A propósito del artículo “El error de la prensa militante”, de Silvio Waisbord, publicado por La Nación el 12 de enero.
 

Silvio Waisbord es un reconocido académico de los medios, argentino, que escribió bastante sobre los medios latinoamericanos, mayormente en inglés. Tuve la oportunidad de entrar en contacto con sus libros en Londres, estudiando precisamente política y comunicación.

Su producción, como ahora la crítica a la prensa militante que reproduce el diario La Nación, cae en una falacia fundamental: confunde poder con Gobierno, y se olvida de las corporaciones y trasnacionales. El punto ciego es, justamente, el de los negocios y los intereses comerciales permanentes, el poder consolidado que no va a elecciones.

Como el diario que lo publica -que tiene el mérito o la incoherencia de reconocerse a sí mismo como Tribuna de Doctrina-, Waisbord naturaliza sus premisas liberales como si estuvieran fuera del campo de disputa. La política mirada desde arriba, se llama un libro de Sidicaro que señala con justeza esa arrogancia aristocrática del periodismo -y, agregamos, la academia- “independiente”, que responde al statu quo.

Desarraigado de su tierra y los intereses nacionales, y aun continentales, Waisbord combate contra molinos de viento imaginarios a la vez que ignora cambios sustanciales en la relación entre medios y democracia. Por ejemplo, no emite opinión sobre el modelo novedoso que la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual (LSCA) significa no sólo para el desarrollo nacional sino también para las libertades del resto de la humanidad.

Se pregunta por ejemplo si la prensa militante ignora lo complejo de una sociedad de múltiples demandas, necesidades, conflictos e intereses, cuando es precisamente al revés. Es la LSCA la que vino a garantizar la pluralidad y diversidad de voces, y a posibilitar que actores históricamente silenciados tengan posibilidades de emitir.

Y es desde los intereses concentrados de los medios “profesionales” -aglutinados en entidades como la SIP a nivel continental y ADEPA a nivel nacional-, que se la resiste.

Pero esa militancia corporativa que escamotea o tergiversa la información de manera escandalosa no es la que preocupa a Waisbord. Tampoco sus intentos desestabilizadores, o su aval confabulatorio a sectores netamente golpistas. En cambio, le preocupan los medios comunitarios, los de los pueblos originarios, las radios y los periódicos barriales, la organización popular.

Desde su limbo teórico, Waisbord no se hace cargo de que es la tribuna liberal-conservadora la que prescinde del conflicto en nombre de un falso consenso que perpetúa las desigualdades. En el continente más inequitativo del planeta, resulta más interesante que plantearse inquietudes abstractas, preguntar por el rol de los medios en la producción y reproducción de la desigualdad.

En ese sentido, resulta mucho más lúcida y perspicaz la línea de Damián Loreti, uno de los padres de la LSCA, desde el derecho a la información, o de investigadores como Martín Becerra y Guillermo Mastrini, que exponen el grado de concentración desde la economía política de los medios.

Como bien dijera el militante de la prensa Rodolfo Walsh, “el campo del intelectual es por definición la conciencia. Un intelectual que no comprende lo que pasa en su tiempo y en su país es una contradicción andante, y el que comprendiendo no actúa tendrá un lugar en la antología del llanto pero no en la historia viva de su tierra”.

No casualmente, además, Silvio Waisbord tiene un primo que se dice periodista serio, al que admira mucho, y que se llama Alfredo Leuco.

(*)Psicólogo, comunicador, Master en Política y Comunicación. Y militante.

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