Cristina Fernández de Kirchner renovó el apoyo popular

El kirchnerismo, el malentendido y la anticipación


Por Ricardo Forster

Que la Argentina es un país extraño, fascinante, zigzagueante y espasmódico ya no es una novedad. Que los giros epocales suelen sorprendernos modificando lo que parecía cerrado es otra de las características nacionales. Que la sociedad, esa entelequia tan difícil de definir y que tiene tantos matices que la vuelven indescifrable, no suele comportarse de acuerdo a libretos previamente establecidos, constituye también parte de nuestra alambicada y enigmática idiosincrasia. Lejos de los estereotipos con los cuales solemos intentar interpretar nuestras circunstancias, nos encontramos, una y otra vez, transgrediendo lo que se espera de nosotros y quebrando certezas que, cuando se pronuncian, parecen inconmovibles y definitorias.

El kirchnerismo, apelando –con cierta libertad– a un concepto del filósofo francés Rancière, constituye un “malentendido”, algo así como una ruptura de lo esperable, un desequilibrio de lo que debía permanecer equilibrado, un desacuerdo de los acuerdos previamente establecidos y, finalmente, un disenso de los pactos consensualistas tan perseguidos por los cultores del republicanismo liberal y los gerenciamientos policiales de la política. Simplemente lo que se abrió bajo la irrupción imprevista de Néstor Kirchner hace ocho años no hizo otra cosa, que no es poco dadas las circunstancias argentinas, que encolerizar al poder real mostrándole, ante sus ojos azorados, que la clausura de la historia (imaginada por ese mismo poder bajo la forma de su absoluta y definitiva dominación) no era otra cosa que una quimera, el deseo exuberante y desmesurado de quienes estaban acostumbrados a medir la travesía por el tiempo de nuestro país bajo la perspectiva de lo eterno e inexorable cuyo rostro contemporáneo no era otro que el del neoliberalismo definitivamente realizado. El malentendido siguió su camino hasta desembocar en el famoso conflicto con la corporación agromediática que terminó por sincerar lo que todavía no alcanzaba a visualizarse. Sin escalas intermedias, y retomando la categórica imagen de John W. Cooke, el kirchnerismo pasó a convertirse en el “hecho maldito del país burgués”, aunque no remitiendo al fantasma de la revolución social (como lo imaginaba, en uno de sus rostros, el propio Cooke) sino afirmando el derecho de la política a recuperar un protagonismo perdido pero no en nombre de abstracciones republicanas sino en el de una tradición popular que, bajo lo nuevo de la época, regresaba para desencajar el “humor de los mercados”. Más que un reformismo y también diferente a un mero desarrollismo (como algunos han querido caracterizarlo), el kirchnerismo asumió un rol rupturista y una vocación de ir contracorriente en una época del capitalismo, esto hay que decirlo, en la que muy pocas voces se alzaban para cuestionar su marcha triunfal bajo el traje brutal del neoliberalismo.

Lejos de acoplarse a esas ilusiones, más lejos todavía de amplificar la pirueta del travestismo menemista, pero también antagónico a la retórica de un progresismo cómplice de la perpetuación de la economía global de mercado bajo formato rioplatense, el kirchnerismo vino a enloquecer la inercia de la historia tocando lo que parecía intocable una vez que los espectros de las experiencias emancipatorias (en sus diferentes versiones de izquierda y nacional populares) parecían haberse retirado a las salas de museos temáticos que nos recordaban cómo habían sido aquellas épocas dominadas por el espíritu de la revolución o simplemente habían pasado a ser objetos de estudio de historiadores, filósofos, sociólogos o arqueólogos.

El kirchnerismo (y tratar de penetrar en su originalidad es una manera de comenzar a entender por qué Cristina está a un paso de alcanzar una legitimación electoral descomunal), sin pretender convertirse en heredero o en émulo de esos ímpetus transformadores asociados a la gramática de las corrientes liberacionistas que supieron galvanizar y calentar en otros tiempos la geografía latinoamericana, se propuso, con aparente humildad, como una fuerza reparatoria, como la etapa –indispensable– de una reconstrucción no sólo de la vida económica y social sino, también, de la trama dañada de las representaciones populares. Sin esa escala intermedia, sin quebrarle el espinazo al proceso creciente de despolitización y de vaciamiento cultural simbólico que venía desplegándose en nuestro país, cualquier sueño de reencuentro con las esperanzas democrático igualitaristas no era otra cosa que una vana ilusión carente de base de sustento en la realidad. El kirchnerismo, en todo caso, enlazó viejos sueños algo ajados con una fuerte dosis de pragmatismo mostrando que no todo estaba perdido en una época dominada mayoritariamente por el desencanto y el cinismo que habilitó diversos tipos de alquimia política transformando antiguas y venerables tradiciones populares en correas de transmisión de políticas reaccionarias.

