Por Pablo Marchetti

Si hay algo que hay que reconocerle al Gobierno que comenzó el 25 de mayo de 2003 es haber sacado al 24 de marzo de las tinieblas. No hace falta que aclare que el 24 de marzo es una fecha que invoca a las tinieblas. Pero la oscuridad que distinguía a esa efeméride no sólo tenía que ver con la evocación de la fecha más siniestra de la historia argentina reciente. Tenía que ver, además, con la paradoja de que un hecho tan masivo hubiera sido relegado a un lugar tan marginal. Hasta la llegada del kirchnerismo, el 24 de marzo era una fecha de invocación subterránea. Sí, es cierto, éramos miles, decenas, a veces cientos de miles los que participábamos en las marchas. Pero el asunto seguía siendo marginal.

Probablemente el dato más elocuente sobre el carácter subterráneo de esta celebración fuera la ausencia del Estado en las marchas donde se recordaba una fecha tan nefasta. Había un abismo entre la necesidad de un montón de gente (y de organismos de derechos humanos, y de sindicatos, y de partidos políticos, y de agrupaciones sociales, estudiantiles y de todo tipo) de recordar lo ocurrido y la absoluta indiferencia del Estado en posibilitar este ejercicio de la memoria. Y aclaro que usé la palabra “memoria” (un término que nunca me gustó demasiado) de manera absolutamente intencional.

Me parece bien que el Gobierno haya decidido hacerse cargo del 24 de marzo. O, mejor dicho, me parece muy bien que el actual Gobierno haya decidido que era hora de que el Estado se hiciera cargo del 24 de marzo. Y hago esta salvedad porque el Gobierno es quien administra el Estado ocasionalmente, pero el Estado somos todos. Entonces, de algún modo, esto es poner las cosas en su lugar. Algo así como curar la bipolaridad que definía a la relación entre manifestantes y Estado cada 24 de marzo.

También me parece bien que el Gobierno haya decidido que el 24 de marzo sea el Día de la Memoria. Mi hija de 9 años sabe que el 24 de marzo es feriado, que no tiene clases porque se conmemora el Día de la Memoria. Y puede contarme con lujo de detalles por qué es el Día de la Memoria: qué hicieron los militares, qué es la democracia, qué significa la palabra “desaparecido”… todo eso se lo enseñaron en la escuela. Y es allí donde lo de la Memoria funciona perfectamente, más allá de que, insisto, no me gusta mucho el término.

Aclaro: me parece muy bien la memoria cuando se trata de enseñarle historia a los chicos en la escuela. Y me parece también muy bien lo del Día de la Memoria, como para que quede claro qué es lo que se está invocando. Sin embargo, siempre creí que la Memoria no era más que un consuelo. El consuelo de quienes celebrábamos el 24 de marzo de las tinieblas en las tinieblas, fuera de toda injerencia estatal. La memoria era lo único que nos quedaba ante la falta de justicia. Porque en realidad, lo que todo crimen reclama no es memoria, sino justicia.

Si un crimen (por más atroz que sea, por más que se trate de delitos de lesa humanidad, por más que haya un plan sistemático de exterminio impulsado desde el Estado) tiene su condena y se hace justicia, la necesidad de memoria es relativa. Por supuesto, está
muy bien para el ámbito escolar, para el recuerdo mediático, pero no mucho más que eso. La memoria puede ser, en todo caso, algo íntimo para las víctimas. Pero cuando no sólo no se hace justicia, sino que además se alardea con la impunidad, la memoria es el único consuelo posible.

La memoria, pues, fue una bandera de quienes recordamos cada 24 de marzo que ese día había comenzado no sólo un gobierno siniestro, sino también la impunidad para los crímenes cometidos durante ese gobierno. Hablar de Día de la Memoria es recordar también que durante muchos años esos crímenes no tuvieron justicia porque se pensaba que no podía haber justicia, que la justicia tenía límites precisos y no abarcaba ni a las torturas, ni a los secuestros, ni a las violaciones, ni a las desapariciones, ni a los crímenes cometidos por la dictadura cívico-militar que gobernó el país entre 1976 y 1983.

Por eso es una gran noticia que exista el Día de la Memoria y que el 24 de marzo se haya transformado en algo totalmente distinto de lo que era antes de 2003. Claro que todo cambio, en política, tiene un componente traumático. Y el paso de la clandestinidad a la
oficialidad es algo que, obviamente, implica un salto enorme que no puede terminar de satisfacer a todos. La marginalidad tiene algo de heroico que la celebración oficial desconoce. Y eso genera cortocircuitos.

Antes, ir a la plaza el 24 de marzo era ir a un lugar homogéneo. Obviamente, las internas existían y las peleas fraternas también, pero quedaban diluidas frente a la descomunal indiferencia oficial. Hoy, en cambio, ir a la plaza suele ser un motivo de
enfrentamiento para sectores que, hasta hace no mucho, estaban parados en la misma vereda. No es grato reconocer esto, pero sería muy necio negarlo.

Sería faltar a la verdad ocultar que con este Gobierno el Estado argentino se hizo cargo del 24 de marzo. Podemos discutir después si está bien que sólo se mencione la expresión “derechos humanos” para hablar de los crímenes de la última dictadura militar, pero
no para hacer referencia a los casos de gatillo fácil, a la alarmante situación en las cárceles o a la desaparición de Luciano Arruga. Pero está claro que ampliar el concepto de Justicia es un paso adelante, aún para discutir los temas pendientes en materia de “derechos humanos”.

Rescatar de las tinieblas el 24 de marzo es un paso adelante, sin dudas. Por eso, vaya donde uno vaya, se encolumne donde se encolumne cada uno, el 24 de marzo, hay que salir a la calle. Como siempre. Porque se puede ser oficialista u opositor, se puede estar más o menos de acuerdo con el Gobierno Nacional, pero está claro que las personas que salen a la calle el 24
de marzo nunca fueron ni serán mis enemigos. Puedo estar más o menos de acuerdo con algunos y coincidir más con otros. Pero mis enemigos son los que creen que hay que olvidarse del 24 de marzo, no los que salen a la calle a poner un poco de luz en ese día de tinieblas.

 

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