánico, Técnico en Aire Acondicionado y Refrigeración, entre otros, pues son muchos más. E inclusoamplío ahora, se niegan a implementar títulos nuevos que muchos pensamos que tienen futuro y que están reconocidos por Nación, como Técnico en Mecanizado Agropecuario.

También cuestiono en ese artículo que, siguiendo a la concepción neoliberal de la educación, se baje la carga horaria de los talleres y que los alumnos vean recortadas más de 200 hs de la carga horaria que antes tenían los talleres, lugar donde no sólo aprenden la práctica, sino que realizan la síntesis de la teoría y de la práctica.

Sobre los títulos que hoy tienen las escuelas, que sí tienen validez nacional, digo:

¿Entonces, qué títulos otorgan las escuelas hoy?: los títulos técnicos que nos concedieron a las escuelas bajo la LFE, con los planes de estudio de la LFE y con la aprobación provincial y validez nacional que se consiguieron bajo la gestión de Carola Nin (2004-2005) y que hoy han sido reconvertidos con nuevos trámites pero sin cambiar la base de la LFE. Con planes de estudio que las escuelas deben hacer malabarismo para formar un buen técnico a pesar de ellos.”

Cuestiono que no hay una participación real de las escuelas y aclaro:

“Cuando docentes y directivos de escuelas técnicas piden participar en la elaboración de los planes de estudio, no es meramente un capricho o una exigencia personal de ser tenido en cuenta en función de un discurso democrático. No. Es en primer lugar y por sobre todo un ejercicio de responsabilidad.

“Esos directivos y docentes saben que en definitiva quien da la cara es la propia escuela. Que los que están en el gobierno de turno pasan y las escuelas y docentes quedan. Que son los estudiantes quienes pagan las consecuencias de decisiones que en un primer momento parecen sin mayor trascendencia (…).

“Los talleres son la columna vertebral de la escuela técnica. Su jerarquización o su desjerarquización implica con claridad qué tipo de escuela técnica se quiere, qué tipo de técnico quiere la provincia de Santa Fe que promuevan dichas escuelas. Si será un título buscado, reconocido o si será un título de segunda o incluso despreciado por las empresas, como lo hacen hoy con el Polimodal.

“Las escuelas comprometidas con su identidad y su historia, sus directivos, sus docentes, saben lo que es necesario para formar un buen técnico, una buena técnica. Sería bueno que se las escuchara y aceptaran sus sugerencia”

Pero el socialismo debe pensar que las escuelas somos su cuartel y nosotros sus soldados rasos.

Al poco rato de conocido ese artículo, una escuela donde trabajo recibe un llamado del Ministerio para que me ordenen que debo ir allí el viernes: sin aclarar motivo ni con quién debo verme. Cuando me entero de la cita hablo para decir que no puedo ir ese viernes porque tengo examen.

El lunes aparece en la escuela el Supervisor con una carta al Director de la misma, ordenándole que tome las medidas oportunas porque “el profesor Fernando Pisani del establecimiento a su cargo debe presentarse el día 21 del corriente a las 9 hs en la Delegación de la Región VI del Ministerio de Educación”

En ningún momento me aclaran para qué es la citación ni con quién debía verme.

Cuando concurro me llevan a una oficina donde está la Directora Provincial de Asuntos Legales y Técnicos (María Verónica Gañan), -una abogada-; la “Coordinadora Pedagógica” de la región de Rosario (Susana Copertari) y alguien que llevaría el registro de todo lo que allí se diría.

Toma la palabra la abogada y luego de presentarse ella y su compañera política, lo primero que me dice es: “Usted está aquí por el artículo que sacó en el diario La Capital. ¿Rectifica o ratifica sus dichos allí?”

Le responde que por supuesto todo lo que dice allí es lo que pienso y lo ratifico.

Esto da lugar a que la abogada realice una andanada de críticas y prohibiciones. Que lo que yo afirmaba era falso, que confundía a padres y alumnos, que era peligroso, que destruía la confianza de las escuelas, que dañaba a las escuelas, que no tenía derecho a hablar de esos temas y menos aún en un momento de incertidumbre sobre la validez de los títulos y las críticas que se estaban haciendo a la reforma curricular, que era un ignorante, un irresponsable, que como funcionario público (¿?) no puedo hablar de esos temas, etc, etc (dicho sea al pasar, allí me enteré que los docentes somos funcionarios públicos ¿?)

Y si allí mismo no tomaron contra mi alguna medida ejemplificadora no es simplemente porque le dije que las ignorantes eran ellas, las que dañaban a las escuelas eran ellas desde la LFE en adelante, y que las que realizaban afirmaciones falsas eran ellas, sino que ni siquiera sabían leer porque no habían leído bien mi artículo.

No pudieron tomar -al menos por ahora- una medida más drástica conmigo más allá de ese apriete y la amenaza futura, no porque dije esas cosas sino porque se las demostré, y aunque no lo reconocieron abiertamente, se dieron cuenta que estaban en terreno resbaloso y no podían sostener sus principales acusaciones, lo que quedó en evidencia en la redacción que hicieron del Acta, donde se cuidaron muy bien de NO PONER todas sus afirmaciones iniciales contra mí, sus prohibiciones (y mis respuestas) y se contentaron con “marcarme” que debo cuidarme de lo que escribo y que estaban muy preocupadas de que yo no asumo mi responsabilidad como docente, llevando inquietud a los alumnos (obvio, los alumnos compraron el diario antes de entrar en la escuela y leyeron mi articulo y se inquietaron y rápidamente se comunicaron con el Ministerio para avisarles que estaban inquietos con mis opiniones, que el Ministerio hiciera algo. Y como el Ministerio siempre escucha a los alumnos, tomó cartas en el asunto para defenderlos…)

Agradezco todas las muestras de afecto y solidaridad, entre las cuales están estas dos caricaturas que incluyo en esta nota, para ponerle algo de humor a un tema que al menos para mi no lo tiene.

Entre los llamados solidarizándose que recibí, los hubo de quienes saben cuestiones legales y me ofrecieron su ayuda. Me dijeron que yo podría haberme negado a concurrir por no estar especificado el motivo y con quién. También que podría haberme negado a declarar nada. Y por último que no escriba mucho así no pueden agarrarse de nada.

Pero ocurre que lamentablemente yo soy yo.

Creo que deben terminar estas actitudes patoteriles, apretadoras, de la soberbia del que alcanza un puesto de poder para el que ni siquiera fue votados y sí puesto a dedo.

Porque también me enteré en estos pocos días por mensajes recibidos o leídos en redes sociales que son muchos los que reciben presiones y amenazas veladas o no tan veladas por parte de la gestión “socialista”, incluso directivos. Y que las sufrieron sin que trasciendan. Parece que esta gente está cebada.

También me dijeron que no importa si en lo que yo digo tengo razón o no: ellos no pueden coartar mi libertad ni pueden hacer lo que hicieron. Lo admito, es una aberración, una práctica inquisidora, común al cuartel, a una iglesia intolerante o al patrón de estancia que no admite al peón como su igual aunque le exige ir a sus piquetes. Pero ocurre que ADEMÁS, lo que yo digo es así, yo tengo razón y no ellos, que lo que pretenden es negarlo u ocultarlo.

Algún compañero me dijo que le parecía que ellos para tomar medidas disciplinadoras se basan en una ley o decreto que se hizo bajo una dictadura militar y que aún está vigente en Santa Fe. Si es así, peor para ellos.

El socialismo tiene una larga historia de haberse beneficiado de épocas infames, de épocas de proscripciones, de haber dado apoyo y legitimado a Golpes de Estado como la revolución fusiladora del 55. Recuerdo que cuando luchábamos contra Onganía el Intendente puesto por él era del Partido Socialista Democrático. Pero siempre supuse que habían cambiado.

Pero parece que en eso sí me equivoqué: no sería extraño que para tomar represalias contra voces opuestas a las suyas se amparen en normativas que hoy no deberían existir.

Y termino repitiendo algo que dije en otro escrito: algunos medios me preguntaron cómo seguiría eso, si habría sumario, sanción, etc, a lo que les dije que no lo sabía pues jamás se saben de esas cosas hasta que está muy avanzado todo. Pero que tampoco me preocupaba ni me sentía perseguido.

Además, al haber tomado estado público deberían meditar bien en su balanza costos y beneficios. Si bien en lo personal/laboral podrían hacerme algún daño, sería un daño individual y el daño peor lo vienen haciendo con nuestros alumnos desde 1993 a la fecha.

Además yo no soy una pobre víctima ni me asumo como víctima: soy conciente de lo que hago y de los riesgos de lo que hago. A veces se gana, a veces se pierde, pero hay algo que nunca perderé ni podrán arrebatarme con ninguna medida disciplinaria y que es la dignidad.

Fernando J. Pisani

fjpisani@gmail.com.ar

www.intercol.org.ar/fjpisani

Nota 1: Sé que al criticar al socialismo estoy siendo injusto con muchos socialistas (o radicales) que no comulgan con estas prácticas del binnerismo. No pretendo poner a todos en una bolsa, pero también sería bueno que sean ellos quienes también marquen las diferencias con lo que no consideran correcto.

Nota 2: Lo más grave de esta nueva reforma curricular que está implementando el FAP-socialismo, es el grado de improvisación y desprecio por los problemas reales no sólo de las escuelas, sino fundamentalmente de los aprendizajes (o ausencia de ellos) de los alumnos y alumnas. No hubo en estos 8 años un proceso colaborativo con las escuelas para detectar por qué los alumnos no aprenden cuestiones que deberían saber y deficiencias que se viene arrastrando desde hace años. Ni hubo capacitación específica para los cambios curriculares y la precariedad con que se hacen las cosas es tal que hay docentes que ni siquiera saben qué van a tener que dar o si perderán horas. Y se le está largando el peso de estos cambios que traumatizan a las escuelas a los directivos sin que haya mediado un buen plan coordinado y consensuado: es que se han dedicado a hacer la plancha todos estos años, total los desastres de las políticas educativas se perciben a los años y entonces ya otros deberán levantar el muerto o, como suele suceder, seguirán pasos similares no jugándose por las escuelas y los alumnos y alumnas y sus aprendizajes.

Para más detalles:

Los que se interesen en conocer más detalles de lo ocurrido y profundizar el tema (y tengan paciencia en leer) les recomiendo tres escritos:

  1. El artículo “Las escuelas técnicas”, mi crimen inicialhttp://www.intercol.org.ar/fjpisani/las_escuelas_tecnicas_talleres_validez_de_titulos.html

    http://www.lacapital.com.ar/opinion/Las-escuelas-tecnicas-20121112-0016.html

  1. Un texto donde relato cómo se produjeron los principales hechos desde que fui obligado a ir incluyendo el acta que tuve que firmar: “Sobre la manera de proceder el socialismo cuando un docente saca un artículo en el diario cuestionando su política respecto a las Escuelas Técnicas (con la esperanza de que no cometan el mismo “error” en el futuro)”

http://www.intercol.org.ar/fjpisani/socialismo_santafesino_en_educacion_mostrando_su_verdadera_cara_frente_a_los_cuestionamientos.pdf

3) Un texto donde trato de esbozar una hipótesis de por qué ocurrió esto e incluyo cuestiones de lo que pasó en esa apretada que no está en el anterior: “La inoperancia y el apriete: la verdadera cara del socialismo de Binner y “cia” Apriete a un docente por publicar una nota criticando la política socialista con respecto a las Escuelas Técnicas”

http://artepolitica.com/comunidad/la-inoperancia-y-el-apriete-la-verdadera-cara-educativa-del-socialismo-de-binner-y-cia/

Sobre este último, agradezco a la gente de ArtePolítica que lo hayan publicado, pues mi sitio es pequeño y poco visitado, en cambio allí tendrá alcance nacional.

También pueden consultarse los dos comentarios que sacó el diario La Capital, un día en su web y el otro el día en su edición en papel y web

http://www.notasyantidotos.com.ar/

http://www.lacapital.com.ar/la-ciudad/Educacion-llamo-la-atencion-a-un-profesor-que-opino-en-el-diario-sobre-las-escuelas-tecnicas-20121123-0036.html

Y demás está decir que agradezco a los sitios que publiquen este texto o lo divulguen

Gracias a todos y todas. Fernando

ENTREVISTA A EUGENIO RAÚL ZAFFARONI

Excelente nota al ministro de la Corte que habla de todo. La condena a Garzón, reforma constitucional, minería, la tragedia de Once y su última obsesión: “La Pachamama y el humano”.

 

Por 

El ministro de la Corte Suprema de la Nación Eugenio Raúl Zaffaroni es un hombre de mundo. Y sobran los argumentos para sostener la afirmación: no sólo es reconocido internacionalmente –hasta el periodista Víctor Hugo Morales lo definió como “el Messi de la Justicia”– y viaja para dar conferencias por diversos continentes sino que hasta se animó a publicar el libro La Pachamama y el humano, donde vuelca sus preocupaciones sobre el futuro del hombre en la Tierra. “En definitiva, me pregunto sobre el destino de la humanidad. ¿Qué somos: una manifestación superior o el cáncer del planeta?”, explicó Zaffaroni a Veintitrés, apenas horas después de aterrizar en el país tras un viaje de trabajo.
–¿Pero cómo vinculó la Pachamama con una discusión teórica sobre el derecho?

