Category: Homenajes


NO FESTEJEN GORILAS QUE…

LA REVOLUCIÓN Y LOS HÉROES REVOLUCIONARIOS NUNCA MUEREN!!!!

VIVIRÁS POR SIEMPRE COMPAÑERO HUGO CHÁVEZ!!!!

HASTA SIEMPRE COMANDANTE HUGO CHAVEZ!!!

Así estamos
consternados,
rabiosos
aunque esta muerte sea
uno de los absurdos previsibles.

así estamos
consternados
rabiosos
claro que con el tiempo la plomiza
consternación
se nos irá pasando
la rabia quedará
se hará mas limpia

estás muerto
estás vivo
estás cayendo
estás nube
estás lluvia
estás estrella

donde estés
si es que estás
si estás llegando

aprovecha por fin
a respirar tranquilo
a llenarte de cielo los pulmones

donde estés
si es que estás
si estás llegando
será una pena que no exista Dios

pero habrá otros
claro que habrá otros
dignos de recibirte
comandante.
M. Benedetti.

 

CHÁVEZ POR SIEMPRE VIVO!!!

9 DE OCTUBRE – ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE DOS GRANDES!!!!

 


 

 

 

Un aporte de Daniel Massara

Hoy 9 de octubre se cumplen 45 años del asesinato del Che Guevara. El 12, se conmemora el bicentenario de la muerte de Juan José Castelli. Coincidencias, divergencias y estilos de vida política de dos argentinos paradigmáticos.
Juan José Castelli murió de cáncer de lengua mientras esperaba ser enjuiciado por parte del Triunvirato luego de su derrota militar en la batalla de Guaqui. Fue el 12 de oct

ubre de 1812. Ernesto Guevara fue asesinado en La Higuera, luego de haber sido detenido por las fuerzas militares conjuntas estadounidenses y bolivianas. Fue el 9 de octubre de 1967. Uno y otro fueron dos enormes luchadores argentinos, con una fuerte impronta latinoamericana en su forma de hacer política. A ambos les cabe la pregunta final de La revolución es un sueño eterno, la novela del escritor Andrés Rivera: “Entre tantas preguntas sin responder, una será respondida: ¿qué revolución compensará las penas de los hombres?”.
Pacho O’Donnell (escritor, historiador, psicoanalista, presidente del Instituto Dorrego) analiza las realidades de 1812 y 1967 y el clima social que los tuvo como protagonistas indiscutidos de los cambios por los que lucharon.
–¿Qué dos Argentinas, que dos Latinoaméricas había en uno y otro momento de aquellas historias de Castelli y de Guevara?
–Siempre me han resultado difíciles las traslaciones. Por ejemplo, el Che es solamente explicable por la Guerra Fría. Castelli también tiene su condicionante de la época. Por ejemplo, el hecho de que él haya conducido un ejército es simplemente porque Saavedra era un vendedor de vajillas. Castelli no tenía nada de militar, no había ningún militar del lado patriota. Tanto Castelli como Guevara están enancados sobre el dilema inevitable de toda la historia argentina y también de la historia planetaria, que es el conflicto de los intereses de las mayorías populares y los intereses de las minorías dominantes.
–Así como el Che estaba condicionado por la Guerra Fría, ¿Castelli podría ser un reflejo de la Revolución Francesa?
–Yo creo que se abusa demasiado de la explicación, de la influencia de la Revolución Francesa en Mayo, y se dejan de lado otras influencias. Por empezar con la influencia intelectual, fueron muy importantes los tomistas hispánicos, los jesuitas que realmente influyeron mucho, digamos, que fueron los generadores de aquello que defiende justamente Castelli: la idea de que la soberanía es del pueblo y que el pueblo se la da al rey. Y cuando el rey no está por incapaz, por preso o por muerto, la soberanía retrocede, retrograda al pueblo. Siempre que explicamos Mayo dejamos de lado la participación de los sectores populares. Mayo no se puede explicar si uno no tiene en cuenta ese grupo de choque que fueron los Infernales de French y Beruti, o la participación de los Patricios, que eran la chusma en armas después de la primera invasión inglesa. Además, en los antecedentes de Mayo de la historia extranjerizante, elitista, que invita a participar solamente a los “grandes hombres”, se deja de lado la extraordinaria influencia que seguramente han tenido las rebeliones indígenas. Tenemos una historia de rebeliones muy fuertes antes de Mayo y contra la colonización que son desde Túpac Amaru hasta Túpac Catari, pasando por las rebeliones calchaquíes, cientos de miles de indios movilizados. Inclusive la insurrección del 25 de mayo de 1809. Potosí, Chuquisaca: fue una rebelión, digamos, acaudillada por criollos pero básicamente de bases indígenas, de pueblos originarios. Entonces, diría que Castelli, que era un tipo que tuvo formación universitaria, estaba muy imbuido de aquello que le da la tierra, porque él está en el Alto Perú, apoyado por los altoperuanos. Lo que sí puede enunciarse como influencia francesa fueron sus errores.
–¿Por ejemplo?
–Uno, evidente: él diagnostica, y lo hace correctamente, que la Iglesia Católica ha sido una socia absolutamente indispensable de la colonización hispánica, la encargada de dar su ideología, su razón de ser, su caparazón. Entonces, él, como anticlerical extraordinario de nuestra historia lleva adelante, al mismo tiempo que una acción militar, una acción descatolizadora en la sociedad. Pero eso, llevó a obrar con ciertos impulsos poco políticos, diríamos, a tomar actitudes francamente heréticas. Y Goyeneche, que era un tipo inteligente, transforma la guerra de nuestra independencia en una guerra religiosa. Recordemos que Goyeneche era americano, por eso nunca digo “los españoles”. No había españoles, los defensores del rey eran todos americanos. Goyeneche era peruano, combatió con Pío Tristán, con Belgrano. Prácticamente, la guerra de la Independencia fue una guerra civil. Y religiosa, claro. Tal es así, que cuando Goyeneche logra que Castelli se retire de Potosí, antes de ir a ocupar la Casa de Gobierno la hace exorcizar.
–¿Por eso las acusaciones a Castelli en el juicio durante el cual muere son básicamente contra su impronta antieclesiástica?
–Claro. Es tan herética la acción, cobra una dimensión tan herética, que hasta explica el hipercatolicismo posterior de Belgrano. Belgrano tiene que convencer a los altoperuanos que no es un hereje endemoniado. Se la pasaba en misa, rezando, porque tenía que ir limpiando la imagen que había dejado Castelli. Una vez le preguntaron a Belgrano si era porteño, y él respondió “no, yo soy cristiano”.
–Más allá de no adscribir a la interpolación entre personajes distanciados en el tiempo, usted mencionaba el apoyo popular bajo la Revolución de Mayo. En contrapartida, hubo un escaso apoyo popular hacia el Che en Bolivia.
–La campaña del Che en Bolivia es un error que está condicionado por muchas razones. Él tiene que irse de Cuba. No quiere quedarse. Vuelve a Cuba desde Praga.
–Después del enfrentamiento con el Partido Comunista de la Unión Soviética.
–Exacto. Y no quiere volver. Y lo convencen que vuelva para preparar lo que él ha pensado como una expedición hacia la Argentina. Acepta ir totalmente clandestino, disfrazado. Tal es así que se encuentra con sus hijos y ellos no lo reconocen. Quiere irse, no quiere quedarse en Cuba. Siente que Fidel lo ha traicionado. Será peor cuando Fidel lee aquella carta famosa que él había dejado para leerla solamente en caso de morir. Fidel transgrede la instrucción del Che porque sabe que el Che está vivo, pero lo hace para desmentir un cable de la agencia alemana que señalaba la muerte de Guevara como similar a la de Camilo Cienfuegos. Él sale a leer esa carta para demostrar que el Che está vivo, pero el Che lo vive como una gran traición. Había perdido la interna política. Cuba, de alguna manera inevitablemente, había optado por la dependencia a Moscú. Él tenía que irse a algún lado. Y la expedición a Bolivia aparece además como alternativa de último momento. Una elección equivocada del lugar. Inclusive contra los principios de su manual del guerrillero, porque llega a un lugar inhóspito, sin gente, sin animales, con una selva demasiado tupida. Es casi una contradicción a sus propios principios.
–Con sindicatos fuertes y movilizados como los mineros que no estaban ahí por donde ellos entran a Bolivia.
–Claro. Inclusive los mineros intentan entrar en contacto con él pero es imposible. No tienen forma de comunicarse. El aparato de radio a válvula que llevaban se rompió a los pocos días. Y, lo peor de todo: el mecanismo de atracción de los campesinos durante la experiencia en Cuba había sido diciéndoles que ellos iban a ser dueños de las tierras. El lugar que elige el Che es un lugar donde los campesinos son dueños de sus tierras, otorgadas por la revolución de Paz Estenssoro. Tal es así que la campaña de la CIA y del gobierno boliviano está basada en que los guerrilleros quieren sacarles la tierra. Más allá de que informan que hay paraguayos en esa invasión, haciendo foco en el recuerdo triste de la guerra boliviano paraguaya. Todo había sido muy desafortunado, con muy pocas chances de éxito.
–¿Son inevitables ambas muertes? Más allá del cáncer de Castelli, parecen muy pocas sus probabilidades de seguir vivo en las condiciones de enjuiciamiento en que estaba en 1812.
–Tendríamos que decir: Artigas desterrado, Dorrego asesinado –no fusilado sino asesinado–, San Martín exiliado, Pancho Ramírez asesinado. ¡Qué podemos decir! Es el destino de los que se identifican con los intereses populares. Lamentablemente es así, los intereses de las grandes mayorías, en ciertos momentos, logran algún intérprete como para conseguir la fuerza necesaria para hacer valer aquello que desean, que merecen. Pero generalmente en nuestra historia se han impuesto los sectores más oligárquicos, más reaccionarios, más conservadores, asociados con los poderes extranjeros, ya sean imperios o grandes holdings financieros, económicos, periodísticos. Los dos estaban marcados por una altísima probabilidad de infortunio. En el caso del Che, es notable. Yo he entrevistado a muchísima gente, entre ellos, Benigno, extraordinario personaje exiliado en París por su pelea con Fidel. Él dice que el Che tenía clara idea de que ésa era su última batalla, que ya no había más. Inclusive en lo personal, las actitudes eran muy distintas con las que ha tenido en Cuba y en el Congo. Hay una cosa extraordinaria en la última entrada de su diario, 7 de octubre de 1967, cuando él sabía que estaba todo terminado. Días antes, uno de sus colaboradores, dice que estaban tan cercados que no podían abrir una lata de sardinas porque los iban a escuchar. Ya no eran los soldaditos bolivianos de los que habla al principio de su diario. Allí estaban los Rangers. El 7 de octubre, el Che escribe: “Se cumplieron los once meses de nuestra inauguración guerrillera sin complicaciones, bucólicamente”, mientras otros combatientes escribieron en sus libretas cosas como “los soldados pasan frente a nosotros y escuchamos su conversación en este mismo momento. Estamos rodeados por todas partes”. Ellos están escuchando la conversación. Y Guevara escribe “sin complicaciones, bucólicamente”.
–¿Por qué, teniendo los dos cierto apoyo popular, no hubo una manifestación de inmediato, ni con Castelli para sacarlo de las garras del Triunvirato ni con el Che?
–En Castelli, por la complejidad porteña de ese momento. Castelli venía muy metido en la interna del morenismo contra el saavedrismo, cuando llegan el 6 y 7 de abril y se frena el golpe morenista. Saavedra es el gran protagonista de aquel 17 de octubre en 1811. Saavedra era el verdadero líder popular y Castelli se había identificado con el golpe. Los sectores populares estaban con Saavedra. En el caso del Che es muy interesante. Yo he hablado con mucha gente… Y alguno de ellos ha dicho: “¿Por qué no comunicamos que el Che estaba en Bolivia?”. Esa fue nuestra gran equivocación. Hubiera habido una movilización, hubieran venido los bolivianos de los partidos de izquierda. Porque el Che no tenía ninguna forma de comunicarse.
–Si lo hubieran comunicado, ¿no lo hubieran matado?
–Es posible que no, hubiese sido interesante. Muchos pensaban que si decían que el Cheestaba en Bolivia, los Estados Unidos hubieran intervenido. Pero no comprenden que los Estados Unidos ya habían intervenido porque el Ejército ya lo sabía. Y dicen: “Nosotros fuimos tan idiotas que no nos dimos cuenta que el ejército ya lo sabía. Porque ya se los había dicho Régis Debray”. Lo fueron cazando como a una fiera: cercándolo poco a poco, como un proceso de demolición. Y en ese sentido es interesante qué paso con Debray. Qué le pasó al Che con Debray. Yo una de las cosas que replanteé en este libro –algo que ya estaba en el anterior libro– es la argentinidad del Che. Estoy harto de que la gente del mundo se crea que es cubano. Porque lo hemos regalado. Ya es hora de que lo reivindiquemos como propio. El Che era argentino. Y es muy argentina su relación con Régis Debray: una admiración desmedida por la intelectualidad francesa. Y eso le hace cometer sus dos mayores errores. Por empezar, el de incorporarlo a su columna: cuando Debray venía de París, ahí en la selva boliviana el tipo no soportaba los mosquitos, no soportaba el calor, el miedo, al tercer día ya jodía de que quería irse, que quería salir para comunicar al mundo. Y el Che comete un segundo gran error: lo hace salir. Y allí Debray cae preso. Otro error: le dice a la retaguardia que lo esperen, que le da la salida a Debray y vuelve. En el momento que fue, entró una columna del ejército y la retaguardia tuvo que volverse. A partir de ahí no se encontraron nunca más. Como no tenían ningún walkie talkie, la columna del Che, que ya era realmente débil, queda partida en dos. Es muy interesante cómo el Che se deja llevar por esa cosa argentina del intelectual francés.
–Algo que también le pasa a Castelli con el jacobinismo francés. Siguiendo su línea de pensamiento podríamos decir que lo que los une el error ante lo intelectual francés.
–Es un detalle interesante, por cierto.
–¿Quién puede haber sido el Régis Debray de Castelli?
–Castelli cae por su derrota militar de Guaqui… Pero sería muy interesante averiguar quién denuncia sus supuestas prácticas heréticas. Pero no, esa información no está. Había una interna, sí. Una cosa fascinante es que la batalla de Guaqui se decide por la interna política en Buenos Aires. Hay jefes que no se mueven, que permanecen al frente de sus tropas estáticos porque son saavedristas. Castelli había dicho que, luego de derrotar a los españoles, bajaba hasta Buenos Aires para meterle una patada en el culo a Saavedra y a todos aquellos que lo acusaban de estar en combinación con la portuguesa Infanta Carlota. Entonces, todo eso generaba un enfrentamiento que se decide en la batalla. Así que, sí, Castelli tenía enemigos políticos. Muchos.
–¿Pueden estar en pie de igualdad Castelli y el Che en la historia de la región?
–No estoy muy de acuerdo en la similitud entre Castelli y el Che. Los dos eligieron, a pesar de sus orígenes bastante burgueses y demás, la identificación clara con las penurias de los humildes. Un personaje que tiene que ver mucho con el Che es Monteagudo. Monteagudo era un teórico de la Revolución, él tenía muy claro todo, tenía el fuego revolucionario, si tenía que estar con Alvear o con Bolívar o con San Martín, lo hacía, tenía una capacidad de seducción magistral. Además, poseía una visión americanista extraordinaria, el congreso en Panamá… Creo que el Che tiene algo de Castelli y algo bastante de Monteagudo. El Che era un teórico, un doctrinario. Una persona muy próxima al Che, casi como un hermano suyo, me lo confesó: “El Che es muy resaltado en Cuba como guerrillero, porque no quieren recordarlo como teórico”.
–Sin embargo, su andamiaje teórico puede verse en sus libros…
–Exacto. Allí hay críticas al pseudomarxismo del sistema bolchevique, y preanuncia, con una claridad diáfana, la caída del mundo comunista si Moscú seguía en la dirección que llevaban. O sea, que él ha sido un crítico; el Che muere perseguido tanto por la CIA como por la KGB. Están molestos con él tanto Estados Unidos como la Unión Soviética. Los yanquis, porque Guevara rompía el acuerdo de la Guerra Fría, de la paz concertada entre las dos potencias. Los rusos, porque el Che rompía el proyecto de exclusividad marxista en Latinoamérica.HLVS COMANDANTE!!!

