Homo Papa

Desde Barcelona

 

UNO En el principio era el Verbo y el Verbo era Renunciar. Y esto ya es demasiado, piensa Rodríguez. Porque Rodríguez aguantó con paciencia y elegancia eso de que los príncipes herederos de las monarquías “modernas” se casasen con la plebeya que más les calentara (en lugar de tenerlas de amantes mientras ellos posan para la foto junto a la “serena belleza” hemofílica de alguna Rigoberta IV de Syldavia) así como lo de la última de Batman con el hombre murciélago retirándose a vivir a Florencia junto a su gatita.

Pero lo de Benedicto XVI –aunque vuelva Bowie I– es la gota que colma el cáliz. Así cualquiera. Al Sumo Pontífice lo elige una suerte de cónclave Big Papa a puertas cerradas inspirado por el rayo de luz de la voluntad divina pero, parece, ahora es el propio hombre quien puede avisar que no va más. Que está cansado de cuerpo y alma. Que no tiene fuerza y que se le vaciaron los tanques de la vocación y del servicio espiritual. Que lo único que quiere ahora es retirarse a pensar en sus cosas –estar “escondido del mundo” y “desaparecido”, definiciones un tanto inquietantes– y que las monjitas de un monasterio cercano le avisen cuando está la comida servida. Sí, el Papa –“un pastor rodeado de lobos”, se apiadó alguien– está cansado de todo y de todos después de casi ocho años al frente del negocio que muchos definen hoy como “una barca que hace aguas”. Rodríguez también. Con la diferencia de que el náufrago Rodríguez no tiene negocio propio y sí tiene casi treinta y seis años menos que Josef Aloysius Ratzinger.

DOS Y, además, la ida de Benedicto XVI –¿cómo es posible que no la haya anunciado primero en su flamante Twitter?– le plantea a Rodríguez un problema táctico familiar. Su pequeño ya es más big o, por lo menos, medium; pero este Papa –cruza de Emperador Palpatine/Darth Sidious, Nosferatu y Mr. Burns– es lo único que le sigue funcionando a la hora de atemorizar a su hijo con un “Si te portas mal, esta noche vendrá Bene y…” Sumarle a esto lo sorpresivo de la noticia que ha puesto alertas y erectos a todo tertuliano televisivo y experto vaticano –Rodríguez vio a dos comentaristas casi llegando a los golpes porque uno se burló de “la palomita esa” del Espíritu Santo– trazando coordenadas que intersectan con cuestiones locales. Porque si dimite Benedicto XVI, ¿por qué no dimite Rajoy? O por lo menos el rey. ¿Ha perdido la fe Rafa Nadal? ¿Bárcenas está en todas partes como sagrado fantasma? Mientras tanto, el vicepresidente de la patronal española –al que agarraron pagando en negro, parece– dice que no renuncia, pero sí, muy papal, que se “retira a reflexionar sobre la vida misma”. Así, lo místico ha caído sobre lo cotidiano como el latigazo de ese más bien jupiterino relámpago que hizo temblar a la cúpula de San Pedro la noche del día del anuncio de “Se traspasa” y “Cambio de dueño”. Y entre tanta agonía y éxtasis, por supuesto, el recuento y recuerdo de otros papas que renunciaron hace siglos porque, comenta alguien en el estudio, “ésos eran tiempos en que renunciabas o te renunciaban”. Y –recordar al efímero Juan Pablo I– a Rodríguez no le queda del todo claro que esos tiempos no sigan siendo estos tiempos. Y que al gran inquisidor Benedicto XVI le hayan superado los escándalos de la (des)orden de los pederastas. O que le hayan desmoralizado las traiciones de su cuervo y las águilas y buitres aleteando por los pasillos de una Santa Sede. O que los aleteos de las acaudaladas alas ultraconservadoras ya no lo dejasen dormir en paz. O tal vez ya no pudo aguantar la noticia de la inminente salida de un nuevo best-seller de Dan Brown titulado Inferno y esta vez metiéndose con La Divina Comedia de Dante. Algunas “fuentes cercanas” confían en que Benedicto XVI no quería ofrecer el “espectáculo” que dio Juan Pablo II en sus últimos años –ese zombie en el balcón– que produjo terror pánico no al hijo de Rodríguez sino a Rodríguez. Una cosa –leyendo editoriales firmados por especialistas en historia religiosa– sí parece evidente: Benedicto no hizo muy bien su trabajo. Y –de tratarse lo suyo de un puesto ejecutivo en una multinacional– ya lo habrían puesto de patitas en la Piazza bajo pretexto de algún recorte de plantilla y todo eso. Para bien o para mal, por las buenas o por las malas, Benedicto XVI pronto estará no durmiendo con los peces pero sí –poca reforma y puesta al día para alguien que venía con patente de teólogo brillante y a quienes los más creyentes anunciaban como una suerte de secuela de Juan XXIII–- pastando junto al buey y al asno que él mismo desterró de los pesebres del mundo porque podía hacerlo, porque se le dio la divina y reverendísima gana.