–En derecho penal, hay una discusión teórica sobre el bien jurídico. En realidad, es un tema central de la discusión de toda la vida. Uno de los puntos donde se pone en crisis el bien jurídico es el delito de maltratamiento de animales. Ahí se plantea si hay titulares de bien jurídico que no son seres humanos. Hace mucho que estaba juntando material para eso. Lo sorprendente es que, de pronto, las constituciones de Bolivia y Ecuador, invocando la tradición ancestral latinoamericana, agregaron a su letra que hay una relación de paridad con la naturaleza, que no somos los únicos titulares del bien jurídico. En tanto que, en el mundo central, también hay científicos que afirman que somos parte de la naturaleza. Fue esta coincidencia que se está produciendo en el mundo la que me impulsó a escribir el libro.
–¿Los derechos de la naturaleza hoy son aplicables en la Argentina?
–No sería inconstitucional plantearlo. Sería bueno que lo repensáramos en caso de reforma constitucional, no hablo en coyuntura. Porque esta coincidencia de cosmovisión central y periférica-colonizada nos está diciendo algo. La amenaza de supervivencia de la vida humana en el planeta es cierta.
–¿El debate de la minería a cielo abierto entra en este esquema?
–Esos conflictos tienen que tener un tratamiento especializado nacional. Quizá debamos crear un tribunal administrativo federal o un fuero especial. Hay que tomar conciencia de que estas cosas son el comienzo de un problema que seguirá a lo largo del siglo. Son conflictos que no se pueden resolver sin conocimiento técnico. Ni el ecologismo radical, que dice que todo contamina, ni el interés económico, que dice que no contamina nada, son buenos parámetros. Hay que ver hasta qué punto estamos violando la naturaleza y hasta qué punto vivimos de ella. De momento, estamos como podemos pero hay que pensar con cierta urgencia en un cuerpo especializado. Es la gran materia de este siglo, que puede ser el último si no nos cuidamos. El problema es serio. Además, el mismo deterioro del planeta genera conflictos políticos y bélicos.
–¿Es necesaria una reforma constitucional para incorporar los nuevos temas del siglo XXI?
–Si respondo, lo van a deformar por cualquier lado y me van a salir con lo de la re-reelección. Si podemos obviar lo coyuntural, cosa que sé que políticamente es difícil, creo que tenemos que sentarnos a repensar nuestra institucionalización. Sobre todo cuando no tenemos una crisis que nos obliga.
–Como sucedió en 1994.
–Esa reforma se quedó a mitad de camino en muchas cosas, creó problemas por dejar instituciones sin pergeñar bien. Tenemos una Constitución escrita y rígida y no es fácil hacer una reforma, se necesita un acuerdo político para ello. Fuera de toda premura y coyuntura, tendríamos que sentarnos a pensarla.
–En estos meses, también presentó su libro La cuestión criminal. ¿Es una síntesis de su obra La palabra de los muertos, con un lenguaje más coloquial?
–Sí. En realidad creo que el primer libro me salió mal porque quise hacer el segundo. La cuestión criminal está explicado más coloquialmente, usando un gancho irónico y tiene los dibujos de Rep. Allí sostengo que la academia se queda encerrada en los cubículos mientras el común de las personas tiene una vivencia de la cuestión criminal y de la violencia social que la obtiene de los medios de comunicación, una especie de criminología mediática que no tiene nada que ver con lo que pensamos de lo académico. Pero hay que tener cuidado porque esa vivencia de la gente se le impone al político, que hace las leyes. Y la realidad es otra. Para acceder a ella, intenté que los muertos hablaran y observé que el poder punitivo, cuando se descontrola, es el primer homicida. Produce más muertos que la guerra. Contra eso, lo que propongo es una criminología cautelar. Es decir, contengamos al poder punitivo.
–Cambio radicalmente de tema, ¿cuál es su visión de la tragedia de Once?
–No puedo abrir un juicio sobre eso porque, como todo lo que sucede en el país, puede llegar algún día a la Corte. Pero fue una tragedia incomprensible, una tragedia idiota. No puedo pensar que un tren no pare al llegar a la estación. ¿Qué pasó? ¿Cómo puede suceder eso?
–¿Considera que la tragedia puede oficiar de disparador para cambiar la estructura ferroviaria del país?
–No lo sé. Pero en el país tenemos un desastre en estructura de transporte. Lo que se hizo en la década del ’90 fue suicida, resultado de eso es que hoy mandamos por carretera toda la carga y todo el transporte de pasajeros y estamos introduciendo cada vez más autos. Nos vamos a matar todos. Hoy tenemos que construir todo el sistema ferroviario, no sólo suburbano sino en el país. Tenemos que repensar eso. Implica una inversión fuerte, que hace a la infraestructura económica del país.
–¿Estaría de acuerdo con una estatización de los servicios públicos del transporte?
–No lo tengo claro. Lo que sí sé es que no se lo puede tratar con un criterio meramente economicista. El transporte tiene que tener subvenciones y participación estatal, de alguna forma. Hay cosas que no son rentables pero dan como ganancia el desarrollo de una región. Es elemental. Habría que ver qué es lo que más conviene.
–¿Y cómo analiza la quita de los subsidios?
–Más allá de las dificultades de carácter práctico o situaciones de injusticia que puedan plantearse y que tendrán que resolverse, no podemos estar subsidiando a quien tiene dinero para pagar el costo del servicio. No me pueden subsidiar la electricidad a mí. No estoy en la misma situación que el que está en la villa.
–Le pregunto por un tema que no debiera llegar a la Corte: el reclamo por Malvinas.
–Es un problema interno de los ingleses. Como toda Europa, Inglaterra está viviendo un momento de crisis y tenía que distraer la atención, por lo que inventaron que íbamos a hacer una guerra en Malvinas. Una cosa totalmente absurda. La única vía para reconquistar las islas es la diplomática, sabiendo que su aplicación eficaz depende, como todo el derecho internacional público, de circunstancias de política mundial. Hay que mantener los argumentos jurídicos, apelar a los organismos en que tenemos representación y algún día algo pasará.
–Hablando de cuestiones mundiales. Baltasar Garzón fue uno de los jueces que juzgó a los genocidas argentinos cuando aquí regía la impunidad. ¿Qué opina de la reciente decisión del Tribunal Supremo de España de inhabilitarlo por 11 años?
–Desde el punto de vista jurídico, aplicaron un tipo de prevaricato que a mi juicio es inconstitucional porque es un tipo difuso, si alguien me dice qué es una “sentencia injusta”, se lo agradezco. Segundo: el Tribunal Supremo juzga en instancia única un delito, no una remoción; imagínese lo que pasaría en la Argentina si juzgásemos en instancia única en materia penal a los jueces: cada vez que no nos gusta lo que hace un juez, lo condenamos. Aquí, las remociones las determina el Consejo de la Magistratura. Allá, en cambio, lo juzga el Supremo, un tribunal que no es imparcial porque es el mismo que decide si las sentencias de los jueces son conforme a derecho, y el derecho no es unívoco. Yo puedo hasta estar de acuerdo en que a Garzón se le fue la mano por disponer ciertas escuchas, pero qué hubiéramos hecho en la Argentina: hubiéramos nulificado, revocado la sentencia, hasta hubiéramos ordenado extraer del expediente las fojas y listo. Como máximo hubiésemos dispuesto un llamado de atención al juez. Esta sentencia del Tribunal Supremo abre la puerta para que pueda pasarle a cualquier juez. Si yo fuera juez en España tendría mucho miedo.
–¿Considera que esta decisión sirve para no revisar los crímenes del franquismo?
–Es muy llamativo lo que sucedió. Puedo pensar que estuvo vinculado al franquismo aunque yo más bien me inclino por otra cosa: en toda corporación, y sobre todo si se ve la actitud corporativa del Supremo español, un tipo como Garzón molesta internamente, perturba el funcionamiento burocrático de la corporación. Una cosa es revocar una sentencia y otra condenar al juez como delincuente. Mire si tuviéramos ese poder nosotros. Una locura.

 

                           

LUCAS

 

 

 

Por Horacio González *

El lenguaje siempre vacila, es lo que siempre y primero vacila. Decir tragedia, accidente o masacre no es lo mismo. Pero tenemos a disposición un elenco de palabras que habitan nuestro lenguaje como restos fósiles de frases jurídicas, políticas, sentimentales. “Error humano”, “falla técnica” son los andamiajes de nuestro verbo ciudadano, que para simplificar llamamos clisés y que un lingüista puede llamar sintagma, como una plaza griega. Somos ciudadanos que pendulamos –si preferimos no ver nuestro lenguaje como un ejercicio político sistemático– entre el error humano y la culpabilidad de las estructuras, de los ensambles institucionales, de las administraciones. Buscamos nuestras palabras como revolviendo el bolsillo de un saco, en un debate interno con nuestro diccionario disponible y con el modo en que los medios de comunicación van hablando o cómo en nuestro trabajo se va hablando y opinando. Preparamos nuestra conciencia para recibir la iluminación por fin amasada: del tren del Once estoy hablando. Tragedia, Accidente, Falla Estructural, Culpables Institucionales, Responsabilidades Empresarias, Cuestión de Estado… La gradación de nuestras frases va subiendo y bajando en un ejercicio de reubicación de nuestra conciencia ya suficientemente percudida por ser nuestra propia porosidad conceptual atropellada, horadada por la vida en una gran metrópolis caracterizada por las maquinarias públicas, técnicas, y las grandes aglomeraciones. Una terminal de trenes es un gran hangar de vidas multitudinarias apretadas, rápidas, condensadas en un vago peligro que a veces se consuma.

Poco sabemos, muchos de nosotros, sobre lo que es un acontecimiento colectivo que se resuelve en un cataclismo radical, que trastoca súbitamente la existencia de los que lo vivieron. Mido mi condición ciudadana por estas omisiones, los lugares de ese tipo donde no estuve y frente a los cuales me dispongo a hacer la prueba de fuego de una moral pública que estuvo al margen de cualquier hecatombe urbana. Qué hubiera hecho yo ahí, cómo me hubiera comportado, de qué modo me alcanzaría el estremecimiento de unas chapas, el humo asfixiante de un techo alquitranado, y si hubiera entrado a rescatar a alguien, y si hubiera cegado mi conciencia relacional o solidaria ante el pavor ineluctable que me obligaría a encerrarme en mi pequeña cifra de salvación. Eso, si hubiera estado. No lo sé y soy de los muchos ciudadanos que tiene pocas posibilidades de saberlo: no viajo en ferrocarril en las horas pico, no participo de grandes aglomeraciones, no voy a locales danzantes, apenas poseo los últimos segmentos de una vivencialidad de los festejos o convocatorias políticas de calle, por los motivos que nunca dejan de abundar.

Como todos, vi los hechos de la estación Once por la mañana, los vi mientras me cortaban el pelo en una peluquería. Me pareció primero una transmisión de Orson Welles –aquel célebre ejercicio de simulación de una guerra de los mundos–. No podía creer que estuviera ocurriendo eso. Pero reconocí de inmediato en la propia transmisión los indicios de realidad. El tono del relato, el cartel catastrófico en el lugar inferior de la pantalla, una cámara fija que dejaba adivinarlo todo. No dije que el peluquero interrumpiera su tarea, ni dejó de estar siempre la tevé prendida, ni él ni yo dijimos nada en esa rara escena milenaria que sucede entre la cabellera resignada de uno y las manos entijeretadas de otro. Hay silencios graves de peluquería. Pasaron unos días y fuimos contemporáneos de los cómputos y retazos de palabras, fragmentos de historia en los que lo obvio se hace fantasmático; éramos contemporáneos de los medios de comunicación; ni críticos ni embobados, simplemente contemporáneos. Absolutos poseedores, como ellos, de preguntas amorfas que eran lo suficientemente ociosas como para hacernos saber que nada había para preguntar excepto lo inquisitorialmente posible, aquello de más inocente pero estremecedor: en qué hospital estaba el sobreviviente, cómo fue que el destino no cruzó en él sus fulminaciones, como los hierros retorcidos hicieron su selección darwinista en medio de un oscuro azar. Era la real vida cotidiana cortada interrumpida bruscamente en un momento cualquiera que adquiría la malignidad de un horario preciso: 7.52, 8.02…

Escuchamos declaraciones de los funcionarios de las áreas involucradas. Y la búsqueda de Antígona del familiar fallecido a las puertas de la ciudad. Nunca hay palabras preparadas para abordar un abismo. Nos sale en esas ocasiones lo que realmente somos en ese habitáculo que proporciona el límite de nuestro idioma. Somos desafortunados y no mucho más que usuarios infaustos de la capacidad de nombrar, sobre todo si algo oscuro se nos retuerce –como el hierro retorcido de las tragedias contemporáneas– en el interior de nuestra conciencia cívica improvisada. Ella querría suponer que lo que ocurrió no hubiera ocurrido, indagar si terriblemente hubiera habido una remota responsabilidad en los sacrificados, o si finalmente fueron las estructuras que sobrevuelan nuestras cabezas –económicas, financieras, más o menos anónimas– las que habría que investigar para saldar la culpa, las culpas de todo tipo.

El fogonazo de la tragedia lo ilumina todo, y también a nuestra lengua ociosa. Para todos, el error humano, si lo hubiera, no nos inhibe de pensar en el verdadero escándalo de la filosofía y la política: el fallo de los sistemas y las responsabilidades que de allí se deducen. Las historias se van entrelazando, las poderosas ventosas de escucha de los medios permiten acciones, enjuiciamientos, gritos, comentarios, llantos. Está el héroe rescatista, que son esos cuerpos uniformados del Estado, del que se recorta siempre una figura singular, alguien que se pone en riesgo más que otros, que cumple más allá de los límites de por sí riesgosos, como respuesta deseada de los servicios públicos que repentinamente iluminan a alguien dotado de capacidad de sacrificio, que brota del drama sin saberse cómo o que ya estaba ahí a la espera. Todos, no obstante, son felicitables; en circunstancias excepcionales, no es difícil adivinar repentinamente qué cosa piensa cada cuerpo por cada conciencia insospechada que mora en él.