Así como logró rescatar (en una tarea que no culmina y que sigue teniendo zonas opacas) al peronismo de su captura prostibularia bajo la forma excremencial del menemismo (por eso resulta indispensable eludir la tentación de la iconografía nacionalpopular, aquella que escudándose en la recepción dogmática y acrítica deja sin revisar el daño que en el interior de esa tradición ejerció la cooptación neoliberal y la persistencia de antiguas marcas oscurantistas), también desnudó las esenciales carencias de un progresismo vaciado y petulante que, por esas cosas de la desmemoria, sigue insistiendo con sus mismas fórmulas republicano-liberales sin hacerse cargo de su altísima responsabilidad en la sequía argentina de la década del ’90, cuando creyó que la inexorabilidad del orden económico era algo sellado de una vez y para siempre y que lo que le quedaba a una fuerza política otrora de matriz popular y de izquierda no era más que recostarse en un agusanado ideal republicano asociado a una retórica de la honestidad y la anticorrupción. En todo caso, el kirchnerismo, con sus maneras algo plebeyas y rupturistas, con su decisionismo inicial y su abandono de los lenguajes heredados de esa década maldita, rompió la inercia y enloqueció a los distintos actores de un drama nacional que simplemente no entendían qué es lo que estaba pasando y quién les había cambiado las reglas de juego. Comenzar a descifrar los “enigmas” del kirchnerismo es algo muy recomendable a la hora de tratar de explicarse por qué Cristina arrasará en las próximas elecciones pero es, también, interrogar con algo de audacia qué modificaciones sustanciales se han ido produciendo en el interior de la vida social argentina como para cambiar cualitativa y cuantitativamente la actualidad de la política y, sobre todo, de la realidad de los sectores populares que han transferido su reconocimiento, después de mucho tiempo, a una figura como Cristina Kirchner. Esas indagaciones no sólo estarán destinadas a desentrañar lo que viene sucediendo desde 2003 sino, también, deberán interrogarse, con espíritu abierto y crítico, cuáles son los desafíos por venir y qué significa la famosa “profundización” del proyecto (prefiero ese término al de “modelo” que me resulta parcial y más vinculado a una matriz económica, mientras que proyecto amplifica la cuestión hacia la dimensión política y cultural).

Si hiciéramos el esfuerzo de instalarnos en julio de 2008 o, más cerca todavía, si nos trasladáramos a los días y meses posteriores a las elecciones de junio de 2009, y si alguien nos hubiera preguntado qué imaginábamos de cara a octubre de 2011, seguro que ni el más optimista de los kirchneristas habría anticipado la contundencia de lo que las encuestas anticipan. El propio Néstor Kirchner, incansable en su búsqueda de abrir caminos hacia la consolidación del proyecto, bregaba por alcanzar esa cifra mágica del 40 por ciento de los votos tomando una distancia de 10 puntos respecto del segundo, anulando de ese modo la posibilidad de una complicada segunda vuelta. Remontar la derrota del voto no positivo del ya hoy invisible Cobos y, aún más, doblar el recodo de ese otro momento fatídico que pareció transformar a la oposición en un fuerza indetenible que arrasaba con todo, constituía una tarea harto complicada y con pronóstico incierto. ¿Cómo no recordar a tantas voces, incluso amigas, que se apresuraron a anunciar el crepúsculo de lo iniciado en mayo del 2003? ¿Cómo olvidar el fuego cruzado que provenía de la corporación mediática y de la oposición política que ya se regodeaban con la supuesta debilidad del Gobierno?

Sin dudas que los acontecimientos del inolvidable 2010 (precedidos por la respuesta a la derrota de junio de 2009 que asumió la forma de la ley de servicios audiovisuales y de la asignación universal por hijo) comenzaron, desde el affaire Redrado que culminó con su eyección del Banco central y el nombramiento de Mercedes Marcó del Pont, hasta la inesperada muerte de Kirchner y pasando previamente por ese otro acontecimiento caudaloso y sorprendente como lo fue el festejo multitudinario del Bicentenario, a reconstruir, en la trama colectiva y en la recuperación de la imagen de Cristina, el camino que encontraría, hasta ahora, su punto máximo en las internas abiertas del 14 de agosto que se convirtió en una verdadera fecha bisagra, fecha que acabó por sepultar las expectativas de la oposición y, sobre todo, de la corporación mediática que había apostado todas sus fichas a un declive irreversible del oficialismo y que, a partir de su mirada estrecha y encapsulada, le impidió descifrar el crecimiento exponencial de la imagen de Cristina junto con una decisiva transformación en la relación de los sectores populares con el gobierno nacional.