QUIEN FUE JOSÉ DE SAN MARTÍN

                        Y QUE

CONTÓ DE ÉL LA HISTORIA OFICIAL

Generación tras generación se ha contado una historia tergiversada basada en los conceptos del mitrismo que eligió presentarlo a la posteridad como un héroe digno de estar al lado de Rivadavia y de otros próceres unitarios.


Por: Norberto Galasso

La Historia oficial nos enseñó que era el Padre de la Patria. Nos contó que nació en Yapeyú –aunque no nos dijo que hablase, además de castellano, el guaraní, propio de esa zona– que después estuvo dos años en Buenos Aires y al cumplir los seis, se fue con su familia a España. Mitre poco nos dijo sobre su estadía allí, salvo que a los once años ingresó al ejército español como cadete en Murcia, y menos aun nos relató datos fundamentales para conocerlo: dónde y qué estudió, si bailó y tuvo novia, si corrió peligros en muchas batallas, si lo deslumbró la Revolución Francesa de 1789 o la insurrección popular en la península ante la invasión napoleónica, en mayo de 1808. Nos recordó en cambio que sobresalió en las luchas de Arjonilla y Bailén y de repente, siendo teniente coronel de caballería de ese ejército en el que ya había peleado más de 20 años, nos dijo que decidió, de repente, regresar al Río de la Plata para sumarse a una revolución antiespañola que había estallado el 25 de mayo de 1810. ¡Qué hombre extraño!, ¿no es cierto?

Habiendo aprendido a leer, a sumar y restar, a conocer de la geografía y la historia españolas, impregnado de esa cultura, habiendo combatido largamente bajo la bandera española, acostumbrado a repetir refranes o giros lingüísticos hispanos, ¡venir a dar su vida peleándole al ejército del cual había formado parte tantos años! Pero lo hizo tan bien, enseñó Mitre, que merecía colocárselo junto a grandes patriotas como Rivadavia y otros próceres unitarios y colmarlo de halagos en las fiestas escolares. Él quería, según Mitre, liberar a los países de América del “yugo español” –al cual había defendido 22 años– y que cada uno se declarara país independiente, aunque no explica por qué razón se fue a pelear a Chile –en vez de defender a Buenos Aires acosada por los montoneros artiguistas– y después se hizo protector del Perú, como si fuera un apátrida, un aventurero o peor aun, un mercenario, pero sí nos señaló que hubiera hecho más proezas si no se hubiese cruzado en su camino un tal Bolívar que le quitó la gloria de dar el golpe final al ejército español en el Perú, maniobra de la cual fue víctima, dada su generosidad, que debe llevarlo a la condición de “Santo de la Espada” (según Ricardo Rojas) y no de ambicioso expansionista que quería unir a Hispanoamérica como aquel venezolano “pícaro y mujeriego”.

Esta leyenda sobre San Martín fue repetida generación tras generación, puesto que Mitre había sido consagrado Padre de la Historia por la clase dominante y después lo sucedieron aquellos a los que todo “le vene” bien, con tal de estar en la Academia y tener espacios en los medios de comunicación (y a quien le acomode el sayo, que se lo ponga, sea liberal o revisionista “a la violeta”).

Pero en 1997, Juan Bautista Sejean aterrizó en el tema sorpresivamente y publicó San Martín y la tercera invasión inglesa, sosteniendo que la única explicación de que un veterano del ejército español viniese al Río de la Plata a sumarse a una revolución antiespañola y, por tanto, a combatir al ejército al cual había pertenecido hasta pocos días antes, sólo puede residir en que fue sobornado por los ingleses, al pasar por Londres en 1811. Y lo sostuvo contundentemente: “Parece muy difícil afirmar que San Martín no fue un agente inglés” (pág. 129). Lo cual significa: el Padre de la Patria de los argentinos fue un agente inglés. ¡Qué osadía! ¿No es cierto? Pero no hubo refutación alguna por parte de academias, universidades y otras instituciones llamadas “de bien público”, a tal punto que el mismo Sejean, al año siguiente publicó Prohibido discutir sobre San Martín, donde afirmó que había supuesto “que se iba a desatar un intenso y apasionante debate… pero no fue así. En forma unánime optaron por el silencio” (pág. 13 y 15). Para la misma época, alguien sostuvo que San Martín no era hijo de Gregoria Matorras sino de la guaraní Rosa Guarú y don Diego de Alvear, es decir: no sólo hijo extramatrimonial sino, además, hijo de india… Y esto provocó diversas refutaciones porque para buena parte de la gente “léida” de la Argentina es denigrante ser hijo de india, pero no lo es ser agente inglés. En verdad, quienes así piensan merecen tener un Padre de la Patria de nacionalidad inglesa y por supuesto es razonable que voten en las elecciones a los candidatos que promociona Clarín o concluyan en que las Malvinas son inglesas.

Sin embargo, tanto Mitre como Sejean –así como sus seguidores y asimismo, los revisionistas rosistas– habían caído en la maniobra mitrista, de tipo colonial. Formado en España, en lo cultural, como hombre y como político, y fuertemente influido por lo que él llamaba “El Evangelio de los Derechos del Hombre”, es decir, la Revolución Francesa, San Martín era americano por nacimiento, pero muy hispano (por batallas, amores, estudios, en fin, sentimiento y pensamiento), un indohispano diríamos, un liberal revolucionario como los de las Juntas Populares de 1808 en España, como eran también los de las juntas populares liberales de América surgidas entre 1809 y 1811 (que ahora se sabe que no eran antiespañolas ni separatistas como pretendía Mitre, sino, como sostuvo Alberdi, constituían un amplio movimiento democrático de España y de América contra el absolutismo monárquico).

San Martín regresó, pues, en 1812, no por soborno alguno (fue enemigo a muerte de Rivadavia que era la expresión de los ingleses), tampoco por “un llamado de las fuerzas telúricas” como se ha sostenido ingenuamente, ni tampoco en el caso de haber sido hijo de Rosa Guarú (pues junto con él asumieron las banderas democráticas de Mayo muchos españoles de nacimiento, como Larrea, Matheu, Álvarez Jonte, Arenales, Blas Parera y tantos otros), así como hubo americanos de nacimiento que sirvieron a los ejércitos contrarrevolucionarios del absolutismo (como Pío Tristán, Goyeneche, Michelena, Olañeta y tantos otros). Pero Mitre quiso, por sobre todo, mostrar una Revolución de Mayo antiespañola, separatista, por el comercio libre (y por tanto pro inglesa) y de ahí sus discípulos sacaron que San Martín (siendo como Moreno defensor del indio, expropiador, revolucionario) fuera el antecedente de Rivadavia, proclamado por Mitre “el más grande hombre civil de los argentinos” (por ser elitista, pro británico y antilatinoamericano). Y entonces los alumnos se confunden: no entienden a San Martín (quien admiraba a Bolívar y tenía en Europa tres retratos suyos, uno delante de su propia cama) metido en una revolución para remplazar un virrey por una Junta Popular, permaneciendo la región adherida a España hasta 1814 en que se hunde la revolución democrática española y entonces sí resulta necesaria la independencia de 1816, por la que San Martín bregó para no someterse a la monarquía (ahora se sabe que hasta 1814 flameó la bandera española en el Fuerte de Buenos Aires).

La Biblioteca de Mayo, del año 1960, explica todas estas cosas, pero muestra la falsedad del mitrismo. ¿Y quién le pone el cascabel al gato, es decir al diario La Nación? Se ha repetido muchas veces lo que decía Homero Manzi: “Mitre se dejó un diario de guardaespaldas.” Y Alberdi, Manuel Ugarte, José León Suárez, Augusto Barcia Trelles, Julio V. González y tantos otros que dijeron la verdad en distintos épocas, fueron lapidados por el mitrismo, amordazados. Sumidos en el más profundo de los silencios, convertidos en “Malditos”.

Pero en esta época en que queremos ser nosotros mismos, no sumisos a la reina de Inglaterra ni al FMI de los yanquis, es preciso tener en claro quién era San Martín: era, junto a Bolívar, no sólo el Padre de nuestra Patria sino un Libertador que quería la América Latina que estamos gestando hoy con la Unasur, la CELAC, etc., y por eso, hay que decir bien alto que la OEA se ha muerto, enterrada en la misma fosa del mitrismo y de todos aquellos historiadores –sean liberales, “modernos” o revisionistas– que no se atreven a decir quién es el verdadero San Martín: nacional, en tanto le legó su espada a Rosas por defender la soberanía y fue enemigo de Rivadavia expresión del imperio inglés; latinoamericano, en tanto luchó por la liberación y unificación de varios países, admiró a Bolívar y respetó a los pueblos originarios a quienes llamaba “nuestros paisanos, los indios”; popular en tanto escribió “odio todo lo que es lujo y aristocracia”; intervencionista en economía (como lo demostró en Perú) y hasta expropiador (como lo demostró en Cuyo).

Con un Padre de la Patria con estas virtudes, ¿cómo no nos vamos a encaminar ahora hacia una América Latina libre, unida e igualitaria?

 

Lo imborrable de la historia

Por Felipe Pigna *

 

Desde su muerte se ha escrito mucho sobre Eva Perón. No pocos autores se han dedicado a subestimarla, a estudiarla como un fenómeno folklórico, como ocurre con las tradiciones y los mitos populares. Porque la historia del poder tiene una especie de fascinación por convertir a los protagonistas del lado popular de la historia en “mitos”, desvalorizándolos y arrojando desde ese rótulo sospechas sobre sus verdaderas ideas y acciones. No ocurre lo mismo, para dar un solo ejemplo, con el general de La Nación, Bartolomé Mitre, general mítico que no ganó en su vida una sola batalla. Pero, más allá y por encima de la voluntad de sus enemigos, Evita fue un sujeto político y compartió con Perón el liderazgo carismático del peronismo, demostró una gran capacidad de conducción y construcción política, llegando a manejar dos de las tres ramas del movimiento: la femenina y la sindical. A esta influencia decisiva se sumó su tarea social en la fundación, que la ubicó definitivamente en los sentimientos y en las razones de sus descamisados, llegando con su obra y también con su proselitismo hasta los últimos rincones del país.