Y con el pasar de las horas se van afinando, del lado de los sacrificados que estaban inmersos en su vida diaria, esos viajeros del tren, encarcelados en esos embalajes trágicos, algunos rasgos biográficos. Nombre, fotos, una familia busca a quien ya se sabe quién es, que fue filmado entrando al tren en la estación de vago nombre familiar pero desconocida para muchos, la lejana San Antonio de Padua. Y él, que ya sabemos que es Lucas, no está en los hospitales, en la morgue. ¿Dónde está? En el tren pareciera que no, las revisiones ya se han hecho, ese nervioso hurgar de los rescatistas, más que verlo, lo imaginamos en el charco desolado de nuestra imaginación. Habían quedado los asientos apilados, los plásticos derrotados, el encimamiento mortal de una mole sobre otra, vacío de los cuerpos que habían sido alcanzados por la atroz mezcla de hierro y mochilas desparramadas.

Se había generado la esperanza de Lucas, pronto rendida. Así se componen las imágenes en las catástrofes completas; se despliegan como cartas aciagas que ofrecen módulos de frases, pequeños juegos de esperanza, la reunión de espera, el anhelo de los familiares, el esbozo de una historia que va adquiriendo contundencia, nombre, cuerpo, domicilio, oficio. Somos contemporáneos siempre del relato de algún movilero. No deja de ser un arquetipo todo lo dicho, pero estaba emergiendo un nombre, es Lucas, el chico del call center, que entraba a trabajar temprano y hablaba con cientos de desconocidos en la rutina verbal de un día de su trabajo. Y de repente, supimos que siempre había estado allí, entre las hojas de acero, que la esperanza había sido un trazado inútil, que la línea divisoria que ese hierro crispado de la tragedia no le había permitido soltarse, convertirse en el espectro que vagaba por la ciudad encarnando en su mismo ignoto itinerario la expectación colectiva, hasta reintegrarse a los suyos.

Yacía en su martirio, provocando otro golpe en nuestra oscura conciencia que miraba, como miles y miles que miraban. Esos medios miraban por nosotros que también miramos, y reside en esos actos el tema de los rangos y éticas de la mirada de la modernidad ineluctable, la busca sobre el destino, respecto de si trazó de algún modo su línea divisoria final o fue magnánimo en su latigazo de acero. Meditemos sobre esas escenas, que implican la manera inesperada en que se va revelando nuestra pobre fenomenología de la conciencia. Y cuando sabemos algo, al apagarse el tejido de la espera, ya no somos los mismos, aunque poco a poco se reintegran nuestros pensamientos habituales a los pensamientos permitidos. Está Lucas de por medio, anónimo para nuestras vidas y ahora símbolo de una desdicha indefinible, encerrado en algún oscuro gabinete de nuestra memoria, como biografía inconclusa que nos interpela a nosotros mismos. No sin una lejanía agobiante que remediamos un poco aleatoriamente, apelando a su nombre –y yo lo pongo de nombre de un escrito–, y sin saber si a esto lo llamamos plegaria spinettiana, reflexión política, padecimiento solidario o intento de un hombre grande de volver su pensamiento a las raíces sufrientes de la existencia colectiva.

Es necesario ahora pensar este tema acuciante de la realidad argentina, además de los que nos han visitado en las últimas semanas: es preciso, como esfuerzos nuevos, esfuerzos entre muchos, habilitar socialmente los medios para la reforma del sistema ferroviario argentino y del completo andamiaje del transporte masivo. Hay allí fórmulas anidadas de viejas y nuevas injusticias, procedimientos anómalos, rutinas administrativas incorrectas. Y la tragedia se desglosa en las suma de responsabilidades de la “banalidad del mal burocrático” y en el resto que queda en nuestro espíritu de compasión y oscuras hipótesis retrospectivas, que nuestras vidas necesitan generar como sustancia rehabilitadora.

Lucas como el nombre de uno, el nombre del muchacho que pudo haber salido caminando, aturdido, ser compañero por un día de nuestras calles como un anónimo a ser rescatado, y sin embargo se lo llevó en ruido súbito, el descuido fatal de los sistemas fabricados y regidos por los hombres. Un nuevo giro en nuestras vidas públicas es necesario, porque no sabemos hasta qué punto a nuestro compromiso –que tiene muchas facetas y fallas– le llega el momento único e indescriptible en que solo debe resumirse en intensificar la capacidad pública, colectiva, institucional de amparar vidas. Es lo que finalmente enseña nuestro lenguaje, que lo sabe aun cuando vacila.

* Sociólogo. Director de la Biblioteca Nacional – Integra el Espacio Carta Abierta

QUE LASTIMA QUE ESTA VEZ LLEGASTE A TIEMPO CHIMU!!!!
http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=1NFdh8JlAxA


QUINCE AÑOS SIN JOSÉ LUIS CABEZAS!!!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Gabriel Michi Periodista*

En estos 15 años, los hijos de José Luis Cabezas crecieron sin su presencia. Agustina y Juan ya pasaron los 20. Candela, los 15. Su papá, José, dejó este mundo hace un poco más de un año, en medio de una tristeza que desbordó su vida desde aquel 25 de enero de 1997. Su mamá Norma y su hermana Gladys siguen sufriendo. Como también su mujer, Cristina, quien se vio obligada a dejar el país. Esa es la otra parte de la historia, la parte más humana, la que muchas veces se esfuma detrás de lo que todo el mundo ve y conoce. Se cumplen 15 años del asesinato de José Luis Cabezas. Quince años del peor atentado contra la libertad de expresión desde el retorno de la democracia. Y detrás de este hecho atroz y reconocido por todos, están las historias humanas de desgarros y ausencias, de la vida sin el ser querido, ese que fue arrebatado con un ardid criminal. El día a día de una tragedia. Esa película real que se vive en el universo de las víctimas. Del otro lado están las historias de quienes fueron considerados –por los tribunales– como los responsables del asesinato. El empresario Alfredo Yabrán, quien no pudo ser juzgado por haberse suicidado cuando escapaba de la justicia. El jefe de su custodia, Gregorio Ríos, que fue condenado como el instigador –por mandato de su jefe– del homicidio y que, habiendo cumplido menos de diez años de prisión perpetua, salió de la cárcel y se fue a su casa a gozar de un régimen de arresto domiciliario, pero sin pulsera magnética y bajo la única vigilancia de su esposa. También el asesino de José Luis, el ex policía Gustavo Prellezo, goza de ese privilegio. Lo mandaron a la casa de su padre en La Plata por problemas lumbares y ahora sólo lo custodia su papá. Cerca de allí, sus compañeros de tropelías, la banda de delincuentes comunes conocida como “Los Horneros” (Horacio Braga, Sergio González y José Luis Auge –el otro, Miguel Retana, murió en la cárcel-) hasta consiguieron trabajo en una pizzería y en un lavadero de autos. Aunque algunos de ellos –Braga y Auge– debieron volver a prisión por violar la libertad condicional, pero aun así no se privaron de salir a ver a sus seres queridos. Y los policías de la Costa, Sergio Cammaratta y Aníbal Luna, quienes regresaron a Valeria del Mar y ahí andan, según cuentan los vecinos, haciendo trabajos de seguridad o llevando alguna palabra evangelizadora casa por casa. Y el ex comisario Alberto Gómez, quien liberó la zona en la madrugada del crimen, al que también se ha visto en alguna época haciendo tareas de vigilancia privada por la zona. Como quien dice, los lobos cuidando el gallinero. Todos ellos, los asesinos, pueden gozar en este presente el acto inconmensurable de estar cerca de sus familias. Pueden ver a sus hijos crecer. José Luis, no. Sus hijos crecieron sin él. Sus vidas trascurrieron con ese velo de dolor y ausencia. Lo mismo que las de sus padres, su hermana, y su mujer, Cristina, a la que le secuestraron sus sueños de poder construir en estas tierras una familia con su hombre. Para todos ellos, el “Caso Cabezas” no es un “caso”. Es su vida. Es ese José Luis papá, esposo, hijo, hermano y amigo que no está. Es ese sentimiento de impotencia y desprotección que da saber que sus asesinos están ahí, al acecho de todos, sin haber cumplido ni siquiera una mínima parte de su condena. Nosotros, sus compañeros y amigos, estamos dispersos por distintos lugares del mundo periodístico. En los más diversos medios, de las más diversas posiciones. Intentando hacer lo nuestro, periodismo, con esa huella imborrable en nuestra memoria. Habrá quienes lo extrañen más y quienes lo extrañen menos. Pero creo, con la certeza de no confundirme, que en cada uno de nosotros estará siempre vivo aquel recuerdo de este “chabón bravo” –como le gustaba definirse a José Luis– y divertido, muchas veces cabrón y testarudo, con el que compartimos momentos inolvidables. Ese fotógrafo descollante, lleno de periodismo y arte en cada toma. Que era feliz con lo que hacía. “¿Qué más puedo pedir? Hago lo que me gusta y encima me pagan”, se entusiasmaba. Ese compañero con el que nos reíamos y nos peleábamos. Pero que disfrutábamos cuando veíamos el resultado de su trabajo. Ese compañero por el que salimos a la calle a reclamar justicia junto a su familia. Junto a sus colegas, a la UTPBA y ARGRA y otras asociaciones periodísticas. Junto a la sociedad argentina. Se consiguió bastante. Se lograron condenas ejemplares en poco tiempo, para lo que es el sistema judicial argentino. Pero también recibimos una nueva bofetada cuando se les redujo la condena a los asesinos y, uno a uno, fueron dejando atrás la prisión. Esa justicia que se convirtió en injusticia. Una vez más. Hoy se cumplen 15 años del asesinato de José Luis Cabezas. Él no está. Pero sí está. En los recuerdos de su familia y amigos, en la memoria de una sociedad que se conmovió por el crimen y en la conciencia –si es que les queda algo de ella– de sus asesinos. Nada ni nadie nos devolverá a nuestro compañero. Pero queremos recuperar aunque sea la ilusión de que la justicia haga honor a su nombre. Y que los criminales vuelvan a prisión. Para escribir otras historias. Para escribir otra Historia.

(*) Periodista de Radio América y CN23. Compañero de José Luis Cabezas en la cobertura de la revista Noticias en Pinamar. Secretario del Foro de Periodismo Argentino (FOPEA).

 

 

 

 

 

 

Por Mempo Giardinelli

Al empezar diciembre de 2001 –hace exactamente diez años– muchos analistas políticos sugerían que el único futuro era el abismo. El gobierno del presidente De la Rúa –que había llegado a tener una imagen positiva de hasta el 70 por ciento– había dilapidado en sólo dos años un enorme capital político. La incapacidad y las ambigüedades de este hombre irremediablemente gris definieron una rápida y peligrosa falta de liderazgo, contrastante con la decisión y osadía de su antecesor, a quien se le podían reprochar todas las decisiones que tomaba y sus innumerables defectos, menos, precisamente, el de la indecisión.

La catástrofe no era imprevisible. Era un desastre anunciado porque había múltiples evidencias de lo que se venía. Pero el cinismo negador de la casi totalidad de la dirigencia argentina de la época se sumaba a la creciente penuria económica de la sociedad, y así, de manera inesperada y original, algo se cocinaba con velocidad en las sombras.

Nunca se sabrá cuánto hubo de organización en los saqueos posteriores, en los días previos a la Navidad, pero cuando se produjeron los primeros cacerolazos en el Gran Buenos Aires y en algunas ciudades del interior, y Fernando de la Rúa no tuvo mejor idea que decretar el estado de sitio, el aluvión popular se lo llevó por delante.

En una contratapa que escribí en este diario por esos días, titulada “Padres saqueadores y algunas preguntas”, decía: “La situación no da para más y asistimos a un nuevo desastre político: Fernando de la Rúa firma el estado de sitio y se resiste a renunciar, apenas apuntalado por hijos y amigos y uno que otro funcionario. El radicalismo, el peronismo y el frepasismo han conducido al país a este abismo que reinaugura violencias. Entre todos saquearon al país. Se menemizaron y a coro lo fundieron. Y ahora no saben qué hacer cuando los que fueron saqueados empiezan a saquear las sobras”.

Domingo Felipe Cavallo era uno de los principales responsables del desastre, porque con su política económica terrorista había preparado el terreno. Y De la Rúa, su jefe y a la vez su rehén, era el otro. Las dirigencias en general, y no sólo “los políticos”, eran también responsables del caos porque pudiendo frenar no frenaron y porque antepusieron siempre sus intereses sectoriales por sobre los de la nación. Los dirigentes sindicales eran caricaturas vergonzosas de la historia del movimiento obrero y conspicuos menemistas, que durante diez años habían depredado y corrompido, era público que recorrían cuarteles azuzando una posible intervención militar de emergencia.

Parecía que a los golpistas, que estaban vivos y actuantes, sólo les faltaba apoderarse del Banco Nación, sepultar la educación pública y completar la revancha reivindicando a los militares asesinos. Para ello contaban también con una Corte Suprema y un Senado Automáticos, que parecían preparar el terreno modificando de hecho el orden de la sucesión presidencial.

El llamado Déficit Cero no cerraba ni a palos –literalmente– y el caos social y económico prefiguraba una salida como la de Alfonsín en 1989.

La situación era gravísima y las opciones políticas y económicas, que sí las había, no parecían en capacidad de imponerse. El Frenapo, la CTA, el Plan Fénix y muchas organizaciones sociales y políticas de la Argentina proponían alternativas superadoras. Pero la ceguera del gobierno y de la oposición partidaria parecían absolutas.