Pensaron que el efecto emotivo de la muerte de Kirchner acabaría pasando, del mismo modo que interpretaron los resultados electorales de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba como augurios de lo que acabaría por suceder en octubre. Incluso alucinaron con que las internas abiertas serían el instrumento que le permitiría a la oposición definir quién, de entre los candidatos, sería el elegido para disputarle a Cristina la presidencia. Pero se encontraron, para su indescriptible horror, ante un resultado que nunca imaginaron que podía darse. En esa noche del 14 de agosto se rompieron en mil pedazos las ilusiones poskirchneristas abriendo, para escándalo de esos mismos medios de comunicación todopoderosos, la perspectiva de una tremenda derrota en toda la línea. La lógica del prejuicio y el encapsulamiento les jugó definitivamente en contra. Como en otros momentos de nuestra historia vieron lo que previamente querían ver, mientras que por detrás y por debajo, entre los intersticios invisibles de la vida social, crecía, con fuerza que hoy es abrumadora, el apoyo a Cristina.

El 14 de agosto vino a sincerar lo que el velamiento mediático mantenía oculto, como si su relato monocorde hubiera terminado por construir una ficción que se topó, finalmente, con la verdad no dicha de una realidad capaz de horadar el cerco informativo y de romper en mil pedazos la unidireccionalidad de un dispositivo que, de tanto diseñar la escena ideal de la catástrofe tantas veces anunciada y nunca acontecida, no hubiera siquiera alucinado, en su peor pesadilla, que la única catástrofe por suceder sería la bancarrota de la propia oposición que simplemente quedó enmudecida y sin palabras para dar cuenta de su caída en abismo.

Aquello que antes definía el sentido común dominante y articulaba la gramática de la famosa opinión pública, la proliferación de un supuesto sentimiento de crítica irreversible hacia el Gobierno, no pudo resistir el impacto del 14 de agosto y acabó por desnudar la pobreza franciscana no sólo de la oposición política sino, centralmente, de la usina mediática desde la que se buscó dirigir la estrategia de confrontación antioficialista. Demudados y desconcertados las principales plumas de los medios concentrados, los autoproclamados periodistas independientes, buscaron, con esfuerzo digno de mejor causa, responsabilizar del estrepitoso fracaso a los dirigentes de la oposición que fueron descriptos como ineptos e irresponsables. Para agregar algún otro elemento que hiciera más creíble el sorpresivo giro del electorado centraron sus análisis en el bienestar económico, en el aumento de los índices de consumo y en el famoso viento de cola que terminó por resolverle todos los problemas al kirchnerismo. Hasta el día de hoy, esos sesudos analistas no pudieron ni pueden, porque es más fuerte que ellos, concederle algún mérito al propio Gobierno (en todo caso se detuvieron, con impiadoso cinismo, a analizar el “efecto viudez” como un catalizador de votos o a recordar el famoso “voto cuota” del menemismo como para relacionar los ’90 con la actualidad). Hoy apenas si añoran el tiempo en que sus anuncios se cumplían y lo hacen deseando que la crisis económica de los países desarrollados golpee con brutalidad en nuestro país. Calculan, con eterna malicia, que ese es el único factor que podría debilitar al Gobierno y, a partir de allí, abrirles una nueva oportunidad para sus interminables conspiraciones.

Lo cierto es que no se recuerda, en los anales de la vida democrática argentina, que la semana previa a una elección caracterizada como decisiva, la anticipación del resultado, su inusual contundencia bajo el nombre, ahora, de Cristina, unida a la fragmentación opositora, le restara cualquier sorpresa. Lo abismal de la distancia, también inédita, abre un doble escenario de cara al futuro inmediato: la relegitimación histórica del kirchnerismo y la crisis abrumadora de todos aquellos que apostaron a expandir el famoso “clima destituyente”.