Contra ese poder innovador y disruptivo construido por Evita con el imprescindible aval de Perón, fue que se alzaron las voces de sus enemigos más peligrosos, que le dejaban al resto de los opositores las críticas por su pasado de actriz, sus modos, su lujosa vestimenta y su “insolencia”. Advertían el peligro que para sus intereses representaba “esa mujer” que no se detenía ante nada y no confiaban en que Perón pudiera convertirse en su barrera de contención en la medida en que le fuera útil a su proyecto político y no intentara volar más alto que él.

La historia liberal clásica, devenida últimamente en la autodenominada “historia social”, ni siquiera hace el esfuerzo por comprender históricamente al peronismo, sino que lo estudia como un “fenómeno” al que intenta escamotear o disimular en sus libros como parte del proceso de los “populismos latinoamericanos”. Comprender no quiere decir justificar, sino exactamente entender la complejidad de un período que cambió la historia y atravesó la producción política contemporánea. Se parte en esos textos de una ajenidad aparentemente dada por la pertenencia al campo intelectual y a partir de allí se procede a juzgar aquel proceso como una anormalidad institucional y social. En cambio, a las etapas anteriores se las estudia indulgentemente desde la perspectiva de la historia institucional, pasando por alto el fraude, la miseria, la marginación y la represión de esos períodos modélicos que se rescatan acríticamente; así ocurre con la Argentina de 1910, puesta como ejemplo de épocas añoradas durante los debates del bicentenario por los más eminentes representantes actuales de la llamada “historia social”. Esa indulgencia con el modelo liberal agroexportador triunfante en 1910, que excluía, según las estadísticas oficiales, a más de la mitad de la población, que vivía en la miseria, se vuelve aguda crítica frente al peronismo y sus protagonistas en general y a Eva Perón en particular. Se la ve, en el mejor de los casos, como un emergente, como un producto de Perón, fanatizado e incapaz de producir política.

Se hace imprescindible tratar a Evita como a un sujeto político y han aparecido algunas obras, elogiosas o críticas de su trayectoria, en las que ya aparece algo fundamental: el protagonismo político de Evita, su capacidad de conducción y de elaboración política, la mayoría de las veces complementaria de la de Perón, pero a veces voluntariamente y otras involuntariamente, en competencia con el líder.

El odio de sus encarnizados enemigos la sobrevivió. Dinamitaron el lugar donde murió para evitar que se convirtiera en un sitio de culto, prohibieron su foto, su nombre y su voz, pasaron con sus tanques por las casitas de la Ciudad Infantil hasta convertirla en ruinas, abandonaron la construcción del hospital de niños más grande de América porque llevaría su nombre, echaron a los ancianos de los hogares modelo, quemaron hasta las frazadas de la fundación, destrozaron pulmotores porque tenían el escudo con su cara, secuestraron e hicieron desaparecer su cuerpo por 16 años. Pero como sospechaban los autores de tanta barbarie, todo fue inútil.

* Historiador, autor de Evita. Jirones de su vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Por encima de la voluntad de sus enemigos, Evita fue un sujeto político y compartió con Perón el liderazgo carismático del peronismo.”

 

Nos marca el camino

Por Milagro Sala *

La figura de Evita se acrecienta con el tiempo y se convierte en un símbolo para aquellos a los que nos preocupa la situación social, económica y existencial de los sectores más pobres y necesitados de nuestra sociedad.

En este mundo globalizado donde las corporaciones financieras dirigen la economía de los gobiernos de los países más importantes del planeta y el valor central son los bancos y el dinero, una figura como la de Evita –que privilegia al ser humano y, en particular, a los seres humanos menos favorecidos como son los niños y los ancianos– llega a tener una trascendencia tan extraordinaria que es difícil de imaginar.

Porque hoy los bancos se han convertido en templos donde sus fieles devotos son los operadores de Bolsa que dictan las leyes de un mercado convertido en un dios que domina al mundo.

Nunca antes la humanidad tuvo que soportar un desprecio tan absoluto de valores como la bondad, el amor, la compasión, la solidaridad, el afecto, el respeto hacia los abuelos, la belleza del dar sin recibir… sólo el dinero parece ser lo importante para esos constructores de la sociedad deshumanizada, cruel y egoísta que vivimos.

El sentido de la vida es un misterio que vive en el corazón del ser humano. Y ese corazón puede latir en plenitud sólo cuando se ha conseguido solucionar las necesidades básicas materiales y espirituales para todos. Evita hizo ese esfuerzo y lo pagó con su vida.

Nosotros, desde la Tupac Amaru, tratamos de continuar ese camino con su ejemplo y tenemos muy en claro que debemos hacer un esfuerzo cotidiano con fuerza, con imaginación pero también con alegría de vivir, incluyendo a todos y sin olvidar a nuestros hermanos de los pueblos originarios cuya espiritualidad y ceremonias tenemos muy presente en todas las actividades.

Las alegorías de la Tupac Amaru se complementan con las figuras del Che Guevara y con el gran patriota indígena latinoamericano José Gabriel Condorcanqui, Tupac Amaru II, precursor de todos los alzamientos posteriores que lograron la independencia de la colonización española en el subcontinente andino y en cuya memoria dimos el nombre a nuestra organización barrial.

Sobre Tupac se puede decir también que es el hombre que, en su rebeldía en contra de la explotación y la discriminación de nuestros pueblos, se hizo cargo de la visión indígena, de la cultura de los pueblos originarios, del Abia Yala precolombino en acción, cuya genética nos toca. Porque antes de la llegada de los españoles nosotros gozábamos de un inmenso territorio que no estaba dividido en países ni en fronteras cerradas. Un territorio cuyos habitantes respetaban la tierra, el agua, el aire y el fuego y que, mucho antes del invento de la ecología, protegían sus recursos naturales a los que consideraban sagrados.

En cuanto al Che rescatamos su lucha inclaudicable, su militancia, su visión revolucionaria y en particular una frase: “Hay que ser duros, sin perder la ternura jamás”. Es de todos conocido el espíritu del Che y su empecinamiento en lograr la liberación de Latinoamérica. Al igual que Evita, dejó su vida en el camino. Puede discutirse su metodología de lucha –que no compartimos–, pero no se puede discutir que en su mente, la justicia social, la extinción de la pobreza y de la indigencia del ser humano eran un valor principal.

Para nosotros, entonces, esas tres figuras representan lo mejor y lo más puro de la lucha del futuro y en su síntesis estamos uniendo el sentido y la satisfacción de las necesidades insatisfechas más profundas de los habitantes la tierra latinoamericana.

Hoy, día en el que se conmemora la muerte de Evita, le rendimos homenaje una vez más, como hacemos todos los días replicando su ejemplo.

* Organización Barrial Tupac Amaru.

 

“Una figura como la
de Evita llega a tener
una trascendencia
tan extraordinaria que
es difícil de imaginar.”

 

El emplazamiento

Por Horacio González *

Es nuestro misterio embalsamado. Cuando algo toma la forma absoluta del ritual, la manera ya consumada del mármol, parecería que el pensamiento es conminado a una obligatoria eternidad. Pero aunque ninguna cultura se pensó eterna, todas han deseado inventar sus materiales para la perduración. En un recordable libro de Octavio Paz se dice que sobre el teocali de las viejas culturas se levantaron iglesias de otros credos y ello seguiría siendo así, precisamente porque los lugares de emplazamiento no cambian. Siempre es el mismo sitio, la misma piedra, el mismo cimiento que, aun creyéndose fundador, se sobrepone al cimiento anterior. La cultura social argentina quizá tiene en Evita, y en la aparente facilidad para pronunciar su nombre, el signo de que lo perdurable no es otra cosa que la búsqueda de una explicación para la angustia de no saber que estaba antes o lo que se emplazará después. Evita es un punto de encuentro de muchísimas sensibilidades, cada una con su materia, la arcilla, el bronce, el fonógrafo con su voz última, sus escritos espectrales que arrastran tantas otras autorías invisibles –lo que al padre Benítez, su confesor, no le convencía; un confesor busca la voz originaria temblorosa, genuina–, y algunas imágenes del cine argentino que se superponen en una extraña fusión –la máxima posible– con la historia nacional. Se la estudió a Evita de muchas maneras, con las cualidades propias de un mito, cuáles son las de la fijeza de una agonía y la posibilidad de correrlo aquí y allá hacia múltiples paisajes. En las villas de los pobres, los salones abastecidos, el palco dictaminador, en la entraña de la enfermedad calcinante, en el voto en su extenuado camastro con un joven Viñas actuando de fiscal electoral, en la escena de renuncia extrema, en un cementerio italiano con el nombre de una señora De Magistris, el primer piso de la residencia de Madrid, donde vivía un Perón que bajo ese ataúd tejía y destejía los nudos arácnidos de la política nacional, y también asomada como ausencia desesperante en un gran cuento de Walsh, como una limítrofe forma del habitar en otro cuento de Perlongher, como un motivo de la novelística de grandes públicos, como en la Santa Evita de Tomás Eloy Martínez y antes, en las especulaciones de los existencialistas argentinos sobre la potencia de la bastardía. Se le atribuyeron santidades, látigos, furias y dulzuras. Yace en el lugar o en el momento liminar en que la política debe elegir su tabla elemental de sentimientos. Hernán Benítez, ya citado, pensaba en una Evita confesional que no prestara su palabra a escritores sustitutos, folletines encantados y efigies que cubrieran la ciudad. No fue así, y quizás este viejo e interesante cura se equivocaba, porque en la situación de Evita el nombre se convertía en una efigie que circulaba en préstamos sustitutos, en réplicas incesantes y efectos de representación que escapaban del cristianismo social de Estado que él hubiera preferido. Había en cambio algo más interesante, que asimismo pertenecía al orden de un evangelismo de los marginales, un llanto colectivo que desafiaba los acostumbrados pudores –Martínez Estrada, un gran opositor, lloró ante las imágenes de su sepelio–, una piedad que no inhibía la lengua de la confrontación política, que Evita –con este nombre o el que prefiramos para mencionarla– expuso de esa forma tan recordable, que le permitió llegar a la escisión más escurridiza del ser político –poder decir leales, poder decir traidores–, y también presidir ahora el lento tránsito, crepuscular, de la Avenida 9 de Julio.

* Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.

“Yace en el lugar
o en el momento
liminar en que la
política debe elegir
su tabla elemental
de sentimientos.”

 

 

La textura del texto

Por Mario Goloboff *

¿Qué hace a la grandeza de un texto en la vasta historia literaria occidental? ¿Qué a la de las grandes obras del siglo XX? ¿A Ulises, En busca del tiempo perdido, La conciencia de Zeno, La montaña mágica, El castillo, El hombre sin atributos, los relatos de William Faulkner, los de Jorge Luis Borges, el cuento “El Aleph” o “El sur” (“que es acaso mi mejor cuento…”)? ¿Puede que sólo el motivo, lo que acostumbra llamarse “el tema”? Difícilmente, ya que si los hechos o la figura, por ejemplo, son demasiado importantes su tratamiento suele devenir imposible: no conozco ningún texto de creación que esté a la altura de César Augusto Sandino o del Che Guevara; sobre Buenaventura Durruti dijo alguna vez Ilya Ehrenburg que era un ser tan inmenso que jamás podría dar lugar a una buena novela, cosa que, hasta hoy, se ha cumplido. ¿Qué ha hecho, entonces, a la grandeza de “Esa mujer”, este gran texto de Rodolfo Walsh?

Si no puede ser sólo el motivo, lo que parece evidente en general lo es también en particular, ya que la personalidad o la memoria de Evita han provocado numerosos textos de creación, y es cierto que allí están, pugnantes, presentes, siempre vivos, los de Tomás Eloy Martínez, los de David Viñas, José Pablo Feinmann, Eduardo Mignogna, Copi, Néstor Perlongher, Osvaldo y Leónidas Lamborghini… aunque nunca tan redondos, tan perfectos en su hechura como “Esa mujer”. Parece dudoso igualmente que se trate de su actualidad o temporalidad o contemporaneidad o efecto. Tampoco del peso de la firma, porque, como se ve, la acompañan otras no menos prestigiosas. El secreto debe estar, pues, en otro lado, en ese otro lugar de la literatura que nunca se explora dentro de la maraña de lo anecdótico, sobre todo cuando hay fuertes referentes de tipo político, social, ambiental, doméstico. En ese otro espacio que es la textura del texto, y que, aquí, va desde el evasivo título hasta el evasivo final; en esa materia plástica, ambigua de la escritura, residiría tal vez el secreto de su perfección…

Lo que llamo “evasivo título” puede, en efecto, explorarse: el pronombre-adjetivo demostrativo (en clara función adjetiva) se justifica gramaticalmente cuando se refiere a objeto o persona que está más cerca de quien escucha que de quien habla. ¿Cómo es esto? ¿La persona de quien el autor habla estaba más cerca del coronel que del periodista? ¿A quién le habla, entonces, ese título: al coronel, a un lector anónimo y desconocido, a un lector interior? Y por qué el distante “esa” y no “esta” o “aquella”, mucho más evocativo, tal vez más poético? ¿Por el matiz algo peyorativo del “esa”? “Ella no significa nada para mí…”, se dice al principio del cuento. ¿Qué guiño nos hace el narrador? El título, por otra parte, está anticipando lo que será casi genético en el relato, algo muy cercano a la figura retórica de la elusión: no se nombra al personaje que es central en esta historia; por miedo, superstición u odio nadie se anima “a tenerla en boca”, su nombre no aparece jamás en el texto: ni Eva, ni Perón, ni Duarte, ni Evita: completamente eludido, ausente.