La noche del 19 de diciembre Héctor Timerman me invitó a su programa de cable, en el que hablamos de lo que estaba pasando, y cuando salimos a Callao y Corrientes, después de las diez de la noche, nos encontramos con una marea humana que marchaba hacia la Plaza de Mayo. Era una masa amorfa, desorganizada, o al menos sin conducción, pero que sabía lo que quería: rechazar activamente el estado de sitio que De la Rúa había decretado. Era un desafío popular abierto. Un viento, como diría Mario Benedetti, capaz de despeinar a la Historia.

El impresionante cacerolazo de ese miércoles anterior a la Navidad, iniciado en la medianoche y desafiando el estado de sitio instaurado horas antes, se integró con personas que se representaban a sí mismas, que ejercían la democracia directa más directa que alguien se pudiera imaginar. Largamente humilladas, hartas de la traición contumaz de sus representantes, ganaron las calles de las ciudades argentinas como antes lo hicieron otras generaciones. Así como el 17 de octubre de 1945 nació el peronismo de una manifestación del pobrerío marginal y la clase obrera, y en la Semana Santa de 1987 otra manifestación masiva y pluriclasista frenó el golpe de los militares “carapintadas”, así el 19 de diciembre de 2001 quedará en la historia, me parece, como el 17 de octubre de las clases medias urbanas que se resistían a morir.

Aunque algunos la esperábamos, nadie sabía cómo ni cuándo iba a ser esa pueblada. Y eso fue lo mejor: que surgió espontáneamente y por la única gran razón del hartazgo. Por fin la sociedad abandonó la queja y el lamento y se puso en marcha.

Lo importante era que a De la Rúa no lo echaban los acreedores externos ni los ataques desestabilizadores de sus adversarios. Lo expulsaba una mayoría hasta entonces silenciosa que dejaba de hacer silencio y batía las cacerolas no sólo para sacarlos a él y a Cavallo sino para protestar también contra Carlos Menem y la caterva de resucitados que buscaban encaramarse en el poder.

La última desventura de la democracia

 

 

 

 

 

Por Demetrio Iramain

¿Por qué Hebe habría de estar en el Congreso el jueves, y no junto a sus compañeras en Plaza de Mayo como ocurre desde hace 35 años? Un diputado radical llegó a pedir que Hebe renunciara a su cargo.

La democracia argentina se tenía reservada una última vileza: la insultante citación cursada por la mujer de Barrionuevo a Hebe de Bonafini para que concurra al Congreso Nacional a dar su testimonio sobre la causa en la que es víctima. Peor que eso: para alquilarla en negro y sin contrato al circo donde actúan “ratas y víboras”, como ejemplificó Hebe el jueves pasado, a la misma hora que Schoklender y Patricia Bullrich sobreactuaban análogas conversaciones a las escuchadas en radio y televisión durante los días previos. ¿Por qué Hebe habría de estar en el Congreso el jueves, y no junto a sus compañeras en Plaza de Mayo, como ocurre desde hace 35 años? Hay más: un diputado radical llegó al extremo de reclamar que Hebe renunciara a su cargo en la asociación que preside para facilitar el camino de la justicia. ¿Acaso creerá el diputado que portar el pañuelo blanco en la cabeza otorga alguna inmunidad? ¿Que la ama de casa que aceptó ponerse al frente de la organización luego del secuestro y desaparición de las tres mejores compañeras; que la mujer que condujo a su movimiento por todos los años que duró la dictadura y la impunidad en la Argentina; que la militante que peleó como leona para que los 30 mil desaparecidos fueran reivindicados como revolucionarios y no como “terroristas” o “perejiles”, renuncie a su mandato histórico, a su razón de vivir la vida, para que la justicia pueda investigarla? ¿Sabrá lo que dice el diputado? ¿A qué misterio apunta cuando habla? ¿No se quema?
No, señor Tunessi. El pañuelo blanco no da privilegios con la justicia, sino responsabilidades con los hijos que esas telas blancas brillantísimas, ex pañales, simbolizan. Las Madres nunca evitaron a los jueces. Por el contrario, reclamaron de ellos el más implacable criterio penal, pero partidos como el de Tunessi legislaron borrón y cuenta nueva para los más grandes asesinos y estafadores que sufrió la patria. Todo ello sin contar que fueron las propias Madres las que acudieron a la justicia y pusieron a disposición del juez Oyarbide toda la documentación que fuera necesaria para aclarar lo ocurrido en su Fundación. Tanto, que cuando fue allanada imprevistamente su sede, las Madres condujeron a los oficiales hasta el más íntimo rincón de sus lugares de reunión para ofrecerles el contenido de sus cajones y escritorios. Y más aun: con el correr de la instrucción, los pañuelos blancos fueron aceptados como querellantes en la causa, y fue el mismo magistrado a cargo de la pesquisa el que aclaró ante los medios que Hebe no es investigada. Bueno hubiese sido que el Congreso de la Nación convocara a las Madres para consultarlas sobre las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, hace tantos años. Pero no: obviaron deliberadamente su lucha y las votaron a espaldas del pueblo, con una fórmula propia del consenso que tantos años después propuso el otro gran radical con sueldo del Estado todavía, Julio Cobos: los radicales levantaron la mano y los peronistas, cuya mejor herencia recoge la duhaldista Graciela Camaño, dieron el quórum necesario para realizar la votación. Esa es la democracia que proponen radicales y peronistas federales, más algunos otros de filiación política incierta, integrantes por ahora de la Coalición Cívica, pero que podrían encuadrar en cualquiera de las otras dos fuerzas, cuando el partido de Elisa Carrió se deshilache del todo. O tres, si sumamos al PRO, que también protagoniza un sketch en este circo. Por cierto, la derecha llega 28 años tarde en su intención de abrirles las puertas del Congreso a las Madres. Quienes ahora reclaman su presencia en el anexo de la Cámara Baja, olvidan lo que sucedió en febrero de 1998, cuando la naciente Alianza propuso anular las leyes de Punto Final y Obediencia Debida y las Madres fueron a las puertas del Congreso, para ingresar al recinto y presenciar la votación. Pero no pudieron hacerlo. No las dejaron entrar. No fue por vergüenza; fue por cobardía.
En la calle, si bien llovía, las Madres no se movían de la puerta sobre la Avenida Rivadavia, portando un cartelón preparado para ese día, con la consigna: “Hasta la victoria siempre, queridos hijos”. Adentro, los legisladores no lograban juntar el quórum necesario para sesionar y la reunión especial se levantaba. El número, sin embargo, sí fue conseguido días más tarde no ya para “anular” las leyes de perdón, como habían ilusionado a las Madres, sino para “derogarlas”, sin efecto retroactivo, con lo cual se imposibilitaba el juicio a los asesinos y su castigo. Apenas una declaración de buenas intenciones sin ningún resultado concreto en la Argentina de la impunidad, que lo siguió siendo hasta entrado el año 2004, con Néstor Kirchner ya presidente. Por eso, no es nueva la desavenencia entre las Madres y el Congreso. En 1983, apenas reestablecida la legalidad republicana (que recién fue “democracia” a partir de mayo de 2003), las Madres de Plaza de Mayo demandaron la formación de una comisión bicameral que investigara, reuniera suficiente prueba para el posterior castigo judicial, y condenara políticamente a los responsables del genocidio argentino, y que comprometiera a la totalidad de las fuerzas políticas con representación parlamentaria. Sólo así el Estado Nacional podría quitarse de encima el mote de terrorista que heredaba de los asesinos militares que le pusieron la banda en el pecho a Alfonsín. Pero no. El Congreso les dio la espalda otra vez. El radicalismo en el poder creó una Comisión de Notables, la CONADEP, integrada por marcados cómplices de la dictadura, como Sábato, que la presidió. Creíamos ya haberlo visto todo, pero nos equivocamos otra vez. Las Madres de Plaza de Mayo citadas por los diputados de la derecha a dar examen oral de civilidad y ética republicana. La democracia, que está queriendo parecerse a la bella palabra que la nombra, no se merecía estos nuevos tristes episodios.

Una victoria para Marta

 Por Alejandra Dandan

Los restos de la mujer, identificados por el EAAF, fueron enterrados en Moreno, donde ella había sido secuestrada. Antes se colocaron baldosas en homenaje a ella y a otros dos desaparecidos. Un cajón multicolor, música y el recuerdo de sus familiares y amigos.

 LA CEREMONIA DE DESPEDIDA DE MARTA TABOADA, MILITANTE Y ABOGADA DESAPARECIDA EN 1976. -“Este momento en que estamos juntos se parece mucho a La Victoria, dijo Marta Dillon, hija de Marta Taboada.-Imagen: Gonzalo Martínez
 

Marta Taboada revolea la melena y encara a una patrulla del Ejército. Su cartera cerrada con panfletos. La imagen vuelta al presente en el habla de uno de sus antiguos compañeros del Frente Revolucionario 17 de Octubre, hoy secretario de Estado. La puerta de la casa vieja donde vivió con sus hijos. La calle de un barrio de Moreno. Un pibe que se da cuenta de que uno de los que está entre los muchos que están ahí, frente a esa casa, que son muchos, puede terminar de contarle de un operativo en el que participó su padre desaparecido. Una carretilla vestida con la bandera argentina. El cajón. La urna con los restos de huesos de Marta Taboada. Unos barquitos de papel de su bisnieto que nadan sobre la pequeña urna de colores entre una estampita de una María Auxiliadora del ’77. La hoz a pocos centímetros de la estrella guevarista. El pelo de la Evita guerrillera. Otra vez el cajón. Y su hija, Marta Dillon –compañera de Página/12–, que con sus hermanos Andrés, Juan y Santiago esperan ante esa casa colocar tres baldosas para ella y otros dos compañeros. “No voy decir mucho”, dijo Marta Dillon cuando empezó. “Hay momentos que se parecen mucho a esa victoria que nombramos siempre, creo que este momento en que estamos juntos se parece mucho a La Victoria. Que todavía falta un montón, falta saber quién disparó, quién cargó los cuerpos en esa esquina de Ciudadela, quién firmó las partidas de defunción como NN con datos falsos. Un montón, pero estamos trabajando para eso.”

Frente a la puerta de la casa de la calle Joly, a unas cuadras del centro de Moreno, se reunieron los hijos de Marta Taboada, de Juan Carlos Arroyo, “El Negro” y de Gladys Porcel de Puggioni para marcar las veredas. Los tres militantes del FR17 de Octubre desaparecieron el 28 de octubre de 1976. Los huesos de Marta Taboada, recuperados por el trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense, siguieron silenciosamente esa primera parte de una ceremonia religiosamente política antes de volver a un auto para encabezar, como en todos los funerales, la caravana al cementerio. Estaban quienes tenían que estar. Eduardo Luis Duhalde negándose la condición de funcionario para quedarse ahí con su mujer, a estarse al lado de esa que fue su compañera de militancia, la apoderada de sus peores momentos de clandestinidad. La mujer que en medio de la dictadura se calzó un auto para sacar del país a “Martita” pero también al hijo más chico del secretario de Derechos Humanos. La mujer que alguna vez, ante una patrulla del Ejército, sacudió la melena y le preguntó a uno de los militares si quería revisar su cartera. El hombre dijo que no, que no hacía falta, aunque ella tenía la cartera llena de panfletos. “No tenía límites en esa entrega”, dijo Duhalde, micrófono en mano, poco después, cuando recordó que la vio por última vez un mes antes de su propio exilio y le pidió “encarecidamente que se cuidara”, porque tenía “más solidaridad que buen tino”, con “un corazón tan inmenso que superaba a muchos militantes de la época”.

Los funerales adquirieron la lógica de las manifestaciones políticas. Comenzaron en pleno centro de Moreno, ante la municipalidad. Un espacio ocupado con los resultados de una reconstrucción reciente de las vidas de los desaparecidos políticos locales. Con fotos que estuvieron enterradas durante la dictadura. Imágenes de las asambleas obreras de Grafa. Paneles de los desaparecidos de Moreno zona norte. Paneles que nombran ahora a quienes hasta hace poco permanecían sin identidad, en un lugar donde el trabajo de la Secretaría de Derechos Humanos local y de los sobrevivientes logró entender que no fueron 38 personas como se creía sino más de 100. Matrimonios. Embarazadas. Desaparecidos de Paso del Rey. De Moreno sur y La Reja. De Trujui y Cuartel V. Imágenes del Mundial 1978. Los centros clandestinos. Los Trabajadores de Educación y Cultura entre los que estaba el escritor Domingo Osvaldo Balbi o Marta Taboada, docente y abogada.

Protegida por la bandera negra de HIJOS en la primera línea, la carretilla con el cuerpo de Marta avanzó por las calles del centro. Ella, que en la urna era “mamá, abuela, bisabuela, amante”, iba adelante seguida por banderas de La Cámpora Moreno; la agrupación John W. Cooke. Lila Pastoriza, Eduardo Jozami, Graciela Daleo, Judith Said. Lohana Berkins y Marlene Wayar, militantes de esa diversidad sexual a las que Marta Dillon les agradeció especialmente la presencia. Carlitos y Camilo de HIJOS a quien la hija de Marta Taboada nombró como “hermanos y hermanas que me cambiaron la vida”. Nora Cortiñas. Lita Boitano. Gastón Concalves. Juana Muniz Barreto. Los hijos de Paco Urondo. Otros. Muchos. Abertina Carri, la compañera de Marta.

El “todo guardado en la memoria” de León Gieco se escuchó más fuerte. Frente a la vieja casa transformada en Jardín de Infantes, Raquel Robles de HIJOS sostuvo el micrófono en las manos como sosteniendo casi sin lágrimas lo que sucedía alrededor. Leyó adhesiones y volvió a leer más porque dijo que habían esperado más de treinta años para ese momento. “Marta creyó hasta el final que valía la pena dar la vida”, se oyó de alguna de ellas. “Tenemos que tener bien claro que la Justicia llega un poco lerda pero llega”, decía en un mensaje la madre del Negrito Floreal Avellaneda. Los HIJOS de Bahía Blanca mandaron “un cálido abrazo hermanador”. Y el Colectivo Militante de Moreno habló de utopías que siguen latiendo.