Los simpatizantes de todos los sectores en la Plaza de Mayo

CON LOS DIARIOS DEL LUNES

Por Mario Wainfeld
La táctica electoral del Frente para la Victoria en 2007 estuvo dominada por una hipótesis: “Hay que sumarle votos a Cristina”. La idea era lógica, porque Néstor Kirchner tenía una intención de voto superior a la actual presidenta reelecta y era prudente proponerse ganar en primera vuelta, acumular el 45 por ciento del padrón. La movida se implementó con una amplia búsqueda de alianzas, que incluyó una de las coaliciones más ambiciosas de la historia reciente, la Concertación Plural. Para sumar, Kirchner debió ceder a sus aliados. Lo hizo con los peronistas, a quienes dejó tener preeminencia en las listas de legisladores nacionales, aunque sin dejar de dar batalla y hacer guerrilla para colar “fuerza propia”. Con los radicales K el diseño fue pragmático y versátil, en aras del objetivo principal: la presidencia. En Mendoza, dejó que floreciera un peronismo alternativo con Celso Jaque a la cabeza, que destronó a la fórmula de la Concertación, dejando de garpe al candidato de Julio Cobos y a sus laderos kirchneristas. En Río Negro, ante una situación similar hubo un desenlace local diferente. La Casa Rosada no se jugó a fondo por el presidente del bloque de senadores nacionales del FpV, Miguel Pichetto. El resultado fue inverso al de Mendoza: triunfó el radical K Miguel Saiz. Se pagaron costos internos con aliados en los dos territorios, pero se resolvió “la contradicción principal”: Cristina Kirchner congregó una carrada de votos. En 2011, la campaña estuvo signada por una idea distinta: la dueña de los votos era Cristina Kirchner, quien no precisaba conceder ni esperar ayudas especiales de los líderes provinciales. La Presidenta alentaba esa convicción, que se corroboró en agosto y ayer. Desde las Primarias Abiertas eso parece una obviedad pero no lo era, ni mucho menos, a principios de este año. Por el contrario, la idea fuerza de CFK era un razonamiento muy lanzado y bastante enfrentado al “sentido común” de la dirigencia peronista.La Presidenta contaba con una ventaja relativa: su candidatura era imprescindible para el FpV porque ningún otro dirigente garantizaba unidad ni competitividad. Cristina Kirchner le sacó el jugo a ese recurso, exprimiéndolo hasta la última gota. Se lo espetó a Hugo Moyano en público, también lo difundió en un sonado acto en José C. Paz (“no se hagan los rulos”). La señal no significaba que renunciaría a presentarse sino que lo haría fijando sus propios términos.El problema era que la candidata no sólo debía serlo, también tenía que vencer a la oposición. Tener candidatos leales es funcional… si éstos entran al Congreso. Si se quedan en el dintel, pierde la gracia. Ahí brotaba un dilema: ¿dejar meter baza a los aliados con candidatos supuestamente taquilleros o poner “tropa propia” confiando en su capacidad de arrastre? La primera opción iba en pos de tener más volumen electoral, la segunda de contar con lealtades más firmes que en 2008. El conflicto con “el campo” dejó sus huellas y sus enseñanzas.La mandataria dobló siempre la apuesta, jugando bazas muy audaces, por ejemplo en La Pampa y en Córdoba. Sonaba entre arriesgado y suicida no pactar con Carlos Verna y José Manuel de la Sota, así se obró. El saldo fue fructífero, pero podía fallar.Con esa convicción, dicho sea como apunte lateral, Cristina Kirchner pudo suplir la ausencia del ex presidente, operador activo y omnipresente. Comprendió mejor las virtualidades del escenario, impuso su voluntad, simplificando las tratativas. Pagó varios costos en el camino, como quedarse sin postulante para la gobernación de Córdoba.La Presidenta corroboró su percepción original, más aguzada que la de sus aliados, sus adversarios y terceras personas, como este cronista, en aquel entonces. Ahora recoge todos los frutos y potencia el veredicto electoral. Pudo haber otro desenlace, la política es siempre incertidumbre y en cada encrucijada uno puede extraviarse.Sola lo hizo, sin doble comando. Si terminaba mal, habría pagado todos los costos.