TRES Y, por supuesto, a imprimir estampitas y a hacer apuestas acerca del próximo ocupante del trono de Pedro. A Rodríguez le gusta mucho el robusto y sonrosado Timothy Dolan, arzobispo de Nueva York con aire de gangster irlandés listo para aplastar a la competencia. Pero Dios dirá y mucho cuidado con ese secretario privado: el apuesto padre Georg “George Clooney” Gänswein, reciente portada de la Vanity Fair italiana y, para muchos, “la persona más influyente en el Vaticano después del Santo Padre”. Mientras tanto y hasta entonces, superado el desconcierto de prelados españoles –que dijeron sentirse “como huérfanos” y que tiemblan por el laicismo local en ascenso, que es “como un jabalí destrozando la viña”–, en las filas del Partido Popular vuelven a sacar mantillas y peinetas. Y a reservar pasaje para Roma. Y, seguro, ya sueñan con traer rapidito al nuevo a algún fiestorro ecuménico con papamóvil. Celebraciones que siempre resultan una excelente oportunidad para hacer negocios turbios y meter la mano en la lata de las limosnas facturando de más. Y danos hoy nuestro pan de cada día, que de perdonarnos e indultarnos nos encargamos nosotros.

CUATRO ¿Está contento Rodríguez por todo esto? Ni sí ni no. Por un lado, más ruido y humo blanco. Por otro, hay cierta justicia poética –recordar los inolvidables pronunciamientos del Papa saliente sobre el aborto, el matrimonio homosexual, los métodos anticonceptivos y el peligro de las “sectas”, olvidando que el cristianismo no es más que, históricamente, una secta a la que le fue muy bien– en el hecho de que un retrógrado retroceda. Y que su legado no pase por el haber llegado a limpiar y cambiar las cosas sino por el haberse ido apenas pasando el plumero y barriendo debajo de la alfombra.

Pocos padres han tomado más veces en vano el nombre del hijo. Y Rodríguez lee que, días atrás, el actor Michel Piccoli se indignó por la cantidad de llamadas de periodistas preguntándole por la retirada del Papa con la sola excusa de “haber hecho” de Santo Padre en la película Habemus Papam, de Na-nni Moretti. “No soy el papa, soy un actor que hizo de papa”, gruño el francés. De acuerdo. Pero Piccoli olvida que Josef Aloysius Ratzinger también fue un actor que representó un papel en una obra que no baja de cartel, pero cambia de intérprete protagonista y de nombre y de número. Aunque el numerito siga siendo el mismo.

El show debe seguir.

Por los siglos de los siglos.

Amén.

Rayo en el Vaticano

La crisis de la cruz

 POR ALFREDO GRIECO Y BAVIO

No sólo fue el cansancio ni los problemas de salud, Benedicto XVI deja su cargo acorralado por las dificultades que sufre la Iglesia Católica. De las internas vaticanas a la falta de dinero. Qué características tendrá el nuevo Papa.

