La última desventura de la democracia

 

 

 

 

 

Por Demetrio Iramain

¿Por qué Hebe habría de estar en el Congreso el jueves, y no junto a sus compañeras en Plaza de Mayo como ocurre desde hace 35 años? Un diputado radical llegó a pedir que Hebe renunciara a su cargo.

La democracia argentina se tenía reservada una última vileza: la insultante citación cursada por la mujer de Barrionuevo a Hebe de Bonafini para que concurra al Congreso Nacional a dar su testimonio sobre la causa en la que es víctima. Peor que eso: para alquilarla en negro y sin contrato al circo donde actúan “ratas y víboras”, como ejemplificó Hebe el jueves pasado, a la misma hora que Schoklender y Patricia Bullrich sobreactuaban análogas conversaciones a las escuchadas en radio y televisión durante los días previos. ¿Por qué Hebe habría de estar en el Congreso el jueves, y no junto a sus compañeras en Plaza de Mayo, como ocurre desde hace 35 años? Hay más: un diputado radical llegó al extremo de reclamar que Hebe renunciara a su cargo en la asociación que preside para facilitar el camino de la justicia. ¿Acaso creerá el diputado que portar el pañuelo blanco en la cabeza otorga alguna inmunidad? ¿Que la ama de casa que aceptó ponerse al frente de la organización luego del secuestro y desaparición de las tres mejores compañeras; que la mujer que condujo a su movimiento por todos los años que duró la dictadura y la impunidad en la Argentina; que la militante que peleó como leona para que los 30 mil desaparecidos fueran reivindicados como revolucionarios y no como “terroristas” o “perejiles”, renuncie a su mandato histórico, a su razón de vivir la vida, para que la justicia pueda investigarla? ¿Sabrá lo que dice el diputado? ¿A qué misterio apunta cuando habla? ¿No se quema?
No, señor Tunessi. El pañuelo blanco no da privilegios con la justicia, sino responsabilidades con los hijos que esas telas blancas brillantísimas, ex pañales, simbolizan. Las Madres nunca evitaron a los jueces. Por el contrario, reclamaron de ellos el más implacable criterio penal, pero partidos como el de Tunessi legislaron borrón y cuenta nueva para los más grandes asesinos y estafadores que sufrió la patria. Todo ello sin contar que fueron las propias Madres las que acudieron a la justicia y pusieron a disposición del juez Oyarbide toda la documentación que fuera necesaria para aclarar lo ocurrido en su Fundación. Tanto, que cuando fue allanada imprevistamente su sede, las Madres condujeron a los oficiales hasta el más íntimo rincón de sus lugares de reunión para ofrecerles el contenido de sus cajones y escritorios. Y más aun: con el correr de la instrucción, los pañuelos blancos fueron aceptados como querellantes en la causa, y fue el mismo magistrado a cargo de la pesquisa el que aclaró ante los medios que Hebe no es investigada. Bueno hubiese sido que el Congreso de la Nación convocara a las Madres para consultarlas sobre las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, hace tantos años. Pero no: obviaron deliberadamente su lucha y las votaron a espaldas del pueblo, con una fórmula propia del consenso que tantos años después propuso el otro gran radical con sueldo del Estado todavía, Julio Cobos: los radicales levantaron la mano y los peronistas, cuya mejor herencia recoge la duhaldista Graciela Camaño, dieron el quórum necesario para realizar la votación. Esa es la democracia que proponen radicales y peronistas federales, más algunos otros de filiación política incierta, integrantes por ahora de la Coalición Cívica, pero que podrían encuadrar en cualquiera de las otras dos fuerzas, cuando el partido de Elisa Carrió se deshilache del todo. O tres, si sumamos al PRO, que también protagoniza un sketch en este circo. Por cierto, la derecha llega 28 años tarde en su intención de abrirles las puertas del Congreso a las Madres. Quienes ahora reclaman su presencia en el anexo de la Cámara Baja, olvidan lo que sucedió en febrero de 1998, cuando la naciente Alianza propuso anular las leyes de Punto Final y Obediencia Debida y las Madres fueron a las puertas del Congreso, para ingresar al recinto y presenciar la votación. Pero no pudieron hacerlo. No las dejaron entrar. No fue por vergüenza; fue por cobardía.
En la calle, si bien llovía, las Madres no se movían de la puerta sobre la Avenida Rivadavia, portando un cartelón preparado para ese día, con la consigna: “Hasta la victoria siempre, queridos hijos”. Adentro, los legisladores no lograban juntar el quórum necesario para sesionar y la reunión especial se levantaba. El número, sin embargo, sí fue conseguido días más tarde no ya para “anular” las leyes de perdón, como habían ilusionado a las Madres, sino para “derogarlas”, sin efecto retroactivo, con lo cual se imposibilitaba el juicio a los asesinos y su castigo. Apenas una declaración de buenas intenciones sin ningún resultado concreto en la Argentina de la impunidad, que lo siguió siendo hasta entrado el año 2004, con Néstor Kirchner ya presidente. Por eso, no es nueva la desavenencia entre las Madres y el Congreso. En 1983, apenas reestablecida la legalidad republicana (que recién fue “democracia” a partir de mayo de 2003), las Madres de Plaza de Mayo demandaron la formación de una comisión bicameral que investigara, reuniera suficiente prueba para el posterior castigo judicial, y condenara políticamente a los responsables del genocidio argentino, y que comprometiera a la totalidad de las fuerzas políticas con representación parlamentaria. Sólo así el Estado Nacional podría quitarse de encima el mote de terrorista que heredaba de los asesinos militares que le pusieron la banda en el pecho a Alfonsín. Pero no. El Congreso les dio la espalda otra vez. El radicalismo en el poder creó una Comisión de Notables, la CONADEP, integrada por marcados cómplices de la dictadura, como Sábato, que la presidió. Creíamos ya haberlo visto todo, pero nos equivocamos otra vez. Las Madres de Plaza de Mayo citadas por los diputados de la derecha a dar examen oral de civilidad y ética republicana. La democracia, que está queriendo parecerse a la bella palabra que la nombra, no se merecía estos nuevos tristes episodios.

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