En la puerta, el hijo de Gladys de Puggioni tomó la palabra. Tupac Vladimir Puggioni vivió en esa casa a los 4 o 5 años. Ahora dirigente de los Descamisados de Salta, hermano de alguien llamado Fidel Cristo y nieto de una abuela que con cada golpe de Estado corría a la plaza del pueblo para retirar y esconder un busto de Eva. “Eran unos jóvenes y estamos poniendo placas a esos jóvenes”, dijo. Nombró a Néstor Kirchner. Todo el mundo aplaudió. Tupac dijo que hay miles de cosas que faltan, que lo sabemos y dijo también que “esta juventud que hay acá entierra a estos jóvenes”. También dijo “hasta la victoria siempre”. Y luego el nombre de sus asesinados. Detrás de los cuales esos muchos decían –decíamos– ahora y siempre.

Habló “El Indio” Domiciano Rivero. Campesino, obrero, hombre que pasó a la semiclandestinidad en mayo de 1978 y quien pasó los siguientes seis años en el exilio de Brasil porque quedarse en América latina le permitía, dijo, vivir de algún modo el mismo proceso. “Hace años no pensábamos que ni la mitad de lo que hay hoy iba a ser posible”, explicó. “Y es bueno ver que creo que se hubiese divertido mucho La Negra con lo de hoy”. Alentado de algún modo por esa voz de los HIJOS que les pedían a los viejos compañeros de militancia hablar de la vida de sus desaparecidos, El Indio se puso a contar algunas anécdotas. Que Marta tenía muchos ovarios. Que alguna vez lo cargó en un Citröen destartalado para llevarlo al teatro mientras estaban clandestinos. Que era la primera obra de teatro que él veía en su vida. Que le dijo que le gustó, pero no entendió ni medio a los actores. “Me cuesta mucho todo esto –dijo en un momento– porque el dolor nos sigue cruzando, sin flaquezas, pero nos sigue cruzando.” Y recordó que Marta Dillon hace tiempo se preguntaba si era cierto aquello que se dice de su madre, que era audaz, que era sensual. “Y sí que lo era”, dijo él. Porque alguna vez, esa mujer, en el ’76, “cuando ya nos asesinaban, mientras charlábamos cómo hacer, si salir o no, y mientras nos iba sacando a patadas el Ejército”, le dijo: “Negro: no sotros somos la contención”. “Es decir –replicó él–: estaba dispuesta a dejarse la vida.”

Marta habló en ese momento. También Camilo, de HIJOS. Dijo que ese cuerpo también era una parte de “nuestros queridos viejos”. Tomó la palabra Duhalde y dijo que era un día de “dolorosa alegría con aires de victoria porque rescatamos a Marta de las tinieblas y de aquello que Videla decía de que los desaparecidos son eso, desaparecidos, no están”. Miguel Fernández, secretario de Derechos Humanos de Moreno, se nombró como sobreviviente. Habló de la necesidad de empezar a contar las historias. Como datos, como herencia. Un alumno de Marta Taboada estaba entre los que se habían acercado. Ella estaba ahí, ahora en la urna.

El vía crucis siguió camino al cementerio de Moreno por la Ruta 7, su ruta, santuarios del Gauchito Gil, los recreos sindicales. Adentro, esperaba el padre Luis entre las banderas brillantes sobre el fondo del cielo de cenizas. El padre Luis, un cura, pero un cura raro. Ahí estaba hablando de darse la mano y de cantar la misma canción que Mugica y Angelelli cantaban en sus misas. El cajoncito ahora estaba en medio del pasto. Se oían palabras de Jesús subversivo y de liberación. En la ronda, hablaron Nora Cortiñas y Lita Boitano. Hablaron de las cosas pendientes, de la edad, de las Madres. De lo que después de ellas quedará por hacer con aquellos que todavía no se encontraron. La hermana de Marta Taboada habló luego de que lo hicieran Andrés, Santiago y Juan como pudieron, con las tripas en el alma. El agua bendita pasó de mano en mano y cada quien pudo echar algunas lágrimas benditas sobre el cajón de esa madre.

Se oyó otra vez Marta Taboada, presente. Ahora y siempre. Todo el mundo caminó entonces hacia el lugar final, la bóveda de los Taboada donde los restos de Marta, sus huesos, quedaron bien acomodados al lado de los de su padre. Marta Dillon colocó algo más, tal vez un vaso. Los barquitos de papel dejaron de verse, cerrados por una tapa, finalmente. Una cuchillada de amor, quién dijo que todo está perdido, tanta sangre que se llevó el río, pecho, siempre, sacar el alma, iba sonando una canción.

MARTA TABOADA, MILITANTE Y ABOGADA DESAPARECIDA EN 1976

El bombardeo y la caída

Por Marcelo Larraquy

Aquella noche de setiembre de 1955, mientras los doctores, los hacendados y los escritores festejábamos
ruidosamente en la sala la caída del tirano, en un rincón de la antecocina ví cómo las dos indias que allí
trabajaban tenían los ojos empapados de lágrimas.
(Ernesto Sábato, 1956,  en la carta abierta a Mario Amadeo.)

Muchos de los aviadores navales que bombardearon Buenos Aires habían acompañado la celebración de Corpus Christi el sábado 11 de junio de 1955. Hasta entonces, no sabían cuándo ni cómo matarían a Perón.

Solo tres de sus jefes conocían el plan. Era el siguiente: la aviación naval bombardearía la Casa Rosadaen momentos en que Perón reuniera a su “estado mayor”, los hombres con los que compartía las decisiones gobierno. Se encontraba con ellos, semana de por medio, los días miércoles a las diez de la mañana. A esa hora se iniciaría el bombardeo. Duraría solo tres minutos.

 

El plan necesitaba apoyo terrestre

Después del último vuelo, de la última detonación, se activarían las células de los comandos civiles. Las componían alrededor de cuatrocientos o quinientos hombres. Durante la mañana debían permanecer disimulados en las calles y los bares de Buenos Aires. No era conveniente que estuvieran alejados a más de quinientos metros del epicentro de los sucesos, pero tampoco que se acercaran a menos de doscientos.

Los comandos civiles también debían bloquear los accesos a la Plaza de Mayo. Disponían de dieciséis automóviles. En la hipótesis de que la misión fuese exitosa, y que Perón y su gobierno quedaran reducidos a escombros, los comandos se servirían del terror y la humareda para tomar la Casa Rosada. Ingresarían por el acceso principal. Quizá deberían enfrentar al cuerpo de Granaderos, ya diezmado por las bombas. En la confusión, ese combate se libraría sin contratiempos. Los granaderos no eran muchos, cuarenta hombres sin más infraestructura que un destacamento interno en la Casa de Gobierno. Era difícil que, atacados por sorpresa, pudieran bloquear a los comandos civiles. Pero, aun si lo hiciesen, no podrían contener el avance simultáneo de los infantes de Marina por la retaguardia.
Esa era la otra parte del plan. La de mayor importancia de la ofensiva terrestre.

Los infantes eran alrededor de trescientos hombres distribuidos en dos compañías. Se trataba de una diferencia decisiva frente a los granaderos. Atacados por los comandos civiles por el acceso principal de la Casa Rosada, no podrían resistir la avanzada de los infantes por el acceso que da hacia el Río de la Plata.
Para los infantes, la perspectiva del combate sería más que favorable. La relación de fuerzas no se definiría sólo por la cantidad de hombres. También por el armamento. Como parte de los trabajos previos al bombardeo de la Casa Rosada y aprovechando un viaje a Europa de un buque escuela de los cadetes navales, los conspiradores habían adquirido fusiles semiautomáticos FN, de procedencia belga, fuera del programa de la compra oficial. La Armada los hizo ingresar de contrabando. Para que la información no se filtrara, los infantes los tendrían en sus manos sólo un día antes del bombardeo.
Los granaderos, en cambio, debían defender la Casa Rosada con fusiles Mauser de modelo a cerrojo, que cargaban cinco proyectiles. Era un arma de principios del siglo XX.

La comunicación era otro factor clave para la definición del combate. Los conspiradores navales habían entrado en conversaciones con el ex capitán Walter Viader, sublevado de 1951 con el general Menéndez, enviado a prisión y luego amnistiado. Viader estaba en libertad y quería seguir complotando. Junto a los comandos civiles, se ocuparía de organizar la toma de las radios que difundirían la proclama golpista. Se esperaba que la noticia de la caída de Perón hiciera saltar a las calles a los opositores.

Después del bombardeo, una junta cívico-militar controlaría el poder. Intervendríanla CGT y las provincias, liberarían a los presos por razones políticas y fusilarían a quienes resistieran su autoridad. No habían trascendido los nombres de los uniformados. Serían convocados después del triunfo. Los civiles eran tres activos dirigentes de “la contra” peronista: Adolfo Vicchi, mendocino, conservador; Américo Ghioldi, del Partido Socialista, exiliado en el Uruguay, y Miguel Ángel Zavala Ortiz, el más importante de todos, de la facción “unionista” del radicalismo, que acababa de perder el control del partido a manos de Arturo Frondizi. Zavala se pondría el casco de combate. Se comprometió a tomar las bases aeronavales junto a los aviadores. 

La conspiración busca su destino

El factor sorpresa era una perspectiva alentadora para la táctica conspirativa. Pero el plan tenía puntos débiles. Lo que preocupaba era la imposibilidad de acumular fuerzas, después del primer impacto, para defender la toma de la Casa Rosada.

Los conspiradores sabían que las detonaciones no tendrían un efecto quirúrgico. Cumplido el objetivo de extirpar el núcleo duro del poder, quedarían en evidencia los “daños colaterales”: los hombres y mujeres víctimas de las bombas en las inmediaciones de la Plaza de Mayo.
Se esperaba una reacción popular en defensa de Perón. Esta eventualidad hacía impredecible el curso de la operación. Más incertidumbre generaba la reacción del Ejército, una vez consumados los hechos.

No era mucho lo que se había colectado en ese ámbito. Apenas una promesa, la del general León Bengoa, que llegaría a Buenos Aires con una división de Infantería procedente de Paraná. Vendrían en tren, desde Zárate. Bengoa reclamó a los conspiradores una fuerte agitación previa. Quería “ambiente golpista” para movilizar las tropas. Adelantó que iniciaría la expedición luego del estallido. No iban a estar en el frente de batalla desde el primer momento.

El problema de los conspiradores era justamente ese: cómo fortalecerse para responder a una probable reacción militar y popular del peronismo.

El centro de operaciones era la base aeronaval de Punta Indio. De allí despegarían los aviones. En media hora o cuarenta minutos ya estarían sobrevolando Buenos Aires. La toma de la base no presentaría obstáculos. Era difícil encontrar a algún marino que no fuese antiperonista. El jefe de la conspiración era el capitán de fragata Néstor Noriega.
Ezeiza era otra base para el despliegue aéreo. Acababa de ser inaugurado como aeropuerto internacional. Funcionaría como central de reabastecimiento para los aviones después del primer ataque. Desde hacía más de un año se estaba construyendo allí, en forma clandestina, un depósito para almacenar las bombas y el combustible.

Un simulacro aéreo oficial, previsto en la ciudad de Bariloche, fue aprovechado para realizar el traslado administrativo de los explosivos desde la base aérea Comandante Espora, de Bahía Blanca, hacia Punta Indio y Ezeiza.

La Séptima Brigada Aérea de Morón era un objetivo militar de la conspiración. En este caso, la toma era más delicada. Había oficiales aeronáuticos interesados en que el gobierno cayera, pero no tenían el nivel de intolerancia de la Marina. Muchos aviadores eran leales por disciplina.

El control de la brigada permitiría tomar los aviones caza de propulsión a reacción Gloster Meteor. Con sus cañones de veinte milímetros —cada munición contenía la energía de una granada—, el aparato le agregaba versatilidad y eficiencia al poder aéreo de los rebeldes. Además, la toma de Morón bloqueaba la posibilidad de una respuesta inmediata. Era la base aeronáutica más próxima al escenario de los hechos.

La escuadra aeronaval de la conspiración se componía de veintiocho aviones. Cinco de ellos eran los Beechcraft AT11. Descargaban bombas en vuelo horizontal. Los pilotos se habían entrenado con descensos de hasta 360 pies, es decir, apenas arriba de los cien metros. Otro avión para el bombardeo era el North American AT6. Podía descargar bombas de cincuenta kilos volando en picada hacia el objetivo. Eran veinte naves. La escuadra se completaba con tres hidroaviones Catalinas, también de bombardeo horizontal, con bombas de doscientos cincuenta kilos. Un Douglas DC3 y otro DC4 trasladarían las bombas a Ezeiza. En caso de que el golpe fracasara, serían utilizados para llevar a los conspiradores al Uruguay.

La idea del bombardeo tenía varios años. Al menos más de dos. Había sido lanzada en forma ligera, casi al azar, en una comida de a bordo. Imitar el bombardeo japonés contra los norteamericanos en Pearl Harbour, durante la Segunda Guerra Mundial, y destruir la Casa Rosada. Esa era la síntesis. Parecía fantástico. Pero no era serio. La idea de sepultar a Perón bajo los escombros para poner punto final a su gobierno, sin embargo, entusiasmó a los hombres de mar, y empezó a fluir de abajo arriba.