Cuento, así, antológico, no por la importancia del motivo tácito –el hurto y ocultamiento del cadáver de Eva Perón–, sino por la maestría del narrar. Reúne los componentes del policial, del de intriga y suspense, del emotivo y social, del político. Reúne los caracteres del género testimonial, de denuncia, y el del reportaje supuestamente objetivo. Reúne también las cualidades de Rodolfo Walsh: parece una concentración de todas sus vertientes literarias y productivas, que vienen de lejos y van más allá del solamente consagrarlo como periodista comprometido –que, claro, lo fue–, militante crítico y lúcido –que también lo fue–, pertinaz e indoblegable –que quién negaría que lo fue–.

Pero, en el relato, se condensa el trabajo de un escritor, como lo subrayaba en su comentario el propio Walsh: “El cuento titulado ‘Esa mujer’ se refiere, desde luego, a un episodio histórico que todos en la Argentina recuerdan. La conversación que reproduce es, en lo esencial, verdadera /…/ Comencé a escribir ‘Esa mujer’ en 1961, la terminé en 1964, pero no tardé tres años, sino dos días: un día de 1961, un día de 1964. No he descubierto las leyes que hacen que ciertos temas se resistan durante lustros enteros a muchos cambios de enfoque y de técnica, mientras que otros se escriben casi solos”.

Un periodista investiga el itinerario de aquel cuerpo, especialmente en el tiempo que va desde el golpe del ’55 hasta su destino en un cementerio religioso italiano. Y lo hace entrevistando a quien de toda evidencia (en la enunciación del relato) fue uno de sus últimos captores o encomendados del mismo: “Día por medio llueve en un jardín donde todo se pudre, las rosas, el pino, el cinturón franciscano /…/ ¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho!”. El diálogo es así de tenso, huidizo, sobreentendido, y el entrevistado se muestra narcisista, delirante, cambiante, culposo pero no del todo, ya que se dice portador y salvador de un símbolo, de un mensaje histórico. Real o fingido, el diálogo no puede ser más literario y hasta cinematográfico: hay luces plateadas que se reflejan en ese décimo piso, hay titubeos de la escena, alcohol de por medio, ironías y desconciertos del entrevistador; la historia misma, con toda su contundencia, parece deshacerse entre los dedos. Y hay más de una emblemática y ambigua revelación, para los personajes y para el lector.

A mediados de los ’60, uno de los mayores críticos literarios que dio América latina, el uruguayo Angel Rama, saludaba la existencia entre nosotros de un potente y original escritor, Rodolfo Walsh. En el célebre semanario Marcha, en nota cuyo título podría signar hasta hoy la vida y la obra del autor (“Walsh en el tiempo del desprecio”), destacaba los orígenes literarios de su conciencia crítica. Porque se trató siempre de una inteligencia finísima y de un lector perspicaz, y se ven en sus textos trazas de tales lecturas. Tempranamente pensó sobre ellas: “Dos mil quinientos años de literatura policial” (La Nación, 14/2/1954), “¡Vuelve Sherlock Holmes!”, “El genio del anónimo” y “Un estremecimiento, por favor” (Leoplán: 20/5/1953, 3/2/1954 y 18/5/1955). En el primero aparecen mencionados Las Mil y Una Noches, la Gesta Romanorum, el Roman de Renard, los Canterbury Tales, el Decameron, el Popol Vuh, el Zadig…

Así, entre las numerosas enseñanzas que nos dejó Rodolfo Walsh quizá se pueda rescatar ésta, acaso mínima aunque nada desechable: para llegar a la defensa y apoyo de las más nobles causas humanas hay muchos caminos; el de la frecuentación de la gran literatura sería uno de ellos, y no el peor.

* Escritor, docente universitario.

“La personalidad o la memoria de Evita han provocado numerosos textos de creación (…) aunque nunca tan perfectos en su hechura como ‘Esa mujer’.”


 

LAS CARTAS DE LA GUERRA

Sueños, esperanzas y temores en los jóvenes que se aventuraban al conflicto con el orgullo de “defender a la Patria”. Mensajes a los hijos, poemas a Dios y supervivencia en documentos históricos.

 

 

 

 

 

 

Por Deborah Maniwicz

Mucho se escribió sobre los aspectos políticos e ideológicos que envolvieron la guerra de Malvinas, sin tener en cuenta el componente emocional de los soldados que pelearon. A 30 años del desembarco argentino en las islas, Veintitrés decidió homenajear a los ex combatientes reproduciendo algunas de las cartas que los jóvenes escribieron y recibieron durante el combate.

La correspondencia tuvo un valor muy especial durante la guerra. Ese pequeño pedazo de papel fue, para muchos conscriptos, no sólo un medio para descargar su angustia por el frío y el hambre que estaban sintiendo y sus expectativas por el desenlace de la guerra, sino también un refugio. Las cartas eran el único medio para contactarse con sus seres queridos y expresarles, casi como una posdata obligatoria, la necesidad de que les siguieran escribiendo.

Edgardo Esteban es uno de los ex combatientes que más documentos aportó sobre el conflicto armado. En su libro Iluminados por el fuego reproduce un intercambio de cartas que realizó con su madre cuando se encontraba prestando tareas en Puerto Argentino. Aquí se reproducen algunos fragmentos:

26 de abril

Querida mamá:

Llegué anoche a Puerto Argentino. Sé lo orgullosa que estarás de que tu soldadito esté defendiendo la Patria. A pesar de que hace mucho frío, me encuentro bien, pero quedate tranquila, nos han dado una ropa nueva que nos ayuda muchísimo a sobrellevarlo.

Quiero que estés tranquila. Nos están dando muy bien de comer. Hoy nos dieron hasta Coca-Cola. Hoy es un día lleno de sol. Estamos acomodando todo el material. ¡Ah, me olvidaba!: también nos dieron cigarrillos Jockey Club, los mismos que fumás vos.

Somos muchos los que estamos acá, así que dudo de que esos pollerudos de los ingleses se animen a pisar estas islas, que son nuestras. Y si se les ocurriera venir, se van a dar cuenta de los huevos que tenemos los soldados argentinos para defender lo que es nuestro. Decile a Marcela que la extraño muchísimo y que no me olvido de ella, y decile a Raúl, al tío Héctor y a los abuelos que por favor me escriban. Por favor, escribime pronto. Acordate de que te quiero mucho y que sos la mamá más tierna del mundo.

Estoy bien, pero escriban porque extraño. Un beso grande de tu soldado paracaidista.

Edgardo

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14 de junio

Querido Hijo:

Espero que te encuentres bien de salud porque con estos fríos y dormir en un lugar no adecuado hay que ser fuerte para no enfermarte, además no estás bien alimentado como se debe. Bueno hijo tu madre se siente bastante preocupada y nerviosa no ve la hora de verte es lo que más quiere espero que sea muy pronto para estar todos juntos como siempre rezamos todos los días para que así sea.

Bueno. Edgardo la vida tiene estas cosas cada cual tenemos marcados nuestros destinos a vos te tocó estar en una guerra pero nosotros desde acá estamos espiritualmente junto a vos rogando a Dios y a la virgen para que termine todo y estés tomando mate con nosotros o mirando tevé color desde tu cama tranquilo calentito bien comido y sin ninguna preocupación, te pido que tengas mucha fe en Dios que todo va a salir muy bien. También te pido cuando vengas que la cuides mucho a Marcela que está sufriendo a cada momento junto a nosotros… la verdad que se está portando maravillosamente.

Bueno hijo te esperamos ver pronto.

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Marcelo Daniel Massad es uno de los 649 soldados argentinos que murieron en la guerra, más precisamente en la batalla de Monte Longdon, el 11 de junio. El siguiente poema se encontró en el bolsillo de su campera.

 Escucha Dios:

Yo nunca hablé contigo, Hoy quiero saludarte: ¿Cómo estás?

¿Tú sabes? Me decían que no existes, y yo, tonto, creí que era verdad.

Anoche vi tu cielo. Me encontraba oculto en un hoyo de granada…

¡Quién iría a creer que para verte bastara con tenderse uno de espaldas!

No sé si aún querrás darme la mano; al menos, creo que me entiendes.

Es raro que no te haya encontrado antes, si no en un infierno como éste.

Pues bien… Yo todo lo he dicho. Aunque la ofensiva nos espera para muy pronto,

Dios, no tengo miedo, desde que descubrí que estabas cerca.

La señal! Bien Dios, ya debo irme. Olvidaba decirte… que te quiero.

El choque será horrible… en esta noche. ¡Quién sabe! tal vez llame a tu cielo.

Comprendo que no he sido amigo tuyo. Pero ¿me esperarás si hasta ti llego?

¡Cómo! ¡Mira Dios: estoy llorando! tarde te descubrí. ¡Cuanto lo siento!

(Qué raro: sin temor voy a la muerte…) Dispensa, debo irme ¡Buena Suerte!

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La carta que el soldado Juan Cristian Jenssen le envió a su amigo Rubén Antonio Enríquez desde Puerto Argentino, refleja el compromiso y el patriotismo que sentía al defender la soberanía de las islas.

19 de mayo

Estimado Rubén

Recibí tu carta ayer y te puedo asegurar que me llenó de alegría saber que un amigo se acuerda de mí que estoy en el otro extremo del país cumpliendo con un deber que es también una obligación para todos los Argentinos.

Yo no estoy en el frente de combate, sino [que] estoy en el pueblo y trabajamos en descarga de aviones y barcos, pero es un trabajo más peligroso que estar en el frente porque cuando llega un avión y lo estamos descargando enseguida aparecen los Harrier a tirar confites de 450 kg.

No creas que todo en este trabajo es malo porque también descargamos víveres como golosinas, cigarrillos, latas, etc. y aprovechamos para llenarnos bien los bolsillos así que no nos podemos quejar porque por lo menos no pasamos hambre, aparte que dos o tres veces por semanas nos vamos a cazar ovejas y comemos asado.

Lo único que nos empieza a apretar un poco es el frío, no me quejo porque tenemos mucho abrigo pero aun así en las guardias se endurecen los pies y tenemos que quedarnos un rato al lado del fuego.

Dicen que en estos días se resuelve el problema o se arreglan o se declara la guerra (sic), yo no creo que se arregle pero si se llega a arreglar ya voy a estar con ustedes en un mes o dos de lo contrario no sé cuándo voy a estar allá o si voy a volver pero voy a tratar de mantenerme vivo hasta que esto termine. Te digo mantenerme vivo pero no creas que con eso quiero decir que me escondo en los tiroteos porque no es así, te puedo asegurar que cuando hay peligro se siente algo adentro que no te deja retroceder un paso y te manda a ser siempre el 1º en estar en el lugar que está pasando algo.

Un fuerte abrazo

Juan Cristian

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Al sargento ayudante Ramón Gumersindo Acosta lo desvelaba el hecho de que su hijo estuviera orgulloso de él. Antes de morir, le escribió una carta donde describe sus hazañas y su compromiso con la causa. Por su participación en la guerra, fue honrado con la Medalla al Valor en Combate.

 Puerto Argentino, 2 de Junio

Querido hijo Diego, ¿qué tal muchacho? ¿Cómo te encuentras? Perdóname que no me haya despedido de ti, pero es que no tuve tiempo, por eso es que te escribo para que sepas que te quiero mucho y te considero todo un hombrecito y sabrás ocupar mi lugar en casa cuando yo no estoy.

Te escribo desde mi posición y te cuento que hace dos días íbamos en un helicóptero y me bombardearon, cayo el helicóptero y se incendió, murieron varios compañeros míos pero yo me salvé y ahora estamos esperando el ataque final.

Yo salvé tres compañeros de entre las llamas. Te cuento para que sepas que tienes un padre del que puedes sentirte orgulloso y quiero que guardes esta carta como un documento por si yo no vuelvo: o si vuelvo para que el día de mañana cuando estemos juntos me la leas en casa.

Nosotros no nos entregaremos, pelearemos hasta el final y si Dios y la Virgen permiten nos salvaremos.

En estos momentos estamos rodeados y será lo que Dios y la Virgen quieran. Recen por nosotros y fuerza hasta la victoria final.

Un gran abrazo a tu madre y a tu hermana –cuídalos mucho, como un verdadero Acosta. Estudia mucho. “VIVA LA PATRIA”

Cariñosamente,

Ramón Acosta

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Cuando Carlos Almada, de 19 años, estaba a punto de embarcarse en el Crucero General Belgrano, le escribió la siguiente carta a su madre, contándole sus expectativas sobre el desenlace de la guerra y sus ganas de compartir a la vuelta unos ricos mates y comida casera. Pero el deseo fue truncado: Almada fue uno de los 323 marinos que murieron en el hundimiento del Belgrano.

 15 de abril

Hola mamá:

Espero que estés bien, te escribo porque como nos vamos a movilizar después ya no podremos hacerlo. Estoy contento porque nos transportaran en un crucero que se llama ARA General Belgrano.

No me imagino pelear con otra persona y no creo que tengamos que hacerlo. Quiero decirle a todos lo importante que son para mí y cuánto los quiero, y a ti mamá… ¡Te quiero tanto! ¡Nada me pasará! Extraño tus comidas y tus mates, decile a mis hermanos que se cuiden que cuando vuelva a casa voy a contarle muchas cosas.