Mendoza, un seminario ahí
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Lo sucedido en Mendoza en los últimos años da para un seminario, más que para unas líneas en un artículo periodístico. Vayan éstas como un aporte módico a ese debate, por ahora virtual. Los antecedentes se conocen. La provincia parecía pan comido para el radicalismo, desde la fulgurante aparición de Julio Cobos en 2008, como figura nacional y presidenciable. En 2009, los boinas blancas golearon al PJ en las elecciones. La UCR sumó otro referente nacional: el senador Ernesto Sanz. Todo parecía a pedir de boca para el candidato a gobernador Roberto Iglesias, hasta que las Primarias Abiertas le contaron las costillas al diputado Ricardo Alfonsín. De nuevo: la vida te da disyuntivas. Iglesias debía optar entre ser orgánico y bancar al cabeza de lista nacional o desampararlo, llamando a cortar boleta, que fue el rumbo que eligió. El cronista cree que la lógica de la fidelidad partidaria exigía su sacrificio y no el del presidenciable. Alfonsín, claro, pensaba igual, pero no contaba con poder para imponerle su criterio.Iglesias precisaba un formidable porcentaje de corte de boleta. Obtuvo bastante, no lo necesario. El domingo lo eligió un 29,8 por ciento del padrón, mucho más que el 11,15 que rasguñó “Ricardito”. No le bastó porque el candidato kirchnerista Francisco Pérez lo superó con el 37,23 por ciento. Muy distante, en este caso por abajo, de Cristina Kirchner, a quien eligió casi el 54 por ciento de los mendocinos. Queda patente qué referente traccionó para arriba al crédito provincial de su partido y quién lo tiró para abajo.Una nueva confirmación de la estrategia de la Presidenta, que mencionó, como al desgaire, a Paco Pérez en su discurso en el Hotel Intercontinental. La oradora no lee, pero nada dice sin tenerlo elaborado: dejó constancia.El notable desempeño de la lista de diputados en la Ciudad Autónoma, tradicionalmente hosca hacia el peronismo, fue otro ejemplo. Con el diario del lunes, todo cierra.
Los que quedaron afuera: El diputado cívico Fernando Iglesias se puso bravo en la negociación de las candidaturas. Exigió ir segundo en la Ciudad Autónoma, detrás de su compañera de bancada Patricia Bullrich, amenazando con no participar en caso contrario. Fue enérgico y hasta despectivo con algunos aliados, se granjeó broncas variadas, pero impuso sus designios. De poco le sirvió, la Coalición Cívica ganó una sola banca en Capital.Martín Redrado urdió una campaña personalísima, despegándose de Eduardo Duhalde. Confió en la fama ganada cuando “defendió” las reservas del Banco Central. Fue a comienzos de 2010, tuvo ahí su cuarto de hora de fama. Se ve que no leyó a Andy Warhol: casi dos años después está lejos del estrellato. Obtuvo menos votos que la magra cosecha del ex presidente, por lo que seguirá en la sociedad civil.Mario Llambías, un aspirante estelar en el que confió la diputada Elisa Carrió en su viraje a compañeros de ruta de clases altas, fue otro candidato estrellado. El cuarto de hora de los agrodiputados, figuritas difíciles en 2009, entró en el pasado.
Un Macri en la Academia Sueca: El decano de la Facultad de Sociales de Estocolmo echa sapos y culebras contra su ahijado de tesis, el politólogo sueco que hace su tesis de posgrado sobre la Argentina. Le remite un correo electrónico rajante: “Sus rendiciones de cuentas han sido rechazadas por la Auditoría de la Facultad, que averiguó qué es, en esas pampas, un albergue transitorio. Y las facturas de gastos de su auxiliar, la pelirroja progre, son extravagantes. Para colmo, usted me envía informes plagados de errores y omisiones. Le reclamé la lista de provincias argentinas y de todos los gobernadores. Miro por Internet la televisión autóctona y veo que ha omitido una, muy importante: Vicente López. Hubo elecciones ahí y ganó Jorge Macri, a quien los medios locales le han hecho innumerables reportajes. Ha de ser una figura de primer nivel que usted soslaya. Le exijo me informe sobre esa provincia: población, producción, flora, fauna. ¿La habitan pueblos originarios? ¿Qué porcentaje de coparticipación federal recibe?”