El que motorizó el bombardeo fue el capitán de fragata Jorge Bassi. Era el dueño de la idea. Sería el responsable de sublevar la base de Ezeiza. Bassi fue el que construyó el depósito clandestino, el que durante meses buscó un jefe que se pusiera al frente de la conspiración, el que le advirtió al contraalmirante Samuel Toranzo Calderón que la inteligencia aeronáutica había detectado sus movimientos. Toranzo Calderón era el oficial de mayor jerarquía que Bassi había logrado captar. El almirante Aníbal Olivieri, jefe de la Armada, había sido sondeado para conducir el complot, pero no quiso asumir la jefatura. Tampoco la bloqueó ni la denunció. Olivieri dejó que la sublevación hiciera su propio camino.

Además de conducir el ataque de los infantes de Marina, Toranzo Calderón tenía la misión de atraer aliados en las tres armas. Su cosecha fuera de la Armada fue escasa. Sólo obtuvo el compromiso de algunos oficiales de la Aeronáutica. Pero el contraalmirante contaba con el laissez faire de Olivieri para ocupar el Ministerio de Marina. Ese puesto de combate era clave: estaba ubicado a menos de trescientos metros del objetivo enemigo.

Los capitanes Noriega y Bassi, en cambio, se ocuparían de la logística para que todo funcionara bien: los aviones, el alzamiento de las bases, la carga de bombas y de combustible, la comunicación interna entre los complotados.

La fecha del ataque a la Casa Rosada se decidió de apuro. El martes 14 de junio de 1955, a la medianoche, Toranzo Calderón supo que el Servicio de Inteligencia de la Aeronáutica (SIA) tenía filmaciones del frente del edificio de su departamento, sobre la calle Cuba, en Belgrano. Las imágenes mostraban el ingreso de los conspiradores. Como el contraalmirante esperaba ser detenido de un momento a otro, adelantó el bombardeo. Ya no había tiempo para ejecutarlo al día siguiente, cuando Perón reuniera a su gabinete, pero tampoco podía demorar la operación durante dos semanas.

Se decidió para el jueves 16 de junio de 1955

Ese día, los Gloster despegarían de Morón y volarían sobre la Catedral de Buenos Aires en homenaje al general José de San Martín y en desagravio a la bandera argentina que había sido quemada durante la celebración del Corpus Christi. La programación de este acto era un regalo del cielo para los conspiradores. Si llegaban a tomar la Séptima Brigada, los pilotos aeronáuticos ametrallarían la Casa Rosada y otros blancos estratégicos del poder peronista. Pero había un pronóstico negativo. Para el 16 de junio, el servicio meteorológico anunciaba nubes y poco alcance de la visibilidad.

Sin embargo, la decisión ya estaba tomada. Noriega, jefe de la conspiración en la base de Punta Indio, ya tenía la escuadrilla de aviones con las bombas cargadas. Bassi, en Ezeiza, tenía todo pronto para el reabastecimiento y esperaba el arribo de tropas dela Infantería de Marina desde Mar del Plata, Azul y Puerto Belgrano, en Bahía Blanca.

Un resplandor rojo: la primera bomba

El 16 de junio de 1955, el capitán Noriega se levantó a las 4 de la madrugada. Ordenó una reunión en la biblioteca del casino de oficiales de la base. En ese momento se hizo público el secreto que ya conocían: el plan de ataque y el objetivo del bombardeo.

El pronóstico meteorológico no había errado: el cielo estaba encapotado, las nubes bajas, hacía mucho frío. Era una madrugada de invierno. Noriega pensó que la luz del día iría componiendo el tiempo.

A las 6, casi un centenar de oficiales ya había tomado Punta Indio. El único que debió ser reducido fue Horacio Gutiérrez, un oficial con lazos parentales con el peronismo. Su suegro era el ministro de Educación, Armando Méndez San Martín. Tres días antes del complot, Gutiérrez le había enviado una carta de alerta al ministro, pero fue interceptada por los conspiradores y no llegó a destino.

Noriega estaba comunicado por radio con Toranzo Calderón en el Ministerio de Marina. Lo acompañaba el vicealmirante Benjamín Gargiulo, que respondía a sus órdenes en el levantamiento, pese a que tenía mayor graduación. Los dos se habían apostado en el comando de la Aviación Naval, en el cuarto piso del ministerio. Los infantes de Marina se habían escondido en el sótano, a la espera de la primera bomba. Apenas supo de la sublevación de Punta Indio, Toranzo Calderón envió radiotelegramas a unidades y bases de la Armaday llamó a la rebelión contra Perón.

La sede naval ya estaba liberada. En la tarde del 15 de junio, Olivieri se había internado en el Hospital Naval.

A las 10 de la mañana, Noriega decidió despegar el Beechcraft AT11 de Punta Indio. Fue el primer vuelo. Llevaba dos bombas de demolición de cien kilos cada una. Llegando a Buenos Aires, advirtió que el clima tornaba imposible la maniobra. Decidió mantenerse en el aire, en los alrededores de Colonia, Uruguay. Confiaba en que el tiempo mejoraría. La autonomía de vuelo del Beechcraft era de cuatro horas.

A esas alturas de la mañana, el capitán Bassi ya había tomado Ezeiza, y recibiría el refuerzo de los infantes de Marina, que ya habían partido desde Punta Indio en cinco aviones de transporte Douglas C-47.
La Brigada de Morón se mantenía sin novedades.

Abajo, en tierra, la visibilidad era casi nula. Desde el Ministerio de Marina la niebla no permitía verla Casa Rosada, ubicada a trescientos

El presidente Perón había llegado a su despacho a las seis y cuarto. Cuarenta y cinco minutos después recibió al embajador norteamericano Albert Nuffert. Una hora más tarde, a las 8, el jefe del Ejército, el general Franklin Lucero, le informó sobre las acciones de los sublevados y la posibilidad de un bombardeo. Lucero había intentado certificar esta hipótesis desde la noche anterior —su secretario lo despertó a las 23 con la novedad—, pero no le dio mayor crédito. Había decidido no molestar a Perón ni alarmar a las fuerzas del Consejo de Seguridad.

Pero ahora lo creía. Ya tenía confirmado que las bases de Punta Indio y de Ezeiza habían sido tomadas. Le dijo al presidente que se fuera de la Casa de Gobierno y se refugiara en el Ministerio de Ejército.
No hay precisión exacta sobre la hora en que lo hizo. Perón diría que fue a las nueve y media. Las fuentes son contradictorias. La falta de uniformidad, sin embargo, no resuelve el enigma: ¿Por qué, si Perón se refugió en el Ministerio de Ejército entre las 9 y las 10 de la mañana en conocimiento del bombardeo, no ordenó el desalojo de la Casa Rosada? A esa hora, alrededor de cuatrocientas personas, entre funcionarios, empleados y público, permanecía en la Casa de Gobierno. El mismo riesgo alcanzaba para quienes estaban en la Plaza de Mayo y las calles adyacentes. ¿Por qué el gobierno no la alertó, o prohibió la circulación, o clausuró los accesos? Es un enigma sin respuesta.

Hacia el mediodía, la demora del bombardeo decepcionaba a los potenciales sublevados en tierra. Los comandos civiles, hijos de familias patricias que habían abrevado en el nacionalismo, la derecha católica y el radicalismo, pero sobre todo en el odio al peronismo, como era el caso de Juan Carlos Goyeneche, Cosme Beccar Varela, Santiago de Estrada, Ricardo Curuchet, Santiago Díaz Vieyra o Mario Amadeo, nadaban en la incertidumbre. El bombardeo había sido anunciado a las 10. Pocos minutos después, Beccar Varela entró en contacto con el Ministerio de Marina. Le advirtieron que las naves ya estaban en vuelo. Se había producido una demora, pero la operación marchaba normalmente.

Los comandos estaban divididos en tres grupos, enlazados con un comando central. Se mantuvieron alertas, disimulados en las inmediaciones, tomando café en los bares, mirando vidrieras. A las 12 seguían sin novedades. A partir de entonces, se tomó la decisión de licenciar a la tropa. Supusieron que el bombardeo se habría abortado, y además tenían la orden de no volver a llamar al ministerio.

Para reducir la pesadumbre, algunos comandos se acercaron a Villa Devoto para visitar a los civiles que habían sido detenidos el domingo 12, mientras defendíanla Catedral metropolitana. La cárcel les había impedido formar parte de la avanzada terrestre.

A las 12.40 el capitán Noriega se decidió a atacar. Lanzó la primera bomba sobre la Casa Rosada.Explotó sobre una cocina de servicio del primer piso. La bomba, que pesaba 110 kilos, mató a dos ordenanzas. La explosión hizo caer parte del techo de la sala de prensa. Los periodistas se escondieron en un túnel interno.

Tras el primer impacto, una fila de aviones que esperaba su turno en el aire fue aproximándose hacia el objetivo. Cada piloto disponía de dos bombas. Sobrevolaron la Casa Rosada y efectuaron la descarga.

El bombardeo criminal de los sublevados lanzaría catorce toneladas de explosivos para matar a Perón. También, en oleadas sucesivas, bombardearían a la población civil de los alrededores de la Plaza de Mayo y apuntarían sobre otros blancos estratégicos: la Policía Federal, la sede de la CGT y la residencia presidencial, el Palacio Unzué, sobre la calle Agüero.

Una de las primeras bombas impactó sobre un trolebús. Provocó un resplandor rojo sobre la calle Paseo Colón. La explosión no desintegró en forma total la estructura del transporte público, pero la onda expansiva hizo que los trozos humanos quedaran incrustados en las paredes internas. Allí no hubo heridos. Hubo sesenta y cinco muertos.
Tras la primera bomba, los infantes de Marina salieron del ministerio en camiones de la fuerza. Se dividieron en dos. Una compañía se apostó, calle de por medio, a cuarenta metros de la explanada norte de la Casa Rosada. La otra se refugió en la playa de estacionamiento del Automóvil Club, entre el Parque Colón y el Correo Central, a cien metros de la retaguardia de la Casa de Gobierno. Los marinos comenzaron a disparar.

La avanzada sorprendió a un cuerpo de granaderos que acababa de bajar de un ómnibus casi en forma simultánea, sea porque era el cambio de guardia o porque fueron convocados de urgencia.
La base de la Brigada de Morón no fue sublevada de inmediato. Siguió bajo el mando oficial. Tras la primera bomba, se ordenó el despegue de los Gloster para combatir a los sublevados.
La batalla estaba en el cielo. Un Gloster persiguió y derribó un avión North American AT6 en la zona de Aeroparque. El piloto, guardamarina Arnaldo Román, logró lanzarse con el paracaídas y cayó sobre el Río de la Plata. Luego fue capturado.

Parte de la escuadrilla oficial giró hacia la base de Ezeiza para abrir fuego contra los sublevados. En el ataque destruyeron un bombardero Catalina y averiaron una nave de bandera danesa que estaba en la pista del sector aerocomercial.
Había fuego cruzado.

Los aviones de la Armada comenzaron a bombardear una columna de soldados del Regimiento 3 de La Tablada que avanzaba en camiones por la avenida Crovara para defender la Casa Rosada. Desde distintas azoteas de edificios públicos en las inmediaciones de la Plaza de Mayo —el Banco Nación, el Ministerio de Economía—, civiles armados comenzaron a disparar contra los aviones rebeldes.

Cuando los Gloster leales aterrizaron luego de su primera incursión, la Brigada de Morón había sido tomada por los conspiradores. El comandante de la Aeronáutica Agustín de la Vega había encañonado a sus jefes mientras estaban observando el despegue de los jets. Los superiores y subordinados que no habían adherido al levantamiento fueron reducidos en un hangar. Los Gloster cambiaron de pilotos y volvieron a despegar, ahora con un nuevo objetivo: la Casa de Gobierno. La primera oleada del bombardeo también afectó al edificio del Ministerio de Ejército. Allí, en el sexto piso, estaba el general Lucero junto a Perón, dando instrucciones a las unidades militares para que ocuparan las posiciones enemigas. Le ordenó a la base aérea de San Luis que despegara una escuadrilla de aviones a reacción y que atacara Punta Indio y Ezeiza. De pronto, la onda expansiva de una bomba alcanzó la oficina. El impacto le hizo perder estabilidad a Perón. Sus auxiliares lo empujaron contra un armario para protegerlo. Enseguida, el presidente fue trasladado al sótano del edificio.

El ocaso de golpe naval

A media hora de la primera bomba, el balance era el siguiente: la conspiración golpista dominaba las bases de Punta Indio, Ezeiza y Morón. Hasta entonces, el poder de fuego aéreo estaba garantizado. Pero ya se advertían las carencias: la falta de incorporación de tropas del Ejército. El general Bengoa, que había viajado a Buenos Aires a una reunión en Campo de Mayo para disimular su futura participación en la sublevación, fue detenido en Aeroparque, cuando abordaba un avión hacia Paraná. El Ejército se mantenía leal a Perón: no había movilizado ninguna unidad.

La Infantería de Marina todavía mantenía firme su propósito de tomar la Casa Rosada. Pero la realidad era mucho más ardua que los planes originales. En parte, porque las explosiones no fueron devastadoras. Si bien estallaron veintinueve bombas y hubo doce muertos en la Casa Rosada, muchas otras no llegaron a detonar. La baja altura a la que volaban los aviones no permitía que se activaran las espoletas. Además, el tiempo jugaba a favor del gobierno, que podía acumular fuerzas en la defensa; los conspiradores, no. Los comandos civiles se habían dispersado y no retornaron a la Plaza de Mayo. En tierra solo estaban los infantes, que encontraron un inesperado escollo en la Casa Rosada: los granaderos. La resistencia de los soldados permitió ganar tiempo. Cerca de la 1, a veinte minutos de la primera bomba, desde el Regimiento de Palermo se incorporaron a la zona del combate la artillería liviana y cuatro tanques Sherman.

