Comerse al canibal

El domingo 28 de marzo, un pibe de quince años fue linchado en la calle Jean Jaurés, barrio Los Pinos de Isidro Casanova.

Según la versión policial Lucas Navarro habría intentado robarle a un vecino con un arma que después se supo que era de juguete.

Cuando fue abordado, el hijo del dueño de un local de venta de productos de granja se resistió y comenzó a gritar. Salieron los vecinos, unas diez personas, algunas, mujeres. Los que estaban con Lucas pudieron escapar, a él lo tiraron al piso. Piñas y patadas que se detuvieron sólo cuando llegó un patrullero. Dicen que un vecino intentó detener la paliza. También le pegaron.

La carátula de la causa es "Homicidio en riña". Será, si por "riña" consideramos un adolescente de 15 años de unos 48 kilos y un metro y medio de altura caído en el piso por un lado y una decena de vecinos por el otro.

Fuera de los análisis del origen del delito en los adolescentes, el nexo entre droga y delicuencia. La exclusión. La seguridad de que ningún pibe nace chorro y demás conceptos, trataré de abordar el tema desde la mirada de los que dicen "uno menos", "yo habría hecho lo mismo", "hay que matarlos a todos",etc.

Quienes así se expresan no son hijos de Astíz, nietos de Videla, sobrinos del Turco Julián, o discípulos de Bergés. Son los oyentes de un programa de radio que tocó hoy el tema. Son algunos vecinos, algunos compañeros de trabajo. Gente común.

Algunos, muy creyentes. Que tras la frase "yo soy católico/a, apostólico/a, romano/a" viene un fatal "pero" que a veces me hace poner la piel de gallina, y otras me da nauseas.

Muchos opositores al aborto por considerarlo un “crimen abominable que viola el derecho fundamental a la vida del ya engendrado y no nacido", pero fervientes defensores de la pena de muerte, o de lo que es peor, de la ejecución sumaria lisa y llana, en ocasiones condimentada con expresiones de sadismo que dan miedo.

La inseguridad es una problématica compleja, cuya solución no es simple. Perogruyada, si las hay, pero parece que para muchos, el asesinato del que delinque es la respuesta sencilla.

Y en esto, pienso cuanta responsabilidad tienen los medios en que los oyentes del programa, algunos vecinos y compañeros de trabajo saquen lo peor de sí al punto de ir mucho más allá de lo que pretender combatir.

Las noticias policiales son machaconamente reiteradas, dramatizadas como si hiciera falta hacerlo en algo que ya es un drama. Hacen una especie de "orden cerrado" condicionando al pelotón a reaccionar con la más rudimentaria "instrucción de combate" verbal, hasta que finalmente alguien pasa a los hechos: palos, patadas y piñas.

¿No es hora de enfriar un poco la cabeza? No ya para debatir el origen y las posibles soluciones al problema de la inseguridad. Sino para reflexionar sobre lo que es posible aportar desde lo individual: nosotros mismos.

Todos somos referentes de alguien. Hijos, amigos, conocidos… ¿Que siembra estamos haciendo cuando decimos livianamente "yo lo mataría"?

Si queremos cambiar algo, tenemos que empezar por nosotros mismos. Si exigimos el buen ejemplo, tenemos que darlo. Y esa violencia subyacente, afortunadamente en la mayoría sólo verbal, puede ser mucho más peligrosa de lo que pensamos.

De hecho ya lo es. Los vecinos del barrio Los Pinos no salen de sus casas. Nadie se atreve a mirarse a los ojos y un pibe de quince años está muerto.

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