.Una cuota de razón tiene el decano: el intendente electo de Vicente López ha sido llevado en triunfo por los medios dominantes. Pero no es por la importancia de su distrito, sino por ser la rara avis blanca del domingo. El hombre (que a diferencia de su primo habla castellano de corrido) es uno de los pocos aspirantes “A” que se pueden mostrar como ganadores.Nuestro politólogo describe esa situación en un mensaje que trata de ser amigable. Se controla, porque está de muy mal humor. Es que perdió de vista a la pelirroja, que era progre crítica y ahora es cristinista, durante los festejos en Plaza de Mayo. Su más que amiga le contó que le robaron el celular y que se fue a dormir a casa de una compañera. Pero el politólogo tiene entre ceja y ceja a un bombista de Berisso que le pegaba con furor al parche y que tenía unos bíceps mucho más marcados que los de cualquier científico social.
La marcha de la bronca: Los medios hegemónicos, en efecto, están fuera de foco. Y de sí. No interpretaron fenómenos palpables, como el Bicentenario, el sepelio de Néstor Kirchner, las adhesiones de artistas, intelectuales y jóvenes al oficialismo. Menoscabaron lo evidente y se llevaron una (a esa altura desproporcionada) sorpresaza en agosto. Lo más grave es que su visión distorsionada contagió a políticos de profesión, que deberían tener el ojo más aguzado y las antenas más alertas.Lo sucedido debería inducir a los críticos de los medios a repensar acerca de su capacidad para imponer la agenda o dominar el escenario en democracia. El caso de Elisa Carrió es sintomático y daría para un par de seminarios o, por la parte baja, una tesina. Habría que hacer la cuenta de cuántos votos perdió Lilita en cada reportaje obsequioso que le ofrecieron en bandeja, como un pase-gol, en estos cuatro años. La falta de tangencia con las percepciones sociales es una dificultad severa para conquistar voluntades.
¿Se acabó la timba?: De tanto discurrir sobre apuestas y juegos, al cronista le entra morriña. El fin del ciclo electoral cierra la saludable costumbre de organizar apuestas o “pollas”. El cronista enaltece esos lances porque fomentan la sociabilidad y la circulación del dinero puede fungir como incentivo keynesiano a la demanda. Para reparar en parte la falta propone una apuesta para días venideros. ¿Qué diputada abandonará antes al partido con el que entrará a la Cámara en diciembre? ¿Graciela Ocaña o Patricia Bullrich? La Cívica Pato podría ser favorita porque amaga hacerlo desde hace un tiempito. Y ha jugado con más camisetas que Toresani o el Tweety Carrario, dos futbolistas que trajinaron en muchos clubes. Pero “la Hormiguita” seguramente andará maquinando si seguir en yunta con Francisco de Narváez le es redituable o si le conviene buscar otra querencia, en la que pueda combinar su perfil denuncista con una agenda progresista, algo muy difícil de colar en las huestes de El Colorado.Hagan juego, señor@s.
Nada es seguro: Retornemos al comienzo de esta columna, que era más cartesiano. La praxis política fuerza a arriesgar, a definir entre opciones jamás perfectas que tienen riesgos y contraindicaciones. Cristina Kirchner lo corroboró en campaña y, ahora, con el diario del lunes, su periplo parece un dibujito. Sin embargo, pudo irse a la banquina.Si se observa bien, no es tan diferente de lo que fueron jalonando los dos últimos presidentes en su gestión gubernamental. Decidir un camino, entre varios senderos-porvenires que se bifurcaban. Dejar algo en el recodo, siempre. Y apostar a que la alternativa sería fructífera.Ahora, con el diario del lunes, hay varios que dicen que todo era sencillo, lineal, con el éxito garantizado. En fin