También las bases peronistas comenzaron a movilizarse. A las 13.12, mientras se incrementaba el fuego entre infantes y granaderos, el secretario dela CGT, Hugo Di Pietro, utilizó la cadena radial. Dijo: “¡Todos los trabajadores de Capital Federal y de Gran Buenos Aires deben concentrarse inmediatamente en los alrededores dela CGT! ¡Todos los medios de movilidad deben tomarse a las buenas o a las malas! ¡La CGT los llama a para defender a nuestro líder! ¡Concentrarse inmediatamente pero sin violencias!”.

Los camiones de la Fundación EvaPerón y de los sindicatos cargaron hombres y mujeres por los barrios del conurbano y de la Capitalpara llevarlos al teatro de operaciones. Los convocaba la defensa a Perón. Algunos iban con las manos vacías, otros llevaban palos, herramientas de trabajo, cuchillos. También revólveres cortos. En Constitución y en el centro porteño fueron asaltados dos locales de venta de armas.

Pero la euforia del peronismo que se movilizaba en camiones se atenuaba apenas llegaban a la Plaza de Mayo. En los acoplados se cargaban decenas de cadáveres levantados de la calle. Los heridos eran trasladados a la Asistencia Pública de la calle Esmeralda y a otros hospitales.

Tres minutos después del llamado a la resistencia de la CGT, el ex capitán Viader difundió el bando golpista. Con sus comandos civiles había tomado por la fuerza las instalaciones de Radio Mitre. Interrumpió la transmisión y obligó al locutor a leer la proclama: “Argentinos, argentinos, escuchad este anuncio del Cielo volcado por fin sobre la Tierra. El tirano ha muerto. Nuestra patria desde hoy es libre. Dios sea loado. Compatriotas: las fuerzas de la liberación económica, democrática y republicana han terminado con el tirano. La aviación de la patria al servicio de la libertad ha destruido su refugio y el tirano ha muerto.

Los gloriosos cadetes de la Escuela Naval y los valientes soldados de la Escuela de Mecánica de la Armada avanzan desde sus respectivas guarniciones acompañados por compactos grupos populares que vitorean al movimiento revolucionario. Ciudadanos, obreros y estudiantes; la era de la recuperación de la libertad y de los derechos humanos ha llegado”.

La proclama fue cortada por el personal de la planta transmisora de Radio Mitre, en Hurlingham. Pocos minutos después, las radios oficiales empezaron a leer un comunicado que tenía la firma de Perón. “Algunos disturbios se han producido como consecuencia de la sublevación de una parte de la Aviación y la Marina. La aviación militar ha derribado un avión y tres han sido obligados a aterrizar. La situación tiende a normalizarse. El resto del país, tranquilo. Fuerzas del Ejército, de la Aviación, firmes en el cumplimiento del deber”.

De inmediato, en el oeste de la ciudad apareció una segunda escuadrilla de aviones. Había despegado de Morón. Ampliaron el radio de ataque. En vuelo rasante, un Gloster ametralló el edificio de la CGT. Un dirigente obrero, Héctor Passano, intentó responder con su arma corta desde la terraza. Su cuerpo fue partido en dos por una ráfaga. También dispararon sobre el Departamento de Policía y el Ministerio de Obras Públicas en la Avenida 9 de Julio. Un oficial fue alcanzado por los disparos. Murió en su oficina.

Por detrás de la cúpula del Congreso asomó otro Gloster. Volaba apenas por encima de la Avenida de Mayo. Se dirigió hacia la Casa de Gobierno para ametrallarla.

A poco menos de una hora del primer estallido, Olivieri decidió trasladarse hacia el Ministerio de Marina. Quería hacerse cargo de la sublevación y evitar su detención en la cama del Hospital Naval. Le costó acercarse al edificio. Los accesos céntricos estaban bloqueados. Aprovechó un sector del puerto por el que todavía no había avanzado el Ejército. Todos los vidrios de los ventanales del ministerio habían estallado. Los infantes se movían cuerpo a tierra para responder los disparos de la artillería del Ejército. El teniente de navío Emilio Eduardo Massera, uno de los jefes del golpe de Estado de 1976, secundó al ministro Olivieri para ingresar por la parte de atrás del edificio.

A esas alturas, el cuadro era el siguiente: la zona del Bajo, el perímetro de las avenidas Leandro N. Alem, Eduardo Madero y Paseo Colón, la avenida Corrientes y las calles de las inmediaciones estaba en situación de guerra. Circulaban jeeps del Ejército, camiones de obreros y simpatizantes peronistas, se gritaba por Perón, se alzaban banderas. Las balas se cruzaban entre los edificios y la calle.

La posición dominante de los infantes en el campo de batalla empezó a revertirse antes de las 3 de la tarde. La artillería había instalado su cuartel en un edificio ubicado en la esquina de Leandro N. Alem y Viamonte. Era la base para el ataque contra los infantes que se mantenían frente a la explanada norte dela Casa Rosada. Olivieri tomó contacto conla Escuela de Mecánica dela Armada, pero ya era tarde para que se volcara al alzamiento: estaba rodeada por el Regimiento 1 de Palermo.

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A los sublevados no sólo les quemaba el fuego oficial. También civiles armados del peronismo y de la ALNles disparaban desde los muros, los árboles o las terrazas. A las 3 de la tarde, esa compañía de Infantes tuvo que ser replegada hacia el Ministerio de Marina. La otra, que se mantuvo apostada en el Automóvil Club, se guareció en el edificio poco después.

En las bases aeronavales, la conspiración también estaba cercada. Punta Indio fue tomada por una división del Regimiento Motorizado de La Plata. Una toma pacífica, en realidad, porque la base quedó desguarnecida luego del primer vuelo. Toda la infraestructura logística había sido trasladada a Ezeiza. Sólo Gutiérrez permanecía en el calabozo.

Ezeiza, en tanto, estaba siendo atacada por los soldados del Regimiento 3 deLa Tablada. Morón también estaba en riesgo. Los leales al gobierno apresados en el hangar mataron a un teniente de Aeronáutica que los custodiaba y empezaron a dispersarse por la base.

Con las fuerzas de tierra atrincheradas en el Ministerio de Marina, los conspiradores combatían en tiempo de descuento. Lucero había ordenado un ataque múltiple con ametralladoras pesadas desde la Casade Gobierno y el Ministerio de Ejército. Disparaban con morteros de ochenta milímetros. Rodeada de tanques, la batería antiaérea de la artillería y la infantería motorizada, desde una ventana del séptimo piso de la base rebelde, agitó un lienzo blanco. Eran las 15.17.
Seguidos por grupos de civiles que acompañaban el paso de los tanques, y luego de que mediaran dos comunicaciones telefónicas entre Olivieri y Lucero, los generales Carlos Wirth y Juan José Valle se acercaron al ministerio en un jeep con la intención de parlamentar sobre la rendición. Pero fueron sorprendidos. A las 15.20, los aviones de la Marina Beechcraft AT, North American AT6 y el Catalina volvieron a sobrevolar la Plaza de Mayo y descargaron treinta y tres bombas. Sólo ocho no explotaron. El ataque destruyó dos pisos del ala sur del edificio y mató a un soldado conscripto. También fue muerto un general. Muchas de las naves fueron alcanzadas por las baterías antiaéreas de la Casa Rosada, pero ninguna fue derribada.

Los marinos en tierra aprovecharon la confusión y reanudaron el fuego. Muchos civiles fueron muertos y heridos en el contraataque. La acción provocó la furia de los leales a Perón.

Esta nueva oleada, la tercera de la conspiración, bombardeó el epicentro del poder: la Casa Rosada, el Ministerio de Ejército, el Ministerio de Hacienda y el Banco Hipotecario. La residencia presidencial también fue atacada. Cada avión que la sobrevoló lanzó una bomba. Una cayó en el parque del Palacio Unzué y no detonó. Otra mató a un barrendero en la calle. La tercera, que erró el blanco por doscientos metros, cayó sobre la calle Pueyrredón: mató a un automovilista y a un chico de 15 años. El ataque fuera del palacio tenía una razón de ser: suponían que en un edificio de la calle Gelly y Obes se había refugiado Perón.
El fuego de los conspiradores se sostuvo poco tiempo más. Un tanque Sherman disparó sobre el segundo piso del Ministerio de Marina, provocó un boquete y un incendio en la sala de almirantes.

A las cuatro y media de la tarde, Olivieri reclamó una negociación directa con Lucero. Estaba dispuesto a entregar el ministerio y rendir a las fuerzas rebeldes, pero, mientras los civiles continuasen alrededor de las tropas del Ejército, continuaría el combate.

Los sublevados temían que las fuerzas leales no pudieran controlar al pueblo peronista. La rebelión podía concluir con un linchamiento y no querían correr ese riesgo.
Mientras la Marina negociaba los términos de la rendición, Noriega tomó la decisión de enviar un Douglas DC-3 de Ezeiza hasta la Brigada de Morón para evacuar a los complotados que seguían en combate contra las fuerzas oficiales. El DC-3 podía cargar a treinta pasajeros. El resto, más de setenta, debía quedar en tierra. La imposibilidad de cargar a todos generó una discusión entre los pilotos, pero ya no había mucho tiempo. El DC-3 pudo levantar vuelo pese a la sobrecarga: terminó llevando a cincuenta pasajeros. En el carreteo, logró alzar vuelo antes de embestir un tanque de combustible que le habían cruzado sobre la pista; de rozarlo, lo hubiera envuelto en una bola de fuego.

Los marinos también lograron despegar los Gloster. En vuelo hacia el Uruguay, ametrallaron la Casa Rosada. Fue el último acto de servicio de la rebelión frustrada.
Entonces, a las 17.25, en la Plaza de Mayo ya había miles de personas convocadas por el gobierno.

En forma simultánea al vuelo de los Gloster, desde el Ministerio de Ejército Perón encomiaba por cadena nacional “la acción maravillosa que ha desarrollado el Ejército cuyos componentes han demostrado ser verdaderos soldados […]. Desgraciadamente, no puedo decir lo mismo de la Marina de Guerra, que es la culpable de la cantidad de muertos y heridos que hoy debemos lamentar los argentinos”.

Para entonces, desde las bases de Morón y Ezeiza, treinta y seis aviones con ciento veintidós sublevados habían huido hacia el Uruguay. Uno de ellos era el radical Zavala Ortiz.

El mayor del Ejército Pablo Vicente, a cargo de la custodia de los prisioneros del Ministerio de Marina, visitó en la madrugada del día17 a los tres líderes de la rebelión, Olivieri, Toranzo Calderón y Gargiulo. Estaban en calabozos separados. Les adelantó que serían juzgados por una corte marcial y que no podrían escapar al fusilamiento. Antes de retirarse, dejó a cada uno de ellos una pistola para que decidiera por sí mismo su destino. De los tres hombres de armas, Gargiulo fue el único que la usó.

De la pacificación al “cinco por uno”: la caída de Perón

Tras el vuelo final de los sublevados, la población comenzó a rodear la Catedral. Aquel discurso de Perón de 1953, luego del atentado en Plaza de Mayo, volvía a resonar en las calles: “Cuando haya que quemar, voy a salir yo a la cabeza de ustedes; pero entonces, si fuera necesario, la historia recordará la más grande hoguera que haya encendido la humanidad”.

Esa noche se quemaron las iglesias. La Curia metropolitana fue destruida en forma parcial, también fueron saqueadas sacristías y estatuas. Algunos sacerdotes y feligreses fueron hostilizados. Perón, para salvar la responsabilidad del peronismo, acusó a los comunistas.
El 16 de junio de 1955, en la ciudad de Rosario, comunistas y peronistas se habían manifestado contra el bombardeo. Habían impreso un panfleto: “Unidad popular contra el golpe oligárquico imperialista”.

La Sección Orden Social y Político —un correlato de la Sección Especial de la Policía Federal— aprovechó la ocasión para encarcelar a los manifestantes. Detuvo a varios centenares de personas por “desorden público”. Al día siguiente, la División Investigaciones fue a la casa del médico comunista Juan Ingalinella. Tenía una imprenta clandestina y había sido detenido más de veinte veces, la mayoría de ellas por “desacato y resistencia a la autoridad”. Ingalinella pensó que sería una detención más. Se entregó. No fue así.

Para empezar, el abogado Guillermo Kehoe, que reclamó por su libertad, fue detenido y torturado por uno de los jefes de Orden Social, Félix Lozón. Tenían algo en común: eran amigos de la infancia. Habían cursado juntos la escuela primaria. Lozón lo torturó toda la noche. A la mañana siguiente, convocó a Kehoe a su despacho. Le dijo:

—¿Sabés para qué te llamé?
—Para torturarme de nuevo —respondió el abogado.
—No. Es para felicitarte. Sos un tipo de aguante.
Kehoe le preguntó por qué no le pegaba un tiro y terminaba de sufrir. Lozón le pidió que no se confundiese.
—No… eso no. Yo no soy un asesino. Soy un torturador.

A los pocos días, los detenidos fueron recuperando su libertad. Ingalinella no. Pero la policía decía que ya lo habían soltado. La jefatura de policía presentó un recibo que certificaba el retiro de sus pertenencias. Tenía su firma.

El médico comenzó a ser buscado. Nunca lo encontraron. Al cabo de los años se supo que había muerto de un paro cardíaco durante la sesión de torturas. Su firma había sido falsificada. En 1961, la Justicia condenó a prisión perpetua a la jerarquía policial rosarina —los oficiales Félix Monzón, Santos Barrera y Francisco Lozón, entre otros— que había prestado servicios durante el peronismo. En la apelación, las penas fueron atenuadas. Se cree que el cuerpo de Ingalinella fue tirado al río Paraná o fue cremado. Fue el primer caso de desaparición forzada por razones políticas.