Te cuento que a veces no puedo soportar ver a mis compañeros, algunos tienen miedo y se acuerdan de sus madres con lágrimas en los ojos, mami pido en mis oraciones que todos volvamos a casa pronto, todo pasará.

Antes de dormir tu rostro es la última imagen que recuerdo. No sé lo que nos aguarda pero me cuidaré mucho. Y espero que todo esto pase pronto para estar con vos.

Quiero que estés orgullosa de lo que estoy haciendo y tengas fe en mí. Solo quiero que me disculpes por cualquier cosa que haya hecho mal o te haya lastimado.

Todo lo que aquí haga será por vos MAMÁ, te quiero y… VIVA LA PATRIA!

TU HIJO

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El 3 de abril de 1982, un día después del desembarco argentino en Malvinas, Mario Almonacid murió en combate. Oriundo de Comodoro Rivadavia, fue el primer chubutense caído en el conflicto. La siguiente es la última carta que Almonacid le escribió a su hermano antes de viajar a las islas.

 Querido hermano:

Con mucho agrado y cariño te mando esta tarjeta, ya que la elegí para vos, pensando que te va a gustar.

Te mando un gran abrazo hermano para que compartas la alegría y las esperanzas que nos dan todos los años estas fiestas. Y sepas pensar en el futuro que se te acerca, y vas rumbo a la juventud, ya saliendo de esa adolescencia que es tan inocente y buena.

Pensá en el estudio, en nuestros viejos y por supuesto en mí, en tu hermano mayor que en estos momentos está cumpliendo con la patria.

Yo desde acá te recuerdo mucho y te deseo toda la felicidad del mundo para el año que se acerca, y la mejor salud que Dios te pueda dar. Seguí queriendo cada días más a los viejos.

Muchas felicidades querido hermano. Rezo por la salud de nuestros padres y la paz que reina en la casa.

CHIN, CHIN…

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El teniente Luis Carlos Martella fue uno de los tantos soldados que tuvo que distanciarse de su familia para combatir en las islas. Su destino le impidió ver crecer a su hijo, que hoy se aferra al recuerdo de su padre muerto y a las palabras de esta carta.

 16 de mayo

Querido Hijo:

Es esta la primera carta que papá te escribe. Mamá que es tan buena, te la leerá cuando la recibas y la guardará para que la puedas leer tú mismo cuando aprendas a hacerlo dentro de algún tiempo.

Hoy cumples un año de vida. Has crecido dentro del cariño que con mamá y el resto de la familia te hemos prodigado, los días han pasado y has dejado de ser un bebé de meses para convertirte ya en un hombre con un largo año de vida.

Con el tiempo, te enterarás que aún antes de esta fecha, te convertiste en el hombre de la casa, cuando papá fue a cumplir un deber. Defender el suelo de la Patria.

Esta Patria que te vio nacer y que todo nos da, nos exige de vez en cuando algún sacrificio, hoy le exigió a papá que no pudiera estar presente el día de tu cumpleaños, pero sólo físicamente, pues permanentemente papá está con vos.

Quiero que sepas todo lo que tu padre, hijo mío, desea para vos cuando crezcas, y que no es más que seas un hombre de bien, sólo el sacrificio y el trabajo duro y constante rinden sus frutos.

En la vida, el hombre debe tener una meta que guíe sus pasos, esa meta no debe ser otra que el servicio a Dios, a través del amor a la Patria y a la familia.

Nunca debes sentirte dueño absoluto de nada, pues todo te lo da Dios y cuando Dios te lo pide, se lo deberás entregar.

No quiero extenderme más, sólo quiero decirte que seas bueno y comprensivo con mamá, que aunque a veces te rete, lo hace por tu bien, además cuida de tus hermanos más pequeños que verán en ti a su ejemplo y alguien en quien recurrir cuando necesiten algo.

Hijo mío, ten fe en Dios, Él sabe por qué hace las cosas, da todo tu esfuerzo a la Patria para engrandecerla cada día más y brindarte por entero a tu familia.

Cuando tengas la tuya, sabrás qué es lo que te digo. Feliz cumpleaños Santiago. Te besa Papá.

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Desde Puerto Argentino, Julio Rubén Cao, que se había alistado voluntariamente al Ejército, les escribió una carta a sus alumnos de la escuela de Río Gallegos donde daba clase. Su deceso se produjo el 10 de junio, y no pudo conocer a su única hija, que nació el 28 de agosto de ese año. En 2011, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner propuso que la carta sea de lectura obligatoria en los actos escolares del 2 de abril.

 Desearía que hiciera llegar a la maestra de 3ro. D este mensaje para mis alumnos:

A mis queridos alumnos de 3ro. D:

No hemos tenido tiempo para despedirnos y eso me ha tenido preocupado muchas noches aquí en Malvinas, donde me encuentro cumpliendo mi labor de soldado: Defender la Bandera. Espero que ustedes no se preocupen mucho por mí porque muy pronto vamos a estar juntos nuevamente y vamos a cerrar los ojos y nos vamos a subir a nuestro inmenso Cóndor y le vamos a decir que nos lleve a todos al país de los cuentos que como ustedes saben queda muy cerca de las Malvinas. Y ahora como el maestro conoce muy bien las islas no nos vamos a perder.

Chicos, quiero que sepan que a las noches cuando me acuesto cierro los ojos y veo cada una de sus caritas riendo y jugando; cuando me duermo sueño que estoy con ustedes.

Quiero que se pongan muy contentos porque su maestro es un soldado que los quiere y los extraña.

Ahora sólo le pido a Dios volver pronto con ustedes. Muchos cariños de su maestro que nunca se olvida de ustedes.

Afectuosamente JULIO l

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Malvinas según un soldado inglés

“Los argentinos son mucho más patriotas”

El teniente inglés David Tinker tenía 25 años cuando le tocó pelear en la guerra de Malvinas. El 12 de junio de 1982 se encontraba a bordo del buque Glamorgan cuando un misil argentino hundió el barco. Desde ahí les había escrito cartas a su mujer, sus padres y sus amigos que siguieron llegando a Gran Bretaña incluso después de su muerte. En los escritos, recogidos en un libro, reflexiona sobre la injusticia del conflicto bélico, condena el accionar de los dos gobiernos y reconoce la “valentía” de los soldados argentinos. A continuación se reproduce una de las cartas enviadas a su mujer:

12 de junio de 1982

Querida Christine:

Es muy fácil comprender cómo se ha desatado la guerra: nuestra primera ministra se imaginó que era Churchill desafiando a Hitler, y la Marina la apoyó para obtener publicidad y popularidad rápidamente. Estoy seguro de que de esta destrucción sólo se beneficiarán Mrs. Thatcher y los fabricantes de armas.

Lo que más me apena es que no hay causa para esta guerra, y si somos honestos, los argentinos son mucho más patriotas con respecto a las Malvinas que nosotros con las Falklands. Y lo que la primera ministra no comprende es que los argentinos creen firmemente que las Malvinas son de ellos.

Han enviado contra nosotros pilotos en misiones suicidas, en viajes sin regreso, porque estamos fuera de su alcance, y eso que ellos no tienen helicópteros de rescate en el mar para recuperar después a los pilotos.

Los pilotos argentinos enfrentan cada día misiles antiaéreos de aplastante superioridad. Realmente, la valentía de esos hombres demuestra que tienen mucho más que un tibio interés en estas islas. Considerando la tragedia, la angustia, y el horror de las vidas perdidas, que han sido sacrificadas de buena gana por los políticos para tapar la ineptitud y necedad de su gobierno, considerando además los resultados en dolor, pérdidas económicas y pérdidas de buques para Gran Bretaña, me parece a mí que esta es la guerra más inútil que Gran Bretaña ha hecho en toda su historia.

Espero que todo esto termine pronto… Creo que los argentinos ya han demostrado honorablemente su valentía.

David Tinker

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Producción y textos: Deborah Maniowicz

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VOLVEREMOS!!!!!

Por Oscar Quinteros

A veces la historia nos puede parecer una cuento, como esos cuentos que alteran el sueño y nos inquietan el espíritu por demasiado tiempo. O para muchos el tiempo paradójicamente no tiene nada que ver con esta historia alimentada por un eterno presente.
Caminan entre nosotros, siluetas, olores y sonidos percibo. Y la realidad deja de ser tal, para ser lo que realmente es; simplemente una ilusión. Así la tristeza palidece, solamente la nostalgia de saber que habité ese espacio donde la libertad era nuestro sol, camina junto a ellos muy dentro de mi.
La bestia que nunca duerme, sabe que la fatalidad esta echa para ella, que la libertad es un enemigo demasiado grande, imposible de vencer y por mas que utilice ropajes acordes a las circunstancias, siempre y por siempre habrá quienes le aborten el banquete.
Tantos cuerpos, a la carroña no le alcanzó en su insaciable apetito de muerte y poder, ahi estan de vuelta en las calles, llenando plazas los que mataron, riendo y gritando con orgullo, concientes de que el futuro tiene un dueño y se llama pueblo.
Aquel 24 de Marzo creyeron que la victoria estaba al alcance de las manos y relamiéndose procedieron a tender la mesa, lo que nunca supieron es que aquel 24 de Marzo seria la última vez que se pondrían la servilleta en el cogote. En realidad iniciaron un proceso en el cual terminarian con las garras mutiladas.
Si, ya lo se….la bestia tiene la curiosa facilidad de auto regenerarse, como hoy que vestida de cordero usfructúa del sistema democrático, el mismo que desprecia y con cantos de sirena pretende inculcar lo peor de la naturaleza humana, que es la división entre los hombres, madre de todos los conflictos.
A esta no le interesa la historia, menos respetarla, solamente es un elemento mas en la construcción de la misma, que busca en la repetición, lo definitivo como el pretendido fin de la história, y sin embargo lo único que conseguirán es la emulación de Sísifo.
Hoy, a pesar de los asesinos, corre por las venas de la república la misma sangre, ya sea por generación, ya sea por historia o simplemente por el deseo de un mundo mas justo.
Quedara sobre nosotros el peso de la memoria que sabremos llevar con dignidad, de no ser asi, todos esos rostros de aquellos que “garparon” para tener este presente de paz y trabajo, se encargaran de recordarnos que siempre exisitirá la posibilidad de que la patria exija lo mejor de nosotros.

QUINCE AÑOS SIN JOSÉ LUIS CABEZAS!!!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Gabriel Michi Periodista*

En estos 15 años, los hijos de José Luis Cabezas crecieron sin su presencia. Agustina y Juan ya pasaron los 20. Candela, los 15. Su papá, José, dejó este mundo hace un poco más de un año, en medio de una tristeza que desbordó su vida desde aquel 25 de enero de 1997. Su mamá Norma y su hermana Gladys siguen sufriendo. Como también su mujer, Cristina, quien se vio obligada a dejar el país. Esa es la otra parte de la historia, la parte más humana, la que muchas veces se esfuma detrás de lo que todo el mundo ve y conoce. Se cumplen 15 años del asesinato de José Luis Cabezas. Quince años del peor atentado contra la libertad de expresión desde el retorno de la democracia. Y detrás de este hecho atroz y reconocido por todos, están las historias humanas de desgarros y ausencias, de la vida sin el ser querido, ese que fue arrebatado con un ardid criminal. El día a día de una tragedia. Esa película real que se vive en el universo de las víctimas. Del otro lado están las historias de quienes fueron considerados –por los tribunales– como los responsables del asesinato. El empresario Alfredo Yabrán, quien no pudo ser juzgado por haberse suicidado cuando escapaba de la justicia. El jefe de su custodia, Gregorio Ríos, que fue condenado como el instigador –por mandato de su jefe– del homicidio y que, habiendo cumplido menos de diez años de prisión perpetua, salió de la cárcel y se fue a su casa a gozar de un régimen de arresto domiciliario, pero sin pulsera magnética y bajo la única vigilancia de su esposa. También el asesino de José Luis, el ex policía Gustavo Prellezo, goza de ese privilegio. Lo mandaron a la casa de su padre en La Plata por problemas lumbares y ahora sólo lo custodia su papá. Cerca de allí, sus compañeros de tropelías, la banda de delincuentes comunes conocida como “Los Horneros” (Horacio Braga, Sergio González y José Luis Auge –el otro, Miguel Retana, murió en la cárcel-) hasta consiguieron trabajo en una pizzería y en un lavadero de autos. Aunque algunos de ellos –Braga y Auge– debieron volver a prisión por violar la libertad condicional, pero aun así no se privaron de salir a ver a sus seres queridos. Y los policías de la Costa, Sergio Cammaratta y Aníbal Luna, quienes regresaron a Valeria del Mar y ahí andan, según cuentan los vecinos, haciendo trabajos de seguridad o llevando alguna palabra evangelizadora casa por casa. Y el ex comisario Alberto Gómez, quien liberó la zona en la madrugada del crimen, al que también se ha visto en alguna época haciendo tareas de vigilancia privada por la zona. Como quien dice, los lobos cuidando el gallinero. Todos ellos, los asesinos, pueden gozar en este presente el acto inconmensurable de estar cerca de sus familias. Pueden ver a sus hijos crecer. José Luis, no. Sus hijos crecieron sin él. Sus vidas trascurrieron con ese velo de dolor y ausencia. Lo mismo que las de sus padres, su hermana, y su mujer, Cristina, a la que le secuestraron sus sueños de poder construir en estas tierras una familia con su hombre. Para todos ellos, el “Caso Cabezas” no es un “caso”. Es su vida. Es ese José Luis papá, esposo, hijo, hermano y amigo que no está. Es ese sentimiento de impotencia y desprotección que da saber que sus asesinos están ahí, al acecho de todos, sin haber cumplido ni siquiera una mínima parte de su condena. Nosotros, sus compañeros y amigos, estamos dispersos por distintos lugares del mundo periodístico. En los más diversos medios, de las más diversas posiciones. Intentando hacer lo nuestro, periodismo, con esa huella imborrable en nuestra memoria. Habrá quienes lo extrañen más y quienes lo extrañen menos. Pero creo, con la certeza de no confundirme, que en cada uno de nosotros estará siempre vivo aquel recuerdo de este “chabón bravo” –como le gustaba definirse a José Luis– y divertido, muchas veces cabrón y testarudo, con el que compartimos momentos inolvidables. Ese fotógrafo descollante, lleno de periodismo y arte en cada toma. Que era feliz con lo que hacía. “¿Qué más puedo pedir? Hago lo que me gusta y encima me pagan”, se entusiasmaba. Ese compañero con el que nos reíamos y nos peleábamos. Pero que disfrutábamos cuando veíamos el resultado de su trabajo. Ese compañero por el que salimos a la calle a reclamar justicia junto a su familia. Junto a sus colegas, a la UTPBA y ARGRA y otras asociaciones periodísticas. Junto a la sociedad argentina. Se consiguió bastante. Se lograron condenas ejemplares en poco tiempo, para lo que es el sistema judicial argentino. Pero también recibimos una nueva bofetada cuando se les redujo la condena a los asesinos y, uno a uno, fueron dejando atrás la prisión. Esa justicia que se convirtió en injusticia. Una vez más. Hoy se cumplen 15 años del asesinato de José Luis Cabezas. Él no está. Pero sí está. En los recuerdos de su familia y amigos, en la memoria de una sociedad que se conmovió por el crimen y en la conciencia –si es que les queda algo de ella– de sus asesinos. Nada ni nadie nos devolverá a nuestro compañero. Pero queremos recuperar aunque sea la ilusión de que la justicia haga honor a su nombre. Y que los criminales vuelvan a prisión. Para escribir otras historias. Para escribir otra Historia.