La Presidenta Cristina Fernández de Kirchner 


Una paliza Democrática a los Profetas de “fin de ciclo”      

Por Roberto Caballero

La ‘secta satánica’ que una y mil veces denunció desde la tribuna mediática monopólica obtuvo ayer más de 10 millones de votos y se convirtió en la mayoría política del país. En elecciones limpias, sin proscripciones, con la más igualitaria campaña proselitista en radio y TV.
Con la avalancha de votos que recibió Cristina quedó en claro que todos los que daban por agotada la experiencia kirchnerista en los últimos años hablaban, en realidad, de su propio agotamiento. Los profetas del fin de ciclo recogieron ayer en las urnas un cachetazo que los redujo a negadores maniáticos de la realidad. La “secta satánica” que una y mil veces denunció desde la tribuna mediática monopólica obtuvo ayer más de 10 millones de votos y se convirtió en la mayoría política del país.
En elecciones limpias, sin proscripciones, con la más igualitaria campaña proselitista en radio y TV de la que se tenga memoria, esta vez garantizada por las leyes del Estado democrático, la presidenta a la que quisieron jubilar por anticipado fue reelecta con casi el 54% del electorado, casi diez puntos porcentuales más que en la elección de 2007. Además, en un caso único en la historia nacional –sólo comparable en magnitud, significado e implicancias con el tercer triunfo de Juan Domingo Perón en el ’73–, Cristina aventajó a su segundo, Hermes Binner, por una diferencia similar a la que el viejo general le sacó a Ricardo Balbín hace 28 años.
El kirchnerismo inicia su tercer mandato revalidado en elecciones insospechadas, con un resultado contundente, después de las sucesivas crisis que piloteó con algo más que audacia, desoyendo todos los consejos de manual que decían que ningún gobierno podía resistir más de tres tapas adversas de Clarín: Cristina aguantó más de 400. Suturando con inteligencia las heridas producidas por el embate destituyente agromediático en 2008, que se tradujo en la resignación de las mayorías parlamentarias, la traición a lo Judas de Julio Cobos y la derrota electoral de 2009, cuando alcanzó su mínimo piso electoral, el espacio político fundado por Néstor y Cristina Kirchner pudo hacer votar la Ley de Medios, la reestatización de Aerolíneas Argentinas, el matrimonio igualitario, la recuperación de las AFJP y el doble aumento anual jubilatorio, entre otras iniciativas de indudable consenso social.Así y todo, hace dos años, el kirchnerismo era, para Joaquín Morales Solá y Eduardo van der Kooy, por citar a los analistas de los dos principales diarios del país, una zona casi muerta de la política. Cualquier conjetura o definición en sus columnas comenzaba por darles la razón a los que en las elecciones de ayer salieron segundos, terceros, cuartos y quintos, a más de 40 puntos de Cristina, todos.
Hace dos años, en abril de 2009, Mariano Grondona reía con Biolcati en televisión para ver quién sucedería en lo inmediato a Cristina. Daban por hecho que sería el vice radical del no positivo: el mendocino no fue ni candidato.
Esto decía el “periodismo militante”, claro que de signo contrario al oficialismo:
–El 24 de abril de 2011, Morales Solá escribió, en una nota de La Nación que llevó por título “¿El final del modelo kirchnerista?”: “Es hora de preguntarse, incluso, si ese modelo no está agotado o si no se está aproximando peligrosamente al fin de cualquier circunstancia humana. Puede ser que Cristina Kirchner esté mejor que nunca en las encuestas (es lo que dicen todas las mediciones de opinión pública que se conocen), pero su gobierno está dejando atrás muchas de las políticas instauradas durante la administración de su marido. ¿Cambio deliberado de política? ¿O sólo la necesidad imperativa de explorar otros caminos antes de aceptar un fracaso?”
–El 12 de junio pasado, Van Der Kooy dejó asentado, en una nota de Clarín titulada “Un temblor bajo los pies de Cristina”: “El sistema político y de poder kirch-nerista deja escapar síntomas claros de agotamiento. De final de ciclo. Los mismos que se advertían en los últimos momentos de Kirchner. Dos cuestiones lograron enmascararlo: la súbita muerte del ex presidente que empinó en imagen y popularidad a Cristina; la economía que, a todo vapor y con riesgos, empuja el consumo. Esa ecuación mutó el escenario político y electoral.”–El 27 de abril de 2008, Mariano Grondona postuló desde La Nación, bajo el título “El tramo final del modelo kirchnerista”: “Si entendemos por modelo kirchnerista la concentración absoluta del poder económico y político en manos de Néstor Kirchner, hay razones de peso para creer que ha entrado en su tramo final. No sabemos todavía cuándo ni cómo se va a acabar, pero al menos sabemos dos cosas: que nunca fue sustentable en el largo plazo y que la percepción de su no sustentabilidad ya no pertenece sólo a algunos observadores informados sino a la sociedad en general.”
–El 30 de junio de 2009, el diario El Mundo, de España, que habitualmente colecta lo que dicen Clarín y La Nación, publicó un editorial, “Empieza el fin de la era K en Argentina”: “Su feroz enfrentamiento con el campo, su estilo absolutista de gobierno y su pésima gestión de la crisis económica han pasado factura al otrora invencible matrimonio. No está claro quién se convertirá en presidente dentro de dos años, pero la K ha desaparecido de las quinielas.”Muchos cayeron en la misma fantasía, sepultada ahora por millones de votos.
Hasta el lúcido Jorge Asís, que tituló su libro, salido a la calle en febrero de 2011, Kirchnerismo Póstumo, el epílogo de la revolución imaginaria. En rigor a la verdad, hay que reconocer que el autor de Flores robadas en los jardines de Quilmes últimamente vaticinaba una victoria cristinista. Pero los líderes opositores, ni siquiera eso. Vaya un resumen:
–El 12 de junio de 2010, Eduardo Duhalde, exultante, dijo: “Vamos a ganarle por abandono o por knock out el año próximo.”–El 20 de agosto del mismo año, Mario Das Neves, su candidato a vice, declaró: “En el 2011, el kirchnerismo llega a su fin (…) Más del 70% va a votar por un cambio.”
–El 4 de diciembre de 2010, Mauricio Macri, que luego terminó bajándose de la pelea, sentenció: “La gente está saturada de esta situación y ya dio por terminado el ciclo kirchnerista.”