Más acá de su edad avanzada y de sus problemas de salud, la renuncia de Benedicto XVI al pontificado romano es una respuesta a la aguda crisis que vive la Iglesia Católica en el siglo XXI. El alemán Joseph Ratzinger, el antiguo combatiente de la Juventud Hitleriana, el catedrático universitario enemistado con los movimientos estudiantiles de la década de 1960, el prolífico teólogo que por veinte años fue Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex Santo Oficio, ex Inquisición), el baluarte conservador de su antecesor el papa polaco Juan Pablo II, tuvo que admitir que ya no podía enfrentar la crisis apelando a los elementos más inertes de la tradición vaticana. En cambio, apeló a una decisión inesperada, que de por sí aporta un caudal de renovación a la Iglesia actual. Con su renuncia, anunciada el lunes, en vez de esperar a la muerte para sustituirlo, un cuerpo colegiado, formado por representantes de todo el mundo, tendrá la oportunidad de reunirse, de debatir el futuro de la Iglesia, y de elegir quién será el sucesor, obligadamente más joven, de Benedicto XVI, nacido en 1927. Con un optimismo que no a todos contagia, en el Vaticano consideran que los cardenales, reunidos en cónclave, podrán elegir al nuevo Papa ya en marzo.
Iglesia y Europa en crisis. Institución universal pero con sede romana, la Iglesia Católica ve agravada todavía más su propia crisis por la del continente y las instituciones europeas. Muchos de los países de Europa occidental más gravemente afectados son tradicionalmente católicos: España, Portugal, Irlanda, Italia, Francia. Cuando inició su pontificado en abril de 2005, el cardenal alemán Joseph Ratzinger, que eligió el nombre de Benedicto XVI, anunció como una de sus prioridades mayores la evangelización de Europa. Es difícil decir que la Iglesia Católica haya triunfado, o siquiera avanzado, en esta tarea que el nuevo Papa le proponía.
Menos fieles, menos fondos. La crisis de la Iglesia en el continente que, una vez convertido, por más siglos permaneció en el cristianismo, conoce varias vertientes. La actual crisis económica europea, con el empobrecimiento derivado de los cortes y recortes del gasto social, encontró en Benedicto XVI a un testigo que la deploraba, pero que permanecía silente, antes que a un luchador evangélico decidido en una activa “opción por los pobres”. En las décadas anteriores a esta crisis, el avance de la secularización y del laicismo había hecho que muchos fieles abandonaran la Iglesia por sus reclamos desoídos. A su entender, la jerarquía católica desatendía el mensaje evangélico de la tradición y creaba barreras y obstáculos socialmente conservadores a nuevas realidades sociales y vitales. En esos años, la Iglesia mostró una oposición más firme que razonada al matrimonio de los sacerdotes, a la contracepción, a la planificación familiar, a la interrupción voluntaria del embarazo, al avance de las mujeres en el culto y la liturgia, a la consagración de la unión de amor de parejas del mismo sexo. Si no todos aquellos católicos cayeron en el agnosticismo o aun el ateísmo, grandes y crecientes números entre ellos, sin embargo, dejaron por completo de practicar la religión en cuyos principios seguían creyendo, y por lo tanto dejaron de aportar al sostén del culto católico. En las nuevas potencias económicas emergentes, como Brasil –la nación más poblada de mayoría católica–, no existe todavía el precedente de que los fieles mantengan la vida a la Iglesia con sus donaciones: antes bien, habitualmente los pobres eran los que pedían y eventualmente recibían el asistencialismo eclesiástico.
Pederastia, secreto y cuchicheo. A Benedicto XVI le tocó enfrentar un tema heredado del pontificado anterior. El polaco Karol Wojtyla, el papa Juan Pablo II elegido en 1978, lideró una campaña para provocar el fin del comunismo y la caída del Muro de Berlín en 1989. Fue muy exitoso en esto, pero menos en atender una creciente ola de denuncias sobre violaciones y abusos sexuales de menores sobre todo en diócesis de países occidentales –en Europa, en Estados Unidos, en Canadá– pero también en México y América latina, y aun en Australia, donde las víctimas de la pederastia sacerdotal festejaron en las calles la renuncia de Benedicto XVI. El papa Ratzinger, sin embargo, estuvo comprometido en la lucha contra la pedofilia, más acá de los resultados. A veces, con medidas severas, que por su conservadurismo chocaron con otras fuerzas dentro de la Iglesia, como la de prohibir o trabar el ingreso de homosexuales a los seminarios, aun con la promesa de que serían célibes una vez consagrados sacerdotes. Las luchas por combatir la pedofilia y por investigar los abusos pasados no se vieron coronadas por grandes éxitos. Le crearon al Papa empecinado en “limpiar la mugre” muchos enemigos poderosos –y muchos vaticanistas en la prensa europea mencionan a estos enemigos entre las causas de la renuncia de Benedicto XVI–. Pero también le generaron a la Iglesia pérdidas millonarias en resarcimientos a las víctimas. En Estados Unidos, uno de los países donde se encuentran las diócesis más prósperas del catolicismo y las que más dinero aportaban al funcionamiento de la Iglesia, se gastaron más de dos mil millones de dólares en juicios e indemnizaciones. En Alemania, el otro país de opulentas diócesis católicas, y de millonarios gastos en investigación, la colaboración de la Iglesia con una comisión criminológica independiente terminó en una impasse si no un fracaso rotundo. Con lo que a la crisis económica en Europa y en Estados Unidos, que redundaron en “bajas recaudaciones” para la Iglesia, se sumó el hecho de que lo recaudado debía destinarse a pagar a víctimas, quienes se quejaban de décadas de abuso y cultura del secreto en el seno de una institución que sólo a medias reconocía esas culpas, y que ofrecía remedios que sólo podían parecer a la vez tardíos y fragmentarios a aquellos hechos que había ocultado con una disciplina que ahora faltaba para dar una nueva y convincente imagen global que reflejara un cambio íntimo.
Filtraciones e internas salvajes. Si la Iglesia Católica ha enfrentado una crisis en sus relaciones con el mundo del siglo XXI, también se ha visto atravesada por otra revolución, no menos violenta, pero de la que en el exterior se conoce menos. Las filtraciones de las internas vaticanas, de las luchas tanto entre descarnados intereses y grupos de poder como entre genuinas corrientes religiosas e ideológicas, se hicieron conocer en los últimos dos años a través del escándalo llamado VatiLeaks, que terminó con la tímida condena de un mayordomo del Pontífice, en la que ningún vaticanista coincidió en que revelara nada significativo sobre cuanto había ocurrido. Hasta algunos de los más privados documentos del Papa y de su secretario, el deportivo Georg Gaenswein, fueron dados a conocer a la prensa y a periodistas que publicaron libros con ellos. Según muchos de los personajes eclesiásticos que hicieron así publicar estos documentos privados, que hablaban desde vínculos de la Iglesia con el poder político, con diversas mafias, con diversos bancos –sin excluir las desdichas y sospechas de la propia banca vaticana–, obraron movidos por el deseo de salvar a Benedicto XVI, un intelectual, un teólogo en un mundo despiadado, antes que por el de hundirlo. En todo caso, parece poco difícil de negar, como dicen los medios europeos y de Estados Unidos, que esas publicaciones estuvieron entre los motivos que tuvo en cuenta el Papa para presentar su renuncia: si no cayó en manos de sus enemigos, como algunos sostienen que murió Juan Pablo I en su breve pontificado en 1978, envenenado o asfixiado por la mafia, sin embargo tampoco se impuso a ellos.
El enigma de la sucesión. Por fuera de las reacciones de sorpresa o especulación ante los motivos de la renuncia papal, comenzó otro tipo de elucubración. “¿Quién será el sucesor de Benedicto XVI?” o al menos “¿Cuál será el perfil, conservador o progresista, del nuevo Papa?”, se repetían diarios y medios especializados, en preguntas a vaticanistas que la televisión europea, sobre todo, repetía. La noción, o la esperanza, de que sea un progresista quien lo suceda, parecían imponerse. Sobre el origen geográfico del cardenal más “papable” había menos pistas. Porque una paradoja rige esta cuestión. Si bien sería “progresista” que el candidato proviniera de América latina o África o aun Asia, la Iglesia en estos continentes es más conservadora que en Europa o Estados Unidos o Australia.
La hora latinoamericana. En la historia del catolicismo en el siglo XX, América latina está ligada a la “Teología de la Liberación”. En la década de 1970, sus impulsores y defensores celebraban las bodas de principios de la izquierda política con la fe católica, y chocaban frontalmente con las corrientes de la Iglesia unidas a las oligarquías industriales y terratenientes del continente. También el papa Benedicto VXI tuvo sus diferencias profundas con los teólogos de la Liberación. Cuando era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe combatió enérgicamente a los representantes de esa corriente. Pero América latina no deja de ser uno de los bastiones de la Iglesia. El Vaticano lo sabe. Cerca de un 40 por ciento de los 1.200 millones de católicos proceden de la región. Con una población católica de casi el 65 por ciento, Brasil es en términos absolutos la nación con la mayor cantidad de católicos. Con su tren de vida, no siempre los brasileños siguen al pie de la letra las normas formales del catolicismo, lo que puede hacer desesperar a algunos creyentes conservadores.

La decisión sobre el sucesor de Benedicto XVI se conocerá cuando salga la fumata blanca de la Capilla Sixtina, pero las especulaciones sobre candidatos y cardenales procedentes de América latina ya están en marcha. En Brasil, el cardenal Odilo Pedro Scherer es uno de los aspirantes con más posibilidades. El arzobispo conservador de San Pablo, de 63 años, dirige una de las diócesis católicas más grandes del país. En la Argentina se menciona el nombre del cardenal de la curia romana Leonardo Sandri, de 69 años, que fue nombrado en 2007 prefecto de la Congregación para las Iglesias Orientales. El diario brasileño O Globo citó al cardenal suizo Kurt Koch señalando: “Sería bueno que en el próximo cónclave haya candidatos de África y América latina”.
 
Un Vaticano, dos Papas. Sea quien fuere elegido Papa en el próximo cónclave, el 28 de febrero comienza en Roma, en la Ciudad del Vaticano, un período de sede vacante en el trono de San Pedro. La última vez que ocurrió fue hace seis siglos, con Celestino V. En la Edad Media, los tiempos no estaban preparados para esta forma de sucesión apostólica: como muchos de sus contemporáneos, el poeta florentino Dante Alighieri condenó esta opción y colocó a Celestino en el “Infierno” de su Divina Comedia. Y a partir de elección del sucesor de Benedicto XVI, en el exiguo territorio del Vaticano, el más pequeño del mundo, convivirán por primera vez dos Papas, el actual y el anterior.

Documento: Carta de Hans Küng a obispos del

mundo, ante crisis de credibilidad de la Iglesia

Vaticano_Kung
En abril de 2010, con motivo del quinto aniversario de la elección del Papa Benedicto XVI, el teólogo suizo Hans Küng, escribó una carta abierta en la que manifestó su preocupación por que la “crisis de credibilidad” de la Iglesia en nuestros días.

“Carta abierta a los obispos católicos de todo el mundo”

Por Hans Küng

Periódico Reforma,  16 Abril 2010

Estimados obispos,

Joseph Ratzinger, hoy Papa Benedicto XVI, y yo fuimos los teólogos más jóvenes en el Segundo Concilio Vaticano desde 1962 hasta 1965. Hoy en día somos los de más edad y los únicos aún completamente en activo. Siempre he entendido mi labor de teólogo como un servicio a la Iglesia Católica Romana. Por esta razón, en la ocasión del quinto aniversario de la elección del Papa Benedicto XVI, les hago este ruego en una carta abierta. Al hacerlo, estoy motivado por mi profunda preocupación por nuestra Iglesia, que hoy se encuentra en la peor crisis de credibilidad desde la Reforma. Por favor, disculpen la forma de una carta abierta; desafortunadamente, no tengo otro modo de ponerme en contacto con ustedes.

Mis esperanzas, y las de tantos católicos, de que el Papa pueda encontrar su manera de promover la renovación continua de la Iglesia y la reconciliación ecuménica en el espíritu del Segundo Concilio Vaticano desgraciadamente no han sido cumplidas. Su pontificado ha dejado pasar cada vez más oportunidades de las que ha aprovechado: se perdieron las oportunidades para el acercamiento con las iglesias protestantes, para la reconciliación a largo plazo con los judíos, para un diálogo con los musulmanes en una atmósfera de confianza mutua, para la reconciliación con los pueblos indígenas colonizados de Latinoamérica y para el suministro de asistencia al pueblo de África en su lucha contra el sida. También se perdió la oportunidad de hacer del espíritu del Segundo Concilio Vaticano la brújula para toda la Iglesia Católica.

Este último punto, mis respetados obispos, es el más serio de todos. Una y otra vez, este Papa ha añadido condiciones a los textos conciliares y los ha interpretado contra el espíritu de los padres del concilio:

Ha vuelto a recibir a los obispos de la tradicionalista Sociedad de Pío X en la Iglesia, sin ninguna condición previa;

· Promueve la misa tridentina medieval por todos los medios posibles;

· Se rehúsa a poner en vigor el acercamiento con la Iglesia Anglicana, que fue trazado en documentos ecuménicos oficiales por la Comisión Internacional Católica Romana-Anglicana;

· Ha reforzado activamente a las fuerzas anticonciliares en la Iglesia al nombrar a funcionarios ultraconservadores para puestos clave en la curia y nombrar a obispos reaccionarios alrededor del mundo.

Y hoy, además de estas muchas crisis, surge una serie de escándalos que claman al cielo: la revelación de que varios clérigos abusaron de miles de niños y adolescentes en todo el mundo. Para empeorar las cosas, el manejo de estos casos ha dado origen a una crisis de liderazgo sin precedentes y a un colapso de la confianza en el liderazgo de la Iglesia. Las consecuencias para la reputación de la Iglesia Católica son desastrosas. Importantes líderes de la Iglesia ya han admitido esto. Numerosos pastores y educadores inocentes y entregados a su labor están sufriendo bajo el estigma de sospecha que ahora cubre a la Iglesia.

Ustedes, reverendos obispos, deben hacer frente a la interrogante: ¿qué pasará con nuestra Iglesia y con sus diócesis en el futuro? No es mi intención bosquejar un programa de reforma para la Iglesia. Sólo quiero presentarles seis propuestas que, estoy convencido, son apoyadas por millones de católicos que no tienen voz en la actual situación.

1. No guardar silencio: al guardar silencio frente a tantos graves agravios se manchan a sí mismos con la culpa. Cuando crean que ciertas leyes, directrices y medidas son contraproductivas, deben decirlo en público. ¡Envíen a Roma no manifestaciones de su devoción, sino más bien llamados a la reforma!

2. Emprender la reforma: demasiadas personas en la Iglesia y en el episcopado se quejan de Roma, pero no hacen nada ellos mismos. Ya sea un obispo, un sacerdote, un lego o una lega, todo el mundo puede hacer algo para la renovación de la Iglesia dentro de su propia esfera de influencia. Muchos de los grandes logros que han ocurrido en las parroquias individuales y en la iglesia en general deben su origen a la iniciativa de un individuo o de un pequeño grupo. Como obispos, deben promover y apoyar dichas iniciativas y, particularmente en vista de la presente situación, deben responder a las justas quejas de los fieles.

3. Actuar en una manera colegial: contra la persistente oposición de la curia, el Segundo Concilio Vaticano decretó la colegialidad del Papa y de los obispos. En la era post-conciliar, sin embargo, el Papa y la curia han ignorado este decreto. Sólo dos años después del concilio, el Papa Pablo VI dio a conocer su encíclica defendiendo la controvertida ley del celibato sin consultar a los obispos en lo más mínimo. Desde entonces, la política papal y el magisterio papal han continuado actuando en la vieja y poco colegial manera. Ésta es la razón por la que no deben actuar solos, sino más bien en la comunidad de los otros obispos y de los hombres y mujeres que constituyen la Iglesia.

4. Sólo Dios merece obediencia incondicional: pese a que en su consagración episcopal tuvieron que prestar un juramento de obediencia incondicional al Papa, ustedes saben que nunca se le puede tener obediencia incondicional a ninguna autoridad humana; sólo Dios es merecedor de ella. Por este motivo, no deben sentir que su juramento les impide hablar la verdad sobre la crisis actual que enfrenta la Iglesia, su diócesis y su país. Presionar a las autoridades romanas en el espíritu de la fraternidad cristiana puede ser permisible e incluso necesario cuando no cumplen con las expectativas del espíritu del Evangelio y su misión.

5. Trabajar en pos de soluciones regionales: con frecuencia, el Vaticano ha prestado oídos sordos a las demandas bien fundadas del episcopado, los sacerdotes y el laicado. Esto es aún mayor motivo para buscar soluciones regionales sabias. Como ustedes bien saben, la regla del celibato, un legado de la Edad Media, representa un problema particularmente delicado. En el contexto de los actuales escándalos de abusos clericales, la práctica es cada vez más cuestionada. En contra de la voluntad expresa de Roma, un cambio difícilmente parecería posible; aun así, esto no es motivo para una resignación pasiva. Sería mejor, no obstante, buscar una solución para toda la Iglesia; por lo tanto:

6. Convocar a un concilio: así como la obtención de la reforma litúrgica, la libertad religiosa, el ecumenismo y el diálogo interreligioso requirieron un concilio ecuménico, ahora también es necesario un concilio para solucionar los problemas dramáticamente intensos que ameritan una reforma. En el siglo previo a la Reforma, el Concilio de Constanza decretó que se debían realizar concilios cada cinco años. Sin embargo, la Curia Romana se las ingenió para sacarle la vuelta a este fallo. Por lo tanto, depende de ustedes promover el llamado a un concilio o, por lo menos, a una asamblea representativa de obispos.

Con la Iglesia en una crisis profunda, ésta es la súplica que les hago, venerables obispos: pongan en acción la autoridad episcopal reafirmada por el Segundo Concilio Vaticano. En esta situación apremiante, las miradas de todo el mundo se vuelven a ustedes. Un sinfín de personas ha perdido su confianza en la Iglesia Católica. Su confianza sólo se podrá recuperar si lidian abierta y honestamente con estos problemas y ejecutan con determinación las reformas necesarias. Con el debido respeto, les ruego que hagan su parte con “intrepidez” apostólica (Hechos 4:29, 31). Den a sus fieles esperanza y aliento y brinden a nuestra Iglesia una brújula para su dirección futura.

Con cálidos saludos en la comunidad de la fe cristiana,

Quedo de ustedes,

Hans Küng*

*El autor es ciudadano suizo, profesor emérito de teología ecuménica en la Universidad de Tubingen, en Alemania. Es presidente de la Global Ethic Foundation y autor de más de 50 libros.

Traducción: Ma. de Jesús Pérez y Enrique Huerta.

 

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