(*) Periodista de Radio América y CN23. Compañero de José Luis Cabezas en la cobertura de la revista Noticias en Pinamar. Secretario del Foro de Periodismo Argentino (FOPEA).

 HACE DOCE MESES UN JOVEN TUNECINO SE INMOLO Y DIO COMIENZO A LA PRIMAVERA ÁRABE QUE TRANSFORMO LA REGION

Un año de convulsión política y nuevos rumbos

La inmolación del desesperado joven y su posterior muerte, el 4 de enero de este año, desató la ira inmediata de los tunecinos y las protestas se extendieron primero por todo el país y luego a toda Africa del Norte contra gobiernos autocráticos.

Hace un año, el joven tunecino Mohammed Bouazizi se quemó a lo Bonzo en protesta por la falta de futuro e inauguró una seguidilla de protestas conocidas como la Primavera Árabe, que remeció irreversiblemente esa región del mundo y desplomó gobiernos autocráticos con décadas en el poder. El 17 de diciembre de 2010, en Sidi Bouzid, un pueblo polvoriento en una zona agrícola en el centro de Túnez, el desesperado joven licenciado en informática que vendía verduras en una pequeña carreta para vivir, tomó la decisión que lo llevó a la muerte poco después y lo transformó en el “padre de la revolución tunecina”.

Este hecho inauguró el año de mayor convulsión política y social, además simultánea, en el norte de Africa y Medio Oriente. La inmolación del desesperado joven y su posterior muerte, el 4 de enero, desató la ira inmediata de los tunecinos, y las protestas se extendieron por todo el país primero y a toda Africa del Norte en semanas, desafiando cambios de gobierno, reformas constitucionales y todo lo que añejas monarquías u otras formas de gobierno encontraban a mano para acallar la rabia de décadas.

Si bien las revueltas sociales y los reclamos democráticos fueron común denominador de todo este poderoso e inesperado fenómeno, en cada país tuvo sus especificidades y características diferentes. En Túnez, tras 23 años en el poder y luego de intentar sofocar las protestas con feroz represión, decenas de muertos o estratagemas como la abrupta concesión de algunas libertades y la promesa de no presentarse a las elecciones, Zine El Abidine Ben Ali sucumbió en poco menos de un mes, el 14 de enero de 2011. En Egipto, tras la caída de Hosni Mubarak, el 11 de febrero, una junta militar supervisa una delicada y controvertida transición que ya está en una segunda etapa de elecciones parlamentarias, por ahora con ventajas para los partidos islamistas moderados, pero en el marco de una persistente crisis política.

En Bahrein, la mayoría chiíta se rebeló contra la monarquía sunnita que gobierna el emirato desde hace más de 200 años. Sin embargo, el levantamiento fue aplastado, a pedido del rey, por tropas de Arabia Saudita y otros países del Golfo temerosos de una mayor influencia regional de Irán, un país chiítarrival de esas monarquías sunnitas, en caso de caída del soberano bahreiní. En Libia, el capítulo más sombrío de la Primavera Arabe, y con características tan notoriamente diferentes que quizá la excluyen del proceso, el gobierno de Muammar Khadafi fue derrotado y éste ejecutado por grupos rebeldes apoyados por la OTAN, que dirigió varios meses de operaciones aéreas autorizadas por la ONU. Estas devastadoras operaciones de la alianza, que en teoría sólo estaba autorizada a proteger a la población civil, se tradujeron en realidad en una acción bélica deliberada que gravitó de modo ostensible en el resultado de la contienda, cuya cifra de víctimas difícilmente se sepa algún día, pero que se estima en miles.

En tanto, tras meses de crisis política, el presidente de Yemen, Ali Abdulah Saleh, firmó en noviembre un acuerdo propuesto por países del Golfo que lo obligaba a dimitir y a ceder el poder para poner fin a la situación de inestabilidad que atravesaba el país desde que comenzó una revuelta antigubernamental, en febrero. En Siria, casi 10 meses de protestas con al menos 5000 muertos –según datos de Naciones Unidas– no han hecho tambalear definitivamente aún al gobierno de Bashar al Assad, cercado por las potencias occidentales e incluso por la Liga Arabe, el organismo panárabe del que Damasco es uno de sus fundadores. En Marruecos, mientras tanto, una oportuna reforma constitucional y elecciones parlamentarias celebradas hace pocas semanas –decididas por la aguda cintura política del rey Mohammed VI– lograron neutralizar por ahora una incipiente movilización social encabezada por el Movimiento 20 de Febrero, ahora casi en el olvido.

Pese a lo fundacional del acto del joven Bouazizi, no es posible encontrar en Sidi Bouzid un monumento que lo recuerde, y sólo se ven graffiti en inglés, árabe y francés, como testigos entre las blancas paredes. Mientras en ciudades europeas como París ya hay una calle que lleva el nombre de Bouazizi, en su ciudad natal sus habitantes enfrentan por ahora problemas más urgentes, como el de los dos jóvenes desempleados que desde hace días protagonizan una huelga de hambre frente al mismo edificio en que se quemó Bouazizi. “Nada cambió”, dijo el agricultor y activista Issam Affi, de 30 años. “Celebraremos el aniversario, pero mostraremos también que mucho sigue igual”, dice aludiendo a la fiesta de tres días con música, bailes y concursos de poesía que comenzará mañana.

Cuando Ben Ali –refugiado en Arabia Saudita y condenado en ausencia por la Justicia militar a cinco años de prisión– huyó del país, el 14 de enero, los tunecinos se sintieron esperanzados. Sin embargo, un año después los empleos siguen faltando, mientras varios proyectos de inversión extranjera que se vislumbraban tras la revolución siguen haciéndose esperar. En lo político, tampoco cambió demasiado la victoria electoral de los islamistas, que intentan llenar el vacío de poder en Túnez y otros países árabes. El partido moderado Ennahda prometió hasta ahora hacer de un Islam moderado la base del nuevo Túnez, mientras en la capital ya se viven las primeras luchas de poder entre “modernistas” y seguidores de un Islam radical. Por ahora los tunecinos tienen un nuevo presidente, Moncef Marzuki, un ex defensor de los derechos humanos que asumió el pasado martes su cargo tras ser elegido el lunes por la Asamblea Constituyente del país.

ENTREVISTA A JUAN MARTÍN GUEVARA : Mano a mano con el hermano del Che

Por Laura Durán

Después de varios años, decidió hablar de su historia familiar en una charla exclusiva con Tiempo Argentino. Hermano del símbolo que aparece hasta en el pecho de Mike Tyson, se niega a subirlo al pedestal de guerrillero heroico y a homenajearlo el 8 de octubre, porque recordarlo en la fecha de su muerte es difundir “un mensaje de derrota”. Anécdotas sobre el líder de la Revolución Cubana cuando era sólo una persona de carne y hueso.

Juan Martín, el menor de los Guevara, tiene lentes redondos, bigotes canosos y no se parece físicamente a su hermano Ernesto. Sin embargo, los lazos de sangre están presentes, tanto en cada una de sus palabras como en las paredes de su oficina. Detrás de su escritorio hay símbolos que inevitablemente remiten a él: libros, cuadros de habanos y una cantidad de fotos familiares en su computadora que son la envidia de cualquier coleccionista.
Para aquellas personas que conocen su historia, el “Tin” (como lo mencionaba el jefe guerrillero en las cartas a su madre) es lo más cerca que se puede estar del mito, de la persona, del revolucionario, del “Loco”, de “Chancho”, de “Ernestito” o de “Fúser” (una conjunción de “furia” y Serna, el apellido materno). 
Juan Martín se refiere al Che, su hermano, como “Ernesto”, sus padres serán “el viejo” y “la vieja” y la mítica foto de Alberto Díaz (Korda) –presente hasta en el mate que él mismo ceba– será un símbolo criticado por representar la figura sacrificial del guerrero mártir. Además, reiterará que al líder hay que correrlo de la lucha armada y bajarlo a tierra para que sus ideas germinen hoy la semilla del “hombre nuevo”. Recuerdos de alguien que vivió la historia en carne viva. 

–¿Por qué esperó tanto tiempo para hablar sobre el Che?
-Con mi hermana Ana María, que murió hace varios años, prácticamente una sola vez tocamos este tema y decidimos no hablar. Después hubo largos años en donde abrir la boca no era posible. Además, tuve una experiencia…
–¿Cuál?
–En 1966 yo tenía una librería y un periodista de la revista Gente, que es un asco de persona, se acercó y me quiso hacer una entrevista. Le respondí que no pero él insistía y me preguntaba dónde estaba Ernesto. Le repetí que no daba notas, que no sabía, y que si hubiese sabido, no se lo iba a informar a él. Al otro día, en la revista salió una foto de mi local, con mi  imagen y la de él, sacada con teleobjetivo, de frente los dos y se leía: “Dice que desconoce donde está, pero por el modo de reaccionar es evidente que algo sabe.” Lo fui a buscar a la casa y lo agarré. “Vos me estas tirando a la SIDE, el FBI, la CIA y a todos, ¿estás loco?”, y lo provocaba para agarrarme a piñas. Desde ese día ni siquiera “a” les dije a los periodistas.
–Habrá sido difícil ser el hermano del Che durante la dictadura…
–Entre los ’70 y los ’80 era difícil. Entre 1975 y 1983 estuve preso (fue militante del Frente Antimperialista por el Socialismo). Por un lado, me despersonalizaban, era un número. Pero por otro ser el hermano del Che nunca fue neutral. En Sierra Chica era el 448, no podía decir que me llamaba Guevara. Pero hubo militares que vinieron a entrevistarme y sabían quién era mi hermano. 
–¿Y eso cómo influía en la cárcel?
–A veces me pegaban de más, tenía un “plus” (risas), pero otras me convenía. Nunca fue indiferente. Una noche que nos sacaron de La Plata zafé de aparecer tirado porque eligieron a algunos para que no nos liquidaran. 
–¿Por qué creés que no te mataron?
–Habrán dicho: “Si lo liquidamos a este se pudre más que si lo dejamos vivo” o “vale más con vida que muerto”, qué se yo, lo que se le ocurría al tipo que tomaba la decisión. 
–Con la llegada de la democracia mantuvo el perfil bajo. ¿Por qué decidió hablar ahora?
–Últimamente decidí hablar por la emoción, es decir, “que el hermano hable”, aportar desde lo familiar. En Cuba es un tipo perfecto, no se robó ni un pan, y yo soy alguien que puede contar que no es tan así. Tenía de todo. Yo doy otra mirada, predispone distinto, no soy un intelectual, ni investigador, no soy importante, soy el hermano y eso impacta emocionalmente. 
–¿Y cuál es el “para qué”?
–Para que la gente entienda que él era una persona normal, que luego se fue trasformando en lo menos normal del mundo y que cualquier otro puede ser así. Los grandes hombres aparecen cada tanto, pero no son imposibles… y él era nuestro, ¡argentino! 
–¿Por qué destaca que era argentino?
–Mi familia fue nómade. Él nació en Rosario de casualidad, vivió sus dos primeros años en Caraguatay (Misiones), su niñez y juventud en Alta Gracia y después en la ciudad de Córdoba. Su madurez y juventud en Buenos Aires. Hizo viajes en bici, barco, moto. ¿Es rosarino? ¿Es misionero? ¿Cordobés? ¿Porteño? Para los cubanos, él es cubano. Hay que empezar porque es argentino y lo es en su manera de ser, su cultura, su humor. No hay manera de conocer a un personaje si no vas a su esencia. Ernesto y Celia, mis sobrinos nacidos en Cuba, tienen pasaporte argentino porque sienten la argentinidad de su padre, si no me imagino que tendrían el de la Unión Europea, porque es más lindo (risas). 
–¿Cuál es la reacción de la gente cuando se enteran de su parentesco?
–Primero, la sorpresa sobre que haya un hermano, que exista, que sea normal, que cuente cosas, sus vivencias… Una vez, en un taller, mi socio me señala y le dice al mecánico “este es el hermano del Che” (risas), y yo respondí “¡Es un chiste! No sé porque miente.” Después, el tipo preguntaba si era o no… Se generaba todo un misterio. 
–¿Y en Cuba hablaba?
–En Cuba no tenía posibilidad de decir que no. Por ejemplo, el 8 de octubre (fecha de la muerte de Ernesto) de 1972 mi hijo estaba internado en el Hospital Calixto García y la médica que lo atendió me invitó a un homenaje. Le comenté que lo mío no era eso y esta mujer me dio una “zaranda” de cosas diciéndome que eso era egoísta. Así que después de todo eso respondí, “ok, ¿a que hora es?” Era un patio muy grande, colmado de gente, yo ahí sentado y de repente se escucha…“acá con nosotros, el hermano del Che”, y me dejaron solo con un micrófono. Aún estaba fresca su presencia, había cubanos llorando. Yo hablaba y se me hacía un nudo, ni sé lo que dije… una emoción intensa que te trasladaba la gente. Las personas me contaban sus vivencias y cada vez más cargado emocionalmente. Fue una experiencia importante, y todo por esa mujer.
–¿Y cómo era ser hermano de Ernesto en la vida cotidiana?
–Hay dos etapas mías con él: una muy corta, que es las dos veces que nos vimos después del triunfo de la Revolución (una fue en Cuba y la otra en Punta del Este), y lo demás es la vida de familia.

Juan Martín Guevara de la Serna nació en Córdoba, en 1943, 15 años después que su hermano mayor, Ernesto, quien había nacido en 1928. Sus padres eran Ernesto Rafael Guevara Lynch y Celia de la Serna Llosa. El resto de sus hermanos fueron Celia, Roberto y Ana María. De espíritu aventurero, el grupo familiar nunca permaneció quieto por mucho tiempo.

–Comencemos por la vida de familia.
–Ernesto era loco, movedizo pero no muy distinto a mis hermanos, era uno más. Yo me llevaba bien por él, más que por mí, porque él era el mayor. Era Ernesto y yo su hermano, hasta que fue el “Che” y empecé a ser el hermano del “Che”.
–¿Era un buen hermano?
–Era excelente. Siempre estaba de viaje. Recuerdo cuando volvía que quería aprovechar porque sabía que en cualquier momento se iba de nuevo. Llegaba y ahí yo era el que le cebaba mate. Como había pava, el agua se enfriaba. Él me ordenaba “calentalo”, y yo “no”, y se lo tomaba así como se lo cebaba. Siempre estaba de humor, jodiendo, estudiaba de noche, cada dos por tres se las picaba, era difícil agarrarlo. 
–¿Cómo era como hermano mayor?
–No sé como me vería él, pero yo era “el hermanito” que miraba con cierta cosa, no te digo de consejo, pero sí de decirte “sería bueno esto”. Te trataba de influir, pero no era de imposición de padre. Mis otros hermanos sí lo eran. Salir con Ernesto era una liberación. 
–¿En qué lo trataba de influir?
–En el estudio lo intentó por todos los medios, pero no lo logró. No seguí ninguna carrera porque desde que me acuerdo viví en la calle, jugando a la pelota. 
–Sin embargo, su familia era estudiosa y lectora.
–Yo leía mucho, pero nada de estudiar. Eso me lo combatió mucho, me decía que estudiara pero él no tenía autoridad moral para decirme eso porque empezó Ingeniería, luego siguió Medicina pero no hacía nada de médico, entonces yo le preguntaba: “¿Cuál es? ¿Estudiar una carrera para hacer lo que vos hacés? ¿Si casi ni ejerciste?” “Pero estudiar es otra cosa”, me respondía, y hablábamos de la disciplina. Lo mío era más una defensa que un argumento, no quería estudiar y ya.
–¿Cómo era ser hermano del Che en 1959?
–Recuerdo una anécdota, en La Habana, el 8 de enero de 1959. Él tenía un pañuelo en el brazo por un golpe y siempre jugábamos de manos. Cuando estaban todos, yo mantenía las formas, pero a solas empezábamos a decirnos de todo y a ser hermanos. “Sacate la gorra y el grado de comandante que conmigo no lo sos.” Me tiró un cachetazo, le contesté, le pegué en el brazo y él hizo un movimiento de mucho dolor pero enseguida me dio un piñón que me voló, me sentó y me dijo: “Nunca te descuides o descreas del enemigo.” Tenía eso de aprovechar el momento. Esa mezcla, por un lado, de rectitud, y por otro de saber cuándo es cuándo. Era intuitivo de un modo muy fino.
–¿Cómo se expresaba esa rectitud?
–Él era muy rígido, entonces se sentía con derecho a serlo con los demás y mucha gente no tenía ganas de eso. Si bien él era razonable, no era flexible, por eso algunas personas no querían trabajar con él (risas). Los tiempos para él eran descansar un poquito cuando se podía, pero quería hacer las cosas ya. Era una máquina, no paraba, siempre estaba pensando en hacer algo. Eso lo caracterizó en algunas cosas acá y las desarrolló en Cuba como dirigente. 
–¿Por ejemplo?
–Por ejemplo, cuando en el Congo recibió la noticia de que la vieja estaba enferma y que era irreversible, se preguntó, como dirigente, si era lícito ponerse a llorar y no lo hizo, se la aguantó. Seguro lloró después, no es que no tuviera sentimientos, sino que no los quería mostrar. 
–¿Y cómo era él con su familia por esos años?
–Si a Ernesto le decían que su familia lo visitaría en La Habana, iba a decir que no, entonces Camilo Cienfuegos, que era su compinche, le ocultó la noticia y se la dijo cuando ya estábamos en el aeropuerto. Cienfuegos era la única persona que podía hacer esas cosas y chistes con él. 
–¿Cómo recuerda esa época?
–Tengo una foto en el Hotel Habana Libre, Hilton en ese momento, en la cafetería. Eso era un “fierrerío”, estaban todos los barbudos con los fierros sobre la mesa. Al lado del cafecito los mozos no lo podían creer. Y allí estaba Camilo, que era su cómplice, el único con el que se permitía hacer jodas, con el resto no.
–¿Esa rectitud la heredó de su familia?
–Ernesto nació en una familia normal, con ciertas cosas distintas, de clase media. Por parte de mi vieja, había mucha guita pero cuando se juntó con mi viejo esto ya no era así. Ella fue al Sagrado Corazón de Jesús, un colegio bilingüe, religioso, de monjas francesas donde estudiaban con mucha rigurosidad, así que eso lo sacó de allí.
–¿Cómo era la familia de su madre, Celia de la Serna?
–Ella quedó huérfana de padre a los dos años y de la mamá a los 15. Era la menor. La mayor estaba casada con un escritor del Partido Comunista argentino que estuvo en España en la época de la Guerra Civil por parte de los republicanos, es decir, que tenía una influencia cercana de este pensamiento. Otro hermano, Jorge de la Serna, era atípico, un poeta que vivía cerca de la naturaleza y que tenía mucha relación con Ernesto. También había opuestos. La otra hermana, Sara, estaba casada con el hijo del presidente de la República, el general Agustín P. Justo. 
–¿Cómo era su madre?
–La vieja era una persona muy poco demostrativa, conseguir un cariño de ella era un premio. Era más fácil que te dijera “tac tac” (hace un gesto de reto) que “muy bien” o que te hiciera una caricia. Con mis tías era distinto, eran más afectuosas. La vieja era muy disciplinada, muy culta y te obligaba a ser culto, a saber y no hablar al divino botón. Años después, yo le decía que desde chiquita la hicieron arrodillar en granitos de maíz y rezar 10 mil padres nuestros. Ella se reía pero seguía siendo así, una persona con estoicismo, muy judeo-cristiana, sacrificial. 
–¿Y su padre?
–Mi viejo era un tipo con una inteligencia fuera de lo normal. Pensaba y soñaba. Eso en mi hermano fue muy claro. Era un tiro al aire, siempre caía en cuatro patas, con un don de ubicuidad incorporado. Era un gran conversador, dibujante, pintor y actor. Como todos los actores, era un mentiroso encubierto que te pintaba la realidad de una manera que no era exactamente así. Tenía ideas raras y era de mandarse a hacer cosas. De esa conjunción nació Ernesto.
–Era mandado a hacer cosas… ¿Como cuales?
–Así, por ejemplo, mis padres fueron a parar a Misiones. ¿Qué hacían dos porteños en el medio del monte en una época en donde la única manera de comunicarse era con un barco que bajaba por los puertos del Paraná? No había caminos, no había nada. Era gente con otras cosas en la cabeza, diferente a lo que normalmente se solía hacer. 
–¿Qué heredó el Che de ellos?
–El viejo le dio la decisión y el arrojo, la vieja la organización y la disciplina, o sea, lo que se empieza se termina. Él veía el final, ella el camino. 
–¿Usted qué aprendió de sus padres?
–Mi viejo decía que siempre hay que ganar, como sea. Mi vieja que hay que ganar, investigar y ser el mejor pero con transparencia. Ella nos metió la ética, él nos metió ganar al rugby, al fútbol, en la vida, y sobre todo no dejarse pasar por encima. No existía que mi madre o que mi padre tuviera razón. No: todo se discutía. La educación que teníamos era no aceptar lo que nos querían imponer y así se daban discusiones.
–¿De qué tipo?
–Había discusiones de todo tipo en mi casa, no existía una unicidad. Mi casa era de un espíritu crítico muy fuerte. Todo pasaba por la discusión política. Los fines de semana era un hervidero de distintas procedencias. Ninguno de los cinco hermanos aceptábamos lo impuesto y Ernesto fue el de mayor profundización en sus criticas.
–¿Cómo era su casa en el día a día? 
–Mi casa estaba llena de libros, mis hermanos eran todos estudiosos. Celia y Ernesto eran máquinas de leer, él escribía todavía más que ella. Sus libros estaban todos escritos. Si quería uno de él, tenía que bancarme las notas y opiniones que ponía por los costados, cosa que no me gustaba porque al final terminaba discutiendo con él y con el autor, o con los dos a la vez. La casa era dejada, no estábamos atentos a si no funcionaba una manija en una puerta, pero si faltaba un libro era un tema.
–¿Y tenían muchos amigos?
–La casa estaba siempre llena de gente, tanto en la época que yo me acuerdo como en fotos de Alta Gracia donde aparecen chicos peinaditos y luego todos desastrosos. Había de todo, no había filtro. En casa trabajaba Sabina Portugal, una boliviana típica, coya, que con su tonada hablaba poco, pero con Ernesto tenía conversaciones larguísimas, no sé de qué hablaban. Era la época del agio y la especulación y ella era peronista de base. No sabía esas palabritas pero sí que le cobraban de más, y yo creo que eso lo discutían. Muchas cosas se le metieron en la cabeza con las conversaciones terrenales. Luego él pasó por Bolivia en la época de Víctor Paz Estenssoro y  ahí debe haber habido influencia. 
–Este Ernesto era una persona de carne y hueso, pero ¿cómo es ser hermano del símbolo?
–(Pausa) De una familia puede salir un personaje histórico que excede lo normal, único. No hay muchos que estén en una camiseta y lo identifiques en Arabia o África y sepas quién es. Tal vez, más o menos, por ahí alguien no sabe exactamente su historia… Diego Maradona, Mike Tyson lo tienen tatuado. ¿Qué tiene que ver Tyson? Algo tendrá que ver, si no ¿para qué se lo va a tatuar? Nadie se tatúa algo que no le interesa.
–¿Qué opina de la “marketinización” de la figura del Che?
–Que hagan negocio ni me va ni me viene. Lo que miro es el fondo de la cuestión: si alguien quiso que no existiera, que no trascendiera, no ha podido. Ahora, hay otras cosas que tienen que ver con la petrificación del personajes, y en eso puede haber un interés de vaciarle sus ideas o banalizarlo como si fuera un rockero, pero el hecho de que esta imagen sea tan difundida es porque es imposible ignorarlo.
–¿Cómo le gusta que la juventud lo recuerde?
–Si lo ponemos tipo Cristo que luchó por nosotros, ¿quién va a creer que puede ser como él? Si existió es porque puede ser posible. Hay que darle herramientas a la juventud. La mediocridad se milita, entonces hay que usar la cabeza y esta es la idea de los museos y de los libros.
–¿Por qué no quiere destacar la fecha de su muerte (8 de octubre)?
–Porque es un mensaje capcioso, de derrota y muerte sin regreso, pero sí hay un retorno de su pensamiento. Si lo matamos ya está, éticamente un tipo increíble, pero no sigas por ese camino porque terminás igual… Hay una posibilidad de ir por ese camino sin terminar muerto y derrotado, si no, no sería posible que el mundo fuese mejor, al menos no en esa idea de no explotación del hombre por el hombre. Por eso es que digo que el 8 de octubre no es el mejor día para evocarlo y no es un tema de dolor. Vamos a recordarlo en su trayectoria, elijamos el día en que inauguró una fábrica, una escuela o cuando nació, pero el hombre, no el guerrillero y menos el guerrero muerto, el héroe que para serlo tiene que ser mártir y muerto. Es por eso que decidí hablar, no porque tenga mucho para a decir sobre cosas de fondo, sino para desacralizarlo, desmilitarizarlo, ponerlo en la tierra, trasladar sus ideas y que la gente se acerque a ellas, que las recepte. 
–¿Qué opina del Che guerrillero?
–Yo lo retiro del guerrillero heroico porque esos son tres años de su vida. Me parece que hay que sacarlo de ese contexto guerrero. Lo principal de sus ideas está en el hombre nuevo porque así como estamos viviendo las cosas no funcionan, hay que buscar el equilibrio real. Son sus ideas y no su actividad guerrillera lo que hay que acercarle a la gente. La típica imagen de Korda no me parece que sea la que haya que trasladar. 
–¿Hay que correr la metodología de la lucha armada entonces?
–Hacer hincapié en que la guerra es el modo para liberarse va a generar una serie de encontronazos que quizás en este momento no sirve, entonces ¿para qué meterse por ese lado si no es el principal? Quizás en Cuba fue un medio, pero la lucha armada funcionó allí y no en otros lados. 
–Pero él fue comandante.
–Sí, fue el primer comandante que nombró Fidel Castro, pero él no era militar. Fue presidente del Banco Nacional, ministro de Industria, secretario del Partido Único … Él se fue haciendo a fuerza de ver las necesidades del objetivo, que no era militarizar el país sino transformar y hacer el hombre nuevo, ese es el punto clave.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ernesto de bebé y sus padres

 

 

Ernesto con su niñera Carmen Arias, la madre gallega del Che

 


Ernesto jugando a los indios Alta Gracia-9 años


Ernesto en edad escolar

Ernesto y flia. en Miramar de vacaciones

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ernesto Universitario

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ernesto en la Facultad de Medicina de Córdoba

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ernesto padre

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ernesto y su Familia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Alberto Díaz (korda) y su mítico retrato del Che

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una victoria para Marta

 Por Alejandra Dandan

Los restos de la mujer, identificados por el EAAF, fueron enterrados en Moreno, donde ella había sido secuestrada. Antes se colocaron baldosas en homenaje a ella y a otros dos desaparecidos. Un cajón multicolor, música y el recuerdo de sus familiares y amigos.

 LA CEREMONIA DE DESPEDIDA DE MARTA TABOADA, MILITANTE Y ABOGADA DESAPARECIDA EN 1976. -“Este momento en que estamos juntos se parece mucho a La Victoria, dijo Marta Dillon, hija de Marta Taboada.-Imagen: Gonzalo Martínez
 

Marta Taboada revolea la melena y encara a una patrulla del Ejército. Su cartera cerrada con panfletos. La imagen vuelta al presente en el habla de uno de sus antiguos compañeros del Frente Revolucionario 17 de Octubre, hoy secretario de Estado. La puerta de la casa vieja donde vivió con sus hijos. La calle de un barrio de Moreno. Un pibe que se da cuenta de que uno de los que está entre los muchos que están ahí, frente a esa casa, que son muchos, puede terminar de contarle de un operativo en el que participó su padre desaparecido. Una carretilla vestida con la bandera argentina. El cajón. La urna con los restos de huesos de Marta Taboada. Unos barquitos de papel de su bisnieto que nadan sobre la pequeña urna de colores entre una estampita de una María Auxiliadora del ’77. La hoz a pocos centímetros de la estrella guevarista. El pelo de la Evita guerrillera. Otra vez el cajón. Y su hija, Marta Dillon –compañera de Página/12–, que con sus hermanos Andrés, Juan y Santiago esperan ante esa casa colocar tres baldosas para ella y otros dos compañeros. “No voy decir mucho”, dijo Marta Dillon cuando empezó. “Hay momentos que se parecen mucho a esa victoria que nombramos siempre, creo que este momento en que estamos juntos se parece mucho a La Victoria. Que todavía falta un montón, falta saber quién disparó, quién cargó los cuerpos en esa esquina de Ciudadela, quién firmó las partidas de defunción como NN con datos falsos. Un montón, pero estamos trabajando para eso.”

Frente a la puerta de la casa de la calle Joly, a unas cuadras del centro de Moreno, se reunieron los hijos de Marta Taboada, de Juan Carlos Arroyo, “El Negro” y de Gladys Porcel de Puggioni para marcar las veredas. Los tres militantes del FR17 de Octubre desaparecieron el 28 de octubre de 1976. Los huesos de Marta Taboada, recuperados por el trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense, siguieron silenciosamente esa primera parte de una ceremonia religiosamente política antes de volver a un auto para encabezar, como en todos los funerales, la caravana al cementerio. Estaban quienes tenían que estar. Eduardo Luis Duhalde negándose la condición de funcionario para quedarse ahí con su mujer, a estarse al lado de esa que fue su compañera de militancia, la apoderada de sus peores momentos de clandestinidad. La mujer que en medio de la dictadura se calzó un auto para sacar del país a “Martita” pero también al hijo más chico del secretario de Derechos Humanos. La mujer que alguna vez, ante una patrulla del Ejército, sacudió la melena y le preguntó a uno de los militares si quería revisar su cartera. El hombre dijo que no, que no hacía falta, aunque ella tenía la cartera llena de panfletos. “No tenía límites en esa entrega”, dijo Duhalde, micrófono en mano, poco después, cuando recordó que la vio por última vez un mes antes de su propio exilio y le pidió “encarecidamente que se cuidara”, porque tenía “más solidaridad que buen tino”, con “un corazón tan inmenso que superaba a muchos militantes de la época”.

Los funerales adquirieron la lógica de las manifestaciones políticas. Comenzaron en pleno centro de Moreno, ante la municipalidad. Un espacio ocupado con los resultados de una reconstrucción reciente de las vidas de los desaparecidos políticos locales. Con fotos que estuvieron enterradas durante la dictadura. Imágenes de las asambleas obreras de Grafa. Paneles de los desaparecidos de Moreno zona norte. Paneles que nombran ahora a quienes hasta hace poco permanecían sin identidad, en un lugar donde el trabajo de la Secretaría de Derechos Humanos local y de los sobrevivientes logró entender que no fueron 38 personas como se creía sino más de 100. Matrimonios. Embarazadas. Desaparecidos de Paso del Rey. De Moreno sur y La Reja. De Trujui y Cuartel V. Imágenes del Mundial 1978. Los centros clandestinos. Los Trabajadores de Educación y Cultura entre los que estaba el escritor Domingo Osvaldo Balbi o Marta Taboada, docente y abogada.

Protegida por la bandera negra de HIJOS en la primera línea, la carretilla con el cuerpo de Marta avanzó por las calles del centro. Ella, que en la urna era “mamá, abuela, bisabuela, amante”, iba adelante seguida por banderas de La Cámpora Moreno; la agrupación John W. Cooke. Lila Pastoriza, Eduardo Jozami, Graciela Daleo, Judith Said. Lohana Berkins y Marlene Wayar, militantes de esa diversidad sexual a las que Marta Dillon les agradeció especialmente la presencia. Carlitos y Camilo de HIJOS a quien la hija de Marta Taboada nombró como “hermanos y hermanas que me cambiaron la vida”. Nora Cortiñas. Lita Boitano. Gastón Concalves. Juana Muniz Barreto. Los hijos de Paco Urondo. Otros. Muchos. Abertina Carri, la compañera de Marta.

El “todo guardado en la memoria” de León Gieco se escuchó más fuerte. Frente a la vieja casa transformada en Jardín de Infantes, Raquel Robles de HIJOS sostuvo el micrófono en las manos como sosteniendo casi sin lágrimas lo que sucedía alrededor. Leyó adhesiones y volvió a leer más porque dijo que habían esperado más de treinta años para ese momento. “Marta creyó hasta el final que valía la pena dar la vida”, se oyó de alguna de ellas. “Tenemos que tener bien claro que la Justicia llega un poco lerda pero llega”, decía en un mensaje la madre del Negrito Floreal Avellaneda. Los HIJOS de Bahía Blanca mandaron “un cálido abrazo hermanador”. Y el Colectivo Militante de Moreno habló de utopías que siguen latiendo.

En la puerta, el hijo de Gladys de Puggioni tomó la palabra. Tupac Vladimir Puggioni vivió en esa casa a los 4 o 5 años. Ahora dirigente de los Descamisados de Salta, hermano de alguien llamado Fidel Cristo y nieto de una abuela que con cada golpe de Estado corría a la plaza del pueblo para retirar y esconder un busto de Eva. “Eran unos jóvenes y estamos poniendo placas a esos jóvenes”, dijo. Nombró a Néstor Kirchner. Todo el mundo aplaudió. Tupac dijo que hay miles de cosas que faltan, que lo sabemos y dijo también que “esta juventud que hay acá entierra a estos jóvenes”. También dijo “hasta la victoria siempre”. Y luego el nombre de sus asesinados. Detrás de los cuales esos muchos decían –decíamos– ahora y siempre.

Habló “El Indio” Domiciano Rivero. Campesino, obrero, hombre que pasó a la semiclandestinidad en mayo de 1978 y quien pasó los siguientes seis años en el exilio de Brasil porque quedarse en América latina le permitía, dijo, vivir de algún modo el mismo proceso. “Hace años no pensábamos que ni la mitad de lo que hay hoy iba a ser posible”, explicó. “Y es bueno ver que creo que se hubiese divertido mucho La Negra con lo de hoy”. Alentado de algún modo por esa voz de los HIJOS que les pedían a los viejos compañeros de militancia hablar de la vida de sus desaparecidos, El Indio se puso a contar algunas anécdotas. Que Marta tenía muchos ovarios. Que alguna vez lo cargó en un Citröen destartalado para llevarlo al teatro mientras estaban clandestinos. Que era la primera obra de teatro que él veía en su vida. Que le dijo que le gustó, pero no entendió ni medio a los actores. “Me cuesta mucho todo esto –dijo en un momento– porque el dolor nos sigue cruzando, sin flaquezas, pero nos sigue cruzando.” Y recordó que Marta Dillon hace tiempo se preguntaba si era cierto aquello que se dice de su madre, que era audaz, que era sensual. “Y sí que lo era”, dijo él. Porque alguna vez, esa mujer, en el ’76, “cuando ya nos asesinaban, mientras charlábamos cómo hacer, si salir o no, y mientras nos iba sacando a patadas el Ejército”, le dijo: “Negro: no sotros somos la contención”. “Es decir –replicó él–: estaba dispuesta a dejarse la vida.”

Marta habló en ese momento. También Camilo, de HIJOS. Dijo que ese cuerpo también era una parte de “nuestros queridos viejos”. Tomó la palabra Duhalde y dijo que era un día de “dolorosa alegría con aires de victoria porque rescatamos a Marta de las tinieblas y de aquello que Videla decía de que los desaparecidos son eso, desaparecidos, no están”. Miguel Fernández, secretario de Derechos Humanos de Moreno, se nombró como sobreviviente. Habló de la necesidad de empezar a contar las historias. Como datos, como herencia. Un alumno de Marta Taboada estaba entre los que se habían acercado. Ella estaba ahí, ahora en la urna.

El vía crucis siguió camino al cementerio de Moreno por la Ruta 7, su ruta, santuarios del Gauchito Gil, los recreos sindicales. Adentro, esperaba el padre Luis entre las banderas brillantes sobre el fondo del cielo de cenizas. El padre Luis, un cura, pero un cura raro. Ahí estaba hablando de darse la mano y de cantar la misma canción que Mugica y Angelelli cantaban en sus misas. El cajoncito ahora estaba en medio del pasto. Se oían palabras de Jesús subversivo y de liberación. En la ronda, hablaron Nora Cortiñas y Lita Boitano. Hablaron de las cosas pendientes, de la edad, de las Madres. De lo que después de ellas quedará por hacer con aquellos que todavía no se encontraron. La hermana de Marta Taboada habló luego de que lo hicieran Andrés, Santiago y Juan como pudieron, con las tripas en el alma. El agua bendita pasó de mano en mano y cada quien pudo echar algunas lágrimas benditas sobre el cajón de esa madre.

Se oyó otra vez Marta Taboada, presente. Ahora y siempre. Todo el mundo caminó entonces hacia el lugar final, la bóveda de los Taboada donde los restos de Marta, sus huesos, quedaron bien acomodados al lado de los de su padre. Marta Dillon colocó algo más, tal vez un vaso. Los barquitos de papel dejaron de verse, cerrados por una tapa, finalmente. Una cuchillada de amor, quién dijo que todo está perdido, tanta sangre que se llevó el río, pecho, siempre, sacar el alma, iba sonando una canción.

MARTA TABOADA, MILITANTE Y ABOGADA DESAPARECIDA EN 1976