No era la primera vez que se bombardeaba Buenos Aires por un conflicto político interno. Los cívicos de Leandro N. Alem, durante la Revolución del Parque de 1890, también habían ordenado el bombardeo desde naves en el Río de la Plata. Pero pocas veces la historia argentina había registrado un atentado criminal de la magnitud del 16 de junio de 1955, en el que murieron 308 personas.

Perón trató de limitar las consecuencias. “Prefiero que sepamos cumplir como pueblo civilizado y dejar que la ley castigue. No lamentemos más víctimas. Nuestros enemigos cobardes y traidores merecen nuestro respeto, pero también merecen nuestro perdón. Por eso, pido serenidad una vez más”, dijo.

No promovió un entierro colectivo ni colocó a los muertos como bandera de combate y le ordenó a la prensa oficialista que moderara su estupor ante la masacre. En su discurso, invitó a tomar el bombardeo como una “lección al pueblo argentino”, para abandonar los caminos de la violencia y retomar los del orden, la ley y la tranquilidad pública.

La sublevación no pudo tomar el poder. En términos militares, fracasó. Pero el poder político de Perón fue alcanzado por las bombas. El 16 de junio había sido un ensayo. La conspiración no se detuvo.

Dos días después de que centenares de personas fueran muertas por la marina rebelde, el diario La Nación tituló: “Gran tranquilidad pública”. Valoró la mesura del discurso de Perón después de las bombas e interpretó el fuego aéreo contra la población civil como una consecuencia “algo natural” en las confrontaciones políticas.
El Congreso realizó una sesión de repudio al ataque, pero el radicalismo no participó. En un comunicado, la UCR informó que el bombardeo era el corolario de las políticas de Perón. Exaltó su culpabilidad pero excluyó la del poder naval sublevado.

El llamado oficial a la quietud y la reflexión fue el comienzo de un plan de conciliación que el presidente intentó entablar con la oposición. Lo intentó, primero que nadie, con la Iglesia. Perón ordenó que se restauraran los templos incendiados y purgó de su gabinete a las figuras más expuestas en la política anticlerical, los ministros de Educación, Méndez San Martín, y del Interior, Ángel Borlenghi, que había sido el primer sindicalista socialista —empleados de comercio— que obtuvo un cargo de gobierno.

Perón también intentó reconciliarse con el empresariado. El 30 de julio de 1955 anunció que, tras doce años de lucha, se habían logrado la independencia económica y la reforma de la Constitución y, si bien quedaba mucho por hacer, daba por concluido el “período revolucionario” del gobierno. “No vamos a seguir peleando con las sombras ni con nadie”, expresó en la sede de la central obrera.

Perón también buscó distender la relación con los partidos políticos. Echó a Raúl Apold, el secretario de Medios, y, por primera vez en diez años, se escuchó la voz de la oposición en las radios del Estado.

El líder radical Arturo Frondizi rechazó la conciliación. Para él, esa estrategia intentaba encubrir “la entrega espiritual y material del país”. La UCRse oponía a la privatización del petróleo: la compañía California Argentina, subsidiaria de la estadounidense Standard Oil, explotaría 50.000 km2 en Santa Cruz por cuarenta años. El líder radical no absolvía al peronismo. Lo consideraba responsable de los “sucesos trágicos” del 16 de junio. En forma cada vez menos implícita, la UCRavalaba su derrocamiento. Otros partidos, el conservador y la democracia progresista, en cambio, reclamaron la renuncia de Perón y una “amnistía política” para los marinos detenidos tras los bombardeos.

La iniciativa pacificadora de Perón había sido recibida con escepticismo. Para la oposición, ya era tarde para desandar los hechos. Por un lado, había grupos de civiles y militares, las fuerzas conservadoras con las que había confrontado Evita, que deseaban terminar con su gobierno, extirpar a las masas de la movilización política y revertir la nueva distribución de ingresos, que había perjudicado sus intereses a lo largo de diez años.

Por otra parte, los partidos que ponían énfasis en las libertades civiles antes que en los intereses económicos corporativos no confiaban en la nueva versión de Perón.

En el resumen de lo actuado en sus dos gobiernos, habían denunciado la utilización de la policía como una fuerza de choque paralela, sus torturas, el encarcelamiento a los opositores, la clausura de diarios, el veto a la expresión disidente, la destrucción del gremialismo no peronista, el despojo de los bienes de los partidos políticos. Y la lista seguía: la corrupción de sus colaboradores, los negociados, el favoritismo para los empresarios del poder, la falta de empleo estatal para los que no estaban afiliados al partido, la expulsión de los docentes no peronistas de las universidades.
La política de “pacificación” se agotó apenas inició su camino. Entonces, Perón modificó el escenario y retomó la ofensiva. A un mes y medio del bombardeo, hizo pública su renuncia al gobierno. Ni siquiera su renuncia, su “retiro”.

La táctica obtuvo los resultados imaginables: los dirigentes peronistas la rechazaron y al día siguiente la CGT convocó a un paro con movilización a la Plaza de Mayo.
Toda la calma que Perón había promovido en los días posteriores a la masacre para reducir la tensión política, la promesa de la revolución terminada y las propuestas de negociación fueron dejadas de lado. En venganza a ese pedido de “tregua” estatal no escuchado, auguró el devenir de la violencia. El 31 de agosto de 1955, desde el balcón de la Casa Rosada, dijo: “Desde ya, establecemos como una conducta permanente para nuestro movimiento: aquel que en cualquier lugar intente alterar el orden en contra de las autoridades constituidas, o en contra de la ley o la Constitución, puede ser muerto por cualquier argentino. […] La consigna de todo peronista, esté aislado o dentro de una organización, es contestar a una acción violenta con otra más violenta. ¡Y cuando uno de los nuestros caiga caerán cinco de ellos!”.

El “cinco por uno” se convirtió en el símbolo de su ira, pero, más que de su ira, de su impotencia. Prisionero de su debilidad y del agotamiento del proyecto de su gobierno, Perón intentó atemorizar con palabras a una oposición que no detenía los planes de conspiración ni se asustaba.

El final de la política de conciliación no se tradujo en violencia de hecho. Las masas obreras volvieron a sus casas como cualquier otra jornada de fiesta peronista. No hubo ataques ni incendios, pero todos los puentes con los estamentos opositores se habían roto.

La CGT ofreció al jefe del Ejército, general Lucero, el servicio armado de sus afiliados para la defensa del gobierno. Eran seis millones. Otros grupos peronistas pidieron ametralladoras para enfrentar una nueva rebelión.

Perón desalentó la formación de “milicias populares”. No deseaba que la resolución del conflicto se librara con el pueblo en armas enfrentando en la calle a grupos civiles y militares rebeldes. Ese era un límite que no quería traspasar. Jamás había promovido al pueblo a la lucha. Hasta entonces, el peronismo no tenía experiencia en ese sentido. Además, existía un riesgo. Si armaba a la clase trabajadora, ¿después quién le quitaba las armas?

Los sectores golpistas de las Fuerzas Armadas creían que la formación de las milicias era inminente. Y si no lo creían, lo decían. Era un argumento para sumar fuerzas a la rebelión. La quema de iglesias y la violencia discursiva de Perón también fueron disparadores para la organización de un nuevo alzamiento.

El 2 de septiembre, el general Dalmiro Videla Balaguer, que había recibido la medalla a la “lealtad peronista” por su actuación en el bombardeo de junio, intentó sublevar la guarnición militar de Río Cuarto, en Córdoba, junto con otros cinco oficiales. El movimiento fracasó, se fugaron y no pudieron ser capturados. Fue el primer indicio. Perón no cortó su proyección. No depuró de las filas castrenses a los sectores golpistas, tampoco realizó una reestructuración que favoreciera a los suboficiales que se mantenían leales a su mando.

Uno de los focos de la conspiración lo lideraba el general retirado Eduardo Lonardi. Ya se había levantado contra Perón en 1951. Permaneció casi un año en prisión. Pero entre ellos había un antecedente más personal: en 1937, mientras servía en la agregaduría militar de la embajada en Santiago de Chile, el mayor Perón había tendido una red de espionaje que le proveía información sobre movimientos de tropas y compras de armas del ejército local. La red fue descubierta cuando él ya se había marchado de la embajada y el caso estalló en las manos de su reemplazante, el mayor Lonardi, quien fue deportado de Chile por orden del presidente Arturo Alessandri Palma.

Lonardi representaba a sectores nacionalistas y católicos del Ejército. Fue el coronel Arturo Arana Ossorio, de artillería, católico y también rebelde en el ’51, quien lo entusiasmó para liderar la sublevación.

El 16 de septiembre de 1955, Lonardi tomó las escuelas militares de Córdoba. Los comandos civiles armados acompañaron su misión. El último bastión fue la policía local, que no se rindió y enfrentó a los insubordinados.

Para la Marina, el alzamiento tampoco resultó sencillo. Tomaron la base de Puerto Belgrano, en Bahía Blanca, pero el avance sobre la de Río Santiago, en La Plata, fue rechazado por el fuego de la artillería y la aeronáutica leales.

El general Pedro Eugenio Aramburu, que dudó en un primer momento de colocarse al frente del movimiento militar, viajó a Curuzú Cuatiá, en Corrientes, para tomar un regimiento. Al llegar tarde, su objetivo fracasó. Entonces huyó y dejó a la deriva a las tropas sublevadas.

Dos días después del alzamiento, los rebeldes estaban acorralados. En Córdoba, diez mil hombres de las tropas leales habían recuperado el aeropuerto. La base de Río Santiago había sido recuperada. Las guarniciones de Capital Federal no se habían levantado. Lonardi estaba a punto de rendirse. Sólo la Marina de Guerra alzada, que había bombardeado la destilería de petróleo de Mar del Plata y amenazaba con continuar el ataque sobre los depósitos de La Plata, Dock Sud y Capital Federal, le daba un poco de aliento al plan rebelde.

Pese al cuadro favorable, el día 19 de septiembre, Perón renunció con un mensaje ambiguo, que el general Lucero transmitió por la cadena oficial, para asegurar una “solución pacífica”. Algunos oficiales le pidieron continuar la lucha, pero el jefe de Estado no varió su posición. Delegó el poder en una junta de generales, que se vio obligada a pedir una tregua a los insurrectos cuando estaban a punto de dar por finalizada su sublevación. Al día siguiente, la junta parlamentó con el almirante Isaac Rojas en un buque de guerra y acordaron la cesión del poder.

Si Perón esperaba que su decisión generara un nuevo 17 de octubre y la indignación popular lo repusiera en el poder, el cálculo político falló.

Algunos grupos sindicales habían reclamado armas para defender al gobierno —que le fueron negadas—, pero la nueva conspiración militar no desencadenó un estado de movilización en el peronismo. La CGT se mantuvo a la expectativa. Lo mismo sucedió en el Ejército. La mayoría de los oficiales estaban decepcionados con Perón —en especial por la quema de las iglesias—, pero no promovieron su derrocamiento porque se sentían ajenos a las luchas políticas. Sumidos en la incertidumbre, los leales, o mejor dicho los “legalistas”, demoraron la tarea: habían reprimido sin convicción.

El 21 de septiembre de 1955 Lonardi asumió como “presidente provisional” de los argentinos y dos días después ingresó en la Casa Rosada. La Plaza de Mayo fue desbordada por el festejo. Perón se había embarcado en un buque de guerra paraguayo y emprendió viaje hacia ese país. No quería sentirse responsable de una guerra civil. Abandonó el poder y no hizo nada, ni dejó que nadie lo hiciese, por Evita. El padre Hernán Benítez le pidió unas líneas de autorización para que la madre retirara el cadáver embalsamado de su hija del salón de la CGT. No se las concedió.

Perón volvería al país diecisiete años después.

[Capítulo 4 de “Marcados a fuego (2). De Perón a Montoneros”, Aguilar, 2010]

MATEN A PERÓN!!!

16 DE JUNIO DE 1955 – Bombardeo a Plaza de Mayo…El director Fernando Musante elaboró en torno de este suceso un interesante documental en el que testigos presenciales de esa masacre narran las horas de horror que vivieron aquellas víctimas que transitaban porla Plazade Mayo y por sus alrededores. Dos actores -María Fiorentino y Claudio Rissi- relatan minuciosamente esa jornada lluviosa que comenzó al mediodía y se prolongó hasta bien entrada la noche. El film deja de lado el aspecto meramente político de este suceso para indagar en los relatos de algunos de sus sobrevivientes y se apoya en algunas situaciones ficcionales que aportan calidez a este film basado, además, en fragmentos de noticieros y en fotografías de la época

El 16 de junio de 1955 un grupo de aviones, en su mayoría pertenecientes a la fuerza aeronaval, bombardeó una amplia zona de Buenos Aires. Su misión era matar a Perón, y este episodio, que dejó centenares de muertos y heridos, se convirtió en uno de los más sangrientos de la reciente historia argentina.

“Maten a Perón” se inscribe en la memoria de aquel 16 de junio, cuando facciones militares se entrecruzaban entre diversos elementos conflictivos que, con este episodio, se tornaron salvajemente crueles para esos inocentes que vieron llover las bombas desde los aviones dispuestos a sembrar la muerte y el espanto.

Un impecable montaje aporta sobriedad a este documental que transita por el recuerdo de ese episodio de ingrata memoria para un momento político que se sumó a varias de las páginas más negras de la historia de nuestro país.

“Maten a Perón”
Argentina, 2005

Dirección
Fernando Musante

Guión:
Leonardo Nápoli y Fernando Musante

Fotografía:
Fernando Silva

Protagonistas:
María Fiorentino y Claudio Rissi

Documental MATEN A PERON de Fernando Musante

 

http://vimeo.com/25196237
 

Gracias a:

 TRUKINY2  en Vimeo

 

Unos años despues… 

La versión Gorila

 

Gracias a: vengadorRecargado