–El 4 de septiembre de 2009, Elisa Carrió, haciendo casi de cronista, decía: “¿Qué dice la gente en la calle? La gente en la calle dice ‘que se vaya’, la gente en la calle dice ‘los quiero matar’, la gente en la calle dice ‘a ver si los derrumban’.”El diputado Francisco de Narváez, tras derrotar a Néstor Kirchner en Buenos Aires, se paseaba por los canales hablando como si ya fuera el presidente de la Nación. Y hasta Ricardo Alfonsín, como devoto ad hoc de la Escuela San Basilio, suponía que el legítimo afecto que cosechó su padre en la hora final le transfería algún caudal electoral que le permitía soñar con el sillón de Rivadavia. Vivieron de la irrealidad que les había montado Clarín: hicieron un verdadero papelón. Para la historia. De Narváez no pudo ganarle a Daniel Scioli, que lo mandó a competir con Margarita Stolbizer. A Alfonsín se lo tragó un cataclismo y terminó licuando, incluso, su identidad radical, haciendo stand up en los spots, con la asesoría del publicista de Fernando de la Rúa, rechazado hasta por su fallido socio De Narváez. A Duhalde le fallaron las encuestas de las que es adicto. El de Carrió es un caso de desacumulación en tiempo récord: había salido segunda de Cristina, a poco más de 20 puntos, en 2007. Ayer estuvo por debajo de Jorge Altamira.La medida del fracaso opositor es que se enfrentaron a una mujer viuda, que lidió casi en soledad en su mandato con una crisis mundial sin precedentes. Una viuda, para más datos, que hasta no hace mucho despertaba urticaria en las clases medias urbanas y hasta abierto rechazo en las zonas rurales. Modelo, además, de lo que no había que hacer según el catálogo de los medios hegemónicos, y sin embargo, no pudieron evitar que les diera una paliza. Más que una enseñanza, de lo ocurrido deberían extraer al menos dos certezas: la primera, que Héctor Magnetto ya no decide las cosas en la Argentina, porque se acabó una época; y segunda, que si no quieren desaparecer de la faz política deben tomarse en serio la agenda de cambios que propone el kirchnerismo, porque la sociedad argentina la apoya masivamente. Si no registran nada de todo esto, quizá haya sido esta la última elección en la que incursionaron con alguna expectativa.Hermes Binner, en cambio, con su estilo apocado, no sólo salvó las ropas, sino que se recibió de jugador en la nueva etapa, a la que llega con el antecedente de haber coincidido en leyes clave con el kirchnerismo, sin resignar jamás su perfil opositor.
No es bueno ni malo el socialista: es bastante serio, lo cual es decir mucho ante un panorama antikirchnerista tan desquiciado y en desbandada. Su problema es cierta disociación entre enunciado y práctica que lo presenta a veces corriendo por izquierda al gobierno en alianza con la centroderecha. Su tacticismo puede que lo lleve a creer que el FAP es la ambulancia no tanto de los desencantados del modelo por sus insuficiencias sino de aquellos que lo enfrentaron con saña justamente por sus planteos progresistas que, en teoría, Binner también respalda. El santafesino debería cuidarse de no contagiarse del “Síndrome de la Coalición Cívica”, el agrupamiento de fuerzas de centroizquierda que derivó en un armado inverso conducido por Carrió a la banquina.A Macri, hay que admitirlo, lo protegió el olfato pragmático de Durán Barba. El jefe del PRO se declaró perdedor antes de perder, algo que no lo convierte en ganador ni nada que se le parezca, pero al menos lo dejó intacto para las batallas futuras, donde es un evidente contendiente ideológico del kirchnerismo. Aunque sin estructura nacional propia, es un referente para la derecha clásica y el sector conservador del peronismo.A partir de mañana, buena parte de la política local comienza a discutir el año 2015. Parece apresurado.
Pero zanjar los debates del hoy pensando en lo que va suceder dentro de miles de días es un deporte argentino que cuenta con tantos fanáticos como el fútbol. No es, sin embargo, objeto de esta columna incursionar en aguas brumosas y lejanas.La única noticia de hoy es que Cristina Kirchner ganó. Con una holgura impresionante. La militante que se convirtió en presidenta se recibió de estadista, definitivamente.Millones de argentinos lo decidieron en las urnas.
De corazón 
Si se me permite, en este recuadro quiero abandonar el tono analítico de la Editorial. A veces, me gusta resignar la frialdad periodística para sumergirme en la historia, cuando esta me roza con la yema de sus dedos. Hace rato que descubrí que nuestro país y nosotros mismos somos mejores, mucho mejores de lo que dicen Clarín y La Nación. En este momento de inmensa alegría popular, después de una jornada democrática ejemplar, quiero recordar a todos los que hicieron posible este sueño colectivo. A los pañuelos de Madres y Abuelas, a la CGT que no se rindió, a los setentistas que honraron a su muertos, a los que nunca bajaron los brazos.Como parte de una generación diezmada por el cinismo y el egoísmo de los ’90, que sólo volvió a creer en la política gracias a Néstor y Cristina Kirchner, me embarga una rara felicidad, como la que se apodera de cualquiera de nosotros cuando algo que deseábamos mucho, finalmente, se concreta. La Argentina vive una encrucijada excepcional: hay un proyecto nacional inclusivo que se puede resumir en la consigna “patria para todos o para nadie”. Las ideas que rumiábamos en la resistencia hoy son gobierno, respaldadas por el voto popular. Inimaginable.Yo sé que mis hijos tienen la oportunidad, ahora, de vivir en un país mejor, como el que yo no viví mientras tomábamos empresas para evitar despidos y andábamos de marcha en marcha de la bronca para rebelarnos a lo que parecía inmutable. A ellos, que aprendieron a tocar el bombo en cada huelga cuando eran gurrumines, yo quería dejarles algo parecido a esto que vivimos.
Les queda mejorarlo.
Hace un año, estábamos en la Plaza de Mayo llorando la muerte del líder que bajó el cuadro de Videla del Colegio Militar.
Hoy millones de argentinos festejamos una victoria histórica.
Ahora tienen un diario donde verse reflejados.
Gracias por la esperanza devuelta.
De